Apenas dejó caer la gruesa barra de madera sobre las puertas del teatro, dejando a todos encerrados, Luzia supo que su venganza era demasiado severa, pero no podía dar marcha atrás. Eso causaría la impresión de que era indecisa, débil. Antonio le había enseñado que la indecisión llevaba a un mal final. Pero lo que no le había enseñado era que las malas decisiones producían remordimientos, y los remordimientos no tenían cura. Antonio le había enseñado a usar la corteza del genipapo para aliviar los músculos doloridos. Le había enseñado a hervir corteza de jacurutu para curar las úlceras y a machacar las flores amarillas del marmeleiro para convertirlas en un fuerte expectorante. La cura para el nerviosismo se conseguía comiendo el interior de la fruta de la pasión, con semillas y todo. Pero entre todos estos remedios, no había planta o animal que aliviara el remordimiento. No existía infusión que lavara la culpa.
Ponta Fina cayó hacia atrás sobre las piernas del soldado. Dejó las pinzas y puso entre sus manos la muela. Baiano e Inteligente estiraron el cuello para observar la corona amarillenta del diente y las raíces en forma de horquilla. Debajo de Ponta, el soldado se retorcía y se arqueaba. Por un lado de su boca chorreaba la sangre, manchando la correa de cuero. Tosió, ahogándose.
– Levántale la cabeza -ordenó Luzia-. Que escupa.
Inteligente obedeció. Baiano retiró la correa de la boca del soldado. El hombre tosió y un líquido rosado y viscoso le chorreó por la barbilla.
– Dime -insistió Luzia-: ¿Adonde fue tu regimiento?
– Cerca del San Francisco -informó con voz nasal y gangosa. El algodón en su nariz estaba mojado y con manchas de color rojizo.
– ¿Por qué?
– No lo sé.
Luzia cerró los ojos.
– Sácale otro -dijo-. De delante.
Ponta asintió con la cabeza. Baiano se dispuso a colocarle de nuevo la correa.
El hombre tosió otra vez, como si estuviera a punto de vomitar. En cambio, dejó escapar un agudo ruido.
– ¿Qué? -preguntó Luzia.
– ¡Un arma! -gritó-. Escuché que mi capitán hablaba de eso. Estábamos a punto de irnos a un rancho cerca del Chico Viejo y como algunos de los nuestros estaban nerviosos, nos dijo que no nos preocupáramos, porque había una nueva arma. Iba a hacer todo el trabajo por nosotros.
Luzia se arrodilló para escucharlo mejor.
– ¿Qué clase de arma?
– Un arma rápida. Eso fue todo lo que dijo. Dijo que era «la mejor Costurera».
– ¿Por qué? -quiso saber Luzia.
– Porque iba a disparar mejor que usted. Eso fue lo que mi capitán dijo. Solamente algunos de nosotros podrían disparar con ella. Habría pocas armas. No necesitaríamos muchas. Hace quinientos disparos sin recargar.
– Eso es mentira -dijo Baiano.
El soldado negó con la cabeza, todavía entre las manos de Inteligente.
– Lo juro… Se lo aseguro. Eso fue lo que nos dijo.
– Quinientos disparos -susurró Ponta.
Luzia se tocó algo dentro del bolsillo del pantalón. La cinta de medir estaba enrollada en una confusa bola. Después de recibirla, había extendido la cinta tantas veces que había dejado de tomarse el trabajo de enrollarla cuidadosamente. Luzia pasó un dedo por su extremo deshilachado.
– ¿Cuándo llegará -preguntó Luzia- esa Costurera mejor que yo?
– Ya… Ya está aquí -respondió el soldado-. Quiero decir allí…, cerca del Chico Viejo. Mi capitán dijo que las armas estarían listas cuando llegáramos al río.
Luzia asintió con la cabeza.
– ¿Y ahora qué, madre? -quiso saber Ponta. Luzia miró al soldado atado. Si le permitía vivir como recompensa a su honestidad, podría convertirse en un borracho inútil que alardeara contando su encuentro con los cangaceiros. O podría sentirse culpable por haber traicionado a su escuadrón. Podría tratar de encontrarlos, mandarles un mensaje contando lo que le había dicho a la Costurera. Si ocurría esto, sería culpa de Luzia. Los cangaceiros dirían que había sido demasiado blanda y que había puesto en peligro a su grupo. Dirían que no era más que una mujer como cualquier otra por sentir esa compasión inútil.
– Hazlo rápido -dijo mirando al soldado.
Ponta Fina asintió con la cabeza.
Se apartó del grupo para internarse en la maleza, frotando la cinta de medir entre sus dedos. El doctor Eronildes no la había desenrollado antes de entregársela. Podía darse cuenta de ello por lo ajustada que estaba la cinta… La tía Sofía les había enseñado a ella y a Emília a enrollar sus cintas de esa manera. Su tía también les había enseñado que nunca confiaran en cintas que no fueran las suyas. La gente no era cuidadosa, hacían sus cintas sin prestar atención y escribían los números incorrectamente. Algunas costureras lo hacían a propósito para obtener más ganancias. Vendían cintas métricas mal hechas para que sus compradoras hicieran cortes inexactos, desperdiciando tela, y finalmente tuvieran que llamar a la costurera para corregir sus errores. La tía Sofía misma les había enseñado esta lección a Luzia y Emília. Cuando estaban aprendiendo a coser, les había dado una cinta mala. Habían confiado en su tía y, sin revisar los números de la cinta, Luzia y Emília cortaron la tela usando las medidas alteradas. Las ropas que salieron fueron desproporcionadas y horribles.
– ¡Confiad en vuestros propios ojos! -las había regañado la tía Sofía-. No os fiéis de una cinta ajena ni de su portador.
Antes de que Luzia capturara al soldado, el doctor Eronildes le había entregado la cinta métrica de Emília como prueba de que acudiría a la reunión. Luzia la había recibido en campo abierto, no en el rancho del médico. Después del incendio del teatro ella no entraba en la casa de nadie, ni siquiera en la del médico. Eronildes llegó solo y a pie, pues temía que las espinas de la maleza dejaran ciego a su único caballo. El doctor estaba pálido, el pelo empapado por el sudor. Las puntas de sus viejas botas estaban salpicadas con trozos de una sustancia amarilla.
– ¿Ha estado vomitando? -preguntó Luzia al encontrarse con él. Estaba sola, pues había ordenado a los demás cangaceiros que la esperaran unos metros atrás.
Eronildes se limpió la boca.
– No estoy acostumbrado a hacer semejantes esfuerzos. Con este calor.
Luzia le ofreció agua. Eronildes la rechazó. Le dio la cinta.
– La prueba de Emília -dijo.
Las palmas de las manos de Luzia sudaban. Desenrolló una pequeña parte de la cinta. Era una cinta vieja y fuerte, del mismo tipo que la que les había dado la tía Sofía para hacer sus cintas de medir. Los primeros números estaban espaciados de manera uniforme, escritos con cuidado. La letra de la cinta era la de Emília. Antes de que pudiera desenrollarla por completo, Eronildes dijo:
– Tendré que enviar una carta urgente a Recife para confirmar la fecha. Ella insiste en reunirse el 12 de enero.
– ¿Tan pronto? -preguntó Luzia.
– Cuanto antes mejor.
– Su marido acaba de morir -objetó Luzia-. Todavía estará de luto riguroso.
Las cejas de Eronildes se alzaron y no pudo reprimir una expresión de sorpresa.
– He leído la esquela -explicó Luzia-. Encontré un Diario reciente.
– No va a respetar el año de luto -respondió Eronildes.
– ¿Cómo lo conseguirá? No la dejarán viajar.
– Las dos tenéis una cualidad en común: sois ingeniosas -dijo Eronildes-. Por lo que sé, nadie ignora que doña Emília no tenía una buena relación con su marido, ni con su familia. Ella sufre en esa casa. Escapar de allí la hará sentirse feliz, sin duda.
– ¿Sufre? -preguntó Luzia, observando la cinta en sus manos. Recordó todas las fotos de los periódicos que había coleccionado. Emília con ropa fina, propietaria de su propia empresa y relacionada con la alta sociedad de Recife. Lo que sabía de la vida de su hermana lo había adivinado a través de las fotografías, y siempre había dado por supuesta la felicidad de Emília. Pero la capitana sabía mejor que nadie que las imágenes podían mentir, que las fotos solamente capturan un momento y nunca revelan la verdad completa. Sintió una punzada de compasión por su hermana. ¿Qué le había ocurrido a Emília en Recife? También sintió la necesidad de menospreciar los posibles problemas de su hermana. Emília tenía a Expedito, tenía un taller de costura y un hogar. ¿Qué sabía ella realmente de lo que era el sufrimiento? Como si esperara descubrir la respuesta, Luzia le dio la espalda al doctor y desenrolló completamente la cinta.
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