Está claro, la peor mamada es mejor que, digamos, oler la mejor rosa o ver la mejor de las puestas de sol. Mejor que oír reír a los niños.
Creo que nunca veré un poema tan maravilloso como uno de esos orgasmos que te explotan dentro, te provocan un calambre en el culo y te vacían las tripas.
Pintar un cuadro, componer una ópera, eso son cosas que uno hace hasta que encuentra el siguiente culo dispuesto a hacerlo.
En cuanto aparezca algo mejor que el sexo, llamadme. Enviadme un mensaje al busca.
Ninguno de los que están en la sala 234 son Romeos, Casanovas ni donjuanes. No hay Mata Haris ni Salomés. Son gente a la que le das la mano a diario. Ni feos ni guapos. Uno sube en el ascensor con estas leyendas. Te sirven café. Estas criaturas mitológicas te rompen la entrada del cine. Te ingresan los cheques. Te ponen la hostia de la comunión sobre la lengua.
En el lavabo de mujeres, metido dentro de Nico, cruzo los brazos debajo de la cabeza.
Después, durante yo qué sé cuánto rato, no tengo un solo problema en el mundo. No tengo madre. Ni facturas médicas. No tengo una mierda de trabajo en el parque temático. No tengo a un imbécil por mejor amigo. Nada.
No siento nada.
Para hacer que dure, para evitar correrme, le digo al trasero floreado de Nico lo guapa que es, lo dulce que es y cuánto la necesito. Cuánto necesito su piel y su cabello. Para hacer que dure. Porque solamente puedo decirlo ahora. Porque en cuanto este momento acabe, nos odiaremos el uno al otro. En cuanto nos encontremos fríos y sudorosos en el suelo del lavabo, un momento después de corrernos, no querremos ni mirarnos.
La única persona a la que odiaremos más que al otro será a nosotros mismos.
Esos son los únicos minutos en que puedo ser humano.
Solamente durante estos instantes no me siento solo.
Y mientras me cabalga, Nico dice:
– ¿Y cuándo voy yo a conocer a tu madre?
– Nunca -digo yo-. Quiero decir, es imposible.
Y Nico, con todo el cuerpo en tensión y machacándome con su cavidad mojada e hirviente, dice:
– ¿Está en la cárcel o en el manicomio o algo así?
Sí, lleva allí una buena temporada.
Pregúntale a cualquier tío por su madre mientras está follando y podrás retrasar el gran estallido para siempre.
Nico dice:
– ¿Es que está muerta?
– Más o menos.
Ahora, cuando voy a visitar a mi madre, ya no pretendo ser yo.
Joder, ya ni siquiera pretendo conocerme bien.
Ya no.
Parece que la única ocupación de mi madre en este momento de su vida es perder peso. Lo que queda de ella está tan demacrado que parece una marioneta. Algún tipo de efecto especial. Su piel amarillenta es demasiado escasa para que dentro quepa una persona. Sus brazos flacos de marioneta flotan sobre las mantas y siempre tienen pelusas enredadas. Su cabeza consumida se colapsa en torno a la pajita que usa para beber. Cuando venía como yo mismo, como Victor, como su hijo Victor Mancini, no había visita en que al cabo de diez minutos ella no llamara a la enfermera y me dijera que estaba demasiado cansada.
Luego llega una semana en que mi madre cree que yo soy un abogado de oficio que la ha representado un par de veces, Fred Hastings. Su cara se ilumina cuando me ve, se acomoda en su montón de almohadas y niega débilmente con la cabeza.
– Oh, Fred -dice-. Han encontrado mis huellas dactilares en todas esas cajas de tinte para el pelo. Fue una imprudencia temeraria, está clarísimo, pero aun así fue una acción sociopolítica brillante.
Yo le contesto que no es eso lo que parece en la película de la cámara de seguridad de la tienda.
Además, está la acusación de secuestro. Todo está en la grabación de vídeo.
Y ella se ríe, se ríe de verdad y me dice:
– Fred, fuiste un tonto por intentar salvarme.
Sigue hablando de esa forma durante media hora, la mayor parte del tiempo sobre el desafortunado incidente del tinte para el pelo. Luego me pide que le traiga un periódico de la sala de estar común.
En el pasillo frente a su habitación hay una doctora, una mujer con una bata blanca y un sujetapapeles en las manos. Tiene una melena larga y oscura enroscada de tal forma que parece que lleve un cerebro negro en la parte trasera de la cabeza. No lleva maquillaje, así que su cara tiene la textura de la piel limpia. Del bolsillo de la bata le sobresalen unas gafas dobladas con montura negra.
Le pregunto si está a cargo de la señora Mancini.
La doctora mira su sujetapapeles. Abre las gafas, se las pone y vuelve a mirar, diciendo todo el tiempo: «Señora Mancini, señora Mancini, señora Mancini…».
No para de hacer clic con el botón de un bolígrafo que lleva en la mano.
Yo le pregunto:
– ¿Por qué sigue perdiendo peso?
La piel que se le ve bajo la raya del pelo, la piel que la doctora tiene delante y detrás de las orejas, es tan lisa y blanca como debe de serlo la piel de las demás zonas donde no le da el sol. Si las mujeres supieran la impresión que producen sus orejas, sus rebordes firmes y carnosos, la pequeña cavidad oscura superior, esos suaves contornos retorcidos que te llevan por sus canales hasta la oscuridad interior, pues bueno, más mujeres llevarían el pelo suelto.
– La señora Mancini -dice- necesita una sonda de estómago. Siente hambre, pero se ha olvidado de lo que significa la sensación. Así que no come.
Yo le digo:
– ¿Cuánto va a costar esa sonda?
Una enfermera la llama desde el otro lado del pasillo:
– ¿Paige?
La doctora me mira las calzas y el chaleco, la peluca empolvada y los zapatos con hebilla, y me dice:
– ¿Qué se supone que es usted?
La enfermera la llama:
– ¿Señorita Marshall?
Mi trabajo es demasiado complicado para explicarlo aquí.
– Resulta que soy la espina dorsal de la América de principios del periodo colonial.
– ¿Qué quiere decir? -dice ella.
– Un siervo irlandés deportado a América.
Ella se limita a mirarme y asiente con la cabeza. Luego mira su gráfico.
– O le ponemos una sonda de estómago -dice la doctora- o se morirá de hambre.
Miro las cavidades secretas de su oído y le pregunto si tal vez podríamos explorar otras opciones.
Al otro lado del pasillo, la enfermera está plantada con los puños apoyados en las caderas y grita:
– ¡Señorita Marshall!
Y la doctora se sobresalta. Levanta el índice para hacerme callar y dice:
– Escuche -dice-, tengo que terminar mi ronda de visitas. Seguiremos hablando la próxima vez que venga.
Se da media vuelta y recorre los diez o doce pasos que la separan de la enfermera:
– Enfermera Gilman -dice con tono brusco y hablando muy deprisa-, por lo menos podría mostrar un mínimo de respeto y llamarme doctora Marshall -dice-. Sobre todo delante de una visita -dice-. Sobre todo si tiene que gritar de un lado a otro del pasillo. Un mínimo de cortesía, enfermera Gilman, creo que me lo merezco, y creo que si empieza a comportarse usted como una profesional descubrirá que todos los que la rodean se muestran más dispuestos a cooperar…
Para cuando le llevo el periódico de la sala de estar, mi madre ya se ha dormido. Tiene sus espantosas manos amarillentas cruzadas sobre el pecho, con una pulsera de plástico del hospital sellada al calor alrededor de la muñeca.
En cuanto Denny se agacha, la peluca se le cae sobre el barro y la mierda de caballo y un par de centenares de turistas japoneses echan a reír y se adelantan todos a una para grabar en vídeo su cabeza rapada.
– Lo siento -digo yo, y voy a recogerle la peluca. Ya no se puede decir que sea blanca y además huele mal, porque no dudes que aquí cada día echan la meada un millón de perros y pollos.
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