Di un paso atrás, liberando mi barbilla de los dedos de Van Ruijven, y atravesé el pasillo rápidamente hacia Pieter el padre. Sentía un par de ojos clavados en mi espalda.
– Lo siento, señor. No queda nada en la jarra. Voy a buscar más a la cocina -me apresuré por el pasillo, apretando la jarra contra mi cuerpo para que no se dieran cuenta de que estaba llena.
Cuando volví unos minutos después sólo quedaba Pieter el padre, que aguardaba apoyado en la pared.
– Gracias -le dije en voz baja al llenarle la copa. Me guiñó un ojo.
– Valió la pena por oírte llamarme señor. No volveré a oírlo, ¿no? -levantó la copa como si estuviera haciendo un brindis y bebió.
Después de la celebración del nacimiento, el invierno cayó sobre nosotros y la casa se transformó en un lugar frío y aburrido. Además de todo el trabajo que nos costó limpiarla, ya no teníamos una meta a la que mirar. Las niñas, incluso Aleydis, se portaban mal, exigían nuestra atención y apenas nos ayudaban. María Thins pasaba más tiempo que antes arriba, en sus habitaciones. Franciscus, que había estado muy calladito durante toda la fiesta y sus preparativos, empezó a sufrir de gases y no dejaba de llorar. Emitía un sonido estridente que se oía por toda la casa, en el patio, en el estudio, en la bodega. Dada su forma de ser, Catharina se mostraba sorprendentemente paciente con el crío, pero regañaba a todos los demás, incluido su esposo.
Yo había conseguido sacarme a Agnes de la cabeza mientras hacíamos todos los preparativos, pero pasado el ajetreo su recuerdo volvió aún con más fuerza. Ahora que tenía tiempo para pensar, pensaba demasiado. Era como un perrito lamiéndose sus heridas, sólo para empeorarlas.
Y lo peor de todo es que él estaba contrariado conmigo. Desde la noche que Van Ruijven me arrinconó, tal vez incluso desde que Pieter el hijo me sonrió, se había vuelto más distante. También parecía que me cruzaba con él con mayor frecuencia que antes. Aunque salía mucho -en parte para escapar de los lloros de Franciscus-, siempre parecía que yo entraba por la puerta en el momento en que salla él o bajaba las escaleras cuando él las subía o barría el Cuarto de la Crucifixión cuando él entraba en busca de María Thins. Incluso un día que estaba haciendo un recado para Catharina me lo encontré en la Plaza del Mercado. Él siempre bajaba ligeramente la cabeza, se hacía a un lado y me dejaba pasar sin mirarme.
Lo había ofendido, pero no sabía cómo.
El estudio también era un lugar frío y aburrido. Antes lo llenaba un ambiente de trabajo y de finalidad; era allí donde se pintaban los cuadros. Ahora, aunque enseguida barría y limpiaba la menor mota de polvo, no era más que un cuarto vacío que sólo esperaba que se posara el polvo. No quería que fuera un sitio triste. Quería poderme refugiar en él, como lo había hecho antes.
Una mañana, María Thins vino a abrirme la puerta y la encontró ya abierta. Nos asomamos a la penumbra. Él estaba dormido en la mesa, con la cabeza entre los brazos, de espaldas a la puerta. María Thins se retiró de la puerta.
– Debe de haberse subido aquí por los lloros del niño -dijo en un susurro. Yo intenté volver a mirar, pero ella bloqueaba el paso. Cerró la puerta suavemente-. Déjalo que duerma. Luego subes a limpiar.
Al día siguiente, abrí todos los postigos del estudio y examiné la habitación a mi alrededor en busca de algo que hacer, algo que pudiera tocar sin ofenderle, algo que pudiera mover sin que él lo notara. Todo estaba en su sitio: la mesa, las sillas, la mesa de despacho llena de papeles y libros, el armario con los pinceles y espátulas cuidadosamente dispuestos encima, el caballete arrimado a la pared con las paletas limpias al lado. Los objetos que había pintado habían sido retirados y guardados en el almacén o habían vuelto al uso de la casa.
Una de las campanas de la Iglesia Nueva empezó a dar la hora. Me acerqué a la ventana y me asomé. Al llegar a la sexta campanada sabía lo que haría.
Calenté agua en el fuego, cogí jabón y unos trapos limpios, los llevé al estudio y me puse a limpiar las ventanas. Tenía que subirme a la mesa para llegar a los cristales más altos.
Estaba lavando la última ventana cuando lo oí entrar. Me volví sobre el hombro izquierdo, con los ojos bien abiertos.
– Señor -empecé a decir nerviosa. No sabía cómo explicarle el impulso de limpiar que había tenido.
– Párate ahí.
Me quedé paralizada, espantada de haber hecho algo que iba contra su voluntad.
– No te muevas.
Me miraba como si de repente hubiera aparecido un fantasma en el estudio.
– Lo siento, señor -dije, soltando el trapo en el cubo de agua-. Debería haberle preguntado antes. Pero como ahora no está pintando nada y…
Parecía sorprendido, y entonces agitó la cabeza de un lado a otro.
– ¡Ah, las ventanas! Puedes seguir con lo que estabas haciendo.
Hubiera preferido no limpiar en su presencia, pero como seguía allí parado, no tuve más remedio. Aclaré el trapo en el agua, lo escurrí y volví a pasarlo por dentro y por fuera de los cristales.
Terminé la ventana y me eché un poco atrás, para ver cómo había quedado. Entraba una luz clara.
Él seguía detrás de mí.
– ¿Le parece bien, señor? -le pregunté.
– Vuelve a mirarme por encima del hombro.
Hice lo que me decía. Me estaba estudiando. Volvía a interesarse por mí.
– La luz -dije-. Es más clara ahora.
– Sí -dijo-. Sí.
A la mañana siguiente habían vuelto a poner la mesa en la esquina dedicada a escenario y la habían cubierto con un tapete rojo, amarillo y negro. También habían arrimado una silla a la pared del fondo y encima habían colgado el mapa.
Había empezado de nuevo.
Mi padre quería que volviera a describirle el cuadro.
– ¡Pero si está igual que la última vez! -le dije.
– Quiero volver a oírlo -insistió, acercando el cuerpo al fuego sin levantarse de la silla.
Sonaba igual que Frans cuando era pequeño y le decían que ya no quedaba más comida en la cazuela. Por marzo mi padre empezaba a impacientarse porque acabara el invierno y dejara de hacer frío y saliera el sol. Marzo era un mes impredecible. Era imposible saber lo que podría suceder. Los días más cálidos hacían concebir esperanzas hasta que el hielo y los cielos grises volvían a cubrir la ciudad.
Yo nací en marzo.
Parecía que mi padre odiaba aún más el invierno por haberse quedado ciego. Sus otros sentidos se fortalecieron; se hizo extremadamente sensible al frío y percibía con mayor intensidad que mi madre el olor a cerrado de la casa y el insulso sabor de las verduras guisadas. Sufría mucho cuando el invierno se alargaba.
A mí me daba lástima. Siempre que podía sacaba alguna delicia de la cocina de Tanneke y se la llevaba: compota de cerezas, orejones de albaricoque, embutidos y, una vez, un puñado de pétalos de rosa secos que había encontrado en el armario de Catharina.
– La hija del panadero está de pie en un rincón iluminada por la luz que entra por una ventana -empecé a contarle-. Nos da la cara, pero está mirando por la ventana, a su derecha. Va vestida con un ajustado corpiño de seda y terciopelo amarillo y negro, una falda azul oscuro y una cofia blanca que le cae en dos puntas por debajo de la barbilla [4].
– ¿Como la tuya? -me preguntó mi padre. Nunca me lo había preguntado, aunque siempre le había descrito la cofia del mismo modo.
– Sí, como la mía. Cuando te quedas un rato mirándola -añadí apresuradamente- te das cuenta de que en realidad no la ha pintado con pintura blanca, sino con azul y violeta y amarillo.
– Pero la cofia es blanca, según dices.
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