En las semanas posteriores a la revolución de 1930, cuando volvió la electricidad a la ciudad y las prensas comenzaron a imprimir otra vez, Emília estudiaba detenidamente los periódicos para comprender lo sucedido mientras ella se había quedado atrapada en la casa de los Coelho. En las horas tempranas del 4 de octubre, diecisiete seguidores del Partido Verde -profesores, comerciantes, estudiantes, panaderos, barrenderos, conductores de tranvías- invadieron el arsenal más grande de la ciudad. No estaba claro si los soldados de la guarnición les habían ayudado o simplemente se habían quedado sin hacer nada mientras los otros se llevaban sus armas. Hombres del Partido Verde ocuparon los edificios más altos de Recife y dispararon a la policía del Partido Azul. Cuando llegaron al segundo piso y miraron por las ventanas, vieron sacos de arena y tropas apostadas en el puente Seis de Marzo, el puente Boa Vista y el puente Princesa Isabel. El gobernador y su estado mayor estaban en el palacio al otro lado del río y no querían que los revolucionarios llegaran hasta allí. Los telegrafistas leales a Gomes habían cortado las líneas para que el gobernador del Partido Azul no pudiera comunicarse con el sur. En todo Brasil, en las ciudades principales, Gomes organizaba su revolución.
Al final, Degas regresó. Habló a Emília y a sus padres sobre lo que había visto durante la lucha. Las casas, tanto de gente del Partido Azul como del Verde, habían sido saqueadas; se incendiaron las oficinas del Jornal do Commércio -el periódico oficial del Partido Azul- y las linotipias fueron arrojadas por las ventanas. El cine Arruda, cuyos dueños eran partidarios de Gomes, fue quemado por milicias del Partido Azul. Los camiones de reparto fueron recubiertos con hojalata de botes de conserva y usados como improvisados vehículos blindados por miembros del Partido Verde.
Durante los tres días y cuatro noches de enfrentamientos, Emília no supo nada de esto. Intentó ser útil en la casa de los Coelho. Mientras doña Dulce barría y quitaba el polvo desesperadamente, tratando de mantener su casa «habitable», Emília tenía libertad en la cocina. No había reparto de hielo; la mayor parte de la comida de la nevera se pudrió. La leche se cortó. Los quesos se deterioraron. Las verduras se marchitaron. No sabían cuándo llegaría la próxima entrega de gas, de modo que Emília usaba el fogón de leña para cocinar la poca carne que quedaba. Abrió los frascos de mermeladas, de remolachas y de pepinos. Cocinó grandes cantidades de los frijoles y la harina de mandioca destinados a los criados. Gracias al pozo del patio trasero, la casa de los Coelho disponía de agua potable segura. No había viento para que el molino pudiera propulsar la bomba, de modo que Emília acarreaba cubo tras cubo desde el jardín para mantener el nivel de provisión de agua.
Para el 7 de octubre la ciudad estaba cansada de pelear. El gobernador y unos pocos leales del Partido Azul huyeron de Recife en barca, jurando regresar con refuerzos. Nunca volvieron. Gomes ya se había apoderado de los cinco estados más importantes, incluyendo la capital del país, Río de Janeiro. El rival de Gomes, el presidente recién elegido del Partido Azul, se había atrincherado en el palacio presidencial, sin escapatoria. En Recife, las fuerzas verdes conducidas por el capitán Higino Ribeiro habían instalado rápidamente un gobierno provisional. Se reabrió la Pernambuco Tramways. Volvieron la electricidad y la radio. Los tranvías volverían a funcionar tan pronto como las calles quedaran libres de barricadas y escombros. El capitán Higino Ribeiro quería volver a la normalidad. Pidió a los patriotas que devolvieran todas las armas y prohibió la venta de alcohol. Los periódicos decían que los negocios y los mercados debían funcionar normalmente. Alentaron a los patriotas para que salieran de sus casas y se hicieran presentes en todas partes. Volver a sus vidas normales sería una manera de celebrar y consolidar la revolución.
Cuando Degas regresó -las rodillas llenas de rasguños, los dedos negros de suciedad, los ojos casi cerrados por la fatiga- durmió durante dos días. Al tercero, el doctor Duarte le obligó a levantarse de la cama. Abrió el portón principal e hizo salir a todos a la calle, del brazo, con bandas verdes en las mangas de chaquetas y vestidos. Doña Dulce se puso un vestido negro, como si estuviera de luto. Degas se movía con cuidado, pues tenía el cuerpo todavía dolorido de tanto estar agachado detrás de los sacos de arena. Pasearon por la calle Real da Torre y por el puente. Otras familias andaban por la ciudad junto a ellos, aturdidas y desconfiadas.
Los dueños de las tiendas retiraban los cristales rotos de las aceras. Los vendedores ambulantes cantaban alegres mientras vendían escobas y cubos, los productos más solicitados del momento. Los edificios estaban agujereados por las balas y los huecos eran tantos y estaban tan juntos unos a otros que las paredes parecían hechas de encaje. El aire tenía un desagradable olor a humo, como a pelo chamuscado. Al otro lado del puente, una gran multitud se amontonaba en una plaza. Habían arrancado las ramas de los árboles y las agitaban por encima de sus cabezas. Estaban alrededor de un busto de bronce del gobernador del Partido Azul, que había escapado. Lo habían pintarrajeado y envuelto con un vestido de mujer. Una cinta rosa adornaba su cabellera de metal.
– En cuanto hay la más mínima excusa para cometer vulgaridades, todos salen a la calle -dijo desdeñosamente doña Dulce.
– ¡Es mi hijo! -decía el doctor Duarte con entusiasmo a cualquiera que pasara-. ¡Estuvo en la lucha!
La gente le estrechaba la mano a Degas. Algunos lo abrazaban. Se movía nerviosamente al principio, pero pronto se acostumbró a ser objeto de esas atenciones.
Todos los días los diarios publicaban listas de muertos. Algunos no identificados fueron enterrados en una fosa común, en una granja en las afueras de Recife. Los periódicos dieron las descripciones de los desconocidos, con la esperanza de encontrar a sus familias. Había víctimas inocentes: un hombre en pijama azul, una niña con un lazo amarillo alrededor de la muñeca, un inmigrante alemán encontrado en una casa de huéspedes. Emília estudió esas descripciones, sin saber muy bien qué o a quién estaba buscando. Ciertamente, Luzia no iba a estar allí, entre los muertos. De todas maneras, Emília imaginó a su hermana como la niña del lazo amarillo en la muñeca. ¿Por qué amarillo? ¿Por qué en la muñeca y no en el pelo?
Emília no podía apartar esos interrogantes de sus pensamientos, hasta que encontró dos notas necrológicas más, perdidas entre las últimas secciones del periódico. El coronel Clovis Lucena y su hijo Marcos habían muerto en su rancho en el campo. El cadáver del padre, hallado dentro de la casa principal, tenía una sola herida de bala en la cabeza. La causa de la muerte del hijo no pudo ser determinada, sólo sus huesos fueron encontrados en el jardín delantero. Aunque la causa de la muerte era un misterio, la identidad de los asesinos no lo era: el artículo decía que el coronel y su hijo eran las víctimas más recientes de los cangaceiros. El Halcón y la Costurera le habían escrito una nota a la nueva esposa de Marcos Lucena, que vivía en la costa, informándola de la muerte de su esposo. Los cangaceiros habían regresado al lugar donde habían tendido su emboscada para llevar a cabo su venganza, así como para apoderarse de los documentos de propiedad del rancho del coronel y de la máquina desmotadora. Parecía que nadie salvo Emília prestaba atención a este artículo. Las insignificantes disputas entre coroneles y cangaceiros no les importaban ahora a los habitantes de Recife, que estaban demasiado ocupados llorando las muchas bajas de la revolución.
Читать дальше