Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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– Olvídalo -murmuré-. Olvida que te lo he pedido -empecé a levantarme, pero puso la mano encima de la mía y me detuvo. Al dejarme caer de nuevo en el asiento, Jean-Paul miró hacia la puerta y retiró la mano.

– ¿Vendrás a un sitio esta noche? -preguntó.

– ¿Dónde?

Jean-Paul escribió algo en un trozo de papel.

– Las once es una buena hora.

– Pero ¿de qué se trata?

Negó con la cabeza.

– Una sorpresa. Limítate a venir. Ya lo verás.

Me di una ducha y estuve más tiempo arreglándome del que había empleado en mucho tiempo, a pesar de que no tenía ni idea de adónde iba: Jean-Paul se había limitado a garrapatear una dirección en Lavaur, un pueblo a unos veinte kilómetros de distancia. Podía ser un restaurante la casa de un amigo o una bolera, porque no me ha dado ninguna pista.

Su comentario de la noche anterior sobre mi ropa no se me iba de la cabeza. Aunque no estaba segura de que tratase de una crítica, busqué en mi guardarropa algo que tuviera color. Al final me puse de nuevo el vestido amarillo pálido sin mangas, lo más cercano a un color vivo. Al menos me sentía cómoda con él, y con unas sandalias marrones y un poco de carmín no tenia demasiado mal aspecto. No estaba en condiciones de competir con las francesas, que resultaban elegantes con vaqueros y una camiseta, pero podía pasar.

Acababa de cerrar a mi espalda la puerta de la calle cuando sonó el teléfono. Tuve que darme mucha prisa para llegar antes de que se pusiera en marcha el contestador.

– Hola, ¿te he sacado de la cama?

– Hola, Rick. No, de hecho me disponía…, a salir a pasear. Hasta el puente.

– ¿Un paseo a las once de la noche?

– Sí, hace calor y me aburría. ¿Dónde estás?

– En el hotel.

Traté de recordar: ¿era Hamburgo o Fráncfort?

– ¿Qué tal la reunión?

– ¡Estupenda! -me habló de lo que había hecho durante el día, dándome tiempo para serenarme. Pero cuando me preguntó qué había estado haciendo yo, no se me ocurrió nada que pudiera gustarle oír.

– No gran cosa -contesté a toda prisa-. ¿Cuándo vuelves?

– El domingo. He de pasar primero por París antes de volver a casa. Oye, cariño, ¿qué llevas puesto? -era un viejo juego al que solíamos dedicarnos por teléfono: uno describía la ropa que llevaba y el otro cómo quitársela. Me miré el vestido y los zapatos. No podía decirle lo que llevaba, ni por qué no quería jugar,

Afortunadamente me salvó el mismo Rick, que dijo:

– Vaya, tengo una llamada en espera. Será mejor que conteste.

– Claro. Hasta dentro de unos días.

– Te quiero, Ella -y colgó.

Esperé unos minutos, angustiada, para asegurarme de que no volvía a llamar.

En el coche me repetí a cada poco: puedes dar la vuelta Ella. No tienes que hacer esto. Puedes llegar hasta allí, aparcar, acercarte a la puerta de donde sea y regresar a casa. Puedes incluso ver a Jean-Paul y pasar tiempo con él y será algo perfectamente inocente y regresarás pura y no adulterada. Literalmente.

Lavaur es una ciudad catedralicia unas tres veces mayor que Lisle-sur-Tarn, con un barrio antiguo y cierta apariencia de vida nocturna: un cine, varios restaurantes, un par de bares. Consulté un mapa, aparqué junto a la catedral -un pesado edificio de ladrillo con una torre octogonal- y fui andando hasta el barrio antiguo. Pese a las tentadoras actividades nocturnas, no había nadie en la calle; todos los postigos estaban cerrados, todas las luces apagadas.

Encontré sin problemas la dirección que buscaba: era difícil no verla, señalada por un llamativo cartel luminoso que anunciaba una taberna. La entrada estaba en un callejón, y en los postigos de la ventana vecina habían pintado lo que parecían soldados sin rostro custodiando a una mujer con una larga túnica. Me detuve y estudié aquella iconografía. La imagen me turbó; me apresuré a entrar.

El contraste entre el exterior y el interior no podía ser mayor. Me encontraba en un bar pequeño, mal iluminado, ruidoso, abarrotado y lleno de humo. Los pocos bares en los que había estado en pequeñas ciudades francesas eran en general sitios deprimentes, masculinos y nada acogedores. Aquél era como un rayo de luz en medio de la oscuridad. Algo tan inesperado que me detuve en el umbral y me quedé allí mirando.

Exactamente frente a mí una mujer muy atractiva vaqueros y una blusa de seda marrón cantaba Every Time We Say Goodbye, la famosa canción de Cole Porter, con marcado acento francés. Y aunque me daba la espalda, supe de inmediato que era Jean-Paul quien se inclinaba sobre el piano blanco, con su camisa de color azul pálido. Se miraba las manos todo el tiempo, aunque de cuando en cuando se volvía hacia la cantante, con gesto de concentración, pero también sereno.

Entraron más personas a continuación y me vi obligada a mezclarme con la multitud. No podía apartar los ojos de Jean-Paul. Cuando terminaron la canción se oyeron gritos de entusiasmo y prolongados aplausos. Jean-Paul recorrió el local con la vista, me localizó y sonrió. Un individuo a mi derecha me dio palmaditas en el hombro.

– Tenga mucho cuidado… ¡ése de ahí es un lobo! -gritó, al tiempo que reía y movía la cabeza en dirección al piano.

Me puse colorada y me alejé de allí. Cuando Jean-Paul y la cantante iniciaron otra pieza, me abrí camino hasta la barra y milagrosamente encontré un taburete libre.

La piel aceitunada de la cantante parecía iluminada desde el interior, y las cejas oscuras estaban perfectamente dibujadas. Llevaba los largos cabellos castaños ondulados y alborotados y mientras cantaba atraía la atención hacia ellos pasándose los dedos, agitando la cabeza, alzando las muñecas hasta las sienes cada vez que atacaba una nota muy alta. Jean-Paul resultaba menos llamativo: su presencia tranquila equilibraba la teatralidad de la cantante, al tiempo que su manera de tocar subrayaba la brillantez de su voz. Funcionaban muy bien juntos: tranquilos, con la confianza suficiente para juguetear y gastarse bromas. Sentí una punzada de celos.

Dos canciones después se tomaron un descanso y Jean-Paul vino hacia mí, aunque deteniéndose antes para hablar con uno de cada dos clientes. Yo me tiraba nerviosa del vestido, queriendo ahora que me cubriera las rodillas. Cuando llegó a mi lado dijo:

Salut , Ella -y me besó en las dos mejillas como había hecho con otras diez personas. Empecé a serenarme, aliviada pero vagamente desconcertada al ver que no se me prestaba atención especial. ¿Qué es lo que quieres, Ella?, me pregunté, furiosa. Jean-Paul debió de notar la confusión en mi rostro-. Ven, te voy a presentar a algunos amigos -dijo con sencillez.

Me bajé del taburete, cogí la cerveza, y luego tuve que esperar mientras Jean-Paul conseguía un whisky del barman. Hizo un gesto en dirección a una mesa al otro lado del local y me puso la mano en mitad de la espalda para guiarme, manteniéndola allí mientras nos abríamos paso entre la multitud, y retirándola cuando llegamos junto a sus amigos.

Seis personas, la cantante incluida, estaban sentadas en bancos a ambos lados de una mesa larga. Se apretaron para hacernos sitio. Terminé junto a la cantante, con Jean-Paul frente a mí, nuestras rodillas tocándose en el reducido espacio disponible. Contemplé la mesa, cubierta de botellas de cerveza y vasos de vino y sonreí para mis adentros.

El grupo hablaba de música, citaba cantantes franceses de los que yo no había oído hablar nunca y reía estrepitosamente con referencias culturales que no significaban nada para mí. Era tanto el ruido y hablaban tan deprisa que al cabo de un rato renuncié a escuchar. Jean-Paul encendió un cigarrillo y respondía con risas sosegadas a los chistes, pero por lo demás no intervenía. Sentía que sus ojos se posaban en mí de cuando en cuando; en una ocasión, cuando le devolví la mirada, dijo:

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