John Hawks - El Río Oscuro

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En una sociedad futurista sometida a la dictadura de la tecnología, dos hermanos se enfrentarán a la muerte. Gabriel y Michael Corrigan acaban de saber que su padre, a quien creían muerto desde hacía años, está vivo. Ambos hermanos pueden viajar a través del tiempo y el espacio, y los dos buscan a su padre, pero se encuentran en bandos opuestos: Gabriel pretende conocer la verdad de su vida y protegerle de sus enemigos, está del lado de las fuerzas del bien; Michael se ha unido a los «tabulas», servidores de una tecnología todopoderosa que somete en secreto a los ciudadanos, y la razón de su búsqueda es que ve a su padre como una amenaza para su propio poder.
La carrera entre estos dos hermanos por encontrarlo será intensa y muy peligrosa. Viajarán desde los subsuelos de Nueva York y Londres y las ruinas que hay bajo las ciudades de Roma y Berlín hasta una región remota de África, donde se rumorea que se encuentra uno de los más grandes tesoros de toda la historia.

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El aeropuerto de la capital nigeriana había sufrido una avería eléctrica, y las cintas de la recogida de equipajes no funcionaban. Mientras Maya esperaba su maleta, empezó a llover. De los agujeros del techo caía agua sucia. Tras sobornar a cuantos vio de uniforme, Maya logró salir al vestíbulo del aeropuerto, donde se vio de inmediato rodeada por una multitud de nigerianos. Los taxistas se pelearon por llevarle la maleta, gritaban y gesticulaban. Mientras se abría paso hacia la salida, notó que alguien le tiraba del bolso: un niño de apenas ocho años intentaba cortar la correa. Maya no tuvo más remedio que sacar el cuchillo que llevaba oculto en la manga.

Llegar al aeropuerto internacional Bole, en Etiopía, fue una experiencia muy diferente. Maya y Lumbroso aterrizaron una hora antes de que amaneciera. La terminal estaba silenciosa y limpia, y los funcionarios de inmigración no dejaban de repetir «Tenas-t ë ll ë n», que en amárico significaba «Ve con salud».

– Etiopía es un país conservador -le explicó Lumbroso-.

No levante la voz y muéstrese siempre cortés. Los etíopes suelen tratarse por el nombre de pila. Cuando se dirija a un hombre, añada «ato», que significa «señor». A usted, como es soltera, la llamarán «weyzerit» Maya.

– ¿Cómo tratan aquí a las mujeres?

– Votan, dirigen empresas y van a la universidad. Usted es una faranji, una extranjera, y eso la sitúa en una categoría especial. -Lumbroso observó el atuendo de viaje de Maya e hizo un gesto de aprobación. Llevaba un pantalón ancho de lino y una blusa blanca de manga larga-. Viste usted con discreción, y eso está bien. Aquí se considera vulgar que una mujer enseñe los hombros o las rodillas.

Pasaron la aduana y llegaron a la zona de recepción, donde los esperaba Petros Semo. El etíope era un hombre menudo y delicado, de ojos oscuros. Lumbroso parecía muy alto a su lado. Se estrecharon las manos durante casi un minuto mientras se saludaban y hablaban en hebreo entre ellos.

– Bienvenida a mi país -dijo Petros a Maya-. He alquilado un Land Rover para nuestro viaje a Axum.

– ¿Se ha puesto en contacto con las autoridades religiosas? -preguntó Lumbroso.

– Por supuesto, ato Simón. Los sacerdotes me conocen bastante bien.

– ¿Significa eso que podré ver el Arca? -preguntó Maya.

– No puedo prometérselo. En Etiopía solemos decir «Egzia-bher Kale», «si Dios quiere».

Salieron de la terminal y subieron a un Land Rover blanco que todavía tenía el emblema de una ONG noruega. Maya subió al asiento del pasajero, junto a Petros, mientras que Lumbroso se instaló atrás. Antes de salir de Roma, Maya había enviado la espada japonesa de Gabriel a Addis Abeba. El arma seguía en su embalaje, y Petros se la entregó a Maya como si fuera una bomba a punto de explotar.

– Perdone que se lo pregunte, weyzerit Maya, pero ¿esta es su arma?

– Es una espada talismán forjada en el siglo XIII en Japón. Se dice que cuando los Viajeros cruzan a otros dominios pueden llevar consigo objetos talismán, pero no sé si es el caso con el resto de nosotros.

– Creo que es usted la primera Tekelakai que aparece por Etiopía desde hace muchos años. Un Tekelakai es un defensor de un profeta. Antes había muchos de ellos en el país, pero los persiguieron y los asesinaron durante los disturbios políticos.

Para poder enlazar con la carretera del norte, tuvieron que cruzar la capital. Era primera hora de la mañana, pero las calles ya estaban abarrotadas de taxis blancos y azules, camionetas y autobuses amarillos cubiertos de polvo. En el centro de Addis Abeba había modernos edificios gubernamentales y hoteles de lujo rodeados por miles de humildes viviendas con el techo de plancha ondulada.

Las calles principales eran como ríos alimentados por carreteras de tierra y caminos embarrados. A lo largo de las aceras, había tenderetes donde se vendía de todo, desde carne hasta películas de vídeo pirateadas. La mayor parte de los hombres vestían al estilo occidental y llevaban un paraguas o un bastón corto llamado dula. Las mujeres calzaban sandalias, llevaban falda larga y se envolvían con un chai blanco de cintura para arriba.

Al salir de la ciudad, el Land Rover tuvo que abrirse paso entre varios rebaños de cabras que llevaban al matadero. Las cabras solo fueron un anticipo de futuros tropiezos con otros animales: pollos, ovejas y lentos rebaños de vacas. Cada vez que el Land Rover aminoraba la marcha, los niños que había a ambos lados de la carretera veían que en su interior viajaban dos extranjeros y echaban a correr junto al vehículo. Muchachos con la cabeza rapada y de piernas flacuchas seguían al coche durante más de un kilómetro, riendo, agitando los brazos y gritando « You! You!» en inglés.

Simón Lumbroso se recostó en el asiento de atrás y sonrió.

– Creo que podemos decir que estamos a salvo de la Gran Máquina.

Tras dejar atrás unas colinas cubiertas de eucaliptos, siguieron por una carretera de tierra hacia el norte y se adentraron en un paisaje montañoso y rocoso. Las lluvias estacionales habían caído unos meses antes, pero la hierba seguía teniendo un color verde amarillento con manchas púrpura y blancas de las flores locales. A unos sesenta kilómetros de la capital pasaron frente a una casa rodeada de mujeres vestidas de blanco. Un profundo gemido salía del interior, y Petros explicó que la Muerte se hallaba dentro de la casa. Tres pueblos más adelante, la Muerte volvió a hacer acto de presencia: el Land Rover tomó una curva y estuvo a punto de chocar con un cortejo fúnebre. Envueltos en chales, hombres y mujeres portaban un féretro negro que parecía flotar sobre ellos como una embarcación sobre un blanco mar.

Los clérigos etíopes de los pueblos vestían largas togas de algodón llamadas shammas y grandes gorros de algodón; Maya pensó en los gorros de piel que eran tan comunes en Moscú. Un sacerdote que sostenía una sombrilla con un ribete dorado se hallaba de pie junto a la carretera que se adentraba en la garganta del Nilo Azul. Petros se detuvo a su lado y le dio un poco de dinero; el anciano rezaría para que tuvieran un viaje sin incidentes.

Se metieron en la garganta del río y la carretera se estrechó; apenas había unos centímetros entre el borde y las ruedas del coche. Maya se asomó por la ventanilla y solo vio el cielo y una nube de polvo; le pareció que avanzaban con dos ruedas en el aire y las otras dos en el camino.

– ¿Cuánto le ha dado a ese cura? -preguntó Lumbroso.

– No mucho. Cincuenta birr.

– La próxima vez, dele cien -masculló Lumbroso mientras Petros tomaba otra curva cerrada.

Cruzaron un puente de hierro que atravesaba el Nilo y salieron de la garganta. Los cactus y la vegetación del desierto dominaban el paisaje. Los rebaños de cabras seguían bloqueando la carretera, pero también se cruzaron con una hilera de camellos con armazones de madera para llevar la carga. Lumbroso se quedó dormido con la cabeza apoyada en el cristal y el sombrero de ala ancha medio aplastado contra la ventanilla. Durmió a pesar de los baches y las piedras, de los buitres que se perfilaban contra el azul del cielo y de los gemidos de los camiones que ascendían colina arriba.

Maya bajó su ventanilla para que entrara un poco de aire fresco.

– Llevo euros y dólares -dijo a Petros-. ¿Qué tal si hago una donación a los sacerdotes? ¿Cree que eso podría ayudar?

– El dinero puede resolver muchos problemas -respondió él-, pero aquí estamos hablando del Arca de la Alianza. El Arca es muy importante para el pueblo etíope. Los sacerdotes no permitirían que un soborno influyera en su decisión.

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