Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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Pocos minutos después el resto de la mesa decidió marcharse. Para sorpresa mía Janine se fue con el calvo prematuro. Los dos se despidieron de mí agitando alegremente la mano, Janine le tiró un beso a Jean-Paul y desaparecieron con el resto de los rezagados. Estábamos solos a excepción del barman, que recogía vasos y pasaba un trapo por las mesas.

Jean-Paul terminó la pieza que estaba tocando y permaneció inmóvil unos instantes. El barman silbaba desafinadamente mientras colocaba las sillas sobre las mesas.

– Eh, François, dos whiskies aquí si no te sientes demasiado tacaño.

François hizo una mueca, pero se colocó detrás del mostrador y sirvió tres vasos. Me colocó uno delante con una breve inclinación de cabeza y dejó otro encima del piano. Luego retiró el cajón de la registradora y, manteniéndola en equilibrio con una mano y sujetando el vaso en la otra, desapareció en la trastienda.

Jean-Paul y yo alzamos los vasos y bebimos al mismo tiempo.

– Tienes una luz muy agradable sobre la cabeza, Ella Tournier -miré el suave foco amarillo situado encima de mí, que añadía a mi pelo toques de cobre y oro. Luego volví los ojos hacia Jean-Paul, que tocaba un suave acorde bajo.

– ¿Fuiste al conservatorio?

– Sí, cuando era joven.

– ¿Conoces algo de Eric Satie?

Dejó el vaso y empezó a tocar una pieza que reconocí, con ritmo de cinco por cuatro y una melodía uniforme, descarnada. Iba perfectamente con la sala, la luz, la hora. Mientras tocaba coloqué las manos sobre el regazo y me quité la alianza, dejándola caer en el bolsillo del vestido. Cuando terminó, Jean-Paul dejó un momento las manos sobre el teclado, luego cogió el vaso y lo apuró.

– Tenemos que irnos -dijo, poniéndose en pie-. François necesita dormir.

Salir a la calle fue como volver al mundo después de haber padecido la gripe una semana: la realidad era grande y extraña y yo apenas estaba en condiciones de orientarme. Había refrescado y brillaban las estrellas sobre nuestras cabezas. Pasamos junto a los postigos con la imagen de la mujer y los soldados.

– ¿Quién es? -pregunté.

– La Dame du Plô. Una mártir cátara del siglo XIII. Los soldados la violaron, luego la tiraron a un pozo y lo llenaron de piedras.

Me estremecí y Jean-Paul me rodeó con el brazo.

– Vamos -dijo-, o me acusarás de hablar de cosas indebidas en el momento más inadecuado.

Me eché a reír.

– Como Goethe.

– Sí, como Goethe.

Algún tiempo antes me había preguntado si llegaría un momento en el que tuviéramos que decidir algo, debatirlo, analizarlo. Ahora que había llegado ese momento, estaba claro que habíamos negociado toda la velada en silencio y que ya se había tomado una decisión. Era un descanso no decir nada, sólo ir andando hasta su coche y entrar. De hecho, apenas hablamos durante el camino de vuelta a Lisle. Cuando pasamos junto a la catedral de Lavaur, Jean-Paul reparó en mi coche, solo en el aparcamiento.

– Tu coche -dijo, una declaración más que una pregunta.

– Mañana vendré en tren -eso fue todo; ningún problema.

Cuando salimos de la ciudad al campo le pedí que descorriera el techo del Dos Caballos. Lo hizo sin que tuviéramos que detenernos. Apoyé la cabeza en su hombro, me rodeó con un brazo y acarició el mío, descubierto, mientras me recostaba en el asiento y contemplaba los plátanos, que pasaban veloces por encima de nuestras cabezas.

Cuando cruzamos el puente sobre el Tarn para entrar en Lisle me senté de una manera más convencional. Incluso a las tres de la madrugada parecía necesario cierto decoro. Jean-Paul vivía en un apartamento en el otro extremo del pueblo, muy cerca de donde empezaba el campo. Incluso así sólo tardaría diez minutos en llegar andando a mi casa, un detalle que estaba esforzándome por olvidar.

Aparcamos y nos apeamos; luego, juntos, volvimos a colocar el techo del coche. Las casas de alrededor estaban a oscuras y con los postigos cerrados. Por un tramo de escaleras en el exterior de una casa lo seguí hasta su puerta. Me detuve nada más entrar, mientras Jean-Paul encendía una lámpara que iluminó una habitación muy ordenada, con las paredes cubiertas de libros.

Luego se volvió y me tendió la mano. Tragué con dificultad; tenía un nudo en la garganta. Cuando llegó el momento decisivo, estaba aterrada.

Finalmente le cogí la mano y lo atraje hacia mí, lo rodeé con los brazos y me colgué de su espalda, mi nariz en su cuello. Entonces desapareció el miedo.

El dormitorio era austero, pero contenía la cama más grande que había visto nunca. Una ventana daba al campo; no le dejé que cerrase las contraventanas.

Lo sentí como un largo movimiento único. No tenía ningún sentido pensar: «Ahora estoy haciendo esto, ahora él está haciendo eso». No había pensamiento, sólo dos cuerpos que se reconocían, que se completaban.

No nos dormimos hasta que salió el sol.

Me desperté en medio de una luz cegadora y en una cama vacía. Me incorporé y miré a mi alrededor. Había dos mesillas de noche, una llena de libros, un póster enmarcado, negro y violeta, que anunciaba un concierto de jazz, en la pared sobre la cama, y en el suelo una estera toscamente tejida del color del trigo. Fuera, los campos de detrás de la casa eran de un verde brillante y se extendían hasta muy lejos, hasta una hilera de plátanos y una carretera. Todo tenía el mismo aire de sencillez que la ropa de Jean-Paul.

Se abrió la puerta y entró él, vestido de negro y blanco, con una tacita de café solo. La colocó en la mesilla y se sentó en el borde de la cama, junto a mí.

– Gracias por el café.

Hizo un gesto con la cabeza.

– Ella, me tengo que ir a trabajar.

– ¿Estás seguro?

Sonrió por toda respuesta.

– Me parece que no he dormido nada -dije.

– Tres horas. Puedes seguir durmiendo si quieres.

– Sería bien extraño quedarme en esta cama sin ti.

Me pasó una mano, arriba y abajo, por la pierna.

– Si quieres, quizá puedas esperar hasta que no haya tanta gente en la calle.

– Supongo que sí -oí entonces por primera vez los gritos de los niños que pasaban; era como derribar una pared de una patada, la primera intromisión del mundo exterior. Con ella llegó el desagradable sigilo, la necesidad de ser cautos. No tenía seguridad de estar preparada para aquello, ni para que a Jean-Paul le preocupase tanto.

Adelantándose a mis pensamientos me sostuvo la mirada y dijo:

– Estoy pensando en ti. No en mí. Para mí es diferente. Para los hombres siempre es diferente aquí.

Hablar con tanta sinceridad fue una lección de sensatez que me obligó a pensar.

– Esta cama… -hice una pausa-. Es demasiado grande para una persona. Y no tendrías dos mesillas y dos lámparas si aquí sólo durmieras tú.

Jean-Paul estudió mi expresión. Luego se encogió de hombros; con aquel gesto volvimos de verdad al mundo.

– Viví con una mujer una temporada. Se marchó hace cosa de año y medio. La cama fue idea suya.

– ¿Estabais casados?

– No.

Le puse una mano en la rodilla y apreté.

– Lo siento -dije en francés-. No tendría que haberlo mencionado.

Se encogió de hombros una vez más, luego me miró y sonrió.

– ¿Sabes, Ella Tournier? Tanto hablar en francés anoche ha hecho que te crezca la boca. ¡Estoy seguro!

Me besó y sus pestañas brillaron al sol.

Cuando la puerta de la calle se cerró tras él, todo pareció cambiar. Nunca había sentido tanta extrañeza en una casa ajena. Me senté muy tensa en la cama, me bebí el café y dejé la taza. Escuché a los niños fuera, los coches que pasaban, alguna Vespa de cuando en cuando. Echaba espantosamente de menos a Jean-Paul y quería marcharme cuanto antes, pero me sentía atrapada por los ruidos del exterior.

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