Decidí no hacer ningún comentario a lo que me había dicho.
– Tres libras de carne para guisar. ¿Y os quedan de las salchichas que me vendió tu padre el otro día? A las niñas gustaron.
– Se han acabado, lo siento.
Una mujer se puso detrás de mí, esperando su turno. Pieter el hijo la miró.
– ¿Puedes esperar un momento? -me dijo en voz baja.
– ¿Esperar?
– Quiero preguntarte algo.
Me hice a un lado para que él pudiera atender a la mujer. No estaba de humor para andar esperando, pero no tenía mucha elección.
Cuando acabó con la mujer y volvimos a estar solos, me preguntó:
– ¿Dónde vive tu familia?
– En la Oude Langendijck, en el Barrio Papista.
– No, no, tu familia.
Se me subieron los colores al darme cuenta de la equivocación.
– En el canal Rietveld, cerca de la puerta Koe. ¿Por qué me lo preguntas?
Entonces me miró por fin.
– Se han reportado varios casos de peste en ese barrio.
Di un paso atrás, abriendo unos ojos como platos.
– ¿Han declarado la zona en cuarentena?
Todavía no. Se espera que lo hagan hoy.
Luego me di cuenta de que debía de haber estado indagando sobre mí. Si no hubiera sabido de antemano dónde vivía mi familia, nunca se le habría ocurrido informarme de la epidemia.
No recuerdo cómo regresé a la casa. Pieter el hijo debió de poner la carne en la cesta, pero lo único que sé es que cuando llegué, la solté a los pies de Tanneke y dije:
– Tengo que ver a la señora.
Tanneke hurgó en la cesta.
– No has traído ni salchichas ni nada que las sustituya. ¿Qué te ha pasado? ¡Tienes que volver inmediatamente a la Lonja!
– He de ver a la señorarepetí.
– ¿Qué pasa? -Tanneke empezó a sospechar algo-. ¿Has hecho algo malo?
– Puede que mi familia esté en cuarentena. He de volver con ellos.
– ¡Oh! -Tanneke basculó el cuerpo, incierta-. No sé qué decirte. Tendrás que preguntar. Está en el cuarto con mi señora.
Catharina y María Thins estaban en el Cuarto de la Crucifixión. María Thins fumaba su pipa. Al entrar yo se quedaron calladas.
– ¿Qué pasa, muchacha?-me preguntó María Thins con un gruñido.
– Perdone, señora-me dirigí a Catharina-. Me han dicho que la calle donde vive mi familia podría estar en cuarentena, y me gustaría ir a verlos.
– ¡Sí y traerte la enfermedad contigo de vuelta! -me espetó-. Por supuesto que no. ¿Es que has perdido el juicio?
Miré a María Thins, lo cual enfadó aún más a Catharina.
– He dicho que no-insistió-. Y soy yo quien decide lo que puedes o no puedes hacer. ¿O es que lo has olvidado?
– No, señora -bajé la vista.
– No irás a casa los domingos hasta que el peligro haya desaparecido. Ahora vete, tenemos que hablar de cosas sin que estés tú por en medio.
Llevé la colada al patio y me senté fuera de espaldas a la puerta, para no tener que ver a nadie. Frotando uno de los vestidos de Maertge me puse a llorar. Cuando olí el aroma de la pipa de María Thins, me sequé las lágrimas, pero no me volví.
– No seas tonta, muchacha -dijo María Thins suavemente a mi espalda-. No puedes hacer nada por ellos y tienes que salvarte tú. Eres una chica despierta y puedes entenderlo.
No contesté. Un rato después había desaparecido el olor de su pipa.
A la mañana siguiente, él entró en el estudio cuando yo lo estaba barriendo.
– Griet, me he enterado de la desgracia de tu familia -dijo-, y lo siento.
Levanté la vista de la escoba. Sus ojos eran amables, y sentí que podía preguntarle algo.
– ¿Sabe usted, señor, si han declarado la cuarentena?
– Sí, ayer por la mañana.
– Gracias por decírmelo, señor.
Asintió y, cuando estaba a punto de salir, le dije:
– ¿Puedo hacerle otra pregunta, señor? Es sobre el cuadro.
Se paró en el umbral.
– ¿De qué se trata?
– ¿Fue al mirar dentro de la caja cuando se dio cuenta de que tenía que eliminar el mapa del cuadro?
– Efectivamente -su cara tenía la concentración de una cigüeña antes de lanzarse a por el pez.
– ¿Te gusta que haya desaparecido el mapa?
– Ahora el cuadro es mejor.
No creo que en cualquier otro momento me hubiera atrevido a hacer semejante afirmación, pero el peligro que estaba corriendo mi familia me volvió audaz.
Cuando me sonrió, agarré con fuerza la escoba que tenía entre las manos.
No podía trabajar. Me preocupaba mi familia y no si los suelos quedaban bien fregados o las sábanas bien blancas. Puede que antes nadie se hubiera fijado en lo apañada que era, pero ahora todos repararon en lo descuidada que me había vuelto. Lisbeth se quejó de que su delantal tenía manchas. Tanneke refunfuñó porque levantaba polvo al barrer y ponía perdidos los platos. Catharina me gritó varias veces: porque me había olvidado de planchar las mangas de su camisola, por comprar bacalao cuando me habían dicho que llevara arenques, por dejar que el fuego se apagara.
María Thins me susurraba cuando pasaba a mi lado en el pasillo:
– Tranquila, muchacha.
Sólo en el estudio era capaz de limpiar como antes, con el cuidado que exigía él.
No sabía qué hacer aquel primer domingo que no se me permitió ir junto a mi familia. No podía ir a nuestra iglesia, pues se hallaba también en la zona en cuarentena. Pero tampoco quería quedarme en la casa, pues hicieran lo que hicieran los católicos los domingos, no me apetecía acompañarlos.
Salieron todos juntos para ir a la iglesia de los jesuitas, situada a la vuelta de la esquina, en la Molenpoort, las niñas con sus mejores vestidos; incluso Tanneke, que llevaba a Johannes en los brazos, se mudó y se puso un vestido de lana color crema. Catharina andaba despacio, del brazo de su marido. María Thins cerró la puerta. Yo me quedé delante de la casa viéndolos desaparecer y decidiendo qué hacer. Las campanas de la Iglesia Nueva empezaron a sonar.
Ahí me bautizaron, pensé. Seguramente me permitirán asistir al servicio.
Entré sin llamar la atención, sintiéndome como una rata que se esconde en la casona de un rico. Dentro había una fresca penumbra, unas columnas lisas que se elevaban hasta muy arriba y un techo tan alto que casi podría ser el cielo. Detrás del altar se encontraba el gran sepulcro de mármol de Guillermo de Orange.
No vi a nadie conocido, sólo a gente sobriamente vestida, con unos cortes de tela mucho más finos de lo que yo llegaría a ponerme nunca. Me escondí detrás de una columna durante el servicio, que apenas pude seguir de lo nerviosa que estaba de que alguien se acercara y me preguntara qué estaba haciendo allí. Cuando finalizó, me escabullí lo más rápida que pude sin dar tiempo a que nadie se me acercara. Rodeé la iglesia y miré a la casa, al otro lado del canal. La puerta estaba todavía cerrada. Las misas católicas debían de durar más que nuestros servicios, pensé.
Caminé lo más lejos que me permitieron en dirección a mi casa; sólo me paré al llegar a una barrera vigilada por un soldado, que bloqueaba el paso. Las calles parecían muy silenciosas al otro lado.
– ¿Cómo están las cosas ahí detrás? -le pregunté al soldado.
Se encogió de hombros y no contestó. Parecía sofocado bajo el capote y la gorra, pues aunque estaba nublado, hacía mucho bochorno.
– ¿Hay una lista de los muertos? -apenas pude pronunciar estas palabras.
– Todavía no.
No me sorprendió; las listas siempre se retrasaban y solían ser incompletas. El boca a boca solía ser más fiable.
– ¿Sabes si Jan, el azulejero…?
– No sé nada de nadie. Tendrás que esperar -el soldado se alejó al ver que se aproximaba más gente a hacerle las mismas preguntas.
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