Penny Vincenzi - Reencuentro

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Una noche de 1987, alguien abandona a una niña recién nacida en el aeropuerto de Heathrow. Un año antes, tres chicas, Martha, Clio y Jocasta, se habían conocido por casualidad en un viaje y habían prometido volver a encontrarse, aunque pasará mucho tiempo antes de que cumplan la promesa. Para entonces, Kate, la niña abandonada, ya será una adolescente. Vive con una familia adoptiva que la quiere, aunque ahora Kate desea conocer a su madre biológica. Es decir, una de aquellas tres jóvenes, ahora mujeres acomodadas. Pero ¿qué la llevó a una situación tan desesperada?
La trama que desgrana este libro se sitúa allí donde confluyen entre estas cuatro vidas. Y es que Kate verá cumplido su deseo aunque, como enseñan algunas fábulas, a veces sea mejor no desear ciertas cosas…

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– Es que lo está -dijo Josh, taciturno.

Por su parte Peter Forbes quedó cautivado con el intelecto, la evidente ambición y la intensidad de Beatrice.

Seis meses después Josh fue nombrado subdirector de ventas para el sur de Inglaterra y recibió el tan deseado despacho en Londres, y Beatrice le dijo que creía que debían casarse. A Josh le entró el pánico, y dijo que tal vez algún día, pero que no había ninguna prisa, él estaba contento con el estado actual de las cosas. Beatrice le contestó que en realidad sí la había, porque estaba embarazada.

– Como si una chica como ella fuera a quedarse embarazada por casualidad -dijo Jocasta a su madre-. Estoy segura de que decide con exactitud cuándo ovula igual que todo lo demás. Menudo idiota está hecho Josh.

Sin embargo, Josh sorprendió a todos asumiendo sus responsabilidades y aceptando el matrimonio. Celebraron una boda discreta pero de organización impecable en la casa de Beatrice, en Wiltshire, y fueron de luna de miel a la Toscana. Peter Forbes estaba tan encantado como fastidiada estaba su ex esposa.

Beatrice trabajó hasta el octavo mes de embarazo y volvió a su despacho dos semanas después de dar a luz a Harriet, conocida como Harry, y dos años exactos después del nacimiento de Harry nació Charlotte, a la que de manera inevitable llamaban Charlie.

De eso hacía dos años. En ese momento Josh era director de Muebles Forbes, y trabajaba lo justo para que Beatrice y su padre estuvieran satisfechos. Beatrice había cambiado el derecho penal por el derecho de familia, pero lo cierto era que la asistencia jurídica pagaba los casos de violencia doméstica, y seguían siendo poco lucrativos. Básicamente era Josh quien mantenía a la familia.

Jocasta no quería que Beatrice le cayera bien, pero no lo logró. Por mandona y adicta al trabajo que fuera, era muy agradable y se interesaba sinceramente por la vida y el trabajo de Jocasta. Nick la adoraba. Le enternecía que ella leyera siempre su columna y le comentara cualquier artículo que acabara de leer con la mayor seriedad, lo que también hacía con los de Jocasta. No había ninguna duda para nadie, tanto de la familia como de fuera de ella, de que Beatrice era la esposa perfecta para Josh.

– ¿Por qué lo he hecho, Jocasta? -dijo Josh-. ¿Por qué soy tan idiota?

– No tengo ni idea -afirmó Jocasta-, pero debo decir que siento lástima por Beatrice, no por ti. Eres consciente de que papá se pondrá de su lado, ¿no? No permitirá que pase penurias.

– Yo también lo había pensado -dijo Josh-. No tengo nada a mi favor, ¿verdad? ¿Qué hago?

– No puedes hacer nada, la verdad. Sólo esperar. Y no dejes de decirle que lo sientes mucho. Tienes algo estupendo a tu favor. Y puede que sea suficiente.

– Caramba, eso espero. Haré lo que sea, lo que sea, si creo que hay alguna posibilidad de que me perdone. Pero ¿qué es eso estupendo que tengo?

– Creo que te quiere -dijo Jocasta, en un tono ligeramente triste.

Martha acercó los labios al cáliz de plata y tomó un sorbo de vino, esforzándose por concentrarse en el momento, en el sagrado sacramento que estaba tomando. Nunca lo conseguía. Se había alejado tanto de la iglesia de su padre, de la fe de sus padres, que sólo iba a la iglesia cuando pasaba un fin de semana en Binsmow. A ellos les gustaba y los parroquianos estaban encantados. Que ella se sintiera absolutamente hipócrita no tenía ninguna importancia.

Se puso de pie y volvió caminando despacio a su asiento, con la cabeza un poco baja, aunque no por eso dejó de advertir que la iglesia estaba casi vacía y aparte de algunos adolescentes -muy pocos- ella era la única persona que podía calificarse de joven. ¿Cómo podía su padre seguir haciendo aquello semana tras semana, año tras año? ¿Cómo podía mantener su propia fe ante lo que para Martha era la humillación de saber que la mayor parte de la comunidad rechazaba el trabajo de su vida? Se lo había preguntado una vez y él le había dicho que no lo comprendía, que St. Andrews seguía siendo el centro de la parroquia, no importaba que la congregación fuera tan reducida. Acudían a él cuando lo necesitaban, cuando la enfermedad, la muerte, el matrimonio o el bautizo de un nuevo bebé requería sus servicios, y eso era suficiente para él.

Ella había ido ese fin de semana sobre todo por su sentido del deber. Su hermana la había llamado para decirle que sus padres estaban pasando un mal momento.

– La artritis de mamá está peor, y papá se vuelve loco porque no puede hacer nada para ayudarla. Yo intento animarles pero me tienen muy vista. No soy tan emocionante como tú. Hace meses que no vienes, Martha.

– Lo siento -dijo ella-. He estado…

– Sí, sé que has estado muy ocupada. -La voz de su hermana era seca-. Yo también he estado muy ocupada, la verdad, intentando compaginar el trabajo y los niños. Hasta Michael les ve más a menudo que tú.

– Sí, claro -dijo Martha. Estuvo tentada de decir que para su hermano Michael era fácil; estaba en su primer año de profesor y tenía mucho tiempo libre, pero no lo dijo. Al fin y al cabo, Anne tenía razón, no les visitaba a menudo-. Prometo ir pronto -dijo al fin-. Lo prometo, en serio.

– Bien -dijo Anne, y colgó.

A Martha le habría gustado llevarse mejor con Anne, pero su hermana era demasiado virtuosa. Estaba casada con un asistente social muy mal pagado y tenían tres hijos, ninguna ayuda en la casa y un solo coche. Anne trabajaba como maestra de apoyo para necesidades especiales en una escuela pública para contribuir al mantenimiento de la familia. Además realizaba muchos trabajos voluntarios e incluso ayudaba a su padre en la parroquia, ahora que su madre se desenvolvía con dificultad. Para Martha, aquélla era una vida infernal.

Era consciente de que su dorada existencia tenía que ser muy irritante para su hermana, no sólo por su aparente dinero ilimitado, sino porque encontrara tan poco tiempo para ver y ayudar a sus padres, salvo económicamente, ayuda que de todos modos sólo aceptaban en casos extremos. Y aunque había ido aquel fin de semana, sería una ocasión única en mucho tiempo teniendo en cuenta que las elecciones generales se acercaban, y eso significaba siempre muchísimo trabajo, porque los mercados financieros se volvían inestables y las grandes corporaciones pasaban a la acción para adaptarse a los posibles cambios.

Aunque no es que fuera a haber muchos. Blair seguía arrasando en las encuestas, con su sonrisa decidida y sus promesas vacías. Volvería a ganar, no había ninguna duda.

– Las cosas están bastante mal por aquí -dijo su padre.

– ¿En qué sentido? -Martha le tomó del brazo mientras caminaban.

– El campo se ha visto muy afectado por la glosopeda. Hay un ambiente de depresión por todas partes. El pobre Fred Barrett, cuya familia tenía una granja en las afueras de Binsmow desde hace cinco generaciones, ha batallado hasta ahora, pero le ha vencido. Vende. Aunque no creo que nadie le compre la granja. Y además no sé cuántos parroquianos tengo esperando para ingresar en el hospital. La pobrecilla señora Dudley hace dieciocho meses que espera una prótesis de cadera, y le siguen diciendo que dentro de seis meses. Es un crimen, un auténtico crimen.

– Está todo muy mal -dijo Martha, pensando en Lina y su hija Jasmin-, absolutamente todo.

Fue al dormitorio de su madre, que estaba echada en la cama y parecía pálida.

– Hola, tesoro. Perdona que no haya preparado el desayuno. He dormido fatal, el dolor me despierta, ¿sabes?, y cuando me duermo ya son las seis y no oigo el despertador.

– Oh, mamá, cuánto lo siento. ¿Puedo traerte algo, un té o un café?

– Me gustaría una taza de té. Bajaré enseguida.

– No, te la subiré -comentó Martha-. ¿El dolor es muy fuerte?

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