– ¿Cómo lo sabes?
– Mi madre me lo dijo una vez. Dijo que prefería la ira de Dios a su misericordia.
Emília asintió con la cabeza. El padre Otto solía decir que la misericordia de la Virgen era su poder. Que la gente tenía temor de la misma generosidad que pedía porque quedaba comprometida con quien la concedía. Emília estaba de acuerdo; en Recife, cualquier muestra de generosidad se convertía en algo como los préstamos del doctor Duarte: nunca podía ser devuelto, sólo era posible aceptarlos y preocuparse por ellos.
– Lo comprendo -dijo Emília. Degas se mostró sorprendido.
– ¿Lo comprendes? -preguntó.
– Tú me sacaste de Taquaritinga. Me volviste respetable. La gente no deja de recordarme tu generosidad.
Degas suspiró.
– Hice lo que tenía que hacer, Emília, para mantener tu secreto. No me molestes con eso.
– ¿Con qué?
– Él está en el Centro de Detención debido a sus acciones, no a las mías -susurró Degas.
– Pero tú lo dejaste allí-dijo-. Lo dejaste encerrado por tus propias razones. No por mí.
Emília trató de hablar con convicción, pero no estaba segura de los motivos de Degas. Éstos la asustaban. Recordó lo que él había dicho hacía casi dos años, cuando estaban recién casados y habló de Luzia: «Estamos obligados a protegernos mutuamente de los comentarios».
Degas apoyó su mano en los pantalones planchados y los estudió, como si estuviera examinando el trabajo de Emília. Ella se adelantó y quitó los pantalones del respaldo de la silla. Degas levantó la vista, sobresaltado.
– Tu madre te está esperando -dijo Emília-. Póntelos.
– Lo he pensado detenidamente -replicó Degas-. Si ganamos, quedará libre. La gente dirá que es un patriota. De mí también, si voy a pelear. Patriotas. Los patriotas son respetados. Se les otorga toda clase de medallas y honores. Si ganamos, mi padre tendrá poder. Le pediré que le dé un puesto a Felipe en algún buen lugar. Se olvidará de todo…, de mí, de tu hermana… gracias a esta oportunidad. La gente tiene mala memoria cuando se le da algo mejor. Tú lo sabes bien.
– ¿Y si perdéis? -preguntó Emília.
Degas se encogió de hombros.
– Preferirán un héroe muerto a un hijo vivo. Y tú serás una viuda. Eso a veces es mejor que ser una esposa, ¿no?
– No hables así -contestó Emília. Sintió un hormigueo dentro de su cuerpo, como si hubiera una docena de gallinas peleando dentro de ella, dando picotazos. Sin darse cuenta, agarró los pantalones con demasiada fuerza; sus manos los arrugaron. Emília los puso sobre el sofá y trató de alisar las arrugas.
– Tendré que plancharlos de nuevo -dijo-. Los he vuelto a arrugar.
Degas le cogió la mano.
– Están bien. En primer lugar, era absurdo plancharlos -dijo riéndose-. Cuando regresé a Gran Bretaña siendo adolescente, después de haber aprobado mis exámenes del colegio de secundaria y de haber convencido a mi padre para que me enviara otra vez allí, a un colegio que me preparara para la universidad, no tuve que ir a vivir a una residencia de estudiantes como había tenido que hacer cuando era niño. Alquilé una habitación. Pero no sabía ni lavar, ni planchar, ni coserme los calcetines. Era un desastre. La gente en la calle no dejaba de mirar mis trajes arrugados, las terribles corbatas que me enviaba mi madre, mis sombreros panamá. La dueña de la pensión se dio cuenta de que yo estaba necesitando consejo. Me dijo: «Coelho -ella llamaba a todos los alojados por sus apellidos-, usted tiene que volverse invisible». Así que ese mismo día cogí el cheque que me enviaba mi padre y me compré un traje de tweed, una gabardina, una corbata de rayas y un sombrero hongo, exactamente igual a los que usaba cualquier otro hombre en la ciudad. Así iba a mis clases y a los pubs. Nadie me señalaba. Nadie esperaba nada de mí. Fue maravilloso.
Degas miró a Emília a la cara. Tenía las mejillas encendidas, los ojos vidriosos.
– No es como aquí. Aquí no hay paz para mí. Todos miran y juzgan. Tú lo sabes, porque te lo han hecho a ti. Observan de qué manera tomo el café, cómo conduzco mi coche. Aquí, se espera que siente la cabeza y me case. Se espera que coja un arma y salga a luchar en esta maldita revolución.
– ¿Es por eso por lo que me escogiste? -quiso saber Emília-. ¿Pensaste que yo no iba a esperar nada de ti?
– Tal vez -dijo Degas-. En realidad, no. Tú esperabas cosas de mí, pero todo lo que tú querías era simple, definido. Parecías ser muy práctica. No tenías ideas románticas en la cabeza. Todo lo que querías, yo podía dártelo. Debí haberlo pensado antes.
– ¿Haberlo pensado antes? -preguntó Emília.
– La gente cambia. Sobre todo las mujeres. Vosotras queréis más de lo que tenéis.
– ¿Y tú no? -preguntó.
– Yo también. Por supuesto. Pero no soy tan tonto como para esperarlo.
Degas se acercó a ella como para besarle la mejilla. Emília sintió el olor de su loción de afeitar mezclado con el de humo rancio de cigarrillos. Cuando llegó a la cara de ella, no la besó, sino que susurró.
– Si no vuelvo -le dijo-, le he dicho a mi padre que te dé una casa para ti sola. En algún buen lugar. Tiene montones por toda la ciudad. Eso es lo mínimo que te debo.
Dobló los pantalones sobre el brazo y se retiró.
Después de que Degas desapareciera más allá de los portones de la casa de los Coelho para ir a la lucha, doña Dulce se puso a registrar desesperadamente toda la casa. Separó la mejor ropa de cama, la cafetera de plata, la porcelana, el cuadro de Franz Post, y lo llevó todo a las habitaciones de servicio. Estaban mal amuebladas y eran oscuras.
– Si entran aquí-dijo doña Dulce, mientras metía los objetos de valor debajo de las camas vacías de las criadas-, quemarán la casa principal. Pero no las alas de servicio.
Emília vio columnas de humo que se alzaban más allá de los portones de los Coelho. Oyó los distantes cañonazos, que sonaban como petardos. Escuchó al corrupião, que cantaba sin parar el himno nacional. Sin energía eléctrica, los Coelho y ella se acostaron temprano, aunque nadie durmió. El doctor Duarte abrió las puertas del salón que daban al patio y se concentró en la radio, tratando inútilmente de captar alguna señal. Doña Dulce barría el patio, puesto que las criadas estaban ausentes. Emília miró por la ventana de su dormitorio. El cielo brillaba con los distantes incendios.
Emília estaba preocupada por Degas, obligado a meterse en el hedor y el humo de la ciudad. Le preocupaban también Lindalva y la baronesa, atrapadas en la plaza del Derby, junto al cuartel general de la Policía Militar de la ciudad. Y estaba preocupada por la ciudad misma. ¿Qué quedaría de ella después de la lucha? ¿Quedaría en ruinas? No conocía Recife de verdad. No conocía las playas, los activos mercados, los estrechos edificios con angostos tejados que bordeaban la calle Aurora. Sólo había pasado en coche junto a aquellos lugares, porque era llevada de un destino a otro. Sólo conocía los alrededores de la casa de los Coelho, el Club Internacional, la tienda de telas y la mansión de la baronesa. Nada más. Y en ese momento la revolución iba a destrozar la ciudad antes de que ella hubiera tenido siquiera la oportunidad de conocerla.
A medida que la noche avanzaba, los pensamientos de Emília se hacían más extraños, sus miedos más exagerados. ¿Qué ocurriría si sólo la casa de los Coelho sobrevivía? ¿Qué pasaría si se quedaba atrapada allí para siempre? «¡La vida es demasiado corta!» era una de las frases favoritas de Lindalva. La usaba como una especie de grito de guerra, como excusa, como motivación. Pero durante esa primera noche de revolución, Emília vio que Lindalva estaba equivocada. Pensó en los minutos, las horas, los días, los años y las décadas que tenía ante ella. Si Degas no regresaba de la lucha, entonces Emília se convertiría en una viuda, como él había pronosticado, pero eso no sería una liberación. Dependería para siempre de la buena voluntad de los Coelho. Pero si Degas regresaba, sus vidas continuarían exactamente como antes. El pecho de Emília se puso tenso. ¿Cómo iba ella a llenar todo ese tiempo?
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