Chuck Palahniuk - Asfixia

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Basada en una novela de Chuck Palahniuk (El club de la lucha), "Asfixia" narra la historia de Victor (Sam Rockwell) que para sufragar el caro tratamiento médico en un hospital privado de su madre (Anjelica Huston), se dedica a timar a la gente. Su trabajo diario es representar el papel de un miserable campesino del siglo XVIII en un parque temático de carácter histórico, mientras está tratando de recuperarse de su adicción al sexo.
Pero cuando su cada vez más débil madre insinúa poder revelar la identidad secreta de su perdido padre, Victor recobra la esperanza de encontrar finalmente las respuestas que ha estado buscando. Victor hace amistad con la joven doctora de su madre (Kelly McDonald), quien le lleva a creer que sus orígenes quizás puedan ser mucho más sorprendentemente divinos de lo que jamás pudo nunca haber imaginado.
Así, ¿es todavía Victor Mancini el perdedor sin honor que siempre ha creído que iba a ser durante el resto de su vida o es posible que sea una especie de loco salvador?

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Como está agachado, el fular le cuelga delante de la cara y no le deja ver.

– Tío -me dice Denny-, dime qué está pasando.

Aquí estoy yo, la espina dorsal de la América de principios del periodo colonial.

Esta es la mierda estúpida que hacemos por dinero.

En el extremo de la plaza del pueblo, su alteza lord Charlie, el gobernador colonial, nos está mirando, de pie con los brazos cruzados y los pies separados unos tres metros. Las lecheras van de un lado a otro transportando cubos de leche. Los zapateros martillean zapatos. El herrero aporrea el mismo trozo de metal y finge igual que el resto del mundo que no está mirando a Denny agachado en medio de la plaza del pueblo, colocándose otra vez en el cepo.

– Me han pillado masticando chicle, tío -le dice Denny a mis pies.

Al agacharse, la nariz empieza a moquearle y se la sorbe.

– Está claro -dice mientras sorbe-. Esta vez su alteza se va a chivar al ayuntamiento.

La mitad superior del cepo de madera desciende hasta aprisionarle el cuello y yo se la coloco bien, con cuidado de no pellizcarle la piel.

– Lo siento, tío -le digo-. Vas a pasar un frío de la leche. -Luego cierro el candado. Me saco un trozo de trapo del bolsillo del chaleco.

Un goterón de moco cuelga de la punta de la nariz de Denny, así que le pongo el trapo ahí y le digo:

– Suénate, tío.

Denny se marca una sonada larga y entrecortada que yo noto cómo se deposita en el trapo.

El trapo ya está bastante guarro y cargado, pero si se me ocurre sacar un pañuelo de papel limpio seré el siguiente en la cola para recibir una sanción disciplinar. Hay un millón de maneras de cagarla en este sitio.

Alguien le ha escrito en la nuca «Chúpamela» con rotulador rojo, así que sacudo la peluca hecha un asco y trato de tapar la pintada, pero la peluca está empapada de un agua marrón y asquerosa que le cae por los lados de la cabeza rapada y le gotea de la punta de la nariz.

– Fijo que me destierran -dice sorbiéndose la nariz. Helado y empezando a temblar, Denny dice-: Tío, noto aire en la espalda… Me parece que se me ha salido la camisa de las calzas.

Tiene razón, y los turistas están filmándole la raja del culo desde todos los ángulos. El gobernador colonial no pierde detalle y los turistas siguen grabando cuando yo le agarro la cintura del pantalón a Denny con las dos manos y se la subo.

– Lo bueno de estar en el cepo -dice Denny- es que ya he acumulado tres semanas de abstinencia -dice-. Al menos así no puedo entrar en el retrete cada media hora y, ya sabes, cascármela.

– Cuidado con ese rollo de la recuperación, tío -le digo-. Puede llegar un día en que explotes.

Le cojo la mano izquierda y se la pongo en su sitio, luego la derecha. Este verano Denny ha pasado tanto tiempo en el cepo que se le han hecho unos aros blanquecinos en torno a las muñecas y el cuello allí donde nunca le da el sol.

– El lunes -dice- me olvidé de quitarme el reloj.

La peluca le resbala otra vez y aterriza con un chapoteo en el barro. El fular empapado de mocos y de mierda le cuelga delante de la cara. Los japoneses se ríen en manada, como si esto fuera un gag cómico que hubiéramos ensayado.

El gobernador colonial no nos quita ojo a Denny y a mí en busca de huellas de conducta históricamente inapropiada para poder sacarnos a patadas por la puerta del pueblo y dejar que los salvajes nos bombardeen con sus flechas y masacren nuestros culos desempleados.

– El martes -le dice Denny a mis zapatos-. Su alteza vio que llevaba protector de labios.

La peluca de mierda pesa más cada vez que la recojo. Ahora la sacudo contra el costado de mi bota antes de extenderla sobre la pintada de «Chúpamela».

– Esta mañana -dice Denny sorbiéndose la nariz y escupiendo algo marrón y asqueroso que tenía en la boca-, antes de comer, la comadre Landson me ha pillado fumando un cigarrillo detrás del templo. Luego, mientras estaba aquí metido, un mequetrefe de mierda de cuarto de primaria me ha quitado la peluca y me escrito esta mierda en la cabeza.

Con mi trozo de trapo intento secarle como puedo la porquería de los ojos y la boca.

Varios pollos blanquinegros, sin ojos o con una sola pata, todos deformes, vienen a picotearme las hebillas brillantes de los zapatos. El herrero sigue aporreando su trozo de metal, dos golpes rápidos y tres lentos, una y otra vez, hasta que uno se da cuenta de que es la línea de bajos de una canción vieja de Radiohead que le gusta. Por supuesto, va completamente ciego de éxtasis.

Una lecherita a la que conozco y que se llama Ursula se me queda mirando y yo sacudo el puño delante de la entrepierna, lo que en el lenguaje internacional de los signos significa hacerse una paja. Ruborizándose debajo de su gorro blanco almidonado, Ursula saca una mano pálida y primorosa del bolsillo del delantal y me enseña el dedo en gesto obsceno. Luego se va a estrujarle las tetas a alguna vaca afortunada durante toda la tarde. Y además, sé que se deja sobar por el alguacil del rey porque una vez él me dejó olerle los dedos.

Incluso desde aquí, y a pesar del olor a mierda de caballo, se huele la nube de humo de canutos que emana de ella.

Ordeñar vacas, batir la manteca, está más que claro que las lecheras deben hacer buenas pajas.

– La comadre Landson es una zorra -le digo a Denny-. El tío que hace de pastor dice que le pegó un herpes infernal.

Sí, de nueve a cinco es una aristócrata yanqui, pero a su espalda todo el mundo sabe que fue al instituto en Springburg y que allí todo el equipo de fútbol la conocía como Douche Lamprini.

Esta vez la peluca asquerosa se queda en su sitio. El gobernador colonial renuncia a seguir mirándonos y entra en la aduana. Los turistas se van en busca de otras oportunidades de sacar fotos. Empieza a llover.

– Tranqui, tío -dice Denny-. No hace falta que te quedes aquí a mi lado.

Está claro, hoy es otro día de mierda en el siglo xviii.

Si llevas pendientes vas a la cárcel. Si te pones un piercing en la nariz. Si te pones desodorante. Vas directo a la cárcel. No pasas turno. No ganas una mierda.

Su alteza el lord gobernador mete a Denny en el cepo al menos dos veces por semana, por mascar tabaco, por ponerse colonia, por afeitarse la cabeza.

Nadie llevaba perilla en la década de 1730, le alecciona su alteza a Denny.

Y Denny le contesta con descaro:

– A lo mejor los colonos de verdad sí.

Y Denny vuelve al cepo.

Nuestro chiste es que Denny y yo hemos dependido el uno del otro desde 1734. Lo nuestro viene de antiguo. Desde que nos conocimos en una reunión de adictos al sexo. Denny me enseñó un anuncio de la sección de clasificados y los dos fuimos a la misma entrevista de trabajo.

Solamente por curiosidad, en la entrevista pregunté si ya habían contratado a la puta del pueblo.

El ayuntamiento en pleno se me quedó mirando. El comité de contratación lo componen seis vejestorios que llevan pelucas coloniales falsas incluso cuando nadie los ve. Lo escriben todo con plumas, plumas de pájaro, mojadas en tinta. El del centro, el gobernador colonial, suspiró. Se reclinó en su asiento y me miró con sus gafas con montura metálica.

– El Dunsboro colonial no tiene puta del pueblo -me dijo.

– ¿Y tonto del pueblo? -le dije yo.

El gobernador negó con la cabeza.

– ¿Ratero?

No.

– ¿Verdugo?

Por supuesto que no.

Este es el problema más grave de los parques temáticos históricos. Siempre dejan fuera la mejor parte. Como el tifus. O el opio. O las letras escarlatas. Hacerle el vacío a alguien. La quema de brujas.

– Ya se les ha avisado -dijo el gobernador- de que todos los aspectos de su conducta y su apariencia deben coincidir con nuestro periodo histórico oficial.

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