Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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Rick contempló la lista asintió con un gesto y me sonrió.

– ¡Lo has conseguido ¡Los has encontrado!

– Sí. Con muchísima ayuda y suerte. Pero sí -note, no pude evitarlo, que Rick examinaba la Biblia con menos detenimiento e interés que Jean-Paul. Aquello me produjo un nudo de culpabilidad en el estómago eran comparaciones del todo injustas. Ya basta, pensé con dureza. No puedo seguir así con Jean-Paul. Se tiene que acabar

– Sabes que esto vale un montón de dinero -dijo Rick-, ¿Estás segura de que te lo ha dado? ¿Has pedido un recibo?

Me quedé mirándolo, incrédula.

– ¡No, no he pedido un recibo! ¿Lo pides tú cada vez que te hago un regalo?

– Vamos, Ella, sólo trato de ayudar. Seguro que no quieres que ese francés cambie de idea y te pida que la devuelvas. Si lo pone por escrito no tendrás problemas. Ahora la debemos guardar en una caja de seguridad. Probablemente en Toulouse. Dudo que el banco de aquí tenga una.

– ¡No la voy a guardar en ninguna caja de seguridad! ¡Voy a tenerla aquí, conmigo! -lo miré iracunda. Y sucedió entonces: como una de esas criaturas unicelulares colocadas bajo el microscopio que, de pronto, sin razón aparente, se divide en dos, sentí que nos separábamos en entidades distintas con diferentes perspectivas. Era extraño: no me di cuenta de lo unidos que habíamos estado hasta que nos encontramos muy lejos el uno del otro.

Rick no pareció advertir el cambio. Me quedé mirándolo fijamente hasta que frunció el ceño.

– ¿Qué es lo que pasa? -preguntó.

– No… Bueno, que no la voy a guardar en una caja de seguridad, eso no lo dudes. Es demasiado valiosa -recogí el libro y lo estreché contra mi pecho.

Por suerte, Rick emprendía su viaje a Alemania al día siguiente. Me desconcertaba tanto aquella distancia surgida entre nosotros que necesitaba pasar algún tiempo a solas. Rick se despidió con un beso, ajeno a mi confusión interior, y me pregunté si mi ceguera hacia su vida interior era tan intensa como parecía serlo la suya respecto a mí.

Era miércoles y quería por encima de todo ir café junto al río para ver a Jean-Paul. La cabeza consiguió a sobreponerse al corazón: comprendí que sería mejor no remover las cosas durante algún tiempo. Esperé a tener la seguridad de que estaba convenientemente sumergido en la lectura de su periódico antes de salir de casa para hacer mi recorrido habitual. Un encuentro inesperado en la calle, con tanta gente fascinada por cada uno de nuestros movimientos, no tenía, desde luego, nada de apetecible. No era mi intención representar aquel drama delante de todo, el pueblo. Mientras me acercaba a la plaza Mayor, la descripción hecha por Jean-Paul de Lisle y de lo que pensaban de mí sus habitantes se me vino encima como un avalancha; casi tuvo la intensidad suficiente para hacerme volver corriendo a la privacidad de mi casa y a cerrar incluso los postigos.

Pero me forcé a seguir adelante. Cuando compré el Herald Tribune y Le Monde la señora que me los vendió estuvo sumamente amable: no me miró con desconfianza hizo incluso un comentario sobre el tiempo. No me pareció que estuviera pensando ni en mi lavadora, ni en mi contraventanas, ni tampoco en mis vestidos sin mangas

Aunque la verdadera prueba era Madame. Me di igí decidida hacia la boulangerie.

– Bonjour, madame! -entoné mientras entraba

La panadera estaba hablando con alguien y frunció ligeramente el ceño. Miré a su interlocutor y me encontré cara a cara con Jean-Paul. Él ocultó su sorpresa, pero no lo bastante deprisa para Madame, que nos contempló con triunfal repugnancia e inexpresable júbilo.

Por el amor de Dios, pensé, ya está bien.

– Bonjour, monsieur -dije con mi voz más alegre

– Bonjour, madame -replicó Jean-Paul. Aunque su expresión no cambió, su voz sonó como si hubiera alzado las cejas.

Me volví hacia Madame.

– Madame, querría veinte de sus quiches, si es tan amable. Ya sabe, me gustan con locura. Las como todos los días, desayuno, comida y cena.

– Veinte quiches -repitió ella, la boca entreabierta.

– Sí, por favor.

Madame cerró la boca de golpe y apretó los labios con tanta fuerza que desaparecieron por completo y, sin apartar los ojos de mí, buscó detrás una bolsa de papel. Oí cómo Jean-Paul se aclaraba despacio la garganta. Cuando Madame se inclinó para amontonar las quiches en la bolsa, lo miré de reojo. Contemplaba una bandeja de almendras garrapiñadas situada en un extremo del mostrador. Se le había tensado la boca y se frotaba la mandíbula con el índice y el pulgar. Volví a mirar a Madame y le sonreí. La panadera se irguió detrás de la vitrina de cristal y dobló las esquinas de la bolsa para cerrarla.

– Sólo hay quince -murmuró, mirándome con ira

– Vaya, ¡qué lástima! Tendré que pasarme por la pâtisserie para ver si les queda alguna -sospechaba que Madame no le gustaba la pâtisserie, porque, sin duda, a una mujer tan decididamente consagrada al pan, lo que vendían allí le parecería demasiado frívolo. Estaba en lo cierto: se le dilataron los ojos, respiró hondo, agitó la cabeza e hizo un ruido muy vulgar.

– ¡No tienen quiches! -exclamó-. ¡Soy la única persona que hace quiches en Lisle-sur-Tarn!

– Ah -repliqué-. Quizá entonces en el Intermarché.

Al oír aquello Jean-Paul murmuró algo incomprensible y Madame casi dejó caer la bolsa con las quiches. ababa de cometer el pecado de mencionar a su rival por antonomasia y la más seria amenaza para su supervivencia: el supermercado a las afueras del pueblo, sin historia, ni dignidad, ni refina miento Más o menos como yo. Sonreí.

– ¿Qué le debo?

Madame tardó unos instantes en responder; se diría que necesitaba sentarse. Jean-Paul aprovechó la oportunidad para murmurar « Au revoir, mesdames » y esfumarse

En cuanto él se hubo marchado, dejó de interesarme el forcejeo con Madame. Pidió una cantidad que me pareció desproporcionada, pero se la entregué sin protestar. Había merecido la pena.

Fuera, Jean-Paul se acomodó a mi paso.

– Eres muy perversa, Ella Tournier -murmuró en francés.

– ¿Querría usted unas cuantas quiches? -reímos los dos.

– Pensaba que no debíamos vernos en público Esto -hice un gesto con la mano para abarcar la plaza- es un lugar muy público.

– Ah, pero tengo un motivo profesional para hablar contigo. Dime, ¿has examinado cuidadosamente tu Biblia?

– Todavía no. Vamos a ver, ¿no paras nunca? ¿No duermes?

Sonrió

– Nunca he necesitado dormir mucho. Lleva la Biblia mañana a la biblioteca. He descubierto algunas cosa interesantes sobre tu familia.

La Biblia tenía un tamaño poco corriente, por larga e inesperadamente estrecha, pero no demasiado Pesada, y me cabía cómodamente entre los brazos. La cubierta era de cuero gastado y agrietado, suavizado y descolorido por el roce, y manchado por todos los matices del castaño. Además de las grietas y arrugas del cuero, algún insecto habla perforado agujeros diminutos en varios sitios. La contracubierta estaba ennegrecida y quemada hasta la mitad, pero por delante seguía intacto un intrincado dibujo en oro, hecho de líneas, hojas y puntos. En el lomo se habían grabado flores, también en oro, y un modelo modificado del dibujo estaba marcado con un martillo y un alfiler en los lados de las páginas.

Consulté el comienzo del Génesis: «Dieu crea au commencement le ciel et la terre». El texto estaba en dos columnas, el tipo de letra era muy legible y, aunque la ortografía fuese peculiar, el francés (lo que quedaba de él) me resultaba inteligible. La parte de atrás del libro estaba quemada sin remedio y las páginas centrales, chamuscadas, habían quedado irreconocibles.

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