– ¡Ponte derecha! ¡Sonríe!
La voz era baja y nasal. Cuando trató de gritar otra orden, la voz se disolvió en una risita mal contenida. Emília dio media vuelta. Lindalva la atrajo hacia sí para besarle las mejillas. Su amiga llevaba un inmenso sombrero de paja, con el ala levantada y sujeta por un alfiler terminado en una perla. La paja del sombrero era de un blanco puro y estaba tejida tan finamente que era blanda y maleable como la plastilina. Lindalva cogió el vaso de la mano de Emília y bebió un sorbo. Frunció los labios.
– Su bebida tiene alcohol, señora Coelho -bromeó Lindalva.
Emília recuperó el vaso.
– Odio ese zepelín.
– ¿Cómo lo sabes? -se rió Lindalva-. Ni siquiera lo has visto.
– No necesito verlo.
– Hablas como mi madre -dijo Lindalva.
La baronesa había salido de la ciudad antes de la llegada del Graf Zeppelin. Había preferido pasar el invierno en su casa de campo en Garanhuns.
– Bien, ese cacharro volador es muy descortés -señaló Lindalva-. Llega tarde a su propia fiesta.
Emília asintió con la cabeza y bebió un trago de su ponche. Le quemó la garganta. A través de la multitud vio a Degas. Estaba inclinado hacia Chevalier y asentía atentamente con la cabeza mientras el piloto hablaba. Chevalier sonreía y gesticulaba con las manos, encantado con la atención que obtenía. Degas le ofreció un cigarrillo y él aceptó; Degas se acercó para darle fuego.
Lindalva cogió el ponche de Emília y bebió otro sorbo.
– Este capitán Chevalier es un descuidado -comentó-. Alguien debería darle a conocer la existencia del peine.
Debajo de ellas, en el barrizal, la multitud comenzó a gritar.
– ¡Oh! -exclamó Lindalva mientras cogía de la mano a Emília-. Mira.
En la distancia se veía un brillo, como un espejo del sol poniente. Emília entrecerró los ojos. La orquesta se detuvo. El silencio se apoderó de la multitud. Lentamente, el Graf Zeppelin se movía en el aire, dirigiéndose hacia el pantano. Era largo y con forma de bala, estrechándose hacia atrás para terminar en una aleta que servía de cola. Flotaba hacia ellos serenamente, como una nube de plata. Desde lejos parecía pequeño e ingrávido e hizo que Emília recordara los globos de fuego que Luzia y ella hacían de niñas. A medida que se acercaba a Campo de Jiquiá, Emília se dio cuenta de que era enorme.
– Es como una gran ballena -dijo una mujer al lado de ella.
– No -replicó un hombre-, es como una embarcación navegando en el aire.
– ¡Viva el señor «Zé Pelín»! -gritó una voz de la multitud de abajo. Se escuchó un estallido de carcajadas. En el pabellón, damas y caballeros no pudieron disimular su risa.
El sol casi se había puesto cuando el Graf Zeppelin llegó sobre ellos, proyectando su sombra sobre el pabellón. Su motor zumbaba. La blanca cabina para los pasajeros pegada a la panza parecía diminuta. Cuando el Graf Zeppelin descendió hacia la torre de anclaje, dejaron caer unas cuerdas. Oficiales uniformados gritaban y corrían por toda la pista de aterrizaje como si estuvieran conduciendo a un animal muy grande y torpe. Cuando, después de hacer varios movimientos bruscos, estuvo en posición, el morro unido a la torre de anclaje y su panza tocando la tierra, la multitud explotó.
Sonaron aclamaciones, silbidos y luego la distante explosión de los petardos. Emília apartó la mirada del Graf Zeppelin y la dirigió hacia la multitud. Fuegos artificiales y explosivos de cualquier clase habían sido estrictamente prohibidos en las cercanías del dirigible. En medio de la multitud de abajo se desplegó una bandera verde.
– ¡Viva Gomes! -gritó un hombre-. ¡A luchar por un nuevo Brasil!
En el pabellón hubo gritos entrecortados. Abajo, en la sección de clase media, un grupo de estudiantes lanzó serpentinas verdes. Emília vio a Felipe entre el gentío, echando el brazo hacia atrás para lanzar serpentinas verdes a las masas, que lo aclamaban. El círculo de policías se cerró velozmente.
Se oyeron más explosiones, luego gritos. Encerrada en el Campo de Jiquiá, la multitud avanzó. El pabellón se tambaleó. Emília sintió que las tablas de madera pintada se movían debajo de sus pies, como la arena en la playa de Boa Viagem.
– Vamos -dijo a su esposa un hombre que estaba al lado de Emília-. Vámonos antes de que ocurra alguna desgracia.
Alrededor de ella hubo susurros y luego codazos. Emília buscó al doctor Duarte, a doña Dulce, a Degas. No podía verlos dentro del grupo que se abría paso a empellones, todos en dirección a la escalera delantera del pabellón decorada con banderas azules. A Lindalva le quitaron el sombrero de la cabeza de un manotazo. Emília vio a los integrantes de la orquesta bajando rápidamente por las escaleras de servicio del pabellón con los instrumentos levantados por encima de sus cabezas, como si vadearan un río. Cogió la mano de Lindalva y los siguió.
Las escaleras de servicio conducían a los tranvías. Lo coches formaban una línea, con sus indicadores de ruta normales cubiertos con carteles blancos que decían: «Campo de Jiquiá». Gente de la zona de clase media que escapaba llenaba el sendero. Los conductores de los tranvías hacían sonar sus silbatos de bronce y orientaban a la gente para que subiera. Emília se sentía mareada, tenía la boca muy seca. Se asió con fuerza a la mano de Lindalva y subió a un coche.
A Emília le habían dicho que nunca subiera a un tranvía. Si había una emergencia, si se encontraba sin dinero, doña Dulce le había aconsejado que sólo viajara en la primera clase de la Cristaleira. Los coches de la Cristaleira tenían ventiladores eléctricos, ventanas de vidrio y normas de vestimenta: guantes para las damas, corbata y chaqueta para los caballeros. Su suegra decía que había peleas en los coches de segunda clase. Había pervertidos que espiaban las faldas de las mujeres.
Todos los tranvías del Campo de Jiquiá eran de segunda clase, con barandillas de metal y simples asientos de madera. No había lugar donde sentarse. La gente se fue amontonando hasta que el centro del coche se llenó y faltaba el aire. Lindalva agarró el brazo de Emília. Los hombres iban colgados de barandillas laterales del tranvía, balanceando los pies sobre el escalón de la entrada. Emília los envidiaba. Allí seguramente se estaba más fresco que dentro. El revisor dio una vuelta por fuera alrededor del coche. Su uniforme azul marino daba la impresión de ser muy caluroso. Hizo sonar el silbato para indicar que el coche estaba lleno. Nadie le escuchó. La gente pasó junto a él a empujones para poder subir, y casi le hicieron perder su cartera de cuero para los billetes. En la aglomeración, Emília creyó ver a Felipe, sus mejillas pecosas arrebatadas, la mano encima del sombrero de fieltro para no perderlo. Luego desapareció.
– ¡Arranque! -le gritó al conductor uno de los hombres de la orquesta-. ¡O nos van a aplastar!
El revisor saltó con un solo pie a la plataforma trasera del tranvía. El conductor tocó la campana del coche y, con una sacudida, el tranvía comenzó a moverse.
Los músicos de la orquesta estaban amontonados cerca de Emília. Llevaban abiertas las chaquetas de sus trajes y se habían desabotonado el cuello de la camisa. Algunos todavía llevaban la faja de raso azul que el alcalde había decidido que vistieran todos los que iban a trabajar en el pabellón. Al lado de Emília, un niño sostenía una mazorca de maíz asada comida a medias. Otro niño pequeño se abrazaba a la pierna de su madre. La mujer miró con desconfianza el sombrero de Emília. Más allá de aquellos viajeros amontonados cerca de ella, Emília sólo veía las hileras de manos que se agarraban de los pasamanos del tranvía y las axilas de chaquetas y camisas manchadas por el sudor. Quería quitarse el sombrero -su pelo estaba chorreando-, pero no tenía dónde ponerlo. Se agarraba con una mano y con la otra sujetaba su bolso. No había nada en el bolso, aparte de algunas horquillas, un pañuelo y un billete de mil reales que le había sacado a Degas. Prácticamente carecía de valor, pero le resultaba cómodo llevar el bolso. Emília esperaba que fuera suficiente para pagar su billete.
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