– ¿Y por qué no viniste a avisarme? -dijo la superiora-. Te escondiste en la capilla porque sabías que habías hecho mal.
– Tenía susto pero no de ti sino de mí, madre -dijo Bonifacia-. Me parecía una pesadilla cuando ya no las vi más y por eso entré a la capilla. Decía no es cierto, no se han ido, no ha pasado nada, me he soñado. Dime que no me vas a botar, madre.
– Te has botado tú misma -dijo la superiora-. Contigo hemos hecho lo que con ninguna, Bonifacia. Te hubieras quedado toda la vida en la misión. Pero ahora que vuelvan las niñas, no pueden verte aquí. Yo también lo siento, a pesar de lo mal que te has portado. Y sé que a la madre Angélica le va a dar mucha pena. Pero, por la misión es necesario que te vayas.
– Déjame como sirvienta nomás, madre -dijo Bonifacia-. Ya no cuidaré a las pupilas. Sólo barreré y llevaré las basuras y la ayudaré a la madre Griselda en la cocina. Te ruego, madre.
La que está tendida se resiste: tensa, los ojos cerrados, se muerde los labios, pero los dedos de la otra escarban implacables, porfían contra esa boca empecinada. Las dos transpiran con el forcejeo, tienen matitas de pelo adheridas a la piel brillante. Y, de repente, se abren: veloces, los dedos introducen en la boca abierta los restos casi disueltos del plátano y la chiquilla comienza a masticar. Con el plátano, han ingresado a su boca unas puntas de cabellos. Bonifacia se lo indica a la del pendiente con un gesto y ella eleva la mano otra vez, sus dedos cogen los cabellos atrapados y delicadamente los retiran. La chiquilla tendida traga ahora, una bolita sube y baja por su garganta. Segundos después, abre la boca de nuevo y queda así, con los ojos cerrados, esperando. Bonifacia y la del pendiente se miran a la claridad aceitosa del mechero. A un mismo tiempo, se sonríen.
– ¿Ya no quieres más? -dijo Aquilino-. Tienes que alimentarte un poco, hombre, no puedes vivir del aire.
– Me acuerdo de esa puta todo el tiempo -dijo Fushía-. Es tu culpa, Aquilino, hace dos noches que me la paso viéndola y oyéndola. Pero como era de muchacha, cuando la conocí.
– ¿Cómo la conociste, Fushía? -dijo Aquilino-. ¿Fue mucho después que nos separamos?
– Hace un año, doctor Portillo, más o menos -dijo la mujer-. Entonces vivíamos en Belén y con la llena el agua se nos entraba a la casa.
– Sí, claro, señora -dijo el doctor Portillo-. Pero hábleme del japonés, ¿quiere?
Justamente, el río se había salido, el barrio de Belén parecía un mar y el japonés pasaba todos los sábados frente a la casa, doctor Portillo. Y ella quién será, y qué raro que siendo tan bien vestido venga él mismo a embarcar su mercadería y no tenga quien se ocupe. Ésa había sido la mejor época, viejo. Comenzaba a ganar plata en Iquitos, trabajando para el perro de Reátegui, y un día una muchachita no podía cruzar la calle con el agua y él pagó a un cargador para que la cruzara y la madre salió a agradecerle: una alcahueta terrible, Aquilino.
– Y siempre se paraba a conversar con nosotras, doctor Portillo -dijo la mujer-. Antes de ir al embarcadero, o después, y todas las veces muy amable.
– ¿Ya sabía usted en qué negocio andaba? -dijo el doctor Portillo.
– Parecía muy decente y muy elegante a pesar de su raza -dijo la mujer-. Nos traía regalitos, doctor. Ropa, zapatos y una vez hasta un canario.
– Para esa patacala de su hija, señora -dijo Fushía-. Para que la despierte cantando.
Se entendían a las mil maravillas, aunque sin darse por entendidos, viejo; la alcahueta sabía lo que él quería y él sabía que la alcahueta quería plata, y Aquilino ¿y la Lalita?, qué decía ella de todo eso.
– Ya tenía sus pelos larguísimos -dijo Fushía-. Y entonces su cara era limpia, ni un granito siquiera. Qué bonita era, Aquilino.
– Venía con una sombrilla, vestido con ternos blancos y zapatos también blancos -dijo la mujer-. Nos sacaba a pasear, al cine, una vez la llevó a Lalita a ese circo brasileño que vino, ¿se acuerda?
– ¿Le daba mucho dinero a usted, señora? -dijo el doctor Portillo.
– Muy poco, casi nada, doctor -dijo la mujer-. Y muy rara vez. Nos hacía regalitos, nomás.
Y la Lalita ya estaba grande para ir al colegio: él le daría un puesto en su oficina y el sueldo sería una gran ayuda para las dos, ¿cierto que a la Lalita le gustaba la idea? Ella había pensado en el porvenir de su hija, y en las necesidades, doctor Portillo, en los apuros que pasaban: total, que la Lalita se fue a trabajar con el japonés.
– A vivir con él, señora -dijo el doctor Portillo-. No tenga vergüenza, el abogado es como un confesor para sus clientes.
– Le juro que Lalita dormía siempre en la casa -dijo la mujer-. Pregúntele a las vecinas si no me cree, doctor.
– ¿Y en qué la hizo trabajar a su hija, señora? -dijo el doctor Portillo.
En un trabajo estúpido, viejo, que lo habría hecho rico para siempre si duraba un par de añitos más. Pero alguien denunció la cosa, y Reátegui quedó sano y salvo de culpa y él tuvo que cargar con todo, escapar, y ahí comenzó lo peor de su vida. Un trabajo de lo más estúpido, viejo: recibir el jebe, almacenarlo con mucho talco para quitarle el olor, embalarlo como tabaco y despacharlo.
– ¿Estabas enamorado de la Lalita en esa época?-dijo Aquilino.
– La agarré virgencita -dijo Fushía-, sin saber nada de nada de la vida. Se ponía a llorar y, si yo estaba de malas, le daba un sopapo, y, si de buenas, le compraba caramelos. Era como tener una mujer y una hija a la vez, Aquilino.
– ¿Y por qué le echas la culpa a la Lalita también de eso? -dijo Aquilino-. Estoy seguro que ella no los denunció. Más bien sería la madre.
Pero ella sólo supo por los periódicos, doctor, se lo estaba jurando por lo más santo. Sería pobre, pero honrada como la que más, y en el depósito estuvo apenas una vez y ella qué hay ahí, señor, y el japonés tabaco y ella cándida se lo creyó.
– Ningún tabaco, señora -dijo el doctor Portillo-. Eso diría en los cajones, pero usted sabe que adentro había caucho.
– La alcahueta nunca se enteró de nada -dijo Fushía-. Fue alguno de esos perros que me ayudaban a echar talco y a embalar. En los periódicos decían que ella era otra de mis víctimas, porque le robé a su hija.
– Lástima que no guardaras esos periódicos y también los de Campo Grande -dijo Aquilino-. Sería gracioso leerlos ahora, y ver cómo fuiste famoso, Fushía.
– ¿Has aprendido a leer? -dijo Fushía-. Cuando trabajábamos juntos no sabías, viejo.
– Me los hubieras leído tú -dijo Aquilino-. Pero ¿cómo es que al señor Julio Reátegui no le pasó nada? ¿Por qué tuviste que escapar tú y él tan tranquilo?
– Injusticias de la vida -dijo Fushía-. Él ponía el capital y yo el pellejo. El jebe figuraba como mío, aunque sólo me tocaron las sobritas. A pesar de eso me habría hecho rico, Aquilino, el negocio era redondo.
La Lalita no le contaba nada, ella se la comía a preguntas y la muchacha no sé, no sé, era la pura verdad, doctor Portillo, ¿por qué iba a maliciar? El japonés estaba siempre de viaje, pero tanta gente iba de viaje y, además, cómo iba a saber ella que embarcar caucho era contrabando y tabaco no.
– El tabaco no es material estratégico, señora -dijo el doctor Portillo-. El caucho sí. Tenemos que venderlo sólo a nuestros aliados, que están en guerra con los alemanes. ¿No sabe que el Perú también está en guerra?
– Debiste venderles el caucho a los gringos, entonces, Fushía -dijo Aquilino-. No hubieras tenido líos y ellos te habrían pagado en dólares.
– Nuestros aliados nos compran el caucho a un precio de guerra, señora -dijo el doctor Portillo-. El japonés lo vendía a escondidas y le pagaban cuatro veces más. ¿Tampoco sabía eso?
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