Array Array - Atlas de geografía humana

Здесь есть возможность читать онлайн «Array Array - Atlas de geografía humana» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на русском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Atlas de geografía humana: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Atlas de geografía humana»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Atlas de geografía humana — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Atlas de geografía humana», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

—¿Ha pasado algo? —pregunté, en un tono quizás abrumador, por lo fúnebre.

—No —Rosa me sonrió, y durante una fracción de segundo tuve la impresión de que se estaba obligando a hacerlo, pero sus labios se ensancharon enseguida, hasta conquistar los límites de una sonrisa normal, su sonrisa de siempre—. ¿Por qué?

—No sé.. —dudé—. Me ha parecido que tenías los ojos llorosos.

—¡Ah, eso…! —en aquel instante un taxista giró a la izquierda sin previo aviso y casi nos lo comemos—. ¿Has visto? ¡Cabrón! Desde luego… Ignacio todavía no había vuelto a casa, y la canguro ha llegado tardísimo. Me he tenido que arreglar tan deprisa que he acabado metiéndome el cepillo del rímel en el ojo derecho, y luego, para arreglarlo, me he pasado con el desmaquillador y me he metido el algodón dentro, total… ¿Estoy muy mal?

—No, pero los tienes un poco irritados —disuelto el misterio, mi indignación rellenó sin esfuerzo el hueco de mi curiosidad—. De todas maneras, eso te pasa por ir siempre con el tiempo pegado al culo, y luego para nada, porque vamos a cenar mañana, fíjate qué hora es…

—No creas. Seguramente, Ana habrá llegado ya, pero hoy es jueves.

—¿Y…? —entonces me di cuenta de lo que quería decir—. Que no, que Fran ya ha dejado de ir al gimnasio.

—¿Sí? ¿Estás segura…? No me había enterado.

—Para variar.

—De todas formas, ya verás como llega tarde. Te apuesto lo que quieras…

Y sin embargo, cuando llegamos al restaurante, Ana no había aparecido todavía. Fran nos esperaba a solas, y también la encontré rara, porque iba sin arreglar, «nos vaqueros desteñidos y un jersey azul celeste tan grande que a la fuerza tenía que ser de su marido, pero sobre todo, porque no conseguí averiguar en toda la noche si estaba preocupada por algo, o al revés, muy contenta precisamente por eso.

Era más joven de lo que esperaba y, además, una mujer, pero no tuve valor para salir corriendo.

—¿Por qué escogió usted un nombre masculino?

Así empezó todo. Era jueves, y había convocado al resto del equipo a cenar a las 10 porque había que solucionar algún problema, unas fotos de no sé dónde, ya no me acuerdo, poca cosa, todavía no había salido a la calle el primer fascículo y todo marchaba muy bien, pero no me apetecía volver derecha a casa desde aquel despacho tan frío, tan técnico, tan parecido a mi propio despacho de la editorial.

—Mire —le advertí, en un tono lo suficientemente seco corno para sugerir que no debía esperar de mí, todavía, respuesta alguna—, antes de empezar, me gustaría dejar claras un par de cosas. En primer lugar, preferiría que no me hiciera preguntas. Yo vengo aquí todas las semanas, le cuento mi vida, y usted me escucha. Si considera que es fundamental que lleguemos a un punto determinado, puede sugerírmelo al principio y yo la complaceré, no tengo ninguna intención de tirar el dinero. En segundo lugar, le rogaría que no tomara notas mientras, yo esté aquí. Lo siento mucho, pero cuando la he visto ahí sentada, con esa carpeta y ese bolígrafo, me he sentido igual que si fuera un mono del zoológico. Si no confía en su memoria, puede anotar lo que quiera cuando yo me vaya. Supongo que, teniendo en cuenta su profesión, podrá retener una cantidad considerable de datos durante una hora, las sesiones tampoco son tan largas.

Cerró la carpeta, la colocó encima de la mesa y puso el bolígrafo encima. No parecía enfadada conmigo, ni siquiera desconcertada por mi actitud, y decidí afilar los agudos de mi acento más áspero para prolongar un discurso imprescindible, porque estaba a punto de desmoronarme por dentro, me vendría abajo sin remedio en el instante en que dejara de hablar.

—En tercer lugar, prefiero advertirle de antemano que todo esto, incluida yo misma en el papel que acabo de estrenar, me parece una especie de farsa anticuada e inútil, así que no puedo garantizarle que cuente conmigo entre sus pacientes durante mucho tiempo. Si he venido aquí es porque me encuentro mal sin saber por qué. No es la primera vez que me pasa, pero nunca me había dado tan fuerte. Por principio, me obligo a mí misma a contar con todos los métodos posibles para resolver un problema, y para mí, usted, de momento, no es más que eso, un método posible. Espero no parecerle intolerablemente soberbia o desagradable, pero prefiero ser sincera. No he querido contarle a nadie que me voy a psicoanalizar, nadie lo sabe, ni en casa ni en el trabajo. Para el resto del mundo, yo estoy ahora mismo haciendo gimnasia. Es una buena excusa, porque la gimnasia es uno de los métodos posibles que he utilizado más frecuentemente hasta ahora.

Otro día le contaré la verdad, me iba diciendo mientras mentía a medias, rebozando cada palabra en la calculada distancia de un lenguaje mecánicamente prestigioso, o mejor dicho, lo que sospecho de la verdad, esa esfera gigantesca, perfecta como todas las cosas redondas, que ha explotado de repente en el parto de millones de verdades pequeñas y astilladas, células toscas e inermes de una realidad que se ha roto con ellas, sin dejarme instrucciones para su reconstrucción. Otro día recontaré sus pedazos, me prometí a mí misma sin mover los labios, pero eso será cuando se hayan agotado las preguntas fáciles de contestar, luego, la próxima vez, una tarde cualquiera.

—Bueno, creo que ahora me toca hablar a mí —cuando ya no lo esperaba, aquella desconocida me encaró de frente, con una voz lo suficientemente serena como para no alarmarme, pero sin esforzarse por enmascarar una cierta dosis de dureza que me advirtió que, en contra de lo que había supuesto hasta un instante antes de escucharla, yo no tenía el control—. Si acabara de terminar un libro y estuviera pensando en enviarlo a su editorial, no me quedaría más remedio que aguantarle este tono, pero le aseguro que, de momento, ése no es el caso. Supongo que usted ha venido hasta aquí porque tiene algún problema que supone que yo puedo ayudarle a solucionar. Si no es así, las

dos estamos perdiendo el tiempo, y lo mejor será que se marche ahora y no vuelva más.

Ya no recuerdo cuándo descubrí que la única fórmula capaz de garantizarme la capacidad de hacer bien las cosas consistía en controlar cualquier situación antes de que el resto de los personajes que intervinieran en ella hubieran sentido siquiera la necesidad de disputármelo. Desde entonces, y debo de estar hablando de una época en la que mi estatura rebasaba a duras penas el metro y medio, mi relación con el resto del mundo, personas, acontecimientos, estados de ánimo, e incluso objetos, se ha definido por la necesidad de tener el control en todo momento, sin relajar la vigilancia jamás. Martín es la única excepción a esta regla, el único ser vivo al que he llegado a reconocerle autoridad sobre mí misma. Fuera de él, no sé, y nunca he sabido, desenvolverme en situaciones controladas por otros. Odio tener que hacerlo.

Miré fijamente a la desconocida, que aguantó mi mirada sin pestañear, mientras ensayaba por dentro la respuesta que ella estaba esperando. Tengo treinta y siete años y acabo de comprender que seguramente he vivido ya más de la mitad de mi vida. No se lo va a creer, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Hace tres meses, mi mejor amiga se murió de un cáncer de útero. El mundo ha cambiado también en otras direcciones, no crea. He pasado veinte años —y no es una frase hecha, han sido veinte años de verdad, uno detrás de otro, aunque hasta a mí me parezca mentira— cultivando la utopía de un mundo mejor, más justo y más feliz para todos, con los mismos gestos cursis y relamidos que empleaban para trabajar en su jardín las ratitas presumidas de los cuentos que no me contaron de pequeña. Y de repente, todos mis rosales se han desvanecido, no sé si lo entiende, pero el caso es que han desaparecido, se han esfumado, se han deshecho en el aire, como se deshacen todas las cosas que no han llegado a existir nunca, como las utopías, sin ir más lejos. Mientras tanto, he prosperado. Gano muchísimo dinero, vivo muy bien, no tanto como vivían mis padres, desde luego, aunque para ellos —o quizás sea más exacto hablar sólo de él, porque mi madre ha vivido siempre a remolque, enganchada a su marido igual que una caravana a un coche— este detalle nunca tuvo importancia. Él era un perdedor, hijo de perdedores, digno y entero en la derrota. A mí ni siquiera me ha derrotado nadie y, desde luego, nadie me va a derrotar ya, eso está claro. No he tenido hijos porque mis elevadísimos ideales colmaban con creces el horizonte de mi transcendencia, y ahora que ni siquiera tengo horizonte, me arrepiento, pero todavía no me he atrevido a rendirme porque, por último, aunque no sea lo menos importante, mi marido se dedica últimamente a follar con otras mujeres. Supongo que él también se ha dado cuenta de que ha vivido ya más de la mitad de su vida, que él también ha tenido que enterrar la memoria de los rosales inexistentes y todo eso, pero siempre ha sido más pragmático que yo, y más listo. Por supuesto, él no me ha contado nada. Los dos estamos muy bien educados, somos de muy buena familia, ya se lo puede imaginar, pero yo lo sé, y sé que existe la posibilidad de que me abandone, aunque no quiera pararme a pensarlo siquiera, y también sé que debería hablar con él de todo esto, pero no puedo. He olvidado la manera de hablar con Martín. Antes lo hacíamos, pero ahora no soy capaz de recordar cómo empezábamos. Así que siempre he tenido el control de mi vida, y el control de mi trabajo, y el control de mis amistades, y de mis relaciones con mi familia, y de mi ideología, y de mi futuro, pero ahora, aunque mida casi treinta centímetros más que al principio, no me sirve de nada, porque no sé hacia dónde tirar, qué hacer con el resto de los años que me quedan, que son seguramente menos que los que ya he vivido, no lo olvide. Y Martín, que es el único que ha logrado controlarme a mí, no parece demasiado interesado en seguir haciéndolo. Esto es lo que hay. ¿Qué me dice?

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Atlas de geografía humana»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Atlas de geografía humana» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Atlas de geografía humana»

Обсуждение, отзывы о книге «Atlas de geografía humana» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x