Será respetado.
Algún día.
Todo esto tiene lugar después de descubrirse que el Conejo de Pascua no existe. Incluso después de Santa Claus y el ratoncito Pérez y san Cristóbal y la física newtoniana y el modelo atómico de Niels Bohr, ese niño estúpido como él solo sigue creyendo a su mamaíta.
Algún día, cuando haya crecido, le dice la mamaíta a la sombra, el niño regresará aquí y comprobará que se ha convertido exactamente en el mismo contorno que ella está dibujando esta noche.
Los brazos desnudos del niño tiemblan de frío.
Y la mamaíta dice:
– Contrólate, joder. Quédate quieto o lo vas a estropear todo.
Y el niño intenta calentarse, pero por mucha luz que den, los faros no dan ningún calor.
– Necesito trazar el contorno con claridad -dice la mamaíta-. Si tiemblas vas a salir borroso.
No será hasta muchos años después, cuando ese mequetrefe perdedor se haya graduado con matrícula de honor y se haya roto los cuernos para entrar en la facultad de medicina de la University of Southern California (cuando tenga veinticuatro años y esté en segundo de medicina, momento en que a su madre le harán el diagnóstico y a él lo nombrarán su tutor), no será hasta entonces que este bufoncete patético caerá en la cuenta de que hacerse fuerte, rico y listo no es más que la primera parte de la historia de la vida de uno.
Ahora al niño le duelen los oídos por culpa del frío. Se siente mareado e hiperventilado. Tiene toda la piel de gallina en su pecho estrecho de soplón. Los pezones se le han erizado por el frío y se le han convertido en granos rojos y duros, y el pequeño chiquilicuatro se dice a sí mismo: De veras, me merezco esto.
Y la mamaíta dice:
– Al menos intenta ponerte derecho.
El niño echa los hombros hacia atrás y se imagina que los faros son un pelotón de fusilamiento. Se merece una neumonía. Se merece la tuberculosis.
Véase también: hipotermia.
Véase también: fiebre tifoidea.
Y la mamaíta dice:
– Después de esta noche, ya no te fastidiaré más.
El motor del autobús marcha al ralentí, produciendo un largo tornado de humo azul.
Y la mamaíta dice:
– Así que quédate quieto y no me obligues a darte unos azotes.
Y está claro como el agua que el mocoso necesita unos azotes. Se merece todo lo que le pueda pasar. Es el mismo pobre palurdo iluso que realmente se creyó que el futuro iba a ser mejor. Si uno trabajaba duro. Si uno aprendía lo suficiente. Si corría lo bastante deprisa. Que todo saldría bien y uno llegaría a ser algo en la vida.
Llegan ráfagas de viento y caen restos de nieve reseca de los árboles. Los copos de nieve le queman en las orejas y las mejillas. Hay nieve fundiéndose entre los cordones de sus zapatos.
– Ya verás -le dice la mamaíta-. Vale la pena sufrir un poco por esto.
Esta será una historia que él le contará a su propio hijo algún día.
La muchacha de la Antigüedad, le cuenta la mamaíta, nunca volvió a ver a su amante.
Y el niño es lo bastante estúpido como para creer que una pintura o una escultura o una historia pueden reemplazar de alguna forma a alguien a quien quieres.
Y la mamaíta dice:
– Tienes mucha vida por delante.
Es duro de asimilar, pero hablamos del mismo niñato estúpido, perezoso y ridículo que se quedó temblando, guiñando los ojos ante la luz y el rugido, y que creyó que el futuro sería luminoso. Imagínate a alguien tan estúpido como para crecer sin saber que la esperanza no es más que otra fase que uno deja atrás. Pensando que uno puede hacer algo, cualquier cosa, que dure para siempre.
El mero hecho de recordar todo esto parece estúpido. Es un prodigio que él haya vivido tanto tiempo.
Así que, nuevamente, si vas a leer esto, no lo hagas.
Esto no trata de nadie valiente y amable y esforzado. El no es nadie de quien te vayas a enamorar.
Solo para que lo sepas, lo que estás leyendo es la historia completa y sin concesiones de un adicto. Porque en la mayoría de programas de desintoxicación en doce pasos, el cuarto te obliga a hacer inventario de tu vida. Tienes que coger un cuaderno y apuntar hasta el último detalle patético y vergonzoso de tu vida. Un inventario completo de tus crímenes. De esa forma, tienes todos tus pecados delante de las narices. Y entonces debes arreglarlo todo. Esto vale para los alcohólicos, los drogadictos, los bulímicos y también para los adictos al sexo.
De esta forma uno puede volver atrás y revisar lo peor de la propia vida siempre que quiera.
Porque se supone que los que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.
De forma que si estás leyendo esto, a decir verdad, no es de tu incumbencia.
El niñato estúpido y la noche fría, todo se convertirá en unas cuantas estupideces más de las que piensas cuando estás practicando el sexo para tardar más en correrte. Si eres un tío.
El mismo mamoncillo cagón cuya mamaíta le dijo:
– Quédate un poco más, inténtalo con más empeño y todo irá bien.
Ja.
La misma mamaíta que le dijo:
– Algún día verás que el esfuerzo habrá valido la pena. Te lo prometo.
Y aquel capullín, aquel mamoncillo estúpido entre los estúpidos, se quedó allí temblando todo ese tiempo, medio desnudo en medio de la nieve, y realmente se creyó que alguien podía prometer algo tan imposible.
Así que si crees que esto te va a salvar…
Si crees que hay algo que te vaya a salvar…
Considera esto la última advertencia.
Está oscuro y empieza a llover cuando llego a la iglesia y Nico está esperando que alguien abra la puerta lateral, abrazándose a sí misma para quitarse el frío.
– Aguántame esto -dice, y me da algo caliente y sedoso-. Solamente un par de horas. No tengo bolsillos.
Lleva una chaqueta hecha de una especie de ante falso de color naranja con un cuello de piel de color naranja brillante. La falda del vestido con estampado de flores le sobresale por debajo. No lleva medias. Sube los escalones de la entrada de la iglesia, pisando con cuidado y de lado con sus zapatos negros de tacón de aguja.
Lo que me da está caliente y húmedo.
Son sus medias. Y sonríe.
Al otro lado de las puertas de cristal hay una mujer fregando el suelo. Nico golpea el cristal y se señala el reloj de pulsera. La mujer devuelve la fregona al cubo. Levanta la fregona y la estruja. Apoya el mango de la fregona junto al umbral de la puerta y se saca un manojo de llaves del bolsillo de la bata. Mientras está abriendo la puerta, la mujer grita a través del cristal.
– Esta noche tienen que ir a la sala 234 -dice la mujer-. La sala de catequesis.
Ya está llegando más gente al aparcamiento. Suben las escaleras, nos saludan y yo me meto las medias de Nico en el bolsillo. Detrás de mí, otra gente sube a toda prisa los últimos escalones para llegar antes de que se cierre la puerta. Aunque cueste de creer, aquí todos nos conocemos.
Esta gente son leyendas vivientes. Llevarnos años oyendo noticias de cada uno de estos hombres y mujeres.
En los años cincuenta, una de las marcas más importantes de aspiradoras probó una pequeña mejora en su diseño. Añadió una hélice, unas aspas afiladas como cuchillas acopladas unos cuantos centímetros en el interior de la manguera de la aspiradora. El aire al entrar hacía girar la hélice y la cuchilla cortaba todas las hilachas, cordeles o pelos de animales domésticos que pudieran obturar la manguera.
Al menos ese era el plan.
Lo que pasó es que muchos de estos hombres acabaron en la sala de urgencias del hospital con la polla destrozada.
Al menos ese es el mito.
Aquella vieja leyenda urbana acerca de la fiesta sorpresa para una guapa ama de casa en la que todos los amigos y la familia se esconden en una habitación y cuando salen y gritan «¡Feliz cumpleaños!» se la encuentran despatarrada en el sofá con el perro de la familia lamiéndole mantequilla de cacahuete de la entrepierna…
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