John Hawks - El Río Oscuro

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En una sociedad futurista sometida a la dictadura de la tecnología, dos hermanos se enfrentarán a la muerte. Gabriel y Michael Corrigan acaban de saber que su padre, a quien creían muerto desde hacía años, está vivo. Ambos hermanos pueden viajar a través del tiempo y el espacio, y los dos buscan a su padre, pero se encuentran en bandos opuestos: Gabriel pretende conocer la verdad de su vida y protegerle de sus enemigos, está del lado de las fuerzas del bien; Michael se ha unido a los «tabulas», servidores de una tecnología todopoderosa que somete en secreto a los ciudadanos, y la razón de su búsqueda es que ve a su padre como una amenaza para su propio poder.
La carrera entre estos dos hermanos por encontrarlo será intensa y muy peligrosa. Viajarán desde los subsuelos de Nueva York y Londres y las ruinas que hay bajo las ciudades de Roma y Berlín hasta una región remota de África, donde se rumorea que se encuentra uno de los más grandes tesoros de toda la historia.

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– ¿Cómo se llama? -le preguntó Madre Bendita.

– Gunther Lindemann.

– Buenas noches, señor Lindemann. Queremos acceder a un puerto USB.

– Aquí no… no hay ninguno -respondió Lindemann-. Pero hay tres dentro de la torre.

– Muy bien. Echemos un vistazo.

Lindemann los condujo hasta una puerta deslizante situada en un lado de la torre. Hollis vio que las paredes de vidrio tenían veinte centímetros de grosor y que un armazón exterior de acero sostenía los paneles. Junto a la puerta había otro escáner de la palma de la mano. Lindemann introdujo una mano, y la puerta se abrió.

Una fría brisa los envolvió cuando entraron en aquel entorno esterilizado. Rápidamente, Hollis se encaminó hacia una terminal con un monitor y un teclado. Se quitó del cuello la unidad de disco y lo conectó al puerto de entrada.

En la pantalla apareció un mensaje de aviso en cuatro idiomas: detectado virus desconocido, riesgo alto. La pantalla quejó a oscuras un momento, se llenó con un gran cuadrado rojo que contenía noventa cuadrados más pequeños, de los cuales solo uno estaba lleno de color y destellaba como si una solitaria célula cancerígena se hubiera introducido en un cuerpo sano.

Madre Bendita se volvió hacia Lindemann.

– ¿Cuántos guardias hay en el edificio? -preguntó.

– Por favor… no me…

– Limítese a responder -lo atajó.

– Hay un vigilante en el mostrador de fuera y dos más arriba. Los vigilantes que no están de turno viven en unos apartamentos al otro lado de la calle. Se presentarán en cualquier momento.

– Entonces, lo mejor es que me prepare para darles la bienvenida. -Se volvió hacia Hollis-. Avíseme cuando haya terminado.

Madre Bendita salió por la puerta detrás de Lindemann mientras Hollis permanecía ante la terminal. Un segundo cuadrado empezó a destellar, y Hollis se preguntó qué clase de batalla estaría teniendo lugar en el interior de la máquina. Mientras esperaba, pensó en Vicki. ¿Qué le diría ella si estuviera a su lado en esos momentos? Sin duda, la muerte del vigilante y del técnico la habrían afectado profundamente. «La semilla se convierte en retoño.» Siempre decía esa frase: todo lo que se hacía con odio podía crecer y obstruir la Luz.

Echó un vistazo a la pantalla. Los dos cuadrados brillaban con un rojo intenso. De repente, el virus comenzó a multiplicarse por dos cada diez segundos. Las luces de las otras terminales parpadearon y una sirena se disparó en alguna parte de la torre. En menos de un minuto, el virus había derrotado a la máquina. Elmonitor de la terminal no era más que una única mancha roja. Al cabo de un instante, la pantalla quedó a oscuras.

Hollis salió corriendo de la torre y halló a Lindemann tumbado boca abajo en el suelo. Madre Bendita, a tres metros del técnico, apuntaba hacia la entrada con el subfusil.

– Ya está, vámonos.

Ella se volvió hacia Lindemann y lo miró con ojos fríos e inexpresivos.

– No pierda el tiempo matándolo -dijo Hollis-. Salgamos de aquí.

– Como quiera -contestó Madre Bendita como si hubiera salvado la vida de un insecto-. Así podrá contarles a los de la Tabula que ya no me escondo en una isla.

Regresaron al sótano y, cuando volvían sobre sus pasos, la estancia se llenó con una repentina explosión de fuego cruzado. Hollis y Madre Bendita se arrojaron al suelo, tras un generador de emergencia, mientras las balas impactaban en los conductos y los cables que había por encima de su cabeza.

Los disparos cesaron. Hollis oyó el ruido metálico de los cargadores al ser introducidos en los rifles de asalto. Alguien gritó algo en alemán, y las luces del sótano se apagaron.

Hollis y Madre Bendita se hallaban en el suelo, el uno junto al otro. La claridad de los interruptores del generador los iluminaba débilmente. Hollis vio la silueta de la Arlequín cuando esta se sentó y cogió la bolsa con el equipo.

– La escalera se encuentra a unos treinta metros de distancia -susurró Hollis-. Corramos hacia ella.

– Han apagado las luces -dijo Madre Bendita-. Eso significa que seguramente tienen gafas de visión nocturna. Ellos nos ven y nosotros estamos ciegos.

– ¿Y qué vamos a hacer? -preguntó Hollis-. ¿Quedarnos aquí y luchar?

– Enfríeme -dijo la Arlequín al tiempo que le daba un recipiente metálico que contenía nitrógeno líquido para anular los detectores de movimiento.

– ¿Quiere que la rocíe con esto?

– La piel no. Solo la ropa y el pelo. Así estaré demasiado fría para que puedan verme.

Hollis encendió la linterna y la sujetó con la mano de manera que la luz surgiera de las aberturas entre los dedos. Madre Bendita se tumbó boca abajo, y él le roció la cazadora, los pantalones y las botas con nitrógeno líquido. Luego se puso boca arriba y Hollis tuvo cuidado en no derramárselo en la cara y las manos. Cuando el recipiente se vació, se oyó un borboteo.

La Arlequín se sentó. Le temblaban los labios. Hollis le tocó el antebrazo y lo notó frío como el hielo.

– ¿Quiere el subfusil? -preguntó.

– No, el destello de los disparos me delataría. Me llevaré la espada.

– Pero ¿cómo los va a localizar?

– Utilizando los sentidos, señor Wilson. Estarán asustados, de modo que respirarán agitadamente y dispararán a las sombras. La mayor parte de las veces, el enemigo se derrota a sí mismo.

– ¿Qué puedo hacer yo?

– Deme cinco segundos. Luego, dispare hacia la derecha.

Madre Bendita se escabulló por la izquierda y desapareció entre las sombras. Hollis contó hasta cinco, se levantó y abrió fuego con el subfusil hasta vaciar el cargador. Los mercenarios respondieron desde tres puntos del lado izquierdo de la sala. Un instante después, oyó gritar a uno de ellos y más disparos.

Hollis desenfundó la automática y metió una bala en la recámara. Oyó que alguien recargaba un arma y corrió hacia el sonido. Una débil claridad surgía del montacargas del fondo, y eso le permitió disparar hacia la oscura silueta que se acurrucaba tras la maquinaria.

Otra ráfaga de disparos. Luego, silencio. Hollis encendió la linterna e iluminó el cadáver del mercenario que yacía frente a él, a menos de tres metros de distancia. Siguió avanzando con sigilo y estuvo a punto de tropezar con otro cadáver que yacía junto al aparato del aire acondicionado; tenía el brazo derecho arrancado.

Hollis barrió el sótano con la linterna; vio un tercer cuerpo cerca de la pared del fondo y el cuarto y último junto al montacargas. No lejos de allí, una figura yacía medio apoyada contra unas cajas. Era Madre Bendita. La Arlequín había recibido un balazo en el pecho y tenía el suéter empapado en sangre. Aun así, seguía aferrando la espada como si su vida dependiera de ella.

– Ese tuvo suerte -dijo con voz apagada al ver a Hollis-. Un tiro al azar. Que la muerte llegue por azar me parece bien.

– Usted no va a morir -afirmó Hollis-. Voy a sacarla de aquí.

Madre Bendita lo miró con ojos vidriosos.

– No sea estúpido. Coja esto. -Le tendió la espada y lo obligó a aceptarla-. Procure escoger un buen nombre Arlequín, señor Wilson. Mi madre eligió el mío. Siempre lo he odiado.

Hollis dejó la espada en el suelo y se dispuso a coger en brazos a la Arlequín, pero ella lo apartó.

– Yo era una niña preciosa. Todo el mundo lo decía. -Sus palabras se hicieron ininteligibles cuando un chorro de sangre le goteó de los labios-. Una niña preciosa…

Capítulo 40

Cuando Maya tenía dieciocho años, la enviaron a Nigeria para que recogiera el contenido de una caja de seguridad de un banco de Lagos. Un Arlequín inglés llamado Greenman había dejado allí un paquete con diamantes, y Thorn necesitaba el dinero.

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