El doctor Duarte todavía estaba enfadado con Degas por no ser un fiel seguidor del Partido Verde. Fastidiaba a su hijo con historias de los patriotas de Gomes, y cuando Degas se mostraba incómodo -fruncía la boca, movía el cuerpo como si su silla estuviera recubierta de púas- cambiaba de táctica y elogiaba al joven por su atención y por su recién descubierto interés por las propiedades de la familia. Al escuchar estos elogios, Degas se animaba, aunque con vacilaciones. A Emília le recordaba a un caballo atado que tiraba tercamente, contrariado por su cautiverio pero sin llegar nunca a romper los correajes. Tiraba sólo para demostrar que podía hacerlo, y cuando su amo regresaba con avena y caricias tranquilizadoras, se contentaba con renuencia.
Emília sentía pena por su marido, pero ella no se merecía que le negaran los materiales para coser. En consecuencia, la joven apenas le hablaba a Degas. El doctor Duarte también estaba enfadado con su esposa por su actitud demasiado protectora. Y doña Dulce estaba enojada con todos ellos: con el doctor Duarte por su áspera política, con Degas por su brusquedad y con Emília por ser testigo de sus desilusiones. Doña Dulce descargaba su mal humor con las criadas, que a su vez ponían almidón en exceso en la ropa y chamuscaban las mejores camisas del doctor Duarte con la plancha. Sólo las tortugas del patio y el corrupião en su jaula no guardaban ningún rencor a nada ni a nadie.
Cuando el invierno llegó, un calor húmedo se apoderó de la ciudad. Hubo dos choques de tranvías, varios ataques con navaja y un tumulto en un mercado local cuando corrió el rumor de que los carniceros estaban vendiendo disimuladamente carne de burro. Desde su habitación en la casa de los Coelho, Emília percibió el olorcillo de algo que se estaba pudriendo, como fruta pasada o carne de res mal salada que no se había conservado. Pronto el olor invadió la casa de los Coelho. Ella creyó que era la ciudad -su aire contaminado, el agua estancada del pantano-, pero el chico de los recados descubrió que era un perro callejero arrojado junto a la puerta trasera de la casa, lleno de llagas, con los dientes detenidos en un gruñido eterno, el cuerpo hinchado y a punto de reventar.
El 22 de mayo de 1930, al mismo tiempo que el candidato del Partido Azul asumía el cargo de presidente en Río de Janeiro, el Graf Zeppelin aterrizó en Recife. Los diarios de la ciudad enterraron la ceremonia de toma de posesión en la página tres, y dieron prioridad al dirigible alemán. Durante semanas el Graf Zeppelin le había hecho sombra a la política. Iba a cruzar el océano Atlántico para hacer su primer aterrizaje en América del Sur, y el sitio elegido no fue Río de Janeiro, sino Recife. Después de las elecciones, el gobierno municipal construyó una torre de aterrizaje en el pantano de Afogados. Recibió el nombre de Campo de Jiquiá y lo equiparon con una estación de combustible, un pabellón para las ceremonias, una capilla y una torre-antena de radio. Se esperaba que la llegada del Graf Zeppelin atrajera a una gran multitud. Para pagar la construcción del Campo de Jiquiá, la ciudad planeaba cobrar la entrada. El alcalde declaró fiesta oficial el día del aterrizaje e incluso las criadas de los Coelho tuvieron la tarde libre con la esperanza de ver el dirigible.
El Graf Zeppelin medía 230 metros de largo. Emília había leído sus dimensiones en los periódicos. Podía alcanzar los 110 kilómetros por hora y cruzaba el océano Atlántico en un tiempo récord de tres días. El diario lo llamaba «el pez plateado». El doctor Duarte lo llamaba «la vaca voladora». Cuando Emília preguntó qué quería decir, el doctor Duarte dejó escapar un suspiro y sonrió, como si le aliviara que alguien, aparte de Degas, le prestara atención.
– Se cuenta que después de la invasión de los holandeses -comenzó el doctor Duarte, dejando sus cubiertos del desayuno-, éstos quisieron construir un puente, pero no tenían dinero. El conde Nassau, el gobernador holandés, construyó una plataforma y dijo que una vaca iba a salir volando desde ella. ¡La gente acudió en masa para verla y él cobraba las entradas! Nassau era un hombre inteligente, pero pícaro. Me habría gustado tomarle las medidas. -El doctor Duarte hizo una pausa y fijó la mirada en su plato, como si estuviera imaginando la sesión de mediciones. Después de un instante, sacudió la cabeza y continuó-: No había ninguna vaca que volara, por supuesto. Cogieron una piel de vaca y la rellenaron, luego la dejaron caer de la plataforma para que se elevase como lo que era, un globo. La gente se quedó tan sorprendida que olvidaron que habían sido estafados por el holandés.
– No fueron estafados, querido -interrumpió doña Dulce-. Tuvieron un puente, después de todo.
– ¡Les vaciaron los bolsillos! -replicó el doctor Duarte.
– Entregaron el dinero por propia voluntad -continuó doña Dulce, con voz conciliadora-. ¿No dices siempre que sólo los tontos natos son arrastrados hacia los comportamientos imbéciles?
El doctor Duarte dejó escapar un gruñido y volvió a ocuparse de su comida. Después del desayuno, doña Dulce llevó a Emília aparte y le dijo que no alentara los arrebatos de su marido, porque el doctor Duarte todavía estaba amargado por las elecciones.
Pero las preocupaciones de doña Dulce eran exageradas, su marido había perdido pocas influencias. Muchas de las familias viejas y muchos de los líderes del Partido Azul le debían dinero, lo cual hacia que fuesen amables con él. Y a pesar de la distracción del Graf Zeppelin, el Partido Verde no había desaparecido del todo. Todavía aparecían ásperos editoriales en el Diario de Pernambuco acerca de los prolongados efectos de la crisis. Aún había grupos de estudiantes opositores, a los que Degas, con la esperanza de reconciliarse con su padre, aseguraba haberse unido. Había vagas alusiones a una posible revuelta. Y el doctor Duarte todavía seguía asistiendo a sus reuniones en el Club Británico, aunque llevaba su insignia del Partido Verde escondida debajo de la solapa. Emília no estaba segura de si la escondía de la mirada pública o de doña Dulce.
El día del aterrizaje del Graf Zeppelin, Emília descubrió el cierre de oro de la insignia que sobresalía de la solapa del doctor Duarte. El gobierno de la ciudad había dicho que a cualquiera que exhibiera abiertamente el color verde se le prohibiría la entrada a la ceremonia de aterrizaje. No querían agitadores, especialmente en el pabellón de ceremonias, al que los Coelho, junto con el alcalde y las demás familias notables, habían sido invitados para presenciar el aterrizaje de la célebre aeronave. Los bordes del pabellón estaban recubiertos con tela azul y en el centro se veían hileras de sillas blancas de madera. No había nadie sentado en ellas. Había más posibilidades de aliviarse con alguna brisa estando de pie, aunque cuando el viento llegaba era cálido y húmedo como un jadeo. Se veían pañuelos en abundancia. Los hombres se secaban la frente y las mejillas. Las mujeres agitaban abanicos de seda delante de sus rostros. Una pequeña orquesta tocaba en uno de los extremos del pabellón. El sudor corría por el cuello de los músicos y oscurecía la tela de sus camisas. Un camarero con chaqueta blanca de tela tan gastada que parecía gasa puso un vaso de zumo de fruta en las manos de Emília. Lo encontró dulce y templado.
Emília notaba que la tela del vestido se le pegaba en la espalda. Era una de sus creaciones, un vestido amarillo y blanco con cinturón que le llegaba justo debajo de las rodillas.
– Pareces un huevo -le había dicho doña Dulce antes de salir de la casa de los Coelho.
– Parezco Coco Chanel -replicó Emília.
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