Carmen Posadas - La cinta roja
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Todo lo apuntado por madame de Staël es cierto punto por punto, pero yo, que soy su hija, debo añadir un dato aún más relevante sobre él. Mi padre era, por encima de todas las cosas, un sentimental. Enamorado a distancia de mi madre, en cuanto la conoció concibió por ella un instantáneo y profundo amor. Y daba igual que tuviera seis hijos, cuatro de ellos naturales, como tuvo a bien señalar Napoleón. Tampoco le importó que fuera una figura más que destacada de ese capítulo trágico de la Revolución que se conoce como El Terror, ni que hubiera sido amante de dos regicidas. Ni siquiera pareció importarle que su catálogo de conquistas fuera tan extenso como escandaloso y que tuviera por tanto en grado superlativo eso que las familias respetables llaman «un pasado». No, nada fue impedimento para su amor y, desde el primer día, mi padre se propuso que Teresa fuera suya para siempre. ¡Y qué de obstáculos tuvo que vencer para lograrlo! El mayor de ellos, la oposición irreductible de su poderosa familia. Él, que era de temperamento tranquilo y adoraba a los suyos, estaba habituado por educación a ceder siempre a la voluntad de sus padres. Pero en este caso y una vez más pudo verse el irresistible ascendiente que Teresa ejercía sobre los hombres. Tal como en el caso de Tallien logró convertir a un hombre débil en la mano ejecutora que libró a Francia de Robespierre, también en el de mi padre logró modificar su carácter. Y lo hizo no a base de enfrentarlo con su progenitor, sino todo lo contrario. Le aconsejó paciencia, prudencia y sobre todo mucha mano izquierda. Y mientras él, siguiendo sus indicaciones, actuaba de ese modo, ella concentró todas sus energías en preparar lo que podríamos llamar una estrategia envolvente. Consistía ésta en movilizar a muchas personas relevantes que gozaban de la total confianza de la familia Caraman para que hablasen en su nombre. Que recordaran a su futuro suegro cuántos aristócratas emigrados como él habían logrado salvar no sólo su fortuna, sino también su cabeza de la guillotina, gracias a ella. Y fueron tantos los que hablaron maravillas, tantos los que se decían en deuda eterna con Teresa Cabarrús, que mi abuelo se vio abrumado por los requerimientos. Aun así, y no contenta con ello, mi madre dio un paso más: escribió una carta directamente a su futuro suegro.
Estoy a vuestros pies y anhelo estarlo toda mi vida. Vuestros consejos y deseos se convertirán en la regla de mi conducta, y me atrevo a aseguraros que ésta será tal que acabará por obtener vuestra estima y justificará la elección de vuestro hijo. Dichosa de consagrar mis días a su felicidad, me someto con gozo y agradecimiento a todo lo que vos juzguéis conveniente. Sed, señor, árbitro de mi destino. Dignaos ser mi guía, mi camino, mi corazón no espera más que vuestro asentimiento para atreverme a llamaros padre.
La carta era una muy medida súplica y también un pliego de intenciones para el futuro, pero lamentablemente ni ésta ni tampoco las entusiastas palabras de tantos que intercedieron a su favor conmovieron el corazón de mi abuelo. Por fin, vista su intransigencia, mis padres tuvieron que decidirse por una actuación que ambos hubieran querido evitar a toda costa: enviar un respetuoso requerimiento judicial y seguir adelante con sus planes. Teresa puso entonces todo su empeño en hacer anular por las autoridades eclesiásticas su primer matrimonio con el fin de poderse casar por la iglesia. Aunque ella había estado casada dos veces, el matrimonio con Tallien no presentaba problemas por haber sido civil, como todos los revolucionarios. Tras unas breves gestiones, la suerte estuvo una vez más de su lado y el cardenal Bellay le otorgó la anulación, lo que aumentó aún más la ira de mi abuelo, que amenazó con recurrir directamente al Papa. No hubo tiempo a que lo hiciera. Dos días más tarde mis padres contraían matrimonio en la iglesia de las Misiones Extranjeras, sita en la Rue du Bac de París. La ceremonia tuvo lugar en una pequeña capilla lateral sin más presencia que la de Frenelle y otro fiel criado de mi padre. No asistieron ni amigos aristocráticos por parte del novio ni viejas glorias por parte de la novia; ni siquiera mi abuelo materno, a quien mamá adoraba, tuvo a bien asistir. Ofendido por el desprecio de la familia Caraman hacia su hija, el conde de Cabarrús, convertido ahora en consejero de Estado de Su Majestad Católica, prefirió quedarse en Madrid, aunque sí envió a los novios un magnífico regalo en metálico «con sus mejores deseos».
Sin embargo, el mejor presente de bodas estaba aún por llegar. Para enojo de mi abuelo paterno y gran regocijo de mi padre y más aún de mi madre, ambos pudieron ver cómo la suerte les sonreía una vez más con una circunstancia completamente inesperada: el príncipe de Chimay, tío materno de papá, acababa de morir dejando a su sobrino una considerable fortuna y el principado de Chimay en Bélgica, a unos cien kilómetros de Bruselas.
Como bien puede suponerse, esto alegró mucho el viaje de novios de mis padres. Dinero y poder, ¡ábrete sésamo!, buenos son, y es curioso resaltar cuántas puertas antes cerradas volvían a franquearse de pronto. Primero en Florencia y luego en Roma, ambos fueron recibidos por los más altos representantes de la nueva aristocracia, la reina de Etruria e incluso Lucien, hermano de Napoleón, quien los acogió con los brazos abiertos. ¿A qué se debía esta deferencia?, ¿sería que los Bonaparte, cada vez más críticos con el despótico carácter de su todopoderoso hermano, deseaban demostrarle que no estaban de acuerdo con su veto a Teresa Cabarrús? En Nápoles, por ejemplo, los recién casados fueron agasajados por José, rey de las Dos Sicilias, el más cabal y dulce de los Bonaparte, con quien mi madre siempre tuvo una buena relación.
Por fin, una vez acabada la luna de miel, que duró varios meses, llegó el momento en que Teresa debía incorporarse a su nueva vida y su nuevo ambiente. Recuerdo haberle oído contar cómo hizo su entrada en esta casa en la que ahora me encuentro, mi muy querido castillo de Chimay, en el que nacimos mis tres hermanos y yo. Dicho relato figura además entre las notas sueltas que he encontrado junto a los papeles de mi madre, y dice así:
A pesar de la fatiga era necesario ser amable y responder a los parabienes de los notables del lugar, y recibir los honores que me ofrecían varias damas vestidas de blanco. Pequeños cañones de fogueo atronaron el aire saludando nuestra llegada. Las casas lucían engalanadas y, a pesar de lo temprana de la hora, toda la población estaba en las calles ataviada de fiesta. Las aclamaciones seguían al carruaje de un modo que mucho me hizo recordar otros y felices tiempos, tanto en París como en Burdeos. En esta ocasión, el cortejo estaba formado por la caballería de las diecisiete villas que pertenecen al principado. Después del desfile fuimos agasajados con un banquete monstruo ( sic ) al fin del cual los sacerdotes presentes entonaron un De Profundis en honor al príncipe difunto, al que siguió un baile en honor a su príncipe actual. Para acudir a éste, tuvimos que descender a una de las villas, ahora toda iluminada y también engalanada con carteles en los que podían leerse deseos de bienvenida, algunos de ellos dedicados «a la más bella», «a la más bondadosa», «a la más amada», lo que casi me hizo llorar de alegría, pues todo esto lograba que me sintiera una vez más como mi vieja encarnación de Nuestra Señora del Buen Socorro.
Aquí acaban las notas tomadas por mi madre, pero es fácil imaginar qué otras cosas pensaba ella en esos momentos. La novela de aventuras que fue su vida en sus primeros veintiséis años se enriquecía de pronto con un capítulo tan inesperado como feliz. ¿Por qué extraño encadenamiento de los más contradictorios acontecimientos llegaba ella ahora a jugar el papel de auténtica princesa después de haber formado parte destacada del cortejo revolucionario que tanto hizo por suprimir toda aristocracia? Era como si la suerte hubiera querido que, más allá de la Revolución, del Terror y del Directorio, Teresa reanudara el hilo de un destino que siempre le había estado reservado y que debía cumplirse por muy extraños vericuetos. El papel que ahora debía representar no era desconocido para ella, ni mucho menos. En realidad se trataba de la misma obra teatral en la que había debutado brillantemente en su adolescencia, cuando llegó a París y se dedicaba a bailar boleros en los salones de madame de Genlis. Y como conocía a la perfección el papel de dama de la aristocracia, y como ella siempre decía ser una actriz de talento y a la vez muy natural, lo cierto es que no tardó nada en adaptarse a este nuevo escenario que la suerte le había deparado. Parecía «nacida para el papel», como ella misma hubiera dicho sin duda riendo e intentando quitarle importancia al hecho. Y, como no podía ser de otro modo dado su carácter, de inmediato comenzó en Chimay sus labores de ayuda a aquellos que más la pudieran necesitar. Organizó para ello una sociedad de socorro, así como la construcción de un nuevo hospital, lo que hizo que en muy poco tiempo fuera querida por todos.
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