No sabía cuánto costaba el tranvía. ¡Quién lo iba a imaginar! Cuando vivía en Taquaritinga, había soñado con viajar en tranvía. Era, después de todo, la manera en que la mayoría de la gente de Recife viajaba. Comparado con las mulas de doña Conceiçáo, aquello era un lujo. A lo largo de todo el techo del tranvía había coloridos anuncios pintados. ¡Tome Elíxir de Vitaminas Nogueira! ¡Use jabón Dorly! ¡Haga que su pelo brille con Crema de Aceite y Huevo para el cabello! ¡Fume cigarrillos Flores: están hechos en Recife!
El tranvía salió de los terrenos bajos y pasó junto a las líneas de casas blanqueadas, carpinterías, puestos de zumos y cafeterías al aire libre. En las colinas estaban los mocambos, hileras y más hileras de humildes chozas hechas con hojas de palma levantadas por los inmigrantes que venían del campo. El sol ya había desaparecido del todo y el cielo adquirió un color gris oscuro. Los grillos cantaron. Dentro del tranvía, los pasajeros se habían tranquilizado. Suspiraban y sonreían después de su huida. Gritaban al conductor al acercarse a su parada: «¡Aquí!». El revisor bajaba de un salto y guardaba el dinero del pago en la cartera de cuero. Lindalva continuaba con los ojos cerrados y la mano aferrada al brazo de Emília. Ésta no sabía hasta dónde iba el tranvía ni dónde se detenía, pero no estaba asustada. Estaba mareada. ¿No era esto lo que había supuesto que era Recife… las muchedumbres ruidosas, aquel sonido de la campanilla del tranvía, estos olores, aquel parloteo? ¿No era ésta la ciudad con la que había soñado?
A medida que la gente bajaba, el tranvía iba quedando con más espacio libre. Emília prestó mayor atención a Lindalva. Su amiga sonrió débilmente y le secó la cara con un pañuelo.
– Ya casi estamos llegando -le aseguró Emília, aunque no podría decir a dónde estaban llegando. No quería regresar a la casa de los Coelho. No quería bajarse en la plaza del Derby.
– ¡Santo cielo! -gritó enojada una mujer en la parte de atrás del tranvía-. ¡Tengan cuidado!
Se produjo una pelea. Emília vio cómo uno de los músicos de la orquesta empujaba a un borracho vestido con andrajos. Hubo gritos. Se veían caras rojas y gestos airados. Se pegaron. Los otros músicos alentaron con gritos a su amigo. El borracho arrancó la faja azul del músico. El revisor hizo sonar su silbato. Los demás pasajeros del tranvía se apartaron de la pelea y se amontonaron junto a Emília, impidiéndole ver lo que pasaba.
– ¡Santa María! -gritó una mujer.
– ¡Detenga el tranvía! -chilló un hombre.
El conductor miró hacia atrás.
– Tenemos que esperar hasta la próxima parada -gritó-. Podría provocar una colisión si nos detenemos en las vías a mitad de camino.
Hubo otro grito. El borracho bajó del tranvía de un salto. En la luz del anochecer, Emília vio que algo brillaba en sus manos.
– ¡Viva Gomes! -gritó desde abajo.
Otro de los músicos saltó del coche, luego otro y otro. Persiguieron al borracho y sus figuras se fueron convirtiendo en sombras decrecientes a medida que el tranvía avanzaba y se alejaba. Los restantes pasajeros se retiraron del centro del tranvía, apretándose contra los laterales del vagón, que llegaban hasta la cintura. El niño que estaba junto a Emília dejó caer su mazorca. Lindalva respiró hondo y agarró el brazo de Emília con más fuerza.
«Me hará un moretón», pensó Emília.
La mazorca rodó hasta el centro del coche. El músico de la banda que había estado peleando se arrodilló. Cruzó los brazos sobre el vientre, como un niño con dolor de barriga. Sus restantes compañeros de banda observaban, con los instrumentos en sus manos ahora relajadas. Una mancha como de tinta se extendió sobre su camisa. Respiró hondo y se tambaleó hacia atrás. Sus brazos se aflojaron. Tenía un enorme corte oscuro a la altura de la cintura. Sus tripas salieron por el corte como una flor que se abriera desde el vientre.
Emília escuchó el chirrido del tranvía. Sintió que se iba hacia delante. Vio la mazorca de maíz, ya manchada, que rodaba hacia ella. El charco oscuro y brillante debajo del músico caído se extendía poco a poco hacia sus zapatos. Lindalva se desmayó. Cayó sobre Emília, arrancándole el aire de los pulmones. Emília trastabilló hacia delante con Lindalva en sus brazos. Estaba a punto de caer. A punto de golpear el suelo ensangrentado. Cerró los ojos, pero no sintió el impacto.
Cuando el tranvía se detuvo, Emília abrió los ojos. Había una mano en su cintura y otra en su espalda, acunándola. Sosteniéndola. Las manos eran fuertes y, por un instante, Emília recordó a sus héroes de la infancia, aquellos hombres románticos y pensativos de las páginas de Fan Fan. Rápidamente, recuperó el equilibrio y levantó a Lindalva. Entonces se volvió para encontrarse cara a cara con su salvador.
Emília no se encontró la frente ancha y el cuerpo imponente de alguno de sus héroes románticos. En cambio vio una cara cubierta de pecas. Los ojos castaños estaban bordeados por pestañas claras. Le hizo recordar las antiguas pullas de Luzia: «¡Ojos de cerdo! ¡Ojos de cerdo!». Emília retrocedió.
– La ayudaré -dijo Felipe.
El pelo rojizo estaba enmarañado; durante el apretado viaje en tranvía había perdido su sombrero de fieltro. Juntos, Emília y él bajaron a Lindalva del tranvía. Estaban en un barrio de clase obrera. La calle estaba bordeada por pequeñas tiendas con fachadas blanqueadas y carteles pintados con letras torcidas. En la esquina había un restaurante. Los dueños del lugar y los clientes habían abandonado sus mesas y estaban en las entradas abiertas del local observando el tranvía. Emília y Felipe llevaron a Lindalva adentro y la sentaron en una silla.
– Veré si puedo conseguir un poco de vinagre. -Emília asintió con la cabeza, aliviada de estar con alguien conocido, aunque fuera él.
Fuera, las luces eléctricas del tranvía se habían encendido. El conductor gritó. Entre él y los restantes miembros de la orquesta sacaron al muerto. Emília quiso pedir una vela encendida y ponerla entre sus manos para que guiara su alma. Quería correr hacia los callejones oscuros del barrio, lejos de Felipe, pero tenía que pensar en Lindalva. La joven cogió un periódico de la mesa y abanicó la cara de su amiga. Felipe regresó con la esposa del dueño del restaurante, quien agitó una botella de vinagre debajo de la nariz de Lindalva. Cuando ésta despertó, bebió dos tazas de agua azucarada. Tenía el rostro pálido y le temblaban las manos.
Felipe le dio también a Emília una taza de agua azucarada.
– Usted también debería beber un poco -le dijo.
Debajo de las lámparas de gas del restaurante, sus pecas adquirieron el color de la leche condensada cocida, calentada y revuelta hasta que se convertía en caramelo. Emília sintió que le faltaba el aliento.
– No, gracias -replicó, rechazando la taza.
– Bébala -insistió él suavemente-. Puede que usted se sienta bien, pero lo que hemos visto… supone una impresión terrible.
De pronto, sintió que la cortesía de él la enojaba.
– Yo sé lo que necesito y lo que no necesito. Gracias -le aseguró Emília, imitando el tono indiferente que doña Dulce usaba con sus criadas.
– Perdóneme, señora Coelho -se excusó Felipe. Dejó la taza con agua azucarada y volvió la mirada hacia Lindalva. Esta había cerrado los ojos otra vez y estaba respirando hondo, atendida por la esposa del dueño del restaurante.
– Degas bajó por la escalera principal con ese piloto. Yo lo vi -la informó Felipe.
– La verdad es que no lo busqué -respondió Emília-. Me alejé yo sola.
Felipe levantó la taza de agua azucarada que inicialmente era para Emília. Tomó un sorbo largo. Frunció sus labios sonrosados y finos, bordeados de pecas desordenadas. El hombre abrió la chaqueta y hurgó en los bolsillos para sacar un lápiz pequeño y el billete para el Graf Zeppelin. Los billetes para la clase media estaban diseñados para ser guardados como recuerdo, impresos en papel grueso con un dibujo del dirigible y la fecha, 22 de mayo de 1930, estampada en ambos lados. Felipe se agachó sobre la mesa de madera del restaurante y escribió sobre el billete. Cuando terminó, lo dobló en cuatro partes y le entregó el grueso cuadrado a Emília.
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