– Por favor, ¿podría entregarle esto?
Emília miró a Lindalva. Su amiga seguía con los ojos cerrados y bebió otro sorbo de agua azucarada que le ofreció una camarera.
– Entrégueselo usted mismo -dijo Emília-. Usted es su amigo.
– No se me permite ni siquiera acercarme a la facultad de Derecho -explicó Felipe, con la mirada fija en el papel doblado. Le temblaba la boca-. Degas me evita desde hace tiempo. Doña Dulce no quiere que visite su casa.
Felipe se inclinó hacia delante. Emília sintió el olor a sudor y humo de cigarrillo en la chaqueta de su traje. Él puso su mano sobre la de ella. Con movimientos bruscos, giró la muñeca de Emília y le movió los dedos hasta que quedaron en un extraño apretón de manos. Metió el cuadrado de papel en su mano enguantada.
Emília pensó en el profesor Celio, en sus intercambios de notas, en lo ansiosa que había estado ella a la espera de sus respuestas, en lo desesperadamente que había deseado verlo todos los meses. Vio esa misma avidez, ese mismo extraño entusiasmo en Felipe, y sintió una corriente de compasión por él. Pero cuando el hombre le soltó la mano, Emília la retiró instintivamente y dejó caer el billete doblado sobre la mesa.
– No lo haré -insistió ella.
Felipe asintió con la cabeza rígidamente. Sus ojos castaños estaban muy abiertos, con las pupilas dilatadas, como si tuviera fiebre.
– Usted trabajó en mi casa -dijo él, en voz baja-. No hace mucho. Usted era muy risueña. Pero su hermana no lo era. No podía permitirse tonterías con ese brazo defectuoso. Es una lástima lo que le pasó.
Emília sintió un agudo dolor en el pecho. Fue como si una aguja le hubiera pinchado los pulmones, desinflándolos. Dejó escapar un largo suspiro. Emília cogió la taza medio vacía de agua azucarada y se la terminó.
– Usted no tiene por qué recordarme que ya nos conocemos -dijo ella dejando la taza y cogiendo el billete doblado-. Usted nunca me habló en Taquaritinga. Ahora usted sabe lo que se siente al ser evitado.
Emília miró a Lindalva; los ojos de su amiga continuaban cerrados, la cabeza inclinada. Emília metió el papel en un guante, empujándolo más allá de la muñeca, hasta colocarlo en la palma de su mano.
Fuera, el tranvía se había ido, moviéndose antes de que se produjera una colisión en las vías. Lindalva había dejado su bolso dentro del vehículo. Emília no tenía suficiente dinero para pagar los billetes hasta la plaza del Derby. No podía llamar por teléfono a la casa de los Coelho, pues no había líneas telefónicas en ese barrio.
– Necesitamos dinero para el viaje en tranvía -dijo Emília, sobresaltando a Felipe, sumido en sus pensamientos-. Degas no me da dinero para mis gastos.
Felipe asintió con la cabeza. Cuando Lindalva se sintió más fuerte caminaron hasta la siguiente parada del tranvía, donde Felipe les compró los billetes y luego discretamente saludó con la mano y se marchó. Emília y Lindalva viajaron hasta la plaza del Derby en silencio. Cada vez que Emília cerraba la mano, los bordes puntiagudos de la nota se hundían en su piel. Su compasión había sido reemplazada por el enfado…, enfado con Felipe por convertirla a ella en mensajera, con su marido por su irritante escapada y con ella misma por su debilidad, por su vergüenza.
En los meses posteriores a la aparición de los primeros artículos sobre la Costurera, Emília estaba convencida de que sólo Degas conocía las coincidencias entre la cangaceira y Luzia, y las sospechas de él no podían ser confirmadas. Se había hecho la ilusión de que Felipe -que jamás había estado siquiera cerca de la sala de costura de su madre y rara vez regresaba a Taquaritinga desde que comenzó la universidad- no recordaría a Luzia. Pero no era así. Cuando él la mencionó, Emília no pensó en defenderla. El consuelo y el orgullo que había sentido cada vez que leía un artículo sobre la Costurera fueron reemplazados por vergüenza, por miedo. Emília recordó las largas lecciones de doña Dulce, sus muchos paseos por la plaza del Derby con la esperanza de ser aceptada. Pensó en su ingreso en las Damas Voluntarias y en la muy real posibilidad de abrir su propio taller, ese lugar limpísimo y con muchas ventanas con el que había soñado tantas veces, con filas de costureras bien alimentadas trabajando con sus diseños. Todo su trabajo, todos sus planes se iban a perder si la gente se enteraba de la desgracia de Luzia. Emília podía imaginar las conmocionadas voces de las mujeres de Recife: «¿Qué clase de familia permite que una de sus hijas le sea arrebatada por los cangaceiros?». Sólo los más pobres tienen a sus hijas sin ninguna protección; sólo gente sin ninguna base, sin dinero y, lo que es peor, sin ninguna decencia. Ninguna mujer decente compra vestidos a un pariente de delincuentes. Nadie, ni siquiera la baronesa y Lindalva, iba a tener contacto con una persona de tan bajo nivel. El doctor Duarte iba a querer medirla otra vez, para corregir el error, estudiarla como estudiaba a las familias de los presos en el Centro de Detención de la ciudad. Doña Dulce no iba a querer que ella permaneciera en la casa de los Coelho. Emília iba a ser arrojada a la calle.
Su cuerpo se estremeció y se apoyó sobre el pasamanos de madera del tranvía. Las tachuelas de las maderas se hundían en su espalda. Junto a ella, Lindalva mantenía los ojos cerrados y sus manos apretaban con fuerza una servilleta del restaurante que le habían dado a manera de pañuelo. Emília se preguntaba si su amiga estaba todavía afectada por el asesinato en el tranvía o si simplemente la estaba ignorando. ¿Habría escuchado algo de la conversación con Felipe? Emília respiró hondo y miró hacia las calles de la ciudad. Cuanto más se acercaban a la plaza del Derby, menos oscuridad se veía. Las farolas de gas de la calle formaban círculos amarillos de luz. Las modestas viviendas de un solo piso fueron desapareciendo para ser reemplazadas por casas más altas, más voluminosas, con vallas decoradas. Perros guardianes gruñían detrás de las verjas. A Emília le ardían los ojos.
Le había fallado a Luzia una vez, cuando los cangaceiros se la llevaron. Emília no había abierto la boca, no había defendido a su hermana, no se había ofrecido ella en lugar de Luzia. En ese momento, aunque las circunstancias eran diferentes, sintió que había hecho lo mismo. La nota guardada en el guante estaba húmeda por el sudor. El corazón de Emília latía con fuerza en su pecho. Lo sentía demasiado grande, pesado y torpe, como el Graf Zeppelin. «Voy a tener que aprender a anclarlo -pensó-. Voy a tener que amarrarlo con sogas».
En la casa de la baronesa, una criada llamó por teléfono a los Coelho. Lindalva, todavía conmocionada por el asesinato, abrazó a Emília con fuerza y lloró.
– ¡Sólo puedo pensar en aquel pobre hombre del tranvía! -dijo Lindalva entre sollozos-. No puedo dejar de ver su imagen. Todo lo demás se desvanece después de eso. Espero no haberte causado demasiados problemas. -Emília negó con la cabeza, aliviada por la falta de memoria de Lindalva.
Treinta minutos después, Degas llegó en el Chrysler Imperial. Durante el viaje de regreso a Madalena, recordó el caos en el pabellón del Zeppelin y le explicó cómo el capitán Chevalier y él fueron conducidos de inmediato al coche del alcalde. Emília ni pensó en preguntar por el doctor Duarte y por doña Dulce, si habían salido del pabellón, si habían llegado sanos a casa. Degas conducía a gran velocidad, como siempre. Las calles de Recife habían sido acondicionadas para los automóviles muy recientemente. Hubo pocas detenciones. En el único semáforo, en la intersección de Vizconde de Albuquerque y Rúa José Osorio, Emília se quitó el guante y le entregó a Degas el papel doblado que tenía en él.
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