Carmen Posadas - La cinta roja

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Pasaban los meses, todos bailábamos hacia el borde del precipicio, es cierto, pero lo hacíamos riendo, bebiendo, amando; y también yo lo hice. Sobre todo amando, porque una vez casada no tardé más de un par de meses en encontrar en dos hombres muy apuestos los sustitutos, o al menos los suplantadores en mis sueños, de la imagen de mi querido Jean–Alex Laborde. Se llamaban respectivamente Alexandre Lameth y Félix Lepeletier de Saint–Fargeau, y ellos y sus familias habrían de desempeñar un papel muy importante en los turbulentos años venideros. Sin embargo, por el momento, en aquel año de 1788–y, como diría madame de Staël, que siempre fue más leída que yo y recibió con gran aprovechamiento las preceptivas y aburridísimas clases de latín-, nada hacía presagiar que « et in Arcadia ego ». Tan bello latinajo, que significa «también yo estoy en Arcadia», se ha utilizado muchas veces en relación a los tiempos previos a la Revolución, y tengo entendido que Germaine de Staël lo pronunció para poner de relieve el contraste existente entre la brillantez y la despreocupación de la reina María Antonieta en sus primeros años de reinado con lo que habría de ser su vida poco más tarde. Pero dicha reflexión puede aplicarse también a todos nosotros. Madame de Staël apuntaba que la actitud de la frívola y joven María Antonieta le recordaba a ese famoso cuadro de Poussin que intenta reflejar la omnipresencia de la muerte. En él puede verse cómo unos alegres pastores se sorprenden al descubrir, en tan perfecto paraíso, una lápida con la antes dicha inscripción: «Yo (la muerte) también estoy en Arcadia».

ÚLTIMOS DAS EN EL PARAÍSO

Sí, también nosotros estábamos en la Arcadia, cada uno en la suya particular. Por ejemplo, la de Jean–Jacques, mi marido, consistía en pasar varios días con sus correspondientes noches (y no es metáfora) ante los tapetes de juego rodeado de bellas señoritas que alababan su osadía en las apuestas y el sutil filo de su lengua. Su anglofilia tan á la mode le hizo incluso copiar una nueva costumbre recién importada de Londres. Por lo visto, allí, un tal lord Sandwich acababa de inventar una forma de comer muy apropiada para los que no deseaban levantarse innecesariamente de las mesas de juego. Se trataba de un modo de emparedar carnes o viandas frías entre dos trozos de pan que resultaba bastante sabroso. Las partidas de cartas eran entonces inacabables y el invento triunfó de forma inmediata también en París, donde todos, empezando por la propia María Antonieta, eran jugadores infatigables. Todavía se recordaba, por ejemplo, cómo la soberana, con ocasión de uno de sus cumpleaños, había empezado una partida de lansquenet la noche del 30 de octubre, y cómo ésta continuó todo el día 31 hasta acabar a las tres de la madrugada del día de Todos los Santos, cuando el Rey, cuya paciencia con su esposa era casi infinita, irrumpió en la habitación protestando que eran todos «una pandilla de inútiles». Ignoro cuántos emparedados al estilo lord Sandwich habrían ingerido en esos tres días aquellos «inútiles» de los que hablaba el Rey, pero a juzgar por los que teníamos que preparar todas las noches en casa, apuesto a que una montaña de ellos.

Yo, por mi parte, tenía dos maneras de disfrutar de la Arcadia; una, privada; la otra, pública. La privada comenzaba cada mañana al decidir, por ejemplo, en qué parte de mi rostro pegaría un lunar. Y es que dominar los códigos de los grains de beauté era entonces todo un arte. Un lunar junto al ojo derecho, por ejemplo, significaba voluptuosidad; junto al izquierdo, premura; junto a la boca, «me atrevo»; junto a la nariz, «desconfío»… Se trataba, naturalmente, de deliciosos pasatiempos secretos con los que comunicarme con mis admiradores y, sobre todo, con mis dos amantes, Alexandre y Félix. Mi forma pública de vivir en la Arcadia, por su parte, consistía en pasear, ir al teatro y organizar diversas y muy concurridas meriendas campestres en Fontenay–aux–Roses del brazo un día de uno, otro día del otro y muchos días de los dos, puesto que los celos estaban considerados indignos de las clases privilegiadas y por tanto ambos se llevaban admirablemente.

No había cumplido yo los quince años y ya tenía dos amores. Nada demasiado escandaloso para la época, en realidad. Las crónicas pacatas de tiempos posteriores, queriendo sin duda hacerme un favor, dirían que tomé la resolución de ser infiel a mi marido sólo cuando Jean, en un deliberado insulto hacia mí, instaló a su última concubina en una de nuestras casas. Aseguran que aquello supuso un golpe demasiado fuerte, si no para mi condición de esposa enamorada, sí al menos para mi orgullo. No es verdad. Si nuestra unión naufragó fue por otras razones que ya explicaré más adelante. Baste decir por el momento que nuestro matrimonio no se diferenciaba demasiado de otros tantos de entonces, en los que la amalgama que los mantenía unidos era mucho más sólida que el amor y la ternura. Me refiero a la conveniencia mutua. En nuestro caso, Jean–Jacques buscaba en mí belleza que adornara sus salones y una buena dote que hiciera lo propio con sus arcas. Yo, por mi parte, buscaba independencia, y también, por qué no, la tranquilidad de una vida desahogada y respetable que me permitiera aturdirme y no pensar en cosas tristes.

Por eso debo decir también que es completamente falsa otra de las calumnias que corrieron por París en las postrimerías de aquel año de 1788, me refiero a una que llegó a publicarse en ciertas revistas vocingleras de la época a las que me vi obligada a escribir para defender mi inocencia. La «noticia» de la que hablo informaba de que nuestro primer hijo, cuyo nacimiento estaba previsto para mayo, tenía por padre a Alexandre Lameth. Nada más lejos de la verdad. En el nunca explicitado código moral de aquella época sin moral, nosotras, las mujeres casadas, nos cuidábamos muy mucho de que los hijos, o al menos el primogénito, fueran de sus padres legales.

Sin embargo, si las costumbres de la época eran tan laxas y convenientes para las mujeres de cierta clase, ¿cómo es posible–podría algún curioso lector preguntarse–que fuera yo víctima de calumnias, de los dimes y diretes en los pasquines insidiosos? Supongo que mi condición de extranjera y de parvenue , es decir, de advenediza según la opinión de muchos, fue una de las causas. Sin embargo, la principal era otra. Los pasquines, que por aquel entonces se dedicaban primordialmente a acusar de adúltera y lesbiana a la reina María Antonieta, necesitaban rellenar el resto de las páginas con otras calumnias y mentiras. Y esta práctica, lejos de menguar, no hizo sino acrecentarse cuando a la fiebre por la vida ajena se unió otra aún más virulenta y letal: la fiebre revolucionaria.

La fiebre revolucionaria… Para entender bien lo que habría de significar en la historia del mundo el crucial año que ahora alumbraba, el de 1789, voy a seguir los sabios consejos del señor Moratín. Como él decía siempre, para ver el rumbo que toman los acontecimientos es necesario mirar hacia atrás. Debo, sin embargo, señalar que lo que voy a contar a continuación–me refiero a los primeros síntomas del gran cambio que se avecinaba–no fue algo que llegara a inquietarme o siquiera interesarme mientras lo estaba viviendo, puesto que por aquel entonces prácticamente nada noté. Y la falta de visión no sólo fue mía. Se ha comentado muchas veces cómo, en su diario privado, el buen rey Luis escribió en la página que corresponde al 14 de julio de 1789, día de la toma de la Bastilla, una sola palabra: rien , o lo que es lo mismo, nada. Para disculpar en parte tan increíble ceguera hay que señalar que el Rey, en su diario, apuntaba datos relacionados, sobre todo, con sus actividades como cazador, y que rien se refiere a que ese día no cobró pieza alguna. Pero aun así, valga la anécdota como metáfora del modo en que muy a menudo viven las personas los hechos históricos más relevantes. Ocurre con frecuencia que sólo mucho después alcanza a verse la trascendencia de lo que en su momento se ha vivido como rien .

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