Array Array - Atlas de geografía humana
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—Te echo mucho de menos, Ana —eso fue lo primero que me dijo el once de agosto, por sorpresa, a la hora de la siesta—. Y estoy muy desconcertado, ¿sabes?, porque la verdad es que creía que iba a llevar esto mejor. Pero me acuerdo mucho de ti, todo el tiempo… Pasado mañana tengo que irme a Madrid, porque voy a participar en uno de esos Cursos de la Complutense, en El Escorial, una chorrada interdisciplinar, sobre el paisaje… Bueno, pues yo odio la moda esta de las universidades de verano, ya lo sabes, y cuando no me las puedo quitar de encima, estoy una semana de mala leche sólo de pensar en que tengo que trabajar en medio de las vacaciones, y sin embargo, esta vez me apetece mucho volver a Madrid, en serio, estar allí, simplemente, un par de días, aunque tú no estés… Porque tú no tendrás nada que hacer en Madrid pasado mañana, ¿verdad?
—No lo sé todavía… —le contesté después de un rato, cuando logré gobernar mi propio aliento.
Supongo que en aquel momento ya estaba todo decidido, por mucho que él me hubiera advertido después que nunca podría perdonarse que yo interrumpiera mis vacaciones sólo para ir a verle, por más que me hubiera recordado que Fuengirola estaba muy lejos, por muy amargamente que se hubiera reprochado en voz alta la debilidad de haberme contado sus planes, supongo que en aquel momento yo había decidido ya que no tenía nada que hacer excepto irme a Madrid un par de días, pero no me atreví a tomar ninguna decisión aquella noche, y tampoco fui capaz de hacerlo por la mañana, mientras valoraba obsesivamente las ventajas y los riesgos de aquella entrega sin matices, y cuando cayó la tarde todavía no me había atrevido a insinuarlo siquiera, y supongo que ya sabía que me iba a ir, pero también sé que no sabía muy bien qué hacer hasta que, después de cenar, escuché desde la cocina un griterío tan ensordecedor que dejé a medias la copa en la que intentaba encontrar una definitiva dosis de coraje, y corrí al salón para averiguar qué estaba pasando.
Cuando entré por la puerta, la voz de Amanda, llamándome —mamá, corre, mamá, ven a ver
esto— se imponía con esfuerzo a un ensordecedor guirigay de comentarios sorprendentemente divididos entre la risa y la indignación. Todos los habitantes adultos de la casa estaban pendientes del televisor, atrapados en el desarrollo de una escena que al principio no fui capaz de interpretar. Una adolescente fea y bastante gorda se debatía como un coloso maltrecho entre los tres pares de brazos de otros tantos hombres que la sujetaban y que, a pesar de todas sus ventajas, no llegaban a impedir que avanzara de centímetro en centímetro, dejando caer todo el peso de su cuerpo hacia delante mientras embestía con la cabeza como un toro bravo, hacia un objetivo que aún no pude distinguir. La boca grotescamente desfigurada por un grito perpetuo, el pelo largo y lacio empapado por el llanto, aquella chica no terminaba de chillar ni de llorar, instalada más bien en el territorio intermedio de un formidable ataque de histeria, y al principio pensé que se trataba de la superviviente de alguna catástrofe, o de una manifestante radical de cualquier signo, tal era el empeño sobrehumano con el que se oponía a sus enemigos, pero la cámara se movió entonces hacia la izquierda para mostrar el rostro perplejo y asustado de un cantante de moda que seguramente jamás había contado con provocar una reacción semejante, y entonces me di cuenta de que los hombres que la sujetaban no eran policías, sino guardias de seguridad, y cuando pude oírla por fin, lo entendí todo. Presa de una pasión que la dominaba hasta un límite que ella misma quizás desconocía, aquella chica se expresaba en un lenguaje radicalmente impropio de su edad, de los gustos y la manera de ser que se adivinaban en su forma de ir vestida, pronunciando palabras dignas de la más atribulada heroína de un culebrón de sobremesa, frases que parecían copiadas de cualquier novela romántica barata, y sin embargo, mi piel se erizó de emoción al escucharlas, y unas lágrimas conscientes de sí mismas se asomaron a mis ojos mientras la veía, mientras distinguía su voz distorsionada por la desesperación, mientras sentía que me llamaba con todos sus gestos, mírame, le decía a aquel cretino que se negaba a complacerla, girando la cabeza en dirección contraria para exhibir una sonrisa plastificada y hueca, miserablemente indigna del penoso espectáculo que estaba provocando, mírame, por favor, sólo una vez, mírame, te lo suplico, te lo suplico, mírame sólo una vez y me iré de aquí, te lo estoy pidiendo de rodillas, ¿por qué no quieres mirarme?, te lo suplico, mírame, por favor, mírame…
—¿Has comprado hoy el periódico de aquí, papá? —pregunté cuando terminó el reportaje, sin apartar la vista del televisor.
—Sí —mi padre rebuscó entre un montón de revistas tiradas en el suelo, junto a su butaca, y lo encontró enseguida—. ¿Para qué lo quieres?
—Aquí vienen los horarios del Talgo, ¿no? —volví a preguntar, mientras hojeaba ya las últimas páginas detectando al mismo tiempo con el rabillo del ojo la mirada de alarma de mi madre.
—Sí, creo que sí… Pero ¿por qué…? —mi padre, que estaba en Babia, como casi siempre, interpretó mi curiosidad en la dirección más errónea—. ¡Qué bien! No me digas que mañana viene Antonio…
—No —contesté, cuando ya había elegido el tren de las diez y media—. Pero mañana yo me voy a Madrid.
El calendario nos había precipitado de golpe en el otoño, pero el cielo del 22 de septiembre amaneció pintado de un azul purísimo, presintiendo el luminoso castigo del sol que se cebaría a placer y sin dar tregua al reloj mucho antes de que llegara el mediodía, en los descarnados perfiles de la tierra seca, esa arisca sucesión de cimas arenosas, montañas peladas, desnudas de todo que, esa mañana sí, me parecían el lugar más grandioso de la Tierra. Estábamos desayunando en el comedor del hostal, un antiguo porche acristalado desde el que se divisaba el inmutable paisaje del desierto en todas las direcciones, y Javier, que ya se había tomado dos cafés mientras revisaba el contenido de una bolsa llena de cuadernos y aparatitos, tomando notas en un bloc, parecía tan involucrado en el territorio que nos rodeaba que, de repente, me miró como si mi presencia le sorprendiera.
—Lo siento, pero hoy vamos a tener que trabajar un poco —me dijo—. Espero que estés moralmente preparada para caminar algunas horas. Al fin y al cabo, si no he podido venir antes, fue por culpa tuya, así que…
Se echó a reír pero yo no pude seguirle, porque había llegado el momento de correr algunos riesgos.
—Oye, Javier… Lo que me has dicho esta noche…
Él terminó de reunir sus propiedades en la bolsa, la cerró, y se echó hacia atrás en la silla para quedarse quieto, mirándome, con los brazos cruzados y una sonrisa dulce e irónica a la vez.
— ¿Qué?
Crucé los dedos por debajo de la mesa hasta que me dolieron, antes de repetirlo en voz alta.
—Que estás muy enamorado de mí.
—Sí —asintió, como si ya le hubiera preguntado algo.
—¿Es verdad?
—Sí —volvió a decir, con el mismo tono con el que se habría identificado si yo le hubiera preguntado si se llamaba verdaderamente Javier Álvarez.
—¡Ah! —murmuré—. Bueno, pues… Quiero decirte que yo también estoy muy enamorada de ti… —y entonces me quedé callada, como si no pudiera añadir en toda mi vida ni una sola palabra más a lo que acababa de decir, pero entonces recordé que ya le había dicho muchas veces que haría cualquier cosa por él—. Bueno, ya lo sabes. Lo que pasa es que como nunca habíamos hablado de esto… —y entonces sí me eché a reír—. Quería decirlo yo también.
Me miró en silencio, con la misma sonrisa dulce e irónica de antes, durante segundos que se alargaron hasta convertirse en minutos, o durante minutos que se evaporaron tan pronto como si fuesen segundos, un plazo tan incierto que el sonido de su voz, al romperlo, me sobresaltó como el eco de un grito.
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