John Hawks - El Río Oscuro

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En una sociedad futurista sometida a la dictadura de la tecnología, dos hermanos se enfrentarán a la muerte. Gabriel y Michael Corrigan acaban de saber que su padre, a quien creían muerto desde hacía años, está vivo. Ambos hermanos pueden viajar a través del tiempo y el espacio, y los dos buscan a su padre, pero se encuentran en bandos opuestos: Gabriel pretende conocer la verdad de su vida y protegerle de sus enemigos, está del lado de las fuerzas del bien; Michael se ha unido a los «tabulas», servidores de una tecnología todopoderosa que somete en secreto a los ciudadanos, y la razón de su búsqueda es que ve a su padre como una amenaza para su propio poder.
La carrera entre estos dos hermanos por encontrarlo será intensa y muy peligrosa. Viajarán desde los subsuelos de Nueva York y Londres y las ruinas que hay bajo las ciudades de Roma y Berlín hasta una región remota de África, donde se rumorea que se encuentra uno de los más grandes tesoros de toda la historia.

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Inclinó la cabeza hasta tocarse el pecho con el mentón y, apoyando la espalda en la rejilla, se incorporó lentamente. La pieza de hierro tenía cinco centímetros de grosor y parecía muy pesada, pero él era fuerte y la pieza no estaba atornillada. Siguió empujando hasta que la rejilla se salió de su encaje. La desplazó lateralmente unos pocos centímetros. Cuando hubo conseguido una abertura suficiente para meter las manos, la apartó del todo deslizándola por el suelo. Sin perder un segundo, desenfundó su pistola y salió a un corredor de mantenimiento lleno de cañerías y cables eléctricos. Cuando estuvo seguro de que no se oía ninguna señal de peligro, volvió a meterse en la tubería y regresó junto a Madre Bendita y los dos free runners.

– Esta tubería conduce a un túnel de mantenimiento que parece un punto de entrada seguro. No se ve a nadie.

Tristán parecía aliviado.

– ¿Lo ven? -dijo mirando a Madre Bendita-. Todo ha salido a la perfección.

– Lo dudo. -Madre Bendita entregó a Hollis la bolsa con el equipo.

– ¿Podemos marcharnos? -preguntó el free runner.

– Sí, gracias -repuso Hollis-. Tened cuidado.

Tristán, que había recobrado algo de su confianza, hizo una pomposa reverencia mientras Króte sonreía a Hollis.

– ¡Los f ree runners de Spandau les desean buena suerte!

Hollis arrastró la bolsa con el equipo por la tubería. Madre Bendita lo seguía. Cuando ambos llegaron al túnel de mantenimiento, la Arlequín le susurró al oído:

– Hable bajo. Puede que haya detectores de voz.

Avanzaron con sigilo hasta una pesada puerta de hierro con una cerradura magnética para tarjetas de seguridad. Madre Bendita dejó la bolsa en el suelo y abrió la cremallera. Sacó el subfusil y algo que parecía una tarjeta de crédito unida a un fino cable eléctrico. La Arlequín conectó el cable al ordenador portátil, tecleó una serie de parámetros e introdujo la tarjeta en el lector de la cerradura.

En la pantalla del ordenador se dibujaron seis casillas. Un minuto después un número de tres dígitos apareció en la primera casilla, luego el proceso fue rápido. Casi cuatro minutos más tarde las seis casillas estaban completas y la puerta se abrió con un chasquido.

– ¿Entramos? -susurró Hollis.

– Todavía no. -Madre Bendita cogió de la bolsa un aparato que parecía una pequeña cámara de vídeo y se la entregó-. No podemos evitar las cámaras de vigilancia, de modo que tendremos que usar escudos. Póngase esto en el hombro. Cuando yo abra la puerta, apriete el botón cromado.

Mientras Madre Bendita devolvía el equipo a la bolsa, Hollis se colocó el artefacto en el hombro y lo apuntó hacia delante.

– ¿Preparado?

Empuñando el subfusil, Madre Bendita abrió lentamente la puerta. Hollis entró en el siguiente corredor, vio una cámara de vigilancia y puso en marcha el dispositivo de escudo. El aparato lanzó un rayo infrarrojo que dio en la superficie reflectante de la lente de la cámara de vigilancia y rebotó a su fuente. Una vez determinada con exactitud la posición de la cámara, un rayo láser de color verde apuntó automáticamente al objetivo.

– No se quede ahí -dijo Madre Bendita-. Muévase.

– ¿Y qué pasa con la cámara de vigilancia.

– El láser se encarga de eso. El guardia de seguridad que esté mirando el monitor solo verá un destello de luz en la pantalla.

Avanzaron por el corredor y doblaron una esquina. Una vez más, el escudo detectó otra cámara de vigilancia y el rayó láser cegó la lente. Al fondo, una segunda puerta conducía a una escalera de emergencia. Subieron hasta llegar a un rellano y se detuvieron.

– ¿Qué tal? -preguntó la Arlequín.

– Sigamos -contestó Hollis asintiendo con la cabeza.

– Me he pasado demasiados meses cruzada de brazos en aquella maldita isla -dijo Madre Bendita-. Esto es mucho más emocionante.

Abrió la puerta, y entraron en un sótano lleno de maquinaria y equipo de comunicaciones. Una línea blanca pintada en el suelo conducía hasta un mostrador de recepción donde un vigilante comía un sándwich envuelto en papel de aluminio.

– Quédese aquí -dijo Madre Bendita a Hollis al tiempo que le entregaba el subfusil. A continuación salió de las sombras y caminó con paso decidido hacia el mostrador-. ¡No se preocupe! ¡No hay ningún problema! ¿No ha recibido la llamada?

El vigilante, con el sándwich aún en la mano, parecía perplejo.

– ¿Qué llamada?

La Arlequín sacó la automática y disparó a quemarropa. El proyectil lo alcanzó en el pecho y lo arrojó de espaldas. Sin detenerse, Madre Bendita enfundó la pistola, rodeó el mostrador y se acercó a la puerta de acero que había detrás.

Hollis corrió hasta ella.

– No hay cerradura ni tirador -dijo.

– Se activa electrónicamente. -Madre Bendita examinó una caja metálica adosada a la pared-. Esto es un escáner de las venas de la palma de la mano; funciona con infrarrojos. Aunque hubiéramos sabido que nos encontraríamos con esto, habría sido muy difícil crear una huella falsa. La mayoría de las venas no son visibles bajo la piel.

– ¿Y qué vamos a hacer?

– Cuando uno tiene que superar barreras de seguridad, puede optar entre recurrir a la alta tecnología o a la más primitiva. -Madre Bendita cogió el subfusil de manos de Hollis, sacó un cargador de repuesto de la bolsa, se lo metió en el cinturón, indicó a Hollis que se apartara y apuntó a la puerta-. Prepárese. Vamos a lo primitivo.

Fragmentos de metal y madera salían disparados mientras los proyectiles abrían un agujero en el borde izquierdo de la puerta. La Arlequín recargó el arma y Hollis metió la mano por el hueco y tiró con todas sus fuerzas. Se oyó el chirrido del metal contra el cemento, y la puerta se abrió.

Hollis entró y se encontró ante una estructura de cristal con forma de torre de unos tres pisos de altura. En su interior se apilaban incontables ordenadores cuyas parpadeantes luces se reflejaban en las paredes de vidrio como diminutos fuegos artificiales. El conjunto, además de bonito, tenía un aire misterioso; parecía una nave espacial que se hubiera materializado de repente dentro del edificio.

Colgada de una pared, a unos cinco metros de la torre, una gran pantalla plana mostraba una imagen de algún lugar de Berlín: un mundo duplicado informáticamente donde pequeñas figuras creadas por ordenador caminaban por una plaza. Dos técnicos con el miedo pintado en el rostro se hallaban ante un panel de control justo debajo de la pantalla. Durante unos segundos permanecieron inmóviles, luego el más joven apretó un botón del panel y salió corriendo.

Madre Bendita sacó la pistola, se detuvo apenas un segundo y disparó una bala a la pierna del fugitivo. El joven cayó de bruces en el suelo mientras una voz salía de un altavoz de la pared.

«Verlassen Sie das Geb ä uder. Verlassen Sie…» Con cara de fastidio, la Arlequín silenció el altavoz de un disparo.

– No queremos abandonar el edificio -dijo-. Nos lo estamos pasando estupendamente.

El herido yacía de costado, se sujetaba la pierna y gemía. Madre Bendita se le acercó.

– Cállese y alégrese de seguir con vida. No me gustan los tipos que hacen saltar las alarmas.

El técnico gritó pidiendo auxilio mientras no dejaba de moverse.

– Le he pedido que se estuviera callado -dijo Madre Bendita-. Es una petición muy simple.

Esperó unos segundos a que el herido obedeciera. El tipo siguió gritando, y la Arlequín le disparó un tiro en la cabeza. Luego, dio media vuelta y se dirigió hacia el panel de control. El otro técnico tenía unos treinta años, rostro huesudo y pelo negro y corto. Jadeaba tanto que Hollis creyó que se desmayaría en cualquier momento.

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