Al observar el cerebro de una persona mientras ésta respondía preguntas se podía ver el modo en que las distintas zonas del tejido cerebral reaccionaban ante lo que decía. Los científicos de la Fundación habían descubierto que al cerebro le resultaba más fácil decir la verdad. Cuando alguien mentía, su córtex prefrontal y las circunvalaciones anteriores se encendían como manchas de roja lava.
Lawrence siguió por el pasillo hasta otra puerta sin identificar. Un cierre se descorrió, y entró en una sala en sombras. Había cuatro monitores de televisión instalados en la pared frente a una serie de ordenadores y una larga mesa donde se hallaba el panel de control. Un hombre rechoncho y con barba tecleaba instrucciones en el teclado del ordenador. Gregory Vincent había diseñado e instalado los equipos que iban a ser usados ese día.
– ¿Le has quitado todos los objetos metálicos? -preguntó.
– Sí.
– ¿Por qué no has entrado? ¿Tenías miedo de decir algo mientras yo estaba observando?
Lawrence hizo rodar una silla hasta el panel de control y se sentó.
– Simplemente obedecía órdenes.
– Sí, claro. -Vincent se rascó el estómago-. Nadie quiere entrar en el Cuarto de la Verdad.
Al observar los monitores, Lawrence vio que el cuerpo de Richardson se había convertido en una imagen borrosa compuesta por distintas manchas de luz. La luz cambiaba de color e intensidad a medida que el neurólogo respiraba, tragaba saliva o pensaba en el apuro en que se había metido: era un hombre digitalizado que podía ser cuantificado y analizado por los ordenadores que Lawrence tenía tras de sí.
– Tiene buen aspecto -dijo Vincent-. Esto va a ser fácil. -Echó un vistazo al pequeño monitor de seguridad que colgaba del techo. Un hombre calvo iba por el pasillo-. La hora exacta. Aquí llega el general.
Lawrence creó la máscara apropiada -aplicada, decidida- y miró fijamente los monitores cuando Kennard Nash entró en el Cuarto de la Verdad. El general rondaba la sesentena, tenía una nariz chata y su espalda adoptaba una rígida posición militar. Lawrence admiraba el modo en que Nash ocultaba su dureza bajo la amistosa apariencia de un entrenador personal.
Richardson se levantó, y Nash le estrechó la mano.
– ¡Doctor Richardson! -exclamó-. ¡Cuánto me alegro de conocerlo! Soy Kennard Nash, director ejecutivo de la Fundación Evergreen.
– Es un honor encontrarme con usted, general. Le recuerdo de su etapa en el gobierno.
– Sí. Aquello fue un gran reto, pero me llegó el momento de cambiar. Dirigir Evergreen ha sido toda una experiencia.
Los dos hombres se sentaron frente a frente a la mesa. En la sala de control, Vincent tecleó las instrucciones oportunas para el ordenador. En las pantallas aparecieron distintas imágenes del cerebro de Richardson.
– Tengo entendido que ha leído lo que llamamos el Libro verde . Se trata de un resumen de todo lo que sabemos acerca de los Viajeros.
– La información me pareció increíble -dijo Richardson-. ¿Es cierta?
– Sí. Cierta gente tiene la habilidad de proyectar su energía neural fuera de sus cuerpos. Se trata de una anomalía genética que puede transmitirse de padres a hijos.
– ¿Y adónde va esa energía?
Kennard Nash separó las manos, las ocultó bajo la mesa y durante unos segundos se quedó mirando fijamente a Richardson. Sus ojos se movían rápidamente mientras examinaban el rostro del neurólogo.
– Según indican nuestros informes, se traslada a otra dimensión y después vuelve.
– Eso es imposible.
El general parecía divertirse.
– Bueno, hace años que sabemos de la existencia de otras dimensiones. Es uno de los fundamentos de la teoría cuántica. Siempre hemos tenido la demostración matemática, pero no los medios para hacer el viaje. Fue una sorpresa descubrir que esos individuos llevaban haciéndolo desde hace siglos.
– Debería hacer públicos sus descubrimientos. Los científicos de todo el mundo se lanzarían a verificarlos.
– Eso es exactamente lo que no queremos hacer. Nuestro país está sometido a ataques de terroristas y de elementos subversivos. Tanto en la Fundación como nuestros amigos alrededor del mundo estamos preocupados por la posibilidad de que ciertos grupos puedan utilizar el poder de los Viajeros para destruir el sistema económico. Los Viajeros tienen tendencia a mostrarse antisociales.
– Ustedes necesitan más información sobre esa gente.
– Ésa es la razón de que estemos desarrollando un nuevo proyecto de investigación aquí, en el centro. En estos momentos estamos poniendo a punto el equipo y buscando un Viajero dispuesto a cooperar. Es posible que consigamos dos, dos hermanos. Nos hace falta un neurólogo con sus antecedentes para que les implante sensores en el cerebro. Entonces podremos utilizar nuestro ordenador cuántico para averiguar adónde se dirige su energía.
– ¿A otra dimensión?
– Exacto. Y también cómo llegar hasta allí y volver. El ordenador cuántico nos permitirá observar lo que ocurra. Usted no necesita saber cómo funciona el ordenador, doctor. Sólo ha de implantar los sensores en el cerebro de nuestros viajeros y dejar que emprendan el viaje. -El general Nash alzó ambas manos como si estuviera invocando una deidad-. Nos hallamos muy cerca de un gran descubrimiento que cambiará nuestra civilización. No hace falta que le diga lo emocionante que resulta, doctor Richardson. Me sentiría muy honrado si se uniera a nuestro equipo.
– ¿Y todo se desarrollaría en secreto?
– A corto plazo, sí. Por razones de seguridad, usted deberá trasladarse al centro de investigación y trabajar con nuestro personal. Si tenemos éxito, se le permitirá publicar los resultados de su investigación. Verificar la existencia de otros mundos significaría automáticamente el premio Nobel. De todas maneras, usted comprende que es más que eso. Se trataría de un descubrimiento de una magnitud equivalente al trabajo de Albert Einstein.
– ¿Y qué pasa si fallamos? -preguntó Richardson.
– Nuestras medidas de seguridad nos protegen de las intromisiones de la prensa. Si el experimento no tiene éxito, nadie tiene por qué enterarse, y los Viajeros podrán seguir siendo una leyenda folclórica sin respaldo científico.
El cerebro de Richardson mostraba un brillante color rojo mientras analizaba las posibilidades.
– Creo que me sentiría más cómodo trabajando en Yale.
– Sé lo que ocurre en la mayoría de los laboratorios universitarios -comentó Nash-. Uno se ve obligado a enfrentarse a infinidad de comités de supervisión y a rellenar un montón de papeleo. En nuestro centro de investigación no existe la burocracia. Si alguien desea el equipo que sea, se le entrega en un plazo de cuarenta y ocho horas. No tendrá que preocuparse por el costo. Nosotros lo pagamos todo. Además, estaremos encantados de abonarle una sustanciosa cantidad a cambio de su contribución personal.
– En la universidad tengo que rellenar tres formularios para conseguir un simple juego nuevo de tubos de ensayo.
– Ese tipo de tonterías supone malgastar su inteligencia y creatividad. Nosotros le daremos todo lo que necesite para llevar a cabo tan importante descubrimiento.
El cuerpo de Richardson se relajó, y su lóbulo frontal mostró unas pequeñas manchas rosas de actividad.
– Todo esto resulta muy tentador.
– Mire, doctor, estamos sometidos a las premuras del tiempo. Me temo que necesito una respuesta en este mismo momento. Si no lo tiene claro consultaremos con otros neurólogos. Creo que ese colega suyo, Mark Beecher, está en nuestras listas.
– Beecher no tiene la experiencia clínica necesaria -contestó Richardson-. ¿En quién más habían pensado?
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