– ¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Aquí tenéis naranjas, aceitunas, limones de Sevilla! ¡Podéis comprar una hermosa olla de cobre. O un bolsillo de cuero. Y aquí están vuestras hebillas. ¿No quiere hebillas para esos zapatos, hermosa señora? ¡Claro que sí! ¡Y le daré botones que hagan juego! Traigo hilo y también encajes; sí, encajes de la mejor calidad. ¡Venid! Venid a ver y a tocar, no tengáis miedo. Ah, Jacques la Barbe, bonjour encore! Su hermano dice que regresará pronto de Ginebra, pero que su hermana se queda cerca de Lyon. ¿Por qué no se reúne aquí con usted en este lugar tan encantador? No importa. Por lo que hace a Abraham Rougemont, en Bienne tiene un caballo esperándolo. Una buena compra, lo he visto con estos mismos ojos. Dele un paseo por el pueblo a esa guapa hija suya. Y monsieur le régent, he estado con su hijo…
Y seguía hablando sin interrupción, transmitiendo mensajes al tiempo que vendía sus mercancías. La gente reía y le gastaba bromas; era una aparición familiar y bien venida que regresaba todos los años una vez pasado lo peor del invierno y también durante la fiesta de la cosecha. En medio del bullicio se inclinó hacia Isabelle.
– Che bella, ¡no había reparado en ti! -exclamó-. ¿Quieres ver mis cosas? -dio palmadas a las piezas de tela que tenía cerca-. ¡Acércate!
Isabelle sonrió tímida e inclinó la cabeza; Etienne frunció el ceño. No tenían nada con que comerciar; incluso menos que nada, porque debían favores a todo el mundo en Moutier. Al llegar se les había hecho entrega de dos cabras, un saquito de simientes de cáñamo y esparto para cada uno, mantas, ropa. No había necesidad de pagar a nadie por todo aquello, pero se esperaba que fuesen igual de generosos cuando llegasen, con las manos vacías, los siguientes refugiados. Los Tournier se quedaron mucho tiempo viendo las cosas que compraban los demás, admirando los encajes, los arreos nuevos, los vestidos de hilo blanco.
Isabelle oyó que el buhonero mencionaba Alés.
– Quizá sepa -le susurró a Etienne.
– No preguntes -silbó entre dientes su marido.
No lo quiere saber, pensó, pero yo sí.
Antes de acercarse al hombre del mostacho, esperó a que Etienne y Hannah se hubieran ido, y a que Petit Jean y Marie se cansaran de correr una y otra vez alrededor del carro y se fueran al río.
– Por favor, monsieur -susurró.
– Ah, Bella, ¡quieres mirar! ¡Ven, ven! Isabelle negó con la cabeza.
– No, quiero preguntarle… ¿Ha estado en Ales?
– En Navidades, sí. ¿Por qué? ¿Deseas que dé algún mensaje?
– Mi cuñada y su marido están allí…, quizá estén allí. Susanne Tournier y Bertrand Bouleaux. Tienen una hija, Deborah, y quizá un pequeñín, si Dios lo quiere.
Por primera vez el buhonero guardó silencio, pensando. Parecía repasar todos los rostros y nombres que había visto y oído en sus viajes y que almacenaba en la memoria.
– No -dijo por fin-. No los he visto. Pero los buscaré para ti. En Alés. ¿Y tú cómo te llamas?
– Isabelle. Isabelle du Moulin. Y mi marido, Etienne Tournier.
– Isabelle, che bella. ¡Un nombre perfecto que no se me va a olvidar! -le sonrió-. Y te voy a enseñar la cosa mas perfecta que tengo, la más especial -bajó la voz-. Trés cher… No se lo enseño a la mayoría de la gente.
Llevó a Isabelle hasta el carro y empezó a buscar entre paquetes hasta que encontró una pieza envuelta en una tela blanca. Jacob apareció junto a Isabelle y el buhonero le animó con un gesto.
– Ven, ven, ¡te gusta ver cosas! Te lo noto en los ojos, Ahora mira esto.
Se situó sobre ellos, retiró la tela blanca que lo cubría y apareció el secreto número cuatro, el color que Isabelle había pensado que nunca volvería a ver. Se le escapó una exclamación, extendió el brazo y acarició la tela con los dedos. Era una lana muy suave, perfectamente teñida. Isabelle inclinó la cabeza y tocó el paño con la mejilla.
El buhonero asintió con la cabeza.
– Conoces este azul -dijo satisfecho-. Ya veo que sí. Es el azul de la Virgen en la Chiesa di San Zaccaria.
– ¿Dónde está eso? -Isabelle alisó la tela.
– Ah, una hermosa iglesia de Venecia. Este azul tiene una historia, no sé si lo sabes. El tejedor que hizo esta tela se inspiró en la túnica de la Virgen pintada en San Zacarías. Lo hizo para darle las gracias por el milagro.
– ¿Qué milagro? -Jacob miró al buhonero con los ojos marrones muy abiertos.
– El tejedor tenia una hijita a la que quería mucho y un buen día desapareció, como sucede a menudo con los niños en Venecia. Se caen a los canales, ¿sabes? Y se ahogan -el buhonero se santiguó-. De manera que su hijita no volvió a casa y el tejedor fue a San Zacarías para rezar por su alma. Rogó a la Virgen durante horas. Y al regresar a casa se encuentra allí a la niña, ¡vivita y coleando! Y en acción de gracias fabrica esta tela, este azul tan especial, ¿te das cuenta?, para que lo lleve su hija y viva sana y salva para siempre bajo la protección de la Virgen. Otros han tratado de copiarla, pero nadie puede. El color tiene un secreto y ahora sólo lo sabe su hijo. Un secreto de familia.
Isabelle miró fijamente la tela y luego, arrasados en lágrimas, alzó los ojos al buhonero.
– No tengo nada -dijo.
– Voy a darte, entonces, Bella, una pequeñez. Un regalo de azul.
Se inclinó sobre el paño y de un extremo algo deshilachado sacó una hebra de la longitud de un dedo. Con una profunda reverencia, se la entregó.
Isabelle pensaba con frecuencia en el paño azul. No tenia con qué comprarlo; y aunque lo tuviera, Etienne y Hannah no lo admitirían en su casa.
– ¡Tela de los católicos! -habría murmurado Hannah si pudiera hablar.
Se escondió el hilo en el bajo del vestido y sólo lo sacaba cuando estaba a solas con Jacob, que hablaba muy poco y no diría nada sobre aquella pizca de color que compartían.
Luego una de sus cabras parió con retraso un tercer cabrito e Isabelle tuvo un último secreto que guardar. La cabra había parido dos crías, las había limpiado a lametones, las había amamantado y dormía con ellas apretadas contra sus ubres hinchadas. Cuando Isabelle dejó el trabajo en el campo para ver cómo iba, advirtió la presencia de otra cabeza que pugnaba por salir. Tiró del cuerpecillo diminuto, comprobó que vivía y se lo puso delante a la madre para que lo limpiara. Mientras el nuevo cabrito se alimentaba, Isabelle se sentó, lo miró y pensó. Sus secretos la estaban haciendo audaz.
El bosque alrededor de Moutier era tan extenso que Isabelle conocía sitios adonde nadie llegaba. Se llevó al recién nacido a uno de aquellos lugares, preparó un refugio con leña y heno, le dio de comer y lo cuidó durante todo un verano sin que nadie lo supiera.
Con una excepción. Cuando un día estaba dejando que el cabrito mamara de una bolsa llena de leche de su madre, Jacob salió de detrás de un haya. Acuclillándose junto a Isabelle, puso la mano en el lomo del animal.
– Papá pregunta que dónde estás -dijo mientras lo acariciaba.
– ¿Desde cuándo sabes tú que vengo aquí?
Jacob se encogió de hombros y jugó con el pelo del cabrito, aplastándolo en una dirección y luego en otra.
– ¿Me vas a ayudar a cuidarlo?
El niño alzó los ojos para mirarla.
– Claro que sí, mamá.
Sonreía tan pocas veces que verlo era como recibir un regalo.
Esta vez estaba preparada cuando oyó el silbato del buhonero, que sonrió de oreja a oreja al verla. Isabelle le devolvió la sonrisa. Mientras miraba sus telas junto con Hannah, Jacob subió al carro y empezó a enseñarle sus cantos rodados, al tiempo que le transmitía en voz baja el mensaje de su madre. El buhonero asintió, al mismo tiempo que admiraba los extraños colores y formas de las piedras.
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