Mario Llosa - La Casa Verde
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- Название:La Casa Verde
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¿Cuál es el secreto que encierra La casa verde?. La casa verde ocurre en dos lugares muy alejados entre sí, Piura, en el desierto del litoral peruano, y Santa María de Nieva, una factoría y misión religiosa perdida en el corazón de la Amazonía. Símbolo de la historia es la mítica casa de placer que don Anselmo, el forastero, erige en las afueras de Piura. Novela ejemplar en la historia del boom latinoamericano, La casa verde es una experiencia ineludible para todo aquel que quiera conocer en profundidad la obra narrativa de Mario Vargas Llosa. La casa verde (1965) recibió al año siguiente de su publicación el Premio de la Crítica y, en 1967, el Premio Internacional de Literatura Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española.
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– Trata de llorar -dijo el Mono, tiernamente-. Eso desahoga, primo, no tengas vergüenza.
Lituma se había puesto a mirar al vacío y su terno color lúcuma estaba lleno de lamparones de tierra y de saliva. Quedaron callados un buen rato, bebiendo cada uno por su cuenta, sin brindar, y hasta ellos llegaban ecos de tonderos y de valses, y la atmósfera se había impregnado de olor a chicha y a fritura. El balanceo de la lámpara agrandaba y disminuía a un ritmo preciso las cuatro siluetas proyectadas sobre las esteras, y la vela de la hornacina, ya minúscula, exhalaba un humillo rizado y oscuro que envolvía a la Virgen de yeso como una larga cabellera. Lituma se puso de pie con gran esfuerzo, se sacudió la ropa, paseó unos ojos extraviados por el contorno y, de improviso, se llevó un dedo a la boca. Estuvo hurgándose la garganta bajo la atenta mirada de los otros; que lo vieron palidecer, y por fin vomitó, ruidosamente, con arcadas que estremecían todo su cuerpo. Luego, volvió a sentarse, se limpió la cara con el pañuelo y, exhausto, ojeroso, encendió un cigarrillo con manos temblonas.
– Ya estoy mejor, colega. Sigue contando, nomás.
– Sabemos muy poco, Lituma. Es decir, de cómo pasó la cosa. Cuando te metieron adentro nos mandamos mudar. Habíamos sido testigos y podían enredarnos, tú sabes que los Seminario son gente rica, con tantas influencias. Yo me fui a Sullana y tus primos a Chulucanas. Cuando regresamos, ella había dejado la casita de Castilla y nadie sabía dónde paraba.
– Así que se quedó solita la pobre -murmuró Lituma-. Sin un cobre y todavía encinta.
– Por eso no te preocupes, hermano -dijo Josefino-. No dio a luz. Al poco tiempo supimos que andaba por las chicherías, y una noche la encontramos en el Río Bar con un tipo, y ya no estaba encinta.
– ¿Y ella qué hizo cuando los vio?
– Nada, colega. Nos saludó lo más fresca. Y después nos topábamos con ella por aquí y por allá, y siempre estaba acompañada. Hasta que un día la vimos en la Casa Verde.
Lituma se pasó el pañuelo por la cara, chupó el cigarrillo con fuerza y arrojó una gran bocanada de humo espeso.
– ¿Por qué no me escribieron? -su voz era cada vez más ronca.
– Ya tenías bastante, encerrado lejos de tu tierra. ¿Para qué íbamos a amargarte más la vida, colega? No se dan esas noticias a uno que anda fregado.
– Basta, primo, parece que te gustara sufrir -dijo José-. Cambien de tema.
De los labios de Lituma corría hasta su cuello un hilo de saliva brillante. Su cabeza se movía, lenta, pesada, mecánica, siguiendo la exacta oscilación de las sombras en las esteras. Josefino llenó las copas. Continuaron bebiendo, sin hablar, hasta que la vela de la hornacina se apagó.
– Ya hace dos horas que estamos aquí -dijo José, señalando el candelero-. Es lo que dura la mecha.
– Estoy contento de que hayas vuelto, primo -dijo el Mono-. No pongas esa cara. Ríete, todos los mangaches van a estar felices de verte. Ríete, primito.
Se dejó ir contra Lituma, lo estrechó y estuvo mirándolo con sus ojos grandes, vivos y ardientes, hasta que Lituma le dio una palmadita en la cabeza y sonrió.
– Así me gusta, primo -dijo José-. Viva la Mangachería, cantemos el himno.
Y, súbitamente, los tres comenzaron a hablar, eran tres churres y saltaban los muros de adobe de la Escuela Fiscal para bañarse en el río o, montados en un burro ajeno, recorrían arenosos senderos, entre chacras y algodonales, en dirección a las huacas de Narihualá, y ahí estaba el estruendo de los carnavales, los cascarones y los globos llovían sobre enfurecidos transeúntes y ellos empapaban también a los cachacos que no se atrevían a ir a sacarlos de sus escondites en las azoteas y en los árboles, y ahora, en las mañanas calientes, disputaban fogosos partidos de fútbol con una pelota de trapo en la cancha infinitamente grande del desierto. Josefino los escuchaba mudo, los ojos llenos de envidia, los mangaches recriminaban a Lituma, ¿de veras que te enrolaste en la Guardia Civil?, so renegado, so amarillo, y los León y Lituma reían. Abrieron otra botella. Siempre callado, Josefino hacía argollas con el humo, José silbaba, el Mono retenía el pisco en la boca, simulaba masticarlo, hacía gárgaras, morisquetas, no siento náuseas ni fuego, sólo ese calorcito que no se confunde.
– Tranquilo, inconquistable -dijo Josefino-. Dónde vas, agárrenlo.
Los León lo alcanzaron en el umbral, José lo tenía de los hombros y el Mono le abrazaba la cintura; lo sacudía con furia, pero su voz era atolondrada y llorosa:
– Para qué, primo. No vayas, tu corazón va a sangrar. Hazme caso, Lituma, primito.
Lituma acarició con torpeza el rostro del Mono, revolvió sus cabellos crespos, lo apartó sin brusquedad y salió, tambaleándose. Ellos lo siguieron. Afuera, a las orillas de sus casas de caña brava, los mangaches dormían bajo las estrellas, formaban silenciosos racimos humanos en la arena. El bullicio de las chicherías había crecido, el Mono repetía las tonadas entre dientes y, cuando escuchaba un arpa, abría los brazos: ¡pero como don Anselmo no hay! Él y Lituma iban adelante, tomados del brazo, zigzagueantes, a veces en la oscuridad se elevaba una protesta, «¡cuidado, no pisen!», y ellos, a coro, «perdoncito, don», «mil perdones, doña».
– Esa historia que le contaste parecía una película -dijo José.
– Pero se la creyó -dijo Josefino-. No se me ocurrió otra. Y ustedes no me ayudaron, ni siquiera abrieron la boca.
– Lástima que no estemos en Palta, primo -dijo el Mono-. Me metería al agua con ropa y todo. Qué rico sería.
– En Yacila hay olas, es mar de veras -dijo Lituma-. El de Palta es un laguito, el Marañón es más bravo que ese mar. El domingo iremos a Yacila, primo.
– Metámoslo donde Felipe -dijo Josefino-. Yo tengo plata. No podemos dejar que vaya, José.
La avenida Sánchez Cerro estaba desierta, en la sombrilla de luz aceitosa de cada farol zumbaban los insectos. El Mono se había sentado en el suelo para anudarse los zapatos. Josefino se acercó a Lituma:
– Mira, colega, está abierto donde Felipe. Cuántos recuerdos en esa cantina. Ven, déjame invitarte un trago.
Lituma se zafó de los brazos de Josefino, habló sin mirarlo:
– Después, hermano, a la vuelta. Ahora, a la Casa Verde. Cuántos recuerdos allá también, más que en ninguna otra parte. ¿No es cierto, inconquistables?
Más tarde, al pasar frente al Tres Estrellas, Josefino hizo una nueva tentativa. Se precipitó hacia la puerta luminosa del bar, gritando:
– ¡Al fin un sitio donde ahogar la sed! Vengan, colegas, yo pago.
Pero Lituma siguió caminando, inconmovible. -Qué hacemos, José.
– Qué vamos a hacer, hermano. Ir donde la Chunga Chunguita.
DOS
Una lancha se detiene roncando junto al embarcadero y Julio Reátegui salta a tierra. Sube hasta la plaza de Santa María de Nieva -un guardia civil echa al aire una madera, un perro la atrapa al vuelo y se la trae- y cuando llega a la altura de los troncos de capirona un grupo de personas sale de la cabaña de la Gobernación. Él alza la mano y saluda: lo observan, se animan, se precipitan a su encuentro, cuánto gusto, qué sorpresa, Julio Reátegui estrecha las manos de Fabio Cuesta, ¿por qué no había avisado que venía?, de Manuel Águila, no se lo perdonaban, de Pedro Escabino, se habrían preparado para recibirlo, de Arévalo Benzas, ¿cuántos días se quedaría esta vez, don julio? Nada, era una visita relámpago, seguía viaje ahora mismo, ya sabían qué vida llevaba. Entran a la Gobernación, don Fabio destapa unas cervezas, brindan, ¿iban bien las cosas en Nieva?, ¿en Iquitos?, ¿problemas con los paganos? En las puertas y en las ventanas de la cabaña hay aguarunas de bocas anchas, ojos fríos y pómulos salientes. Más tarde, Julio Reátegui y Fabio Cuesta salen, en la plaza el guardia sigue jugando con el perro, suben la pendiente hacia la misión observados desde todas las viviendas, ah, don Fabio, las mujeres, perder un día por este asunto, llegaría al campamento de noche y don Fabio ¿para qué están los amigos, don julio? Le hubiera escrito unas líneas y él se encargaba de todo, pero claro, don Fabio, la carta habría demorado un mes, y quién aguantaba mientras tanto a la señora Reátegui. Apenas tocan, la puerta de la residencia se abre, cómo está, un grasiento mandil, madre Griselda, un hábito, fíjese quién ha venido, una cara colorada, ¿no lo reconocía?, pero si era el señor Reátegui, un gritito, pase, una mano risueña, pase, don Julio, qué gusto y a él no le extrañaba que no lo reconocieran con la facha que traía, madre. Rengueando, hablando sin cesar, la madre Griselda los guía por un pasadizo sombreado, les abre una puerta, les señala unas sillas de lona, qué alegría para la madre superiora, y, aunque tuviera mucha prisa, tenía que visitar la capilla, don Julio, ya vería cuántos cambios, volvía en seguida. En el escritorio hay un crucifijo y un mechero, en el suelo un petate de fibras de chambira y en la pared una imagen de la Virgen; por las ventanas entran suntuosas, llamativas lenguas de sol que lamen las vigas del techo. Vez que estaba en una iglesia o en un convento, a Julio Reátegui le venían sensaciones raras, don Fabio, el alma, la muerte, esos pensamientos que a uno lo desvelan tanto de muchacho y al gobernador le ocurría igualito, don julio, visitaba a las madres y salía con la cabeza llena de cosas profundas: ¿y si en el fondo los dos fueran algo místicos? Eso mismo había pensado él, don Fabio se acaricia la calva, qué gracioso, un poco místicos. La señora Reátegui se reiría si los oyera, ella que siempre decía te irás al infierno por hereje, julio, y, a propósito, el año pasado le había dado gusto por fin, fueron a Lima en octubre, ¿a la procesión?, sí, del Señor de los Milagros. Don Fabio había visto fotos, pero estar allá debía ser mucho mejor, ¿cierto que todos los negros se vestían de morado? Y también los zambos, y los cholos y los blancos, media Lima de morado, algo terrible, don Fabio, tres días en esa apretura, qué incomodidad y qué olores, la señora Reátegui quería que él también se pusiera el hábito, pero su amor no llegaba a tanto. Voces, risas, carreras invaden la habitación y ellos miran hacia las ventanas: voces, risas, carreras. Seguramente tenían recreo, ¿había muchas ahora?, por el ruido parecían cien y don Fabio unas veinte. El domingo hubo un desfile y ellas cantaron el himno nacional, muy entonadas, don julio, en un español como se pide. No había duda, don Fabio estaba contento en Santa María de Nieva, con qué orgullo contaba las cosas de acá, ¿era esto mejor que administrar el hotel?, si hubiera seguido allá, en Iquitos, tendría ahora una buena situación, don Fabio, es decir, económicamente. Pero el gobernador ya estaba viejo y, aunque le pareciera mentira al señor Reátegui, no era hombre de ambiciones. ¿Así que no aguantaría ni un mes en Santa María de Nieva?, don Julio, ya veía que aguantó y, si Dios lo permitía, no saldría nunca más de aquí. ¿Por qué se empeñó tanto en este nombramiento?, Julio Reátegui no acababa de entenderlo, ¿por qué quiso reemplazarlo, don Fabio?, ¿qué buscaba?, y don Fabio ser, que no se riera, respetado, sus últimos años en Iquitos habían sido tan tristes, don Julio, nadie podía saber las vergüenzas, las humillaciones, cuando él lo llevó al hotel vivía de la caridad. Pero que no se pusiera triste, aquí en Nieva todos lo querían mucho, don Fabio ¿no consiguió lo que buscaba? Sí, lo respetaban, el sueldo no sería gran cosa, pero con lo que el señor Reátegui le daba por ayudarlo le bastaba para vivir tranquilo, también esto se lo debía, don julio, ah, no tenía palabras. Entre las risas, las voces, las carreras de la huerta, se deslizan ladridos, cotorreos de Toritos. Julio Reátegui cierra los ojos, don Fabio queda pensativo, su mano lenta, afectuosamente recorre la calva: de veras, ¿sabía don Julio que murió la madre Asunción?, ¿recibió su carta? La había recibido y la señora Reátegui escribió a las madres dándoles el pésame, él añadió unas líneas, una buena persona la monjita y don Fabio había hecho algo que no era muy legal, poner a media asta la bandera de la Gobernación, don Julio, para asociarse al duelo de alguna manera y ¿la madre Angélica estaba bien?, ¿siempre fuerte como una roca, esa viejecita? Se oyen pasos y ellos se ponen de pie, van al encuentro de la superiora, don Julio, madre, una mano blanca, era un honor para esta casa tener de nuevo aquí al señor Reátegui, qué contenta estaba de verlo, por favor, que se sentaran y ellos justamente estaban hablando, madre, recordando a la pobre madre Asunción. ¿Pobre? Nada de pobre que estaba en el cielo, ¿y la señora Reátegui?, ¿cuándo verían de nuevo a la madrina de la capilla? La señora Reátegui soñaba con venir, pero llegar hasta aquí desde Iquitos era tan complicado, Santa María de Nieva estaba fuera del mundo y, además, ¿no era terrible viajar por la selva? No para don Julio Reátegui, la superiora sonríe, que iba a y venía por la Amazonía como por su casa, pero Julio Reátegui no lo hacía por placer, si uno mismo no estaba encima de todo, madre, las cosas se las lleva el diablo, que le perdonara la expresión. No había dicho nada incorrecto, don julio, aquí también si una se descuidaba el demonio hacía de las suyas y ahora las pupilas cantan en coro. Alguien las dirige, en cada silencio don Fabio aplaude con las yemas de los dedos, sonríe, aprueba: ¿la madre había recibido el mensaje de la señora Reátegui? Sí, el mes pasado, pero no creía que don Julio se la llevaría tan pronto. En general, prefería que salgan de la misión a fin de año, no en pleno curso, pero, ya que se dio el trabajo de venir personalmente, harían una excepción, por tratarse de él, claro. Y él, la verdad, estaba matando dos pájaros de un tiro, madre, tenía que echar un vistazo al campamento del Nieva, los materos habían encontrado palo de rosa, parecía, así que aprovechó para darse un saltito y la superiora asiente: ¿la iban a encargar de las niñas?, algo de eso decía la señora Reátegui. Ah, las niñas, madre, si las viera, estaban preciosas, don Fabio se lo figuraba, y la madre las conocía, la señora Reátegui le mandó fotos de las chiquilinas, la mayorcita una muñeca y la pequeña qué ojazos. Tenían a quien salir, por cierto, la señora Reátegui era tan guapa y don Fabio lo decía con todo respeto, don Julio. Ya hace tiempo que se les había casado el ama, madre, y ella no se figuraba lo aprensiva que era la señora Reátegui, a todas las muchachas les ponía peros, que eran sucias, que iban a contagiarles enfermedades, siempre las peores cosas, y ahí la tenían, de niñera hace dos meses. Por ese lado, don Fabio se adelanta en el asiento, la señora Reátegui podía estar bien tranquila, da una palmadita, de aquí nadie salía enferma ni sucia, sonríe, ¿no era cierto, madre?, hace una venia, daba gusto ver lo limpiecitas que las tenían y Reátegui de veras, madre, la esposa del doctor Portillo. ¿También dificultades con la servidumbre? Sí, don Fabio, cada vez resultaba más difícil hallar gente racional en Iquitos, ¿sería posible llevarle también una de las jovencitas, madre? Sí, era posible, la superiora frunce ligeramente los labios, don julio, pero que no le hablara así, su voz se adelgaza, la misión no era una agencia de domésticas y ahora Reátegui está inmóvil, serio, una mano confusa palmoteando el brazo del asiento, ¿no habría interpretado mal sus palabras, no?, es decir, la superiora examina el crucifijo, don Fabio frota su calva, se balancea en su silla, parpadea, madre, ¿no habría interpretado mal las palabras de don julio, no? Él sabía de dónde venían estas niñas, cómo vivían antes de entrar a la misión, Julio Reátegui le aseguraba, madre, había habido un error, no lo había comprendido, y después de estar aquí las niñas no tenían adónde ir, los caseríos indígenas no se estaban quietos, pero aun si pudieran localizar a las familias las niñas ya no se acostumbrarían, ¿cómo iban a vivir desnudas de nuevo?, la superiora hace un ademán amable, ¿a adorar serpientes?, pero su sonrisa es glacial, ¿a comerse los piojos? Era culpa de él, madre, se expresó mal y ella tomaba sus palabras en otro sentido, pero las niñas tampoco podían quedarse en la misión, don julio, no sería justo, ¿no era verdad?, debían dejar sitio a las otras. La idea era que ellos ayudaran a las madres a incorporar al mundo civilizado a esas niñas, don Julio, que les facilitaran el ingreso a la sociedad. Era precisamente en ese sentido que el señor Reátegui, madre, ¿acaso ella no lo conocía?, y en la misión recogían a esas criaturas y las educaban para ganar unas almas a Dios, no para proporcionar criadas a las familias, don julio, que le disculpara la franqueza. Él lo sabía de sobra, madre, por eso él y su señora siempre colaboraron con la misión, si había algún inconveniente no pasaba nada, madre, no se dijo nada, por favor que no se preocupara. La superiora no se preocupaba por ellos, don Julio, sabía que la señora Reátegui era muy piadosa y que la niña estaría en buenas manos. El doctor Portillo era el mejor abogado de Iquitos, madre, ex diputado, si no se tratara de una familia decente, conocida, ¿se habría atrevido Julio Reátegui a hacer esa gestión? Pero le repetía que no pensara más en eso, madre, y la superiora sonríe de nuevo: ¿se había enfadado con ella? No importaba, a todo el mundo le venía bien un sermón de cuando en cuando y Julio Reátegui se acomoda en el asiento, le había jalado las orejas, madre, lo había hecho sentirse en falta y si él le garantizaba a ese señor, don julio, ella le creía, ¿no importaba que le hiciera algunas preguntas? Todas las que quisiera la madre, y él comprendía eso de las precauciones, algo lógico, pero tenía que creerle, el doctor Portillo y su esposa eran de lo mejor y la muchacha sería muy bien tratada, ropa, comida, hasta salario y la superiora no lo dudaba, don Julio. Sus labios finos, furtivos, se fruncen de nuevo: ¿y lo otro? ¿Se preocuparían de que la niña conserve lo ganado aquí? ¿No destruirían por negligencia lo que le habían dado en la misión? Se refería a eso, don Julio, y era verdad que la madre no conocía a los Portillo, Angelita organizaba todos los años la Navidad de los pobres, ella misma iba a pedir donativos a las tiendas y a repartirlos en las barriadas, madre: podía estar segura que Angelita llevaría a la muchacha a cuanta procesión hubiera en Iquitos. La superiora no quería importunarlo más, pero había algo, ¿tomaría él la responsabilidad de las dos? Para cualquier reclamo o cosa que ocurra, madre, no faltaba más, la tomaría y firmaría lo necesario, con mucho gusto, en su nombre y en el del doctor Portillo. Estaban de acuerdo, pues, don Julio, y la superiora iba a buscarlas; además, seguramente la madre Griselda les había preparado unos refrescos, no les vendrían mal, ¿no es cierto?, con el calor que hacía y don Fabio eleva las manos regocijadas: siempre tan amables, ellas. La superiora sale de la habitación, los jirones de sol que abrazan las vigas ya no son brillantes sino opacos, en la huerta contigua las pupilas siguen cantando, hombre, ¿qué significaba esto? No había derecho, vaya mal rato que le hizo pasar la monja, don Fabio, y él don Julio, puro formulismo, las madres querían mucho a estas huerfanitas, les daba pena que se fueran, eso era todo, ¿pero a los oficiales de Borja les hacían las mismas preguntas?, ¿y a esos ingenieros que pasan por acá les vienen con los mismos consejos?, que le hiciera el favor, don Fabio. El gobernador tiene el rostro apenado, la madre estaría malhumorada por algo, no había que hacerle caso, don Julio y a Reátegui que no le dijeran que los milicos las iban a tratar mejor que ellos, las harían trabajar como animales, fijo, no les pagarían un cobre, seguro, ¿don Fabio sabía las miserias que ganaban los milicos? Y, además, a él lo conocían de sobra, si les recomendaba a Portillo sería por algo, don Fabio, por favor, dónde se había visto. El coro de la huerta cesa de golpe y el gobernador no comprendía, la superiora siempre tan gentil, tan educada, ya pasó, don Julio, que no se hiciera mala sangre, y él no se hacía mala sangre pero las injusticias lo sublevaban como a cualquiera: se habría acabado el recreo, los nudillos de don Fabio tamborilean en el asiento, a él también lo puso nervioso la madre, don Julio, se sintió en el confesionario, ellos se vuelven y la puerta se abre. La superiora trae una fuente, una pirámide de galletas de cantos ásperos, y la madre Griselda una bandeja de barro, vasos, una jarra llena de un líquido espumoso, las dos pupilas permanecen junto a la puerta, asustadizas, hurañas en sus guardapolvos cremas: ¡jugo de papaya, bravo! Esta madre Griselda, siempre mimándolos, don Fabio se ha puesto de pie y la madre Griselda ríe tapándose la boca con la mano, ella y la superiora reparten los vasos, los llenan. Desde la puerta, una contra otra, las pupilas miran de soslayo, una tiene la boca entreabierta y exhibe sus dientes minúsculos, limados en punta. Julio Reátegui levanta su vaso, madre, se lo agradecía de veras, estaba muerto de sed, pero debían probar las galletitas, a que no adivinaban, ¿y?, a ver, ¿y, don Fabio? No se les ocurría, madre, qué cosa más suavecita, ¿de maíz?, más delicada, ¿de camote? y la madre Griselda lanza una carcajada: ¡de yuca! Las había inventado ella misma, cuando trajera a la señora Reátegui le daría la receta y don Fabio bebe un sorbito entornando los ojos: la madre Griselda tenía manos de ángel, sólo por eso merecía el cielo, y ella calle, calle, don Fabio, que se sirvieran más jugo. Beben, sacan sus pañuelos, se limpian los finos bozales anaranjados, Reátegui tiene gotitas de sudor en la frente, la calva del gobernador rutila. Por fin la madre Griselda recoge la bandeja, la jarra y los vasos, les sonríe con picardía desde la puerta, sale, Reátegui y el gobernador miran a las pupilas inmóviles, éstas bajan la cabeza al mismo tiempo: buenas tardes, jovencitas. La superiora da un paso hacia ellas, a ver, acérquense, ¿por qué se quedaban ahí? La de los dientes limados arrastra los pies y se detiene sin levantar la cabeza, la otra queda en su sitio y Julio Reátegui tú también, hija, no había que tenerle miedo, no era el cuco. La pupila no responde y la superiora, de pronto, adopta una expresión enigmática, burlona. Mira a Reátegui, en los ojos de éste brota una pequeña luz intrigada, el gobernador está indicando con la mano a la chiquilla que se acerque y la superiora, don julio, ¿no la reconocía? Señala a la que está junto a la puerta y su sonrisa se acentúa, una señal afirmativa y Julio Reátegui se vuelve hacia la chiquilla, la examina pestañeando, mueve los labios, chasquea los dedos, ah, madre, ¿era ella?, sí. Vaya sorpresa, ni siquiera se le había pasado por la cabeza, ¿había cambiado mucho, don Julio?, tanto madre, se venía con él, la señora Reátegui estaría encantada. Pero si eran viejos amigos, hija, ¿no se acordaba de él acaso? La de los dientes limados y el gobernador miran a uno y otro con curiosidad, la pupila de la puerta alza un poco la cabeza, sus ojos verdes contrastan con su tez oscura, la superiora suspira, Bonifacia: le estaban hablando, qué modales eran ésos. Julio Reátegui la examina siempre, madre, caramba, iban para cuatro años, la vida volaba, hija, cómo has crecido, era un pedacito de mujer y ahora vean ustedes. La superiora asiente, Bonifacia, vamos, que saludara al señor Reátegui, suspira de nuevo, tenía que respetarlo mucho y lo mismo a su señora, ellos serían muy buenos. Y Reátegui que no tuviera vergüenza, hija, iban a conversar un momento, ya hablaría el español muy bien, ¿cierto? Y el gobernador da un brinquito en su asiento, ¡la de Urakusa!, se toca la frente, claro, qué tonto, ahora caía. Y la superiora deja de hacerte la boba, don Julio iba a creer que a Bonifacia le habían cortado la lengua. Pero hija, si estaba llorando, qué le ocurría, hija, por qué ese llanto y Bonifacia tiene la cabeza alta, las lágrimas mojan sus mejillas, sus gruesos labios tenazmente cerrados y don Fabio bah, bah, sonsita, inclinado y compasivo, debería estar contentísima, tendría un hogar y las niñas del señor Reátegui eran dos primores. La superiora ha palidecido, ¡esta niña!, su rostro está ahora blanco como sus manos, ¡esta tonta!, ¿de qué lloraba? Bonifacia abre los ojos verdes, húmedos, desafiantes, cruza el petate, hija, cae de rodillas ante la superiora, sonsita, atrapa una de sus manos, la acerca a su rostro, la de los dientes limados ríe un segundo y la superiora balbucea, mira a Reátegui, Bonifacia, cálmate: le había prometido, y a la madre Angélica. Su mano pugna por zafarse del rostro que se frota en ella, Reátegui y don Fabio sonríen confusos y benevolentes, los gruesos labios besan vorazmente los dedos pálidos y refractarios y la de los dientes limados ríe ya sin disimulo: ¿no veía que era por su bien?, ¿dónde la iban a tratar mejor? Bonifacia, ¿no le había prometido hacía apenas media hora?, y a la madre Angélica, ¿era así como cumplía? Don Fabio se pone de pie, se frota las manos, así eran las niñas, sensibles, lloraban de todo, hijita, que hiciera: un esfuerzo, ya vería lo bonito que era Iquitos, lo buena, lo santa que era la señora Reátegui y la superiora, don Julio, le rogaba, lo sentía. Esa chiquilla nunca fue difícil, no la reconocía. Bonifacia cálmate y Julio Reátegui no faltaba más, madre. Se había encariñado con la misión, no tenía nada de raro, y era preferible que no viniera en contra de su voluntad, preferible que se quedara con las madres. Se llevaría a la otra y que Portillo buscara un ama en Iquitos, pero, sobre todo, que no se preocupara, madre.
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