John Hawks - El Río Oscuro

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En una sociedad futurista sometida a la dictadura de la tecnología, dos hermanos se enfrentarán a la muerte. Gabriel y Michael Corrigan acaban de saber que su padre, a quien creían muerto desde hacía años, está vivo. Ambos hermanos pueden viajar a través del tiempo y el espacio, y los dos buscan a su padre, pero se encuentran en bandos opuestos: Gabriel pretende conocer la verdad de su vida y protegerle de sus enemigos, está del lado de las fuerzas del bien; Michael se ha unido a los «tabulas», servidores de una tecnología todopoderosa que somete en secreto a los ciudadanos, y la razón de su búsqueda es que ve a su padre como una amenaza para su propio poder.
La carrera entre estos dos hermanos por encontrarlo será intensa y muy peligrosa. Viajarán desde los subsuelos de Nueva York y Londres y las ruinas que hay bajo las ciudades de Roma y Berlín hasta una región remota de África, donde se rumorea que se encuentra uno de los más grandes tesoros de toda la historia.

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– Es una cantante de loas -explicó Petros-. Es muy famosa en esta parte del país. Si alguien del público le paga, ella canta algo agradable sobre esa persona.

El percusionista se paseó entre los parroquianos sin dejar de tocar el tambor, se detuvo frente a un hombre que le dio algo de dinero y le susurró unas palabras al oído, y volvió junto a la cantante ciega para susurrarle la información. Esta comenzó a cantar al instante una canción dedicada a aquel hombre, que hizo que sus amigos rieran y aplaudieran.

Al cabo de una hora de espectáculo, los músicos se tomaron un descanso y el percusionista se acercó a Petros.

– ¿No le gustaría que cantásemos una canción para sus amigos? -preguntó.

– No hace falta, gracias.

– Espere, por favor -intervino Maya cuando el músico ya se alejaba. La Arlequín había llevado una vida clandestina bajo una serie de nombres distintos. Si moría, ningún memorial señalaría su paso por el mundo-. Me llamo Maya -dijo al músico al tiem-po que le entregaba unos birr-. Quizá su amiga podría dedicarme una canción.

El hombre fue a hablar con la ciega y al poco regresó a la mesa de Maya.

– Lo siento, le pido disculpas, pero ella quiere hablar con usted.

Mientras los clientes pedían más copas y las chicas del bar se paseaban en busca de los que no tenían compañía, Maya subió al escenario y se sentó en una silla plegable. El percusionista se instaló entre ellas y fue traduciendo mientras la cantante frotaba el pulgar sobre la muñeca de Maya como un médico que la buscara el pulso.

– ¿Estás casada? -preguntó.

– No.

– ¿Y dónde está tu amado?

– Lo estoy buscando.

– ¿Es un viaje difícil?

– Sí. Muy difícil.

– Sé una cosa, puedo sentirla: debes cruzar el río oscuro. -La cantante le rozó los párpados, los labios y las orejas-. Maya, que los santos te protejan de lo que oirás, probarás y verás.

La mujer empezó entonces a cantar sin micrófono mientras Maya regresaba a su mesa. Sorprendido, el hombre que tocaba el masinko volvió corriendo al escenario. La canción de Maya fue completamente distinta de los cantos de loa que habían sonado previamente. Las palabras sonaron tristes, pesarosas y graves. Las chicas del bar ya no reían, los clientes dejaron sus vasos, hasta los camareros se quedaron inmóviles, con el dinero de las consumiciones aún en la mano.

Y tan bruscamente como había empezado, la canción acabó y todo volvió a ser como antes. Petros tenía los ojos llenos de lágrimas, pero se dio la vuelta para que Maya no pudiera verlo. Dejó unos billetes encima de la mesa y dijo con brusquedad:

– Vamos, es hora de que nos marchemos.

Maya no le pidió que le tradujera la letra. Por primera vez en su vida tenía su propia canción. Eso era suficiente.

Era casi la una de la madrugada cuando regresaron al recinto de la iglesia y aparcaron en el patio. La mayor parte de la zona estaba en sombras, de modo que se quedaron bajo la única luz que había. Con el traje negro y la corbata, Simón Lumbroso tenía un aspecto tétrico mientras escudriñaba el santuario. Petros parecía nervioso; no tenía la mirada puesta en el santuario sino en la iglesia.

Esa vez todo ocurrió mucho más deprisa. Primero aparecieron los jóvenes monjes armados con fusiles; a continuación se abrieron las puertas de la iglesia y el guardián salió, seguido de varios sacerdotes. Todos tenían un aire muy solemne, era imposible adivinar la decisión del anciano.

El guardián se detuvo en el sendero y alzó la cabeza cuando Petros se le acercó. Maya esperaba una ceremonia especial, algo así como una proclamación; pero el guardián se limitó a golpear unas cuantas veces el suelo con el bastón y a pronunciar algunas palabras en amárico. Petros hizo una reverencia y regresó corriendo al Land Rover.

– Los santos nos han sonreído. El guardián ha decidido que usted es una Tekelakai. Tiene permiso para entrar en el santuario.

Maya se echó la espada talismán al hombro y siguió al guardián camino del santuario. Un sacerdote que portaba una lámpara de queroseno abrió la verja exterior, y entraron en la zona reservada. El rostro del guardián era una máscara inexpresiva, pero resultaba evidente que cada movimiento le causaba dolor. Subió un escalón ante la puerta del santuario, se arregló el blanco hábito y dio un paso adelante.

– En el santuario solo entrarán la weyzerit Maya y el Tebaki -dijo Petros-. Los demás nos quedaremos aquí.

– Gracias por su ayuda, Petros -dijo Maya.

– Ha sido un honor conocerla. Buena suerte en su búsqueda.

Maya iba a tender la mano a Simón Lumbroso, pero el judío se adelantó y le dio un abrazo. Aquel fue el momento más difícil. Una parte de ella deseaba no salir de aquel círculo de afecto y seguridad.

– Gracias, Simón.

– Es usted tan valiente como su padre. Sé que se habría sentido orgulloso.

Un sacerdote levantó la tela roja que ocultaba la puerta, y el guardián abrió la cerradura; luego, el anciano se guardó la llave y tomó la lámpara de queroseno que le tendían. Masculló unas palabras en amárico e hizo un gesto a Maya para que lo siguiera.

Abrió la puerta muy lentamente, hasta dejar un resquicio de unos cuarenta centímetros. El guardián y Maya entraron en el santuario, y los sacerdotes cerraron rápidamente. Maya se encontró en una antesala de unos cuatro metros cuadrados. La única luz provenía de la linterna de queroseno, que oscilaba adelante y atrás mientras el guardián caminaba con dificultad hacia una segunda puerta. Maya miró alrededor y vio la historia del Arca pintada en las paredes: israelitas siguiendo el Arca durante su largo viaje a través del Sinaí, el Arca siendo llevada a la batalla contra los filisteos y guardada en el templo de Salomón…

El guardián abrió otra puerta y la Arlequín lo siguió hasta otra estancia mucho más amplia. En el centro se hallaba el Arca, cubierta con una tela ricamente bordada. La rodeaban doce vasijas de barro con las bocas selladas con cera. Maya recordó que Petros le había contado que una vez al año retiraban aquella agua y la entregaban a las mujeres que no podían concebir.

El sacerdote observaba a Maya como si temiera que la Arlequín hiciera algo violento. Dejó la lámpara en el suelo, se acercó al Arca y retiró la tela. El Arca era un cofre de madera cubierta con láminas de oro. Le llegaba a la altura de las rodillas y medía aproximadamente un metro veinte de largo. A cada lado había una larga percha metida en dos anillas, y sobre la tapa, arrodillados, querubines de oro con cuerpo de hombre y alas y cabeza de águila. Sus alas brillaban intensamente a la luz de la llama de queroseno.

Maya se acercó y se arrodilló frente al Arca. Agarró los dos querubines, levantó la tapa y la dejó en el suelo, encima de la tela bordada. «Ten cuidado», se dijo, «no hay razón para actuar con brusquedad». Se inclinó hacia delante y miró en el interior del cofre. Estaba vacío. «No hay nada», pensó. «El arca es un fraude.» No existía ningún punto de acceso a otros dominios, solo una vieja caja de madera protegida por las supersticiones.

Decepcionada y enfadada, lanzó una mirada al guardián. El anciano se apoyó en el bastón y sonrió por la ingenuidad de la Arlequín. Maya volvió mirar el interior del Arca y, en el fondo, vio un punto negro cerca de un rincón. «¿Es la marca de una quemadura? ¿Una imperfección de la madera?», se preguntó. Mientras observaba, el punto negro aumentó hasta adquirir el tamaño de una moneda y empezó a flotar en el fondo del Arca.

El punto parecía inmensamente profundo, un vacío sin límites. Cuando alcanzó el tamaño de un plato, Maya metió la mano y tocó aquella oscuridad. La punta de sus dedos desapareció. Sorprendida, retiró la mano de golpe. Seguía en este mundo. Seguía viva.

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