Array Array - Atlas de geografía humana
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—Los Alpes suizos empiezan en el número 28 —anuncié, mientras luchaba por mantener bajo control las imaginarias garras que me amenazaban desde la punta de mis dedos, y sin mirar a nadie en especial. No necesitaba consultar mi cuaderno, me sabía de memoria la planificación hasta el número cincuenta—. Podemos sacar antes los franceses y los italianos. Eso nos permitiría ganar cinco semanas, y si seguimos con los austríacos, tendremos unos veinte días más. Pero hay que solucionar lo de las fotos desde luego, no comprendo…
—Lo siento. —Ana retorcía el borde del mantel con los dedos. En aquel momento, yo habría retorcido su cuello con los míos—. Hans me dijo que tenía material de sobra para cubrir Centroeuropa. Sus fotos de Alemania son muy buenas, Austria, Polonia… Tengo tantos problemas en África y en Asia que ni se me ocurrió comprobarlo. Cuando ha llegado el envío, esta mañana, creí que me moría. La foto más moderna tiene veinte años. Lo siento muchísimo, Rosa, de verdad.
—No tiene importancia, Ana —Fran se anticipó para contestar en mi lugar y mostrarse tan magnánima como siempre que decidía ejercer de gran editora—. Le podría haber pasado a cualquiera.
No, me dije a mí misma, sin levantar la voz, a cualquiera no, a mí no… La repugnante naturaleza de aquella conclusión me resultaba extrañamente consoladora, pero al menos, algún reflejo superviviente de mi antigua fe me impidió recordar en voz alta que la obligación de Ana habría sido informar directamente del desastre a su inmediata superior, yo misma, en lugar de buscar de antemano la protección de la jefa de ambas.
—B–bueno… —Marisa tartamudeaba más de la cuenta en las situaciones comprometidas—, n–no es tan gra–ave. A mí, en realidad, no me afecta. El tra–atamiento de imagen es el mismo para todos los Alpes…
En el primer curso de la carrera conseguí cinco matrículas de honor. En segundo y en tercero se me resistió una asignatura, pero entré en la especialidad como un elefante en una cacharrería. Era la alumna más brillante del curso, pero me daba lo mismo, porque estaba convencida de que Mi Vida, una enorme caja de cartón envuelta en papel rojo, brillante, asegurado por docenas de cintas de colores que explotaban en sofisticados lazos y serpentinas, no estaba rellena de universidad. En quinto me vine arriba, definitivamente abajo como estudiante. Salía mucho de noche, tomaba muchas copas, ligaba con muchos chicos y tenía centenares de proyectos, iba a vivir en el extranjero, iba a estudiar arte dramático, iba a aprender a tocar el piano, iba a viajar a países exóticos, pero, de momento, me conformaba con ser la cantante de un grupo de nuevo pop español que no conseguía colocar una maqueta ni en la emisora más casposa de Alcobendas. Ignacio era el hermano mayor del bajista. Cuando empecé a salir con él, me dije que a una chica tan inteligente como yo no le hacía ninguna falta un título universitario, y ni siquiera me presenté a los exámenes. Cuando nos casamos, era muy consciente de estar renunciando a centenares de proyectos, al extranjero, al arte dramático, al piano y a los países exóticos, pero ninguna de estas ausencias me pesaba porque, de pronto, era muy divertido estar casada, y Mi Vida seguía siendo un enorme paquete lleno de cosas al que apenas le había pellizcado una esquinita del envoltorio.
—¿ ,… eh, Rosa? —la voz era de Fran, pero al levantar la cabeza, encontré una interrogación unánime en tres pares de ojos distintos.
—Lo siento —traté de aparentar desenvoltura—, me he perdido.
—¿Volvemos a la cacería o hacemos fotos nuevas?
—Si no nos destroza el presupuesto, sería más rápido y más seguro hacer fotos nuevas. Además —marqué una pausa antes de hacer justicia—, cuando Ana dice que no hay fotos, lo que suele suceder es que no hay fotos.
Fijé los ojos en el mantel para evitar la mirada de gratitud de la mejor documentalista con la que he trabajado jamás, el catálogo andante de todos los archivos fotográficos del mundo, un lujo capaz de ilustrar cualquier cosa, desde un folleto publicitario de la patata gallega hasta un artículo sobre la prevención de la toxoplasmosis, y mientras detectaba cómo crecía su confianza en cada sílaba, volví a preguntarme qué me estaba pasando, por qué me estaba convirtiendo, día a día, en una persona odiosa.
—Si quieres, puedo recurrir a algunos archivos ingleses y americanos que no he tocado todavía —no necesitaba mirarla para saber que me estaba hablando a mí—. Me temo que encargar las fotos desde aquí sería bastante más barato que comprárselas a ellos, pero siempre se puede pedir precio y comparar…
Si el día de mi boda alguien me hubiera advertido que estaba corriendo el riesgo de inspirar un concepto tan pobre de mí misma a la mujer que terminaría siendo algún día, me hubiera muerto de risa. Pero entonces todavía no había empezado a perder los años. Cuando miraba hacia atrás, siempre los encontraba en su sitio, bien ordenados, exactos y limpios, dispuestos en fila india, como un ejército de soldaditos de juguete, ahí estaban todos, y antes de cumplir veintidós, tenía veintiuno, y antes veinte, y antes diecinueve años, era tan fácil como aprender a contar con los dedos. Ahora voy a cumplir treinta y siete, y procuro no volver jamás la cabeza, porque no sé muy bien adonde ha ido a parar mi última década, no comprendo en qué agujero perdí los veinticuatro años, por ejemplo, o dónde se me cayeron los veintiséis, o qué me pasó cuando cumplí veintinueve, pero lo
cierto es que no los recuerdo, no soy consciente de haberlos vivido, es como si el tiempo se devorara a sí mismo, como si cada día que pasa me robara un día pasado, como si los años se anularan entre sí. Ahora sé que el enemigo juega con cartas marcadas, y ya no puedo hacer nada por rescatarme a mí misma de todos los lugares, de todas las personas, de todas las mañanas y las noches que fueron un error, pero por lo menos no intento exprimir el mundo para forzarle a justificar mi vida cada doce horas. Ésa es la mezquina, desoladora medida, en que el destino se ha mostrado magnánimo conmigo en los dos años y medio que han pasado desde aquella cena, cuando todavía podía partirme un rayo al escuchar que nos faltaban fotos de Suiza.
—Muy bien, entonces de acuerdo —Fran se ocupó de lo que ella llamaba reconducir la cuestión, y levantó las cejas en dirección a Ana—. Lo único que no sabemos es el nombre del fotógrafo.
—Habría que decidir si conviene más encargarlo aquí, o allí, en la misma Suiza. Mañana a mediodía puedo tener preparada una lista de nombres disponibles.
—Y si no… —Marisa dominaba las sílabas a la perfección mientras se reía entre dientes,—, ¡siempre podemos recurrir a Forito!
Carpóforo Menéndez, Forito para los íntimos, era el fotógrafo de plantilla de nuestro departamento, la cruz que más pesaba sobre los hombros de Ana, y el principal protegido de todas nosotras, ella a la cabeza. Aunque seguramente era más joven, aparentaba unos cincuenta y cinco años, medía casi un metro noventa, no pesaba más de sesenta kilos, y su productividad se cifraba en unas ocho fotos técnicamente correctas —es decir, bien iluminadas, bien enfocadas, y con una definición aceptable a simple vista— por cada carrete entregado. Entre ellas, a veces podíamos publicar una, o dos, siempre que resistiéramos la tentación de mirarlas a través de un cuentahilos, pero seleccionábamos muchas más, aunque estuvieran quemadas, borrosas o veladas en los bordes, para justificar ante Contabilidad la nómina que cobraba todos los meses. Él nos lo agradecía de corazón, y no pedía otra cosa. Ni siquiera había vacilado al aceptar el puesto que Ana había inventado a su medida al comprender que iba a ser difícil mantenerlo como fotógrafo en un proyecto como el nuestro, que exigía comprar fotos en archivos de casi todos los países del mundo. Ocuparse de la recepción y clasificación de los envíos parecía tarea más propia de un meritorio que de un fotógrafo en activo, pero él no parecía echar de menos las ocasiones de promoción profesional. Ver su nombre, compuesto en versalitas de cuerpo ocho, trepando hacia arriba desde el ángulo inferior derecho de una imagen no le producía la menor emoción porque, en los buenos tiempos, se había acostumbrado a leerlo todos los días, más grande y más centrado, en periódicos y revistas ilustradas. Antes de empezar a beber —o antes de vivir lo suficiente para empezar a beber—, Forito era el fotógrafo taurino más prestigioso de Madrid, el ganador de todos los trofeos a la mejor foto de la Feria, el retratista favorito de los veinte primeros nombres del escalafón, pero cuando yo le conocí desayunaba ya coñac a palo seco, y le temblaba el pulso de tal manera que era incapaz de remover dos cucharadas de azúcar en una taza de café sin derramar mucho más que una gota.
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