Pero Emília no se pulverizó, ni mucho menos. Un día, al fin salió de la cama, se vistió y compró dos pasajes para el Siqueira Campos. A los pocos días Expedito y ella estaban de camino a Nueva York.
El barco estaba lleno. Emília y Expedito tenían un camarote de segunda clase y estaban confinados a una sola cubierta. Este alojamiento no era tan malo como los de tercera clase, que estaban en la bodega del barco, ni tan lujosos como los de primera clase, que tenían a su disposición el uso de toda la cubierta superior, que era espléndida. Emília no había querido gastar más dinero en billetes de primera clase: debía conservar sus ahorros intactos. No quería depender totalmente de Lindalva y la baronesa.
En sus cartas, su amiga le decía que Nueva York era una isla. Que circulaban más automóviles por las calles que en cualquier ciudad de Brasil. Que sus edificios eran tan altos que hacían que Sao Paulo pareciera un pueblo. Emília se imaginaba la ciudad, pero sabía que ésta no sería de ninguna manera como las imágenes que creaba en su cabeza. Había aprendido a no tener expectativas explícitas de lugares o de personas, pues al final siempre eran diferentes de lo que uno imaginaba. Había aprendido algunas frases en inglés por las cartas de Lindalva y con los discos de Degas. Ese idioma le parecía entrecortado y de sonido duro. Cada vez que intentaba hablarlo, Emília tenía que forzar su lengua para que se moviera en direcciones diferentes, y aun así había sonidos que no podía reproducir: los sonidos «ch», «th» y «r» eran particularmente difíciles. A pesar de sus dificultades, Emília le estaba agradecida a esa lengua extraña. La había salvado, o más bien los discos de Degas la habían salvado.
Unas semanas antes, Emília llegó a pensar que nunca abandonaría la cama. Los ventiladores eléctricos -colocados en cada rincón de su habitación, para airearla- hacían tanto ruido que ahogaban los sonidos de la casa de los Coelho y de la ciudad. Todo sonaba lejano y confuso. Una noche, sin embargo, Emília escuchó una voz clara. «Una gran costurera debe ser valiente», le dijo.
Tal era la regla de oro de la tía Sofía; pero aquella voz de mujer no pertenecía a la tía de Emília. Era una voz joven, fuerte y enérgica. La joven viuda se levantó de la cama. Era la medianoche, pero buscó la voz, mirando en su ropero, debajo de la cama y por el pasillo oscuro. Finalmente, entró en la antigua habitación de Degas. Todo estaba intacto. La gramola estaba en el rincón, con su brazo en ángulo doblado hacia arriba. Emília se acercó a la caja de madera. La golpeó con fuerza. La golpeó precisamente donde el nombre «Gramola» estaba pintado con letras de oro. Las lágrimas le nublaron la vista. ¿Cómo podía llorar por una persona a la que no comprendía, por una persona que había hecho cosas terribles? Le dolían los nudillos. Detrás de todos los apodos extraños -Gramola, la Costurera, la criminal, el espécimen- siempre habría un nombre familiar: Luzia. Emília golpeó la caja otra vez, con más fuerza que antes. La aguja cayó. La máquina empezó a hacer sonar el disco que estaba en su plato giratorio.
– How are you? -dijo una voz de mujer. Emília se sobresaltó.
– I amfine -respondió otra mujer. Luego ordenó en portugués-: «Repita».
Hubo un silencio.
– «Repita» -ordenó otra vez.
– I am fine -dijo Emília.
– «Repita».
– I am fine -gritó-. I am fine.
Emília estuvo escuchando el disco toda la noche, poniéndolo una y otra vez. Antes del amanecer, entró en el servicio rosado de los Coelho y se dio un baño. Después se peinó y se puso un vestido. Sobre éste llevaba una chaqueta bolero, que pesaba más de lo habitual por el dinero cosido en el forro. Emília abrió la maleta que había llenado hacía meses para su viaje a las tierras áridas, un viaje para el que ella había esperado demasiado tiempo. Debido a sus vacilaciones, el viaje ya no era necesario y la advertencia de Emília respecto a las ametralladoras Bergmann se había vuelto inútil. Emília reorganizó la ropa dentro de la maleta y agregó el joyero y el retrato de comunión. Silenciosamente, Expedito y ella salieron por el portón de los Coelho, rumbo a la ciudad.
En el puerto de Recife, compró dos pasajes en un barco que se dirigía a Nueva York. Para que no le entraran las dudas, Emília escogió el primer barco, que zarpaba aquella misma mañana. En la oficina de telégrafos, cerca del muelle de embarque, le envió a Lindalva el nombre del barco y la fecha de llegada. Mientras se alejaban del puerto, Emília sujetaba con fuerza la mano de Expedito, temerosa de que se escurriera entre los barrotes de la barandilla de la cubierta. La gente que se quedaba en el puerto saludaba con la mano y hacía señas con pañuelos a sus seres queridos. Los pasajeros de la embarcación devolvían con sus manos aquellos adioses. Expedito miró a Emília con mirada suplicante. Ella asintió con la cabeza. El niño sonrió y comenzó a mover su brazo de un lado a otro, despidiéndose de gente desconocida. Emília mantuvo los suyos a los costados. Estaba feliz de partir, feliz de llevar a Expedito a un lugar donde nadie lo iba a llamar «bebé de la sequía» o cosas peores. En Nueva York no tendrían ningún pasado, ningún pariente, ninguna conexión con las tierras áridas. Nadie iba a hablar de la Costurera y su cangaceiros, ni del diámetro de sus cabezas.
Aun cuando Emília hubiera hecho su viaje al campo inmediatamente después del funeral de Degas, habría llegado demasiado tarde. Tanto el doctor Duarte como el doctor Eronildes habían mentido. Las ametralladoras Bergmann habían llegado antes de lo que aseguraron. Tal como Degas la había advertido, Eronildes suspendió la cita con Emília argumentando que la reunión era demasiado peligrosa. En aquel momento no se había sentido preocupada. Ya había enviado la cinta de medir a través de Eronildes y confiaba en que Luzia sabría comprender su mensaje. Había confiado en que la Costurera no se presentara a ninguna cita que el atormentado doctor organizara con ella.
Los soldados concedieron entrevistas al Diario de Pernambuco después de la emboscada. El doctor Eronildes Epifano, decían, había telegrafiado a la capital para informar al gobierno de su próximo encuentro con la Costurera. Una brigada se instaló secretamente en las tierras del médico. Las Bergmann estaban esperando allí, enviadas en barcaza por el curso del Chico Viejo. Los soldados tuvieron poco tiempo para practicar con las nuevas armas, pero no importaba, porque su increíble potencia de fuego garantizaba el éxito. Los soldados apodaron a las Bergmann «la mejor Costurera», porque cuando disparaba no había una fuerte explosión. En cambio producía un tableteo ininterrumpido, como el de una máquina de coser Singer, y las balas hacían docenas de agujeros perfectos en cualquier cosa -paredes, árboles, hombres-, como si los fuera haciendo una aguja que pinchara una y otra vez.
Los soldados se escondieron en las colinas, por encima del terreno usado para acampar por los cangaceiros, y pensaban atacar al amanecer, cuando hubiera suficiente luz como para ver con claridad. Hasta entonces observarían a los cangaceiros mientras comían, cantaban y dormían. Había solamente quince hombres y mujeres en el grupo de bandidos, lo que causó una gran desilusión entre los soldados. Por suerte, la Costurera estaba entre ellos. Todos los soldados del gobierno -algunos de ellos muy jóvenes, de no más de 14 años- pudieron verla. En los artículos del Diario, los soldados describían a la infame cangaceira como una mujer alta y con un brazo torcido, con el pelo despeinado y la espalda encorvada. Algunos se reían y decían que estaba tan flaca como un burro hambriento. Otros aseguraban que tenía ojos verdes y severos, como las extinguidas panteras del monte. A los soldados se les exigió mantenerse despiertos. Tenían prohibido hablar y moverse. A espaldas del capitán, algunos soldados encendieron cigarrillos y fumaron mientras observaban el campamento de los cangaceiros. A la luz de las moribundas brasas del fuego de los cangaceiros, la vieron. La Costurera estaba en el borde del campamento y miraba atentamente las colinas. Antes de que pudieran apagar los cigarrillos, la Costurera estaba avanzando hacia ellos.
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