Array Array - Atlas de geografía humana

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—¡Mamá! —chillé—. Como digas una palabra más, me levanto y me voy.

—Pues la voy a decir… —me levanté y empecé a atravesar el salón—. Te lo voy a decir bien claro, que por ahí no vas a ninguna parte, que está jugando contigo, que estás haciendo el imbécil, que nunca va a dejar…

Salí al descansillo dando un portazo que mutiló piadosamente el final de su discurso, y me apoyé en la puerta para echarme a llorar de rabia, y de cansancio, y de hartazgo de aquella frase maldita que me perseguía por todas las esquinas de mi vida como un sabueso infaliblemente entrenado para destrozarme con sus dientes antes o después.

Pero, a veces, las cosas cambian.

Parece imposible, es increíble pero, a veces, pasa.

Yo lo sé porque el doce de octubre, fiesta, antiguo Día de la Raza, sonó el timbre de mi puerta a las dos menos cuarto de la mañana, justo en el instante en el que creía haber empezado a dormir. Amanda se había acostado casi una hora antes, y por eso salté de la cama deprisa, y me puse mi bata de pagodas y doncellas chinas para correr por el pasillo sin pensar siquiera en quién estaría al otro lado de la puerta, pendiente sólo de que un segundo timbrazo no llegara a despertarla, y al abrir me encontré con Javier, absurdamente enfundado en una gabardina gris en una noche de cielo limpio y luna llena.

—Siempre te despierto… —dijo, mientras atravesaba el umbral—. Lo siento.

—No importa —le aseguré, sonriendo—. Me encantaría que me despertaras todas las noches.

—¿Sí? —me preguntó con una sonrisa, mientras deslizaba la mano izquierda dentro de mi bata, un segundo antes de besarme en los labios—. Pues estás de enhorabuena… Porque acabo de decirle a Adelaida que me voy de casa.

ÍNDICES Y MAPAS

Cuando Marisa rne advirtió que tenía los ojos raros, al mismo tiempo que fabricaba sobre la marcha aquella tonta excusa sobre el cepillo del rímel y el algodón empapado en desmaquillados me di cuenta de que ya estaba mucho mejor, y ni siquiera lamenté el pequeño duelo que había celebrado a solas conmigo misma en el cuarto de baño, como si pudiera presentir que aquel rito íntimo e inútil encerraba al mismo tiempo el final de la peor época de mi vida adulta, la odiosa tiranía de una debilidad que se había hecho fuerte en mi interior a costa de dejarme casi definitivamente exhausta. Aunque habían pasado ya dos meses y medio desde que mi hermana Natalia pagó mi invitación a comer con la confidencia más nimia y más deslumbrante, la definitiva prueba del método favorito de mi marido para emplear el tiempo libre, y aunque ella se hubiera cansado de interrogarme con los ojos en las comidas familiares, la verdad es que lo tenía todo rigurosamente controlado, y cada pieza, cada detalle, cada elemento del plan que diseñé casi sobre la marcha para irlo perfeccionando después poco a poco, había ido ocupando el lugar previsto con tanta facilidad como si me tocara por fin cobrar los intereses de aquel inmenso capital de fe que antes había depositado en el destino sin ningún resultado. La enorme cantidad de trabajo que los índices de la colección, como el rompecabezas más desquiciante, depositaba cada mañana sobre mi mesa, me ayudó a pensar y a hacerme invisible en casa por las noches, porque nada resulta más convincente que advertir que una está agotada cuando el cansancio se lee sin dificultad en cada esquina de su rostro. Siempre había pensado que lo mejor sería irme de viaje con los niños justo después de devolver a mi marido la libertad precisa para follar con otras en su propia cama, y Fran había decidido que, como el cierre del último fascículo del Atlas coincidía con la primera semana de abril, podíamos tomarnos las vacaciones de Semana Santa cinco días antes de lo previsto. A Ignacio padre, que en aquel preciso momento debió de empezar a repasar de memoria su agenda de teléfonos, le había parecido muy bien, y en el colegio, el tutor de Ignacio hijo, que ya me había advertido de ciertos indicios de una misteriosa reconciliación del niño con las matemáticas, no vio ningún inconveniente en mi proyecto de acortar el segundo trimestre en cuatro días lectivos, y ni siquiera me miró mal cuando le anuncié que tenía la intención de separarme de mi marido. Hubo un momento incluso en el que sospeché, mientras me contaba que él también estaba separado y me daba ánimos para el futuro, que me estaba mirando bien, y no sé si acerté o no, pero el caso es que salí de su despacho con un humor estupendo, agradeciendo por dentro aquel empujón tanto si había sido real como figurado. Los niños, por supuesto, estaban encantados de venirse conmigo a Roma. Había tenido suerte con la hora del vuelo, con la situación del hotel y hasta con las tarifas que escogí en la agencia de viajes, por eso me afectó tanto que una mañana apacible y soleada del mes de marzo, cuando absolutamente todo se encaminaba con pasos medidos, tranquilos, mansos, hacia su fin, la voz de Adela me anunciara desde el interfono que tenía una llamada de un tal Nacho Huertas, fotógrafo.

No tuve que forzar ni siquiera la voz para pedirle a mi secretaria que le dijera que estaba muy ocupada, que le llamaría yo cuando tuviera un momento libre, y después no dudé ni un instante de haber hecho no ya lo correcto, sino lo único posible, pero no pude evitar recordar, y fantasear un rato con el desconcierto en el que mi respuesta debía de haber sumido a un hombre que tendría que aprender ahora a que yo le rechazara, e incluso imaginé un último encuentro, una última sesión en la que yo fuera quien decide, quien elige, quien controla, y sin embargo, antes de que me atreviera a sugerirme que tal vez no me vendría mal un polvo póstumo, yo misma me abofeteé con los dedos

de mi memoria y me prohibí con éxito seguir por ese camino, por muy inofensivo que, de puro imaginario, me pareciera hasta a mí misma. No devolví esa llamada ni entonces ni nunca, y no esperaba que Nacho volviera a llamar, pero lo hizo, una semana más tarde, y entonces hablé con Ana, le pedí que le llamara expresamente en mi lugar, que le dijera que yo estaba muy liada y ella dispuesta a resolver cualquier pega que hubiera surgido, y pensé que eso sería suficiente, porque Ana me confirmó lo que las dos sabíamos ya, que Nacho no tenía ningún problema, que simplemente quería hablar conmigo. Estaba decidida a que no lo lograra nunca más cuando, en el salón de mi casa, aquella misma tarde, mientras Lobezno buscaba frenéticamente por los túneles del subsuelo al científico loco capaz de proporcionarle un antídoto para el veneno que estaba paralizando sus mutantes vísceras después de haber sumido ya a Júbilo en una especie de letargo mortal, sonó el teléfono y lo cogí sin curiosidad alguna por la voz que iba a escuchar al otro lado de la línea.

Vaya, Rosita, ¡por fin!, empezó, pero yo estaba ya inmunizada contra sus diminutivos y aquel tono festivo me molestó más de lo que podría haber llegado a suponer, así que no contesté, ¿dónde te metes?, insistió él, estoy viendo una serie de dibujos animados con mis hijos, le informé, ¡qué divertido!, pues sí, nos estamos divirtiendo mucho, desde luego… En la pausa que se abrió a continuación me pregunté si se atrevería a pasarse de listo, pero no tuve suerte, me parece que no te apetece hablar conmigo, dijo solamente, sí, te parece bien, respondí, y colgué el teléfono sin despedirme, pero no llegué a enterarme de los efectos del líquido verdoso de la ampolla de cristal que el hombre–lobo estaba a punto de inyectarse en su peludo y moribundo brazo, no comprobé si le devolvía o no a esa vida que le abandonaba por momentos, porque miré el reloj y me dije que por una vez no estaría mal que me arreglara con tiempo, y estaba tranquila cuando me levanté, tranquila y conforme conmigo misma, y esa sensación no me abandonó cuando cerré la puerta del cuarto de baño, me hizo compañía mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras me daba un poco de colorete con una brocha, pero cuando tenía ya el cepillo del rímel en la mano, me di cuenta de que mis ojos brillaban demasiado, y aunque hace años que mi cara no me sorprende ni siquiera cuando me corto el pelo, tuve que admitir que estaba a punto de echarme a llorar.

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