– Entonces, ¿el 12 de enero? -dijo Eronildes-. Tengo que regresar. Me espera una larga caminata.
Las medidas de la cinta eran incorrectas. Emília había escrito números equivocados encima de las marcas correctamente marcadas en la cinta. Había cambiado los números y los había corregido mal, sin duda a propósito. Los nuevos números puestos por Emília en la cinta estaban escritos de manera apresurada, la tinta se había corrido, las líneas era imprecisas, como si hubiera tenido miedo o prisa cuando modificaba las medidas. Luzia sintió que se le aceleraba el pulso. «¡Confía en tus propios ojos! No confíes en la cinta y no confíes en el portador».
– ¿Cómo está él? -preguntó.
– ¿Quién?
– Mi hijo.
– Muy bien. Está sano.
– ¿A salvo?
– Sí, a salvo.
Eronildes se movió inquieto. Luzia vio un brazalete negro alrededor de la manga de su chaqueta.
– ¿Quién ha muerto? -le preguntó.
– Mi madre.
– Lo siento. La muerte es difícil de encajar.
Eronildes resopló.
– ¿Lo es?
– Sí. Incluso para mí.
– Me resulta difícil creerte, Luzia.
– Lo del teatro fue un error.
Eronildes sacudió la cabeza.
– La gente pagó caro tu error.
– Yo también -replicó Luzia-. He perdido a muchos amigos por ello.
Eronildes se tocó el estómago. Volvió la cabeza y escupió.
– ¿Va a vomitar otra vez? -preguntó Luzia.
– No.
Luzia observó las marcas irregulares de la cinta, sus números incorrectos.
– Hace un tiempo usted habló de volver a dislocarme el brazo para operarlo. De curarme. ¿Todavía lo haría?
– ¿Por qué lo preguntas?
– ¿Lo haría?
– No serviría de nada. Te reconocerían igual.
– Usted solía animarme a dejar esta vida.
– Eso fue hace mucho tiempo. Ahora ya es demasiado tarde.
La mano de Luzia se apretó alrededor de la cinta.
– Vivo por la ley de las armas, de modo que moriré por las armas, ¿es correcto?
Eronildes se secó la frente.
– Tú tomaste una decisión, Luzia. Debes vivir afrontando las consecuencias de lo que has elegido. Todos debemos hacerlo.
Ella asintió con la cabeza.
– ¿El 12 de enero, entonces?
Eronildes pareció aliviado.
– Sí.
– No entraré en su casa.
– No tendrás que hacerlo -contestó Eronildes y lentamente inició el regreso a su rancho.
En los días posteriores a este encuentro, Luzia estudió la cinta de medir. Recordó a Antonio cuando insertaba su cuchara de plata en un sospechoso plato de comida y observaba que la cuchara se manchaba y se ponía negra. No podían confiar en esa comida ni en la persona que la había servido. La cinta de Emília, al igual que la cuchara de Antonio, revelaba a los traidores.
Por la noche, mientras los otros cangaceiros dormían, el corazón de Luzia latía veloz. Tenía las manos inusualmente frías. ¿Cuántos otros coiteiros estaban dispuestos a entregarla, a engañarla? Luzia se sentía otra vez como en el patio de la escuela del padre Otto, rodeada por niños que en otro tiempo habían sido sus amigos pero que de pronto comenzaban a empujar su brazo lisiado y a llamarla «Gramola». El padre Otto había presenciado aquello. Cuando era niña, Luzia había visto al sacerdote enfrentarse a la multitud de pequeños traidores y había creído que iba a ser el único que la salvaría. «Niños -gritó el padre Otto-, dejad tranquila a Gramola». Al pensar ahora en el doctor Eronildes, Luzia sentía la misma decepción y la misma cólera que había sentido por el insulto del sacerdote. Y en ese momento, en su campamento en las tierras áridas al igual que en el patio de la escuela, sólo confiaba en Emília.
Luzia jugueteó con la cinta de medir entre los dedos. Su hermana se preocupaba tanto por ella como para advertirla.
Enterraron al soldado entero. Luzia le dejó la cabeza en su sitio por respeto a su honestidad, pero también porque no quería que su muerte fuera atribuida a su grupo. No quería que nadie sospechara que la Costurera había capturado a un soldado y que éste le había dado información. Luzia quemó los pantalones verdes del soldado, su sombrero de cuero y el morral de lona. Esperó hasta que todas esas cosas se desintegraron completamente, para que ni los agricultores ni los vaqueiros pudieran rebuscar en las cenizas y encontrar algún resto. Luzia se puso en cuclillas delante de la gran fogata, que despedía mucho calor. Abrió su morral y sacó el montón de fotografías del periódico que estaba en el fondo. La capitana sintió una punzada en el pecho, cerca de su corazón, como si una espina se hubiera clavado allí. Había tomado una decisión dolorosa. Rápidamente, antes de caer en la tentación de mirar las fotos, la capitana las arrojó al fuego. Las imágenes de Emília y Expedito se ennegrecieron y se retorcieron rápidamente. Si la mataban, los soldados se apoderarían de sus morrales. Luzia no podía permitir que encontraran esas imágenes y relacionaran a la Costurera con la viuda de Coelho.
La joven bandolera sólo conservó la cinta de medir, la prueba de la lealtad de Emília. Pensó en la advertencia de su hermana. Recordó las botas cubiertas de vómito y arena del doctor Eronildes. Y recordó fragmentos de la confesión del soldado muerto: quinientos disparos, «la mejor Costurera», un rancho cerca del Chico Viejo. Por separado, estos recuerdos parecían inconexos y anecdóticos, pero cuando se consideraban todos juntos se relacionaban para formar una unidad reconocible. Se solucionaba el rompecabezas.
– La reunión es una trampa -dijo Luzia a sus hombres-. Eronildes quiere que vaya a verle a un lugar donde habrá militares esperando, junto al Chico Viejo. Nos estarán esperando.
Ponta Fina y Baiano se habían reunido con ella al lado del fuego. Fijaron sus ojos sobre Luzia.
– La nueva arma la tiene él -explicó-. Eronildes tiene a «la mejor Costurera».
Baiano sacudió la cabeza. Ponta Fina escupió.
– ¡Maldito sea! -exclamó Ponta-. Es peor que los demás.
– El 12 de enero -continuó Luzia-. Si nos damos prisa, podemos llegar a tiempo.
– ¿Cómo? -espetó Baiano.
Luzia recordó su primera lección de tiro con Antonio, allá en el rancho del coronel Clovis, lo pesado que era el revólver y cómo su simple peso le había hecho daño en la muñeca. Recordó la discusión que había tenido después con Antonio.
– Los sorprenderemos -dijo-. Quiero que ellos vean que lo sé. Que lo he sabido todo el tiempo.
– Si no aparecemos también lo verán -replicó Ponta Fina-. El doctor quedará como un tonto.
Luzia sacudió la cabeza.
– No voy a salir corriendo.
– Eso no es salir corriendo -respondió Ponta-. Podemos volver después, cuando el doctor no nos espere. ¿Para qué meterse en una trampa?
Luzia no separaba su mirada del fuego. Las fotografías habían desaparecido, transformadas en un montón oscuro debajo de las llamas.
– Quiero la nueva arma -dijo.
Los hombres permanecían en silencio. Baiano unió las manos como si estuviera rezando.
– Quinientos disparos… -murmuró-. Si ese soldado no mentía, es mejor que todos nuestros Winchester juntos. Pero es un riesgo ir a ese lugar.
– Si no vamos, el riesgo será mayor -razonó Luzia-. Usarán alguna vez esa arma contra nosotros y no sabremos cuándo ni dónde. Ahora lo sabemos. Ahora tenemos una ventaja.
– Entonces, ¿llegaremos antes? -preguntó Ponta.
Luzia negó con la cabeza.
– Apareceremos cuando se supone que debemos aparecer y entraremos divididos en dos grupos. Uno rodeará por detrás a los soldados. Los demás irán al lugar de la reunión. Yo iré con ese grupo. Gomes me quiere a mí; mientras yo esté ahí, pensarán que no lo sabemos. Yo seré el cebo.
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