Array Array - Atlas de geografía humana
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Sin embargo, al día siguiente, a las siete y cuarto de la tarde, empujó la puerta de cristal, se acercó al mostrador abominable, y pidió una pastilla de jabón. Llegó a comprar veintiocho —lo sé con exactitud porque las he visto durante toda mi vida, cuidadosamente apiladas, el envoltorio intacto, en una pequeña vitrina de madera inglesa que es el único mueble de su despacho que no contiene libros, como si fueran un trofeo de caza— antes de que ella accediera a salir con él a tomar una caña después del trabajo, pero sólo porque mi novio está de guardia, le advirtió mientras se ponía el abrigo, muy seria. Entretanto, él había aprendido muchas cosas hablando con ella a través del mostrador, y tenía esperanzas. Por su parte, le había contado sólo lo que le convenía, que era hijo único, huérfano de padre y madre, que había sufrido muchísimo por ambas ausencias desde muy pequeño, que había tenido que hacerse a sí mismo, que poseía una librería y una pequeña editorial, montada con la ayuda de sus abuelos —y que, la verdad, ganaba bastante dinero, para qué mentir—, que no tenía novia porque no le interesaban las historias triviales, sino un amor verdadero para toda la vida, etcétera. Ella se creía apenas la mitad, ya, ya, le decía, menudo golfo estás tú hecho…, pero sonreía siempre al final, como si no le molestara mucho la idea. La segunda vez fueron a un cine de la Gran Vía. Ponían una de John Wayne, el galán favorito de mi madre. Mi padre estuvo observándola toda la película, y no dijo nada, pero se dio cuenta de hasta qué punto parecía gustarle aquel macho tan excesivo, y tuvo todavía más esperanzas, porque él no era tan guapo de cara como su rival pero, desde luego, abultaba más o menos el doble. Y sin uniforme, que tiene más mérito, le gustaba precisar. Luego, el alférez Barrachina se fue un mes de maniobras a las Bardenas Reales. Así no se las pusieron ni al rey David, pensó Miguel Antúnez.
Explotó la libertad coyuntural de su presa desde la primera tarde, y atacó con un libro de poemas, Azul, de Rubén Darío. Más tarde recurrió a Bécquer — Rimas —, a Lorca — Romancero gitano —, a Juan Ramón — Diario de un poeta reciencasado — y, cuando se sintió seguro, a Salinas — La voz a ti debida —, con la poesía siempre se ha follado una barbaridad, es todavía uno de sus lemas favoritos. Le leía poemas en voz alta y los comentaba ladinamente, adornándolos con el tipo de historias edificantes que más le convenían, como los amores del rey Salomón con la reina de Saba, la fuga de Verlaine con Rimbaud, o la pasión de Lord Byron por su hermana Augusta, pero siempre de poetas muy distantes, antiguos, o extranjeros, para no asustarla demasiado, y ella le miraba muy fijo, con los ojos húmedos, brillantes, mientras los escuchaba, y decía al final, en fin, gracias a Dios, en España no pasan esta clase de cosas, un instante antes de empezar a pedir detalles.
Y fue ella, aun sin saberlo, quien dio el paso definitivo. Acababan de salir del cine, siempre una
del oeste, y en Callao escogieron la acera derecha de la Gran Vía en dirección a Alcalá. Iban a tomar un café en el Círculo de Bellas Artes, pero un semáforo en rojo les detuvo a la altura de la Red de San Luis. Ella aprovechó para acercarse a mirar el escaparate de Alexandre, aquella suntuosa tienda de bisutería que ahora se ha convertido en un triste despacho de hamburguesas a cuarenta duros la unidad, pero no se alejó tanto como para no escuchar el eco de una voz bronca, aguardentosa, ¿me das fuego, guapo?, y se volvió con tanta brusquedad como si un alacrán hubiera atinado a morderla en la nuca. Una mujer que aparentaba unos treinta años, abrigo blanco sobre los hombros, moño alto y muy historiado, como un rascacielos generosamente revocado con varias capas de pintura amarillo canario, y los labios, más que teñidos, heridos por un carmín del color de la sangre seca, acercaba un pitillo al mechero que Miguel sostenía en la mano derecha, y al hacerlo, se las arreglaba para mostrar un vestido negro, ceñidísimo, con un escote en uve tan profundo que ni siquiera se habría podido calificar de insinuante. La hija predilecta del teniente coronel actuó por puro instinto. Antes de que el cigarrillo hubiera empezado a tirar, ya se había colgado del brazo de su acompañante. Bueno, chica, ya me voy, dijo aquella mujer, ¡qué barbaridad, ni que una estuviera haciendo algo malo…!
El semáforo cambió a verde, pero ninguno de los dos hizo ademán de cruzar. Él decidió esperar a que ella hablara primero. Era una puta, ¿verdad?, dijo por fin, y él asintió con la cabeza, eso me ha parecido… Gustavo nunca quiere contarme nada, le confió después, mencionando por primera vez al alférez Barrachina por su nombre de pila, él dice que nunca se ha acostado con ninguna, pero yo no me lo creo, la verdad, aunque a lo mejor, como es tan pasmado… ¿Tú vas de putas, Miguel? El la miró intensamente a los ojos durante un par de segundos, meditando en silencio acerca de la respuesta que ella preferiría escuchar, y al final fue sincero, sí, claro que voy de putas, y contempló la chispa de emoción que incendiaba sus ojos, y llegó un poco más lejos, tal y como están las cosas, en este país no hay otra solución, y todavía unos metros más allá, ¿por qué me lo preguntas?, ¿a ti te interesan? Ella estaba confundida y muy nerviosa, eso lo reconoció siempre, afirmando vigorosamente con la cabeza cada vez que él contaba la historia, no sé…, dijo al final, me gusta mirarlas, esas ropas que llevan, tan pintadas, no las entiendo muy bien, a veces me pregunto qué sentirán, cómo podrán vivir así…
Miguel Antúnez cogió a Inma/Conchita Martínez Pacheco del brazo, cruzó Montera con ella, y unos metros después, se lo jugó todo a una carta dudosa. Estamos enfrente de Chicote, dijo en un susurro, murmurando casi en su oído, ¿quieres que entremos? Ella negó con la cabeza sin mucha convicción. Muy bien, concedió él, pero te advierto que no pasaría nada raro. Ahí dentro hay muchas putas, pero también parejas de gente normal, grupos de amigos, hasta escritores, pintores, periodistas, personas corrientes que toman una copa, eso no es pecado. Ella dudaba con la cara, con las manos, con los ojos, con todo su cuerpo. ¿Estás seguro?, le preguntó al final, absolutamente, fue la respuesta, y mi madre nunca llegó a acceder de palabra, pero él se detuvo en otro semáforo, y atravesaron juntos la Gran Vía, y unos metros antes de ganar la puerta giratoria, la obligó a detenerse, se colocó justo detrás de ella, y empezó a desprender de su cabeza las horquillas que mantenían sujeto el flequillo, antes de desbaratar del todo su peinado recogido de mujer decente, retirando un ancho pasador metálico adornado con flores de tela que guardó en uno de sus bolsillos. Ella no dijo nada hasta que una mano helada, los dedos extendidos, recorrió su cráneo desde la nuca hacia arriba, para despegar de la piel sus cabellos aplastados. ¿Por qué haces eso?, preguntó por fin, y él se dio cuenta de que estaba temblando, así que procuró improvisar un acento chistoso, eres demasiado guapa por ti misma, dijo, no hace falta que desentones tanto como si pretendieras llamar la atención…
El bar era un local más pequeño de lo que ella había supuesto, y sin embargo no la decepcionó, porque estaba abarrotado de gente y lleno de humo, y en el aire se mezclaban toda clase de sonidos frívolos —ecos de carcajadas, de besos, mecheros que se prendían, botellas que se abrían, copas que chocaban en brindis incesantemente repetidos— que ahogaban una tenue música ambiental. Miguel localizó a una pareja que estaba a punto de abandonar dos taburetes junto a la barra y después de
ocuparlos pidió un whisky con hielo. ¿Qué quieres tú?, le preguntó, no lo sé, reconoció ella después de un rato, nunca bebo, pero… ¿y si me tomo un dry martini, que es lo que piden siempre en las películas?, estupendo, dijo él. y ella acabó tomándose tres, uno detrás de otro, mientras descubría que aquellas mujeres no parecían tan perdidas como había supuesto siempre, y algunas hasta actuaban como si se lo estuvieran pasando bien de verdad. Él fue un momento al baño, e incluso durante su ausencia tuvo suerte. Cuando volvió, un par de hombres maduros y bien vestidos intentaban dar palique a la novia del alférez, que estaba tan borracha que sonreía sin entender muy bien el sentido de aquella conversación. Voy a besarte, le anunció él, después de espantarlos, para que todos sepan que estás conmigo, es lo mejor, lo más seguro, ¿de acuerdo?, y la besó una vez, y otra, y otra, y ella al principio sólo se dejaba besar, pero luego le echó los brazos al cuello, y empezó a besarle, y no protestó cuando él le puso una mano en la cintura, ni después, cuando aquellos dedos empezaron a recorrer su costado, subiendo hasta la base del pecho, bajando hasta el final de la cadera, acariciándole un muslo, ella aprovechó una pausa para confesarle que no se encontraba muy bien. Vamos a mi casa, propuso él entonces, te haré café, y ella le siguió sin decir nada, y a él le temblaron las piernas por primera vez desde que la conocía, porque lo había leído en su cara, una imperceptible hinchazón en los labios, la ávida tensión de la barbilla, y ese líquido turbio que empañaba sus ojos, no había duda posible, está cachonda, diagnosticó para sí mismo, cachonda perdida, se repitió, y va a ser esta noche, eso se iba diciendo, será esta noche o no será nunca…
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