Array Array - Atlas de geografía humana

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—Yo no voy a dar abasto aquí, en cuanto me den Texto y Grandes Obras, y te advierto que ya se nos están viniendo encima, estaré prácticamente colapsado, no voy a poder con más cosas, y antes o después, por más que les joda, tendrán que contratar a gente nueva, para montar departamentos nuevos. Y no todos están jodidos, no creas. Fran Antúnez, la de Obras de Consulta, está a punto de caramelo, y lo comprendo, porque para hacer diccionarios esto es el Paraíso. Ése es el tema, Marisa.

Normalmente, esta última frase me advertía que el ataque había comenzado, y yo me defendía moviéndome hacia atrás, para que él compensara la distancia con naturalidad, avanzando hacia mí, muy despacio.

—Yo no voy a tener nunca una ayudante mejor que tú, pero prefiero mil veces trabajar a tu lado que verme compartiendo redes, fuentes, máquinas y sistemas con cualquier gilipollas engeminado que venga de hacer un máster de mierda en la otra punta del mundo y que no sepa un carajo, porque no saben un carajo, tía, por lo menos de momento, tú los conoces, y esto no es una carrera universitaria, esto es un misterio, y digan lo que digan los manuales, cuando un ordenador se cuelga, lo que hay que hacer es apagarlo, irse a tomar un café y encenderlo otra vez, y entonces el hijoputa anda…

Me daba miedo oírle, porque sabía que tenía razón, toda la razón, y no podía desconfiar de él, porque al pensar en mi bien, salvaguardaba a la vez sus propias intereses, y era sincero. Ramón me veía como a una proyección de sí mismo, el recadero superdotado que vuelve el mundo del revés como se vuelve un guante, para triunfar y machacar desde arriba a quienes siempre creyeron tenerlo debajo. El sí, pero yo no podría, yo estaba segura de que no podría, yo no iría a ninguna parte sin su protección, sin sus instrucciones, sin su aplomo. Por mucho que insistiera, mi éxito jamás prolongaría el suyo, porque yo, sencillamente, nunca llegaría a tener éxito.

—Tú sabes muchísimo de cosas que sabe muy poca gente, y estás desperdiciada, porque dominas la práctica pero no conoces bien la teoría, y lo que tendrías que hacer sería ponerte a estudiar, pero ya, QuarkXPress, Ventura Publisher, Photoshop, McLink… ¡No me pongas esa cara, por favor! Tampoco son tantos, y estás harta de usarlos.

Al llegar aquí, yo ya cabeceaba como una histérica, desmenuzando el último residuo de mi serenidad, como un hilo que presiente que se va a romper, como una pila que intuye que se va a quemar, como mi propia lengua condenada, al adivinar que va a enredarse entre mis dientes.

—N–n–no, no, no, Ra–amón, de verdad —acertaba a decir después de un rato—. Yo no valgo pa–ara estudiar.

—¡ Ah!, ¿no?—insistía él, una expresión casi feroz en las puntas de su boca—. Pues yo creo que sí, tía, porque tienes mucha memoria, y eres muy lista.

—Yo n–no–no soy lista —cómo podría serlo hablando así, me preguntaba a mí misma siempre que me defendía de aquella entusiasta acusación—. Y no fui a la–a universidad…

—¿Y qué? Ya me contarás de lo que me ha servido a mí acabar Económicas para acabar metido

en la autoedición.

—Pero tú… Es distinto. Yo soy muy ma–ayor.

—Precisamente por eso. Llevas diez arios trabajando con ordenadores. Las máquinas te conocen, te quieren, te obedecen.

—Graa–acias, Ramón, pero no.

—¡Pero sí, tía, que sí! Hazme caso y piensa un poco. Ganarías mucho más, estarías mucho mejor, harías un trabajo más interesante, y te podrías ir de aquí a donde quisieras, porque dentro de un par de años vamos a estar tan cotizados como los cantantes de ópera, ya puedes estar segura, ser el primero tiene sus ventajas, ¿que no…? ¡Tiene que tenerlas, coño!

Cuando aprobé la reválida de sexto, en mi casa ya habían decidido por mí que no haría ninguna carrera universitaria. No me importó. Carecía de una vocación definida y siempre había aprobado por los pelos, así que me matriculé en una academia para sacarme un título de secretariado a secas, porque me daba vergüenza tartamudear en inglés, o en francés, con el español ya tenía bastante. Encontré trabajo en esta editorial a los veinte años, pero comprendí enseguida que nunca llegaría a secretaria de dirección, por lo del tartajeo y los idiomas, y porque soy bajita, y en fin, no muy guapa, la verdad. Por eso terminé de teclista, y hasta que empecé a trabajar con Ramón, el trabajo me gustaba. Tengo dedos rápidos y mucha memoria, eso es verdad, jamás cometo faltas de ortografía porque me he pasado la mayor parte de mi vida leyendo, y desde que vi el primero, comprendí que los ordenadores me iban a gustar.

Seguramente, cuando los inventaron, nadie pensó en la gente como yo, pero parecen hechos a nuestra medida, como los deportivos rojos para James Bond o los tejidos de licra para las tías buenas. Los que hemos nacido sin dientes para comernos el mundo, sólo podemos aspirar a dar algún mordisco desde detrás de una pantalla que no tiene ojos, que no tiene oídos, pero le pone rostro a un esclavo tan fiel como el genio de Aladino, y a él no le impresionan los currículos, no entiende más que su propio idioma, no valora la buena presencia. Es tan tonto o tan listo como su amo, y como él, útil o inútil, y aun más. Un ordenador es el poder al alcance de un tímido, de un cojo, de un gordo o de una tartamuda. Nadie que haya tenido más suerte puede figurarse el estremecimiento de placer genuino, como una bofetada de felicidad, como un orgasmo sin sexo, como un sabor delicioso explotando muy despacio contra el arco del paladar, que nos sacudía a Ramón y a mí, cuando cualquier pedazo de ejecutivo altísimo, guapísimo, bronceadísimo y repeinado, entraba humildemente en la pecera a pedirnos un favor. Porque ya no podían vivir sin nosotros, eso era verdad, y sin embargo, y aunque el único lujo auténtico que me consentí a mí misma cuando heredé —la reforma de mi casa era una auténtica necesidad— fue comprarme el mejor Macintosh, con la mejor pantalla en color, la mejor impresora y un buen paquete de periféricos, siempre que Ramón volvía sobre el tema, le decía lo mismo, no, yo no, no puedo, lo siento.

Aquel día, él no me dijo nada. Debía de haberme dejado ya por imposible, pero mientras salía de su despacho con aquel proyecto de Historia General del Arte en tomitos de 128 páginas, tan monos, me acordé de que había tomado una decisión importante, y el proyecto de recorrer tres o cuatro agencias de viajes, las más grandes y conocidas del centro, apenas saliera del trabajo, me pareció más bien, de repente, una enorme tontería.

—Oye —me volví cuando estaba a punto de alcanzar la puerta, y presentí que iba a hablar de corrido, y me dije que ésa era la mejor señal—. ¿puedes pasarme tú un manual de QuarkXPress?

—Claro —me dijo, pero con los ojos clavados en la pantalla, sin prestar más atención a mi pregunta que a su respuesta—. ¿Para qué lo quieres?

—Creo que me lo voy a empollar.

Giró en un segundo sobre las ruedas de la silla, y me miró, sonriendo. A mí me dio un ataque de risa floja.

Cuatro años después de aquella escena, cuando aún faltaban cinco para llegar al 2000, Fran nos invitó a cenar para celebrar que el último fascículo del Atlas cuya edición informática había

concebido, diseñado y realizado yo sola, estaba ya definitivamente cerrado. Entonces tuve que despejar la montaña de folletos de agencias de viajes que tapizaban la mesita del salón para encontrar el teléfono y llamar a Rosa, que tendría que haber llegado casi media hora antes, y me acordé de aquella otra cena, la primera de todas, cuando ella se retrasó tanto como siempre y yo volví a escuchar ruidos.

Mi casa respira. Toma aire primero, como una persona, y lo expulsa después, muy despacio, pero desde hace unos meses ya no le hago ni caso, porque estoy a punto de hacer una enorme tontería, me la merezco, y no tengo atención para otra cosa. Me he llegado a acostumbrar a sus jadeos, pero a lo que nunca me acostumbraré es a llegar tarde a una cita y saludar como si no pasara nada, echándole la culpa a la canguro. Supongo que toda la gente que lleva mucho tiempo viviendo sola acaba desarrollando sus propias neurosis, y la puntualidad es una de las mías, no puedo evitarlo. Estaba decidida a protestar apenas tuviera a Rosa delante, pero cuando me senté a su lado, el coche en marcha, me di cuenta de que tenía los ojos raros.

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