Para quitarse esos pensamientos de la cabeza, cerró los ojos. Y ni siquiera al escuchar el clic del flash del fotógrafo los abrió. Sintió que sus pies se hundían en la arena.
Cuánto le habría gustado tener a Luzia junto a ella en aquel arenoso escenario, para disfrutarlo y reír juntas. Emília había sido comparada toda su vida con Luzia. Por decirlo así, su hermana la definía. Allá en Taquaritinga, la torpeza de Luzia sacaba a relucir el aplomo de Emília. Los enojos de Luzia destacaban la suavidad de Emília; su lengua afilada, los silencios de ésta. En Recife Luzia no estaba presente, pero Emília la recordaba todos los días, en su interior resucitaba a la hermana lista y fuerte. Emília sentía que ella no era así de ninguna manera, y la reconfortaba saber que Luzia sí lo era. Compartían la misma sangre y quizá algo de la fuerza de Luzia se mezclaba con la suya, de modo que Emília podía cultivar la fuerza de su hermana dentro de sí. Pero desde que leyó el artículo del periódico sobre los cangaceiros y su «acompañante» sentía que la presencia de Luzia se desvanecía. Los recuerdos que Emília tenía de su hermana parecían empañados. ¿En quién se había convertido Luzia? ¿Y quién era Emília, comparada con una mujer como ésa?
Decidió compararse con otra imagen. Las mujeres que aparecían en las revistas feministas de Lindalva eran cultas y modernas. Lindalva adoraba la «idea» de la modernidad, pero lo que a Emília le gustaba era su aspecto, su brillo. Le agradaban los sombreros elegantes, los vestidos audaces, la imagen triunfadora de la mujer. Soñaba consigo misma conduciendo un automóvil, o entrando con paso firme hacia una mesa electoral con el voto cuidadosamente doblado en la mano. Y sobre todo, Emília imaginaba un taller con muchas ventanas con una docena de máquinas Singer a pedal zumbando, a sus órdenes.
Si Emília adoptaba el brillo de la modernidad, usaba los vestidos adecuados, expresaba las opiniones correctas, actuaba con diligencia y creatividad, se ganaría la admiración de Recife. Se había liberado de sus sueños juveniles de poseer un hogar y convertirse en una matrona. Había aceptado el hecho de que Degas nunca sería un maestro amable ni un marido cariñoso. Y ya que no podía ser amada, decidió entonces que sería admirada.
– La ganadora es… ¡la señora de Degas Coelho! -gritó una mujer. Se produjo una ola de discretos aplausos y luego de risas-. ¡La señora de Degas Coelho! -gritó otra vez la voz.
Emília abrió los ojos.
Un mes después del concurso, sobrevino la crisis y los planes empresariales de Emília se frenaron en seco. Fue un jueves, el día que doña Dulce destinaba al lavado de la ropa de cama y a ventilar los colchones. Las criadas de los Coelho corrían de un lado a otro, quitando las sábanas de las camas y llevando abajo los blancos bultos, levantando colchones y arrastrándolos hasta la zona cubierta del lavadero de la casa, para sacudirlos y rociarlos con agua de lavanda. Desde su dormitorio, Emília podía escuchar los ruidosos golpeteos de las raquetas de mimbre sobre los colchones. Escuchaba los gritos de la lavandera. Aprovechó la conmoción y entró a hurtadillas en la cocina, donde se preparó su infusión especial y bebió hasta que el estómago se llenó de líquido. Mientras tomaba el último trago, doña Dulce entró en la cocina. Miró fríamente a Emília; luego se dirigió al lavadero, donde les dijo a las criadas que dejaran de trabajar.
– Guardad silencio -ordenó doña Dulce-. El doctor Duarte no está hoy de humor para jaleos.
El almuerzo fue silencioso y rápido. Doña Dulce le permitió al doctor Duarte tragar su comida y dirigirse al salón a escuchar la radio. Degas acompañó a su padre, dejando a Emília sola con doña Dulce y su postre, un pudin de papaya bañado con licor de grosella. Inquieta, la suegra también abandonó pronto la mesa y fue al salón a escuchar la radio llena de interferencias. Los postres, abandonados, se echaron a perder sobre la mesa. Emília se dio cuenta de que algo importante y terrible había ocurrido.
Las ásperas y lejanas voces de la radio anunciaban que el mercado de valores había caído en Estados Unidos. El doctor Duarte y Degas estuvieron sentados junto a la radio toda la tarde y hasta bien entrada la noche. Emília no sabía nada de mercados financieros. ¿Cómo podían ser que artículos tan necesarios como el azúcar, el café y el caucho tuvieran mucho valor un día y no valieran nada al día siguiente?
El viernes, los locutores parecían medianamente optimistas. Todo el fin de semana los Coelho esperaron noticias. El lunes, los periódicos y los programas de radio decían que los mercados en todo el mundo estaban cayendo al enterarse de las noticias procedentes de Nueva York. Llamaron a aquel día «lunes negro» y al siguiente «martes negro», y después los días no necesitaron ya esos sobrenombres, porque todos eran sombríos. Recife fue presa del pánico. Los negocios cerraron sus puertas. La cocinera se quejó de que en los mercados no había vendedores. La carne comenzó a escasear. Los locutores decían que en Estados Unidos el crash había producido una depresión que se iba a sentir en todo el mundo. En Brasil, la turbulencia económica fue llamada «la crisis» y en Recife las familias viejas fueron las primeras en sentirla.
Poco a poco, los dueños de los ingenios azucareros comenzaron a aparecer en la casa de los Coelho vestidos de luto y con montones de papeles debajo del brazo. De inmediato eran acompañados a la oficina del doctor Duarte. Algunos traían a sus esposas consigo, como si estuvieran haciendo una visita social, aunque Emília nunca había visto a una mujer de las familias viejas poner un pie en la casa de los Coelho. Doña Dulce y Emília se sentaban con estas mujeres vestidas de negro. Emília reconocía a algunas gracias a sus paseos por la plaza del Derby. Casi todas se mostraban cordiales y sonrientes. Tomaban café y charlaban como si desde tiempo atrás hubieran querido visitarlas y no se hubiera presentado la ocasión. A pesar de su cordialidad, Emília se dio cuenta de la manera descuidada, despectiva, en que las mujeres manipulaban la porcelana de doña Dulce. Dejaban los pequeños platos ruidosamente sobre la bandeja del té y hacían tintinear con fuerza sus cucharas contra los finos bordes de las tazas, como si en realidad quisieran romperlas pero que pareciera involuntario.
Por debajo de la cortesía de aquellas mujeres había irritación. Emília se enteró de que los papeles que sus maridos llevaban a la oficina del doctor Duarte eran escrituras, títulos de propiedad de casas en la calle Rosa e Silva y documentos de bienes en las playas de Boa Viagem y en los almacenes vacíos cerca del puerto. Le entregaban todo lo que poseían en Recife al doctor Duarte para no dejar de pagar sus préstamos y no perder sus máquinas importadas, y luego, sus plantaciones.
Debido a sus préstamos, el doctor Duarte conocía toda la «podredumbre», como decía él, de todas las familias de Recife. Emília pensaba que era significativo que no dijera los «secretos», sino la «podredumbre», como si los problemas de las familias fueran desperdicios con un olor desagradable que todos percibían pero resultaba imposible erradicar. Sólo el doctor Duarte conocía el origen y la extensión de la podredumbre. Tenía en sus manos el poder de mostrar, de difundir los problemas de una familia por toda la ciudad, pero no lo hacía. El doctor Duarte tenía fama de discreto; cuando se hacía cargo de una propiedad, nadie sabía si se había ejecutado la hipoteca o simplemente se la habían vendido. Debido a esto, las mujeres de las viejas familias que entraban en la casa de los Coelho atenuaban su repulsión con un frío respeto. Y los hombres de las viejas familias que pertenecían al gobernante Partido Azul le permitían al doctor Duarte apoyar a Gomes y a su Partido Verde sin propinarle ningún castigo político.
Читать дальше