Frances Peebles - La costurera

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Una saga épica sobre la vida de dos hermanas en el Brasil de principios del siglo xx.
En el Brasil colonial de la década de 1930, dos hermanas huérfanas conviven con un trasfondo de inestabilidad política y desastres naturales. Emília y Luzia dos Santos, dos hermanas con una excelente destreza para la costura, sueñan con escapar de su pequeño pueblo, un anhelo que separa sus vidas… Luzia sufre una deformidad desde que un accidente en la infancia la dejara lisiada y se convierte en una muchacha ruda y también poco casadera. Su única oportunidad de conseguir la independencia y la felicidad será casarse con el bandido que la secuestra, Antonio el Halcón. En cambio, Emília es delicada como una flor. Quiere una vida acomodada y refinada en la ciudad, por lo que contrae matrimonio con el hijo de un rico médico, a pesar de no estar enamorada de él. Los caminos de las dos hermanas se vuelven a unir cuando la vida de una de ellas corre peligro, aunque ya no son las mismas que en el pasado: Emília se siente sola y desgraciada y Luzia se ha convertido en una forajida a la que apodan la Costurera.
France s de Pontes Peebles nos demuestra con su novela la importancia de los lazos familiares, inquebrantables incluso en la distancia y en la adversidad. Su cuidado estilo, su sensibilidad y su facilidad para contar grandes historias de sagas familiares, le han servido además para que numerosos medios la comparen con Gabriel García Márquez e Isabel Allende. Novela ganadora del premio de la revista Elle Fiction Grand Prix 2008.

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El doctor Duarte, como la mayoría de los hombres del Partido Verde, creía que el sufragio femenino era un paso inevitable hacia la modernidad. Él, como muchas mujeres de las Damas Voluntarias, estaba convencido de que el voto no iba a interferir en los deberes de las mujeres hacia su familia. Las feministas brasileñas no eran, después de todo, como esas radicales mujeres británicas que se inmolaban y ponían bombas en los edificios, solía decir con frecuencia Lindalva, y Emília siempre detectaba algo de nostalgia en su voz, como si hubiera preferido aquel radicalismo.

Como respuesta a los ataques del Partido Azul, los periodistas verdes de Recife publicaron escabrosos historiales delictivos y aseguraban que el gobierno azul había perdido el control, la autoridad moral sobre el país. En Pernambuco, los periódicos escribían sobre el grupo del Halcón. El líder cangaceiro había sorprendido a periodistas y funcionarios públicos al telegrafiar a Recife. Su mensaje apareció en la portada del Diario de Pernambuco:

Corrijo un error en su diario. PUNTO. Los buitres comen lo que ya está muerto. PUNTO. Los halcones son diferentes. PUNTO. Cazan, matan y luego comen. PUNTO. Estoy vivito y coleando.

PUNTO. Cuando vengan más soldados, asegúrense de que traigan agua. PUNTO. No quiero que mueran de sed. PUNTO.

Firmado:

Capitán Antonio Teixeira,

llamado «el Halcón»

Desde la emboscada a las tropas gubernamentales, se había producido una breve pausa en las actividades de los cangaceiros, seguida por más violencia. El grupo del Halcón secuestró a la hija de un coronel y la liberó después del pago de un abultado rescate. Asaltaron un tren en el pueblo de Aparecida, la estación más occidental en Brasil de la línea del Ferrocarril Gran Oeste. Los vagones de carga del tren estaban llenos de maíz y harina de mandioca que se iban a vender en la costa. Los cangaceiros dispararon al maquinista en el muslo y distribuyeron la comida entre los vecinos.

Cuando el primero de esos artículos apareció en el Diario de Pernambuco, Degas lo leyó en voz alta durante el desayuno.

– ¡Por favor! -exclamó doña Dulce, agitando su blanca mano en dirección a Degas-. No permitiré asuntos sangrientos en la mesa.

– Entonces pasaré por alto -aceptó Degas- los asuntos sangrientos, por respeto a ti y a Emília.

Al lado de ella, Degas abrió el periódico por la segunda página del artículo. Emília sintió el olor de la tinta del periódico. Notó la mirada fija de Degas, como si estuviera desafiándola a que mirara el diario. Emília recordó su conversación en el dormitorio, cuando ella había fumado su primer y último cigarrillo. Felipe y las criadas del coronel le habían contado a Degas todo lo referente al rapto de su hermana con un brazo lisiado. Sabía que el Halcón se había llevado a Luzia.

Emília mantuvo la cabeza inclinada y los ojos fijos en el huevo frito que estaba sobre su plato. Pinchó la yema, luego pasó el cuchillo en diagonales rápidas sobre la propia yema y la clara.

– Lee, hijo -dijo el doctor Duarte.

Después de que Degas leyera ese primer artículo sobre el cangaceiro, Emília estaba decidida a no dejarse sorprender otra vez. Se despertaba todos los días al amanecer y cogía el periódico antes de que nadie lo hiciera.

La joven esposa se llevaba a hurtadillas los periódicos al recibidor lleno de espejos, donde las criadas rara vez entraban. Allí, en aquella estancia débilmente iluminada, leía. Poco a poco, el tema favorito de los periódicos dejó de ser el Halcón para concentrarse en su acompañante. Una mujer, según decían. Una mujer que se vestía como un hombre. Según lo declarado por los lugareños, los cangaceiros la llamaban «la Costurera». Al principio, la gente dudó de su existencia y los informes no reproducían ningún detalle concreto acerca del aspecto de la cangaceira, lo cual era frustrante para Emília. Finalmente, un periodista de Recife pudo ver al grupo del Halcón mientras viajaba por el interior. Los cangaceiros le robaron el dinero e hicieron añicos su máquina de escribir, pero él se las arregló para regresar a Recife con vida y redactar una serie de artículos sobre sus aventuras.

Quién es la «Costurera». Un retrato

Por Joaquim Cardoso

¿Quién es esta costurera? Uno podría decir que es sólo una mujer, pero lleva pantalones y gafas con montura de metal de considerable valor. Un indicio de feminidad puede hallarse en sus pertenencias. Sus bolsas y cantimploras están decoradas con colores chillones. En este sentido, ella es como muchas mujeres de los pueblos pequeños y sucios del interior. Tratan de parecer presentables, pero no lo logran. Es inusitadamente alta y tiene un brazo deforme. Aparte de estos atributos que la caracterizan, en todo lo demás es como cualquier mujer de un campesino. Tiene pies grandes, uñas sucias, una boca carnosa y los pechos nacidos. Es una mujer vulgar y el interior está lleno de mujeres como ellas.

Lo que diferencia a la Costurera es que no es la mujer de un campesino. Se ha casado con un bandido, un hombre de piel oscura, feo y maloliente. Esta mujer tiene una mirada furtiva y amenazante. Arriesga su propia vida, protege al más débil de la banda, y con silenciosa repulsión permite las atrocidades sanguinarias de su marido. Es insensible y a la vez sentimental, fría y a la vez feroz. En pocas palabras, es una mujer. ¿Y qué hombre podría penetrar los misterios de un alma tan contradictoria?

Emília leyó el artículo hasta que sus palabras se volvieron borrosas. Luzia estaba viva. Ya no cabía duda. Pero su alivio fue pronto reemplazado por la cólera. ¿Quién era ese periodista para decir semejantes cosas? La mirada de Luzia no era furtiva. Su hermana no era vulgar. Luego surgió el temor: ¿y si Luzia había cambiado? ¿Acaso ella misma, Emília, no se había convertido en alguien diferente desde que llegó a Recife? La tristeza la abrumaba, como una piedra que le aplastara el pecho. Era como si le hubieran robado algo precioso y luego se lo hubieran devuelto, pero con una forma que resultaba irreconocible. ¿Quién era esa mujer, esa Costurera? En el fondo de su alma, Emília sintió algo extraño. Frío. Tal como solía sentirse cuando veía alguna encantadora prenda de encaje y no podía poseerla. Tal como se sentía a veces ante las modelos de Fon Fon, con su pelo perfecto y sus vestidos elegantes. Siempre había envidiado la libertad de Luzia, su fuerza. Todavía la envidiaba.

Emília hubiera querido recortar el artículo para ponerlo con su foto de comunión, pero no podía. Tenía que volver a doblar el periódico cuidadosamente, como hacía todos los días, para devolverlo al buzón junto al portón de hierro de la casa de los Coelho. A la hora del desayuno, Degas leyó el artículo con tono vacilante, como si su contenido lo perturbara. Impaciente, el doctor Duarte arrebató el diario de las manos de su hijo y él mismo terminó de leerlo. Luego le pidió a una criada unas tijeras y recortó el artículo en la mesa, a pesar de las objeciones de doña Dulce.

El recorte se quedó sobre el escritorio, en su estudio. Emília se vio obligada a verlo todas las tardes. Se había convertido en la secretaria personal de su suegro. Después de sus reuniones políticas en el Club Británico, el doctor Duarte tenía muchas ideas y muchos planes. El suegro de Emília guardaba en secreto para sí toda estrategia del Partido Verde que él pudiera conocer, pero el doctor Duarte creía que después de las elecciones sus teorías criminológicas serían aceptadas y aplicadas. Tenía que poder explicar su ciencia de manera sucinta y eficaz a los líderes del Partido Verde. El doctor Duarte no podía almacenar todas sus ideas en la cabeza, pero tampoco podía escribirlas con suficiente rapidez. Cuando lo hacía, luego no podía comprender su propia caligrafía. No quería contratar a «una niña tonta» que después pudiera chismorrear acerca de sus planes. El partido no lo aprobaría. El doctor Duarte necesitaba a alguien discreto, digno de confianza, y fácilmente disponible. Emília era la candidata obvia. Cuando el doctor Duarte hablaba, ella escribía, aunque no siempre la ortografía fuera la correcta.

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