Baiano y Ponta Fina fijaron la mirada en las llamas. Luzia examinó sus rostros. Vio en ellos preocupación y a la vez emoción y se preguntó si su propio rostro revelaría las mismas emociones. Luzia metió la cinta de medir en el bolsillo de su pantalón. No se podía evitar ese enfrentamiento. El embarazo no le había quitado coraje. La sequía no la había matado. Las numerosas brigadas de soldados enviadas por Gomes no la habían atrapado. La cabeza de la Costurera seguía firmemente adherida a su cuello. Luzia no podía permitir que esa nueva arma, «la mejor Costurera», cambiara eso.
El 12 de enero, el grupo de Luzia llegó al rancho de Eronildes. Con ella iban quince hombres y mujeres, incluyendo a Ponta Fina, Bebé, Inteligente, Sabia y Canjica. El resto de los cangaceiros -los mejores tiradores y atacantes- iban con Baiano por las colinas, para rodear el valle del río. Encontrarían a los soldados de Gomes y los sorprenderían cuando Luzia les diera la señal, un agudo silbido que se parecía al que lanzaba el Halcón.
Acamparon en una hondonada seca, no lejos de la casa del doctor. El sol se puso lentamente detrás de una colina, dejando la maleza envuelta en sombras. Luzia miró hacia las lomas cercanas. Allí se escondían los soldados, observándola a ella y a los cangaceiros. Baiano, a su vez, observaba a los soldados. No iban a atacar hasta las primeras luces; Luzia estaba segura de esto. Los soldados no podían arriesgarse a que los cangaceiros escaparan bajo el amparo de la noche. Y sobre todo iban a querer ver con toda claridad los efectos de su nueva arma. Los soldados querrían ser testigos de la muerte de la Costurera. Apenas saliera el sol, los soldados podrían ver perfectamente. Hasta entonces, Luzia interpretaría con esmero su papel.
Tres de los peones del rancho de Eronildes sirvieron cestas llenas de harina de mandioca, frijoles, calabazas, un codillo entero de vaca y varias botellas de vino. En una de las cestas había una nota de Eronildes:
El encuentro será por la mañana. Yo los acompañaré.
Luzia se metió la nota en el bolsillo, junto a la cinta de medir. Miró en dirección a la casa de Eronildes. El doctor había subestimado los instintos de una madre. El hijo de Luzia no estaba en esa casa. Tampoco Emília estaba allí. Si hubieran estado, Luzia habría sentido su presencia, tal como sentía la presencia del río San Francisco a unos cientos de metros al sur: podía oler el río y escuchar el murmullo de sus aguas. La casa de Eronildes estaba más cerca que el Viejo Chico, sin embargo Luzia no olía el humo de la cocina ni escuchaba los ruidos de las ollas ni movimiento familiar alguno. La casa estaba vacía.
Ponta Fina insistió en probar la comida que Eronildes había enviado. Olfateó la carne y la calabaza. Metió la cuchara de plata de Antonio en la comida y el vino. Cuando vio que no se ennegrecía, el grupo miró hacia las colinas y prorrumpió en vítores. Luzia les ordenó que prepararan un asador y encendieran un gran fuego debajo de él. La grasa de la carne goteó sobre las llamas, haciéndolas silbar y crepitar.
– ¡El vino! -gritó Luzia. Luego, en un susurro, dijo-: Que nadie beba. Tenemos que mantenernos sobrios.
Los cangaceiros obedecieron, y fingieron tomar largos tragos de las botellas, pero cerrando los labios antes de que el vino pudiera entrar en sus bocas. Encima de ellos estaba la luna nueva. Cuando la última brasa del fuego se apagó, la hondonada se oscureció en un instante, como si le hubieran echado una mortaja encima. Los cangaceiros fingieron dormir. Las parejas susurraban nerviosamente. Los pocos hombres que dormían solos daban vueltas entre sus mantas. Luzia se quedó levantada. A lo lejos, en las colinas más allá de la hondonada, vio círculos de luz anaranjada. Brillaban y se movían como insectos.
Luzia recordó el incendio del teatro. Junto a las oscuras cenizas producidas por el fuego, también había brasas. Los pequeños puntos de luz habían ascendido rápidamente, escapando del calor opresivo del fuego como almas que huyen de los confines de sus cuerpos terrenales. Luzia recordó el peso inmenso de la barra de la puerta del teatro y cómo le temblaron los brazos cuando la dejó caer en su sitio. Después de eso las bisagras chirriaron y gimieron, pero no cedieron. El fuego del interior se volvía más violento, los gritos más fuertes. Allí, en aquella hondonada oscura, Luzia creyó que las brasas del fuego del teatro nunca se habían extinguido. La habían seguido por los campos, entre la maleza, listas para consumirla.
La capitana sintió frío el cuello, como si la hubiera agarrado una mano helada. Retrocedió. La arena se movió debajo de sus pies. La tierra le parecía tan sensible que respondía a sus más mínimos movimientos. Eran movimientos pequeños, pero importantes, como ajustar la mira antes de apuntar. Como usar tijeras con tela costosa y decidir cortar por fuera de las marcas dibujadas. El instinto le decía a la arena en qué dirección moverse, tal como le decía al tirador adonde apuntar y a la costurera dónde cortar. El instinto le decía a Luzia hacia dónde se iba a mover un hombre antes de dispararle. Le decía cómo percibir los cambios en el aire antes de una gran tormenta. Le decía cómo olfatear la presencia de agua en el interior de la maleza. En ese momento, el instinto le dijo a Luzia lo que la esperaba en esas colinas oscuras. Le dijo que huyera.
Luzia se dio la vuelta. Formas oscuras cubrían el suelo. Algunos cangaceiros todavía fingían dormir, pero la mayoría de los hombres y las mujeres la miraban. Sus ojos brillaban. Tenían las miradas fijas sobre Luzia, como ella miraba a los santos en el armario de su niñez. Ponta Fina y Bebé estaban acurrucados juntos sobre su manta, con las caras vueltas hacia ella. La capitana pensó en arrodillarse al lado de Ponta y susurrarle algo, pero ¿qué podría decirle? No podía explicar con precisión la frialdad repentina que sentía en el cuello y en el estómago, ni por qué sus manos habían empezado a temblar. Parecían síntomas de miedo o arrepentimiento, sentimientos que Luzia nunca admitiría.
– ¡Hijos de puta! -susurró uno de los cangaceiros-. Después de matar a esos cerdos, les voy a robar sus cigarrillos.
Se oyó una risa contenida.
¿Cigarrillos? Luzia volvió a mirar hacia las colinas. Los círculos anaranjados de luz eran minúsculos. Algunos desaparecían mientras otros permanecían encendidos, brillando entre los arbustos oscuros de la maleza. No se elevaban ni incendiaban los árboles alrededor de ellos, como harían las brasas. Luzia se sintió a la vez aliviada y enfadada. ¡Aquellos soldados eran tan estúpidos que fumaban! Estaban tan seguros en su escondite que creían que los cangaceiros no se darían cuenta. A Luzia le ardió el pecho. Quería asustar a esos soldados, demostrarles que estaban equivocados. Con una mano sobre su pistolera, se acercó al borde de la hondonada.
Un fuerte repiqueteo surgió en la colina. Fue calculado y seco, como el tictac de un reloj frenético. Hubo gritos distantes y los puntos anaranjados de luz desaparecieron. Luzia sintió que una fuerza invisible la empujaba hacia atrás. Notó un dolor punzante en su brazo sano, como si se hubiera incendiado desde dentro.
– ¡Madre! -gritó Ponta Fina. El ruido de ráfagas se hizo más fuerte. La arrastró al suelo.
La manga de la chaqueta de Luzia estaba mojada y pesaba. Cuando trató de mover el brazo sano, sintió una sacudida que le produjo náuseas. La capitana levantó como pudo el brazo lisiado, se llevó los dedos a la boca y silbó fuerte. Aunque no pudiera oír su señal, el grupo de Baiano seguramente habría escuchado los disparos y atacaría. Junto a ella, Ponta Fina apuntó con el rifle y disparó a la oscuridad de las colinas. Con su brazo lisiado, Luzia buscó la Parabellum. El ruido de las ametralladoras continuaba. En los árboles, la pólvora de los disparos producía un brillo pálido. Luzia disparó al azar hacia los puntos de luz. Ella se dio cuenta de que los soldados conocían muy bien su posición por la altura de sus disparos. Las balas llegaban tan bajas, tan cerca, que podía sentir su calor en la espalda. Luzia quería meterse bajo tierra.
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