Array Array - Atlas de geografía humana

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Ése fue mi principal objetivo durante los seis meses que nos habíamos dado de plazo para preparar la edición, y hasta que fallaron las fotos de Suiza, nada ni nadie se había atrevido a fallar

—¡Dejad a Forito en paz! —el acento autoritario, incluso levemente amenazador, que había aflorado espontáneamente a mi garganta en los últimos meses, disolvió sin esfuerzo los residuos de esa risa a la que no me sumaba nunca—. El fotógrafo tiene que ser español, y si vive aquí, mejor. A estas alturas, no podemos correr riesgos.

—¿Ana? —preguntó Fran, para que nadie olvidara quién mandaba allí.

—Sí, estoy de acuerdo.

Sólo a partir de ese momento la reunión empezó a ser una auténtica cena, pero aunque disfruté del jamón, delicioso, y de unos estupendos pimientos rellenos de merluza, aunque pregunté, y contesté, y di mi opinión cuando me la pidieron, no llegué a involucrarme en ninguno de los temas de conversación, una secuencia clásica, previsible, que nació en las ofertas del mes de esa cadena de tiendas de decoración tan baratas que lo importan todo de Extremo Oriente y expiró en la curva del culo de Richard Gere, estancándose a ratos en los inevitables cotilleos editoriales, quién compra, quién vende, quién sube, quién cierra. Durante una hora y cuarto lo único que hice fue mirar a Fran, observarla, estudiarla, leer en el relajamiento de sus hombros, en la descuidada precisión que guiaba su mano derecha mientras apartaba el flequillo de su cara, en su elegante manera de fumar, de comer, de sonreír, la satisfacción de un cachorro destacado de esa élite que nunca ha dejado de tenerlo todo bajo control, y por una vez, no dudé de mi capacidad para llegar a donde me proponía, pero cuando el camarero tomó nota de los postres, ya no sabía si ser la chica más lista de la clase compensaba más que vivir esperando la ocasión de echar un polvo estupendo con el vecino del segundo. A cambio, sabía exactamente qué tipo de postre necesitaba pedir.

—Yo tomaré un helado de vainilla con nueces y chocolate caliente, por favor.

—¿Grande o pequeño?

—Grande.

—¿Con nata por encima?

—Mucha.

Ignacio hijo aporreaba la puerta del baño con los dos puños y más fuerza que su hermana, pero a él no se lo pensaba consentir, él ya estaba a punto de cumplir once años.

—¡Como vuelvas a tocar la puerta, te la cargas! —chillé.

—Es Marisa, mamá —él chilló más que yo, y reprimió una risita malévola antes de seguir—, queee cu–cu–cuándo piensas saalir…

Miré el reloj. El cuarto de hora escaso había expirado hacía casi diez minutos, y yo ni siquiera me había limpiado la cara.

—Dile que no me has encontrado —aullé a través de la puerta del baño, mientras me frotaba los ojos con un algodón húmedo—, que estoy bajando ya por las escaleras… Y no imites a mis amigos si quieres que los tuyos sigan viniendo a mi casa, ¿entendido?

Por supuesto, no me contestó, pero tampoco tenía tiempo para salir corriendo detrás de él, sobre todo después de decidir que iba a ir a cenar con la cara lavada.

Luego, más por supuesto todavía, decidí no tomar ninguna otra decisión. Tenía que ser aquella noche. Antes de salir, y aunque ya sabía que nunca llegaría a echarla en un buzón, cogí aquella carta y le puse uno de los sellos que llevo siempre en el monedero. Las había escrito peores, y sin embargo, aquélla me quemó en la punta de los dedos cuando la metí en el bolso.

Hace dos años volví a escuchar ruidos.

Era la primera vez que Fran nos invitaba a cenar en uno de sus restaurantes favoritos del centro, un lugar tan pequeño, elegante y escogido como había calculado de antemano, pero la verdad es que no teníamos nada que celebrar. Sobre todo yo. No llevaba más de seis meses trabajando para ella y sin embargo estaba segura de que iba a decirme que sería mejor dar el trabajo fuera, porque los ordenadores se habían puesto verracos y nos estaban creando más problemas de los previstos, por más que todo el mundo se esforzara por consolarme suponiendo en voz alta que eso debía de ser lo normal al principio. Me equivoqué, desde luego, porque resultó que lo único que pasaba era que faltaban fotos de no sé dónde y había que modificar la programación para ganar tiempo, pero el miedo no sólo es libre, también es tonto, y por eso, después de una breve tregua de un par de semanas, a mi casa le dio por resucitar. La culpa fue de Rosa, desde luego, por llegar siempre tan tarde, y luego yo, que parezco imbécil, y en vez de poner la televisión, o bajar al portal a esperarla, me quedé clavada en el salón, como al principio, con los oídos bien abiertos, hasta que se repitió una vez, y otra, y otra.

Mi casa respira. Ya sé que nadie me creería si lo contara, por eso nunca me he atrevido a hablar de esto con nadie, pero yo lo sé, porque la oigo, y aunque ni siquiera yo me lo creo, sé que la casa respira, porque toma aire primero, igual que una persona, y lo expulsa después, muy despacio. Entonces me recuerdo a mí misma que la casa es muy antigua. Todas las vigas son de madera, me digo, y los ladrillos macizos, pesados como piedras, y encima de los techos, que mis padres cubrieron con otros falsos, más bajos, antes de que yo naciera, deben de seguir estando los restos del entramado de cañas al que se fijó la escayola original, hace más o menos un siglo. La madera se hincha con el frío, o con el calor, ya no me acuerdo, y el cambio de estación la devuelve a su volumen original, eso es lo primero que me repito, y que las moles de adobe que están detrás del gotelé hasta en los tabiques medianeros pesan tanto que las paredes se hunden en el suelo día a día, se hunde el edificio entero, aunque sólo descienda una milésima de milímetro cada año. Todo esto me lo explicó mi primo Arturo, el arquitecto, y añadió que, además, sobre mi cabeza, el viejo cañizo está siempre crujiendo, resquebrajándose de puro seco, y se desploma lentamente para arrastrar en su ruina a las placas de escayola que se abomban sin cesar, de eso también me acuerdo, me dijo que las casas viejas nunca terminan de asentarse, pero cuando mamá vivía, la casa no respiraba, y ahora respira.

Ya había cumplido treinta y cinco años cuando empecé a vivir sola por primera vez en mi vida, pero no escuché ningún ruido la primera noche, ni a la mañana siguiente, y pasaron semanas, meses enteros, antes de que el silencio empezara a jugar conmigo, porque a veces pienso que no es otra cosa, demasiado silencio, y eso después de haberme pasado media vida echándolo de menos. Todavía prefiero no preguntarme si en realidad quería tanto a mi madre corno he declarado siempre en público, como sigo confesando incluso hoy, cada vez que sale el tema, pero la verdad es que ella pertenecía a esa clase de enfermos crónicos que sobreviven año tras año a la regular agonía de un dolor atroz, esos pacientes a quienes hasta e! médico de cabecera recetaría una muerte buena y rápida, y yo estaba deseando quedarme sola, aun al precio de tener que pasar de nuevo por las oficinas de la funeraria municipal.

A los diecinueve años me estrené como organizadora de entierros. Mi padre estaba destrozado por la muerte de su madre, y la mía demasiado ocupada en llevar toda la ropa al tinte. Soy hija única, y mi tía Piluca, única también por la rama paterna, no se ofreció a acompañarme, así que me fui sola, y encargué un ataúd de roble con herrajes de bronce dorado, más caro que barato, y tres coronas, una de claveles blancos, tu hijo no te olvida, otra de rosas rojas, tus hijas no te olvidan, y

otra multicolor, tu nieta no te olvida, con margaritas, lirios, clavellinas y mucha tuya verde, que para mi gusto era la más bonita de todas, aunque costaba menos que las otras dos y me acarreó una bronca en casa después del entierro, porque, por lo visto, la habían encontrado demasiado frívola. Parecía un ramo de novia de esos modernos, ibicencos, dijo mi madre incluso. Yo no tenía ni idea de que mamá tuviera un criterio propio sobre la moda ibicenca, pero de todas formas, cuando murió su propia madre y tuve que volver sola a la funeraria porque todos mis primos eran demasiado pequeños excepto Arturo, que estaba en Amsterdam, con una novia, y Milagritos, prima de ambos, que se había largado de casa seis meses antes, también ella con una novia al parecer, encargué, además del consabido ataúd de roble —mi padre dijo que no iba a consentir que su suegra tuviera un entierro más lujoso que el de su madre—, cuatro coronas rigurosamente iguales, tu marido, tus hijos, tus hijas, tus nietos y nietas no te olvidan, rosas rojas, rosas blancas, rosas rosas y rosas amarillas. Mi familia quedó tan satisfecha que cuando murió el padre de mi madre apenas se discutió quién se ocuparía de hacerlas gestiones, eufemismo de empleo tradicional entre nosotros para designar cualquier clase de asunto desagradable, una fórmula a la que no fue preciso recurrir tras la muerte de la tía Piluca, porque pedí directamente dinero para el taxi y nadie se molestó en darme instrucciones. Lo hice todo estupendamente. A mi padre no habría querido enterrarlo yo, en cambio, pero no me quedó otro remedio porque ya no tenía más familiares, y mi madre llevaba dos años enferma. El desenlace de esta terrorífica epidemia parecía inminente, pero tardé once años en volver a cruzar la M–30, y entonces, sin ningún complejo, ninguna angustia, ningún remordimiento, decidí ahorrarme veintidós mil pesetas en el ataúd —de pino, con dos asas de hierro solamente—. Sin embargo, en el último momento, no me atreví a elegir una corona ibicenca, y encargué las tradicionales rosas, aunque, eso sí, de colores variados.

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