Carmen Posadas - Pequeñas infamias

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Pequeñas infamias es una novela sobre las casualidades de la vida. Sobre las que se descubren con sorpresa, sobre las que no llegan a descubrirse y sin embargo marcan nuestro destino, y sobre las que se descubren pero se mantienen en secreto, porque hay verdades que no deberían saberse nunca. Puede leerse, también, como una sátira de sociedad, como el retrato psicológico de una galería de personajes, o como un apasionante relato de intriga, cuyo misterio no se resuelve hasta las últimas páginas. En la casa de veraneo de un acaudalado coleccionista de arte se reúne un variopinto grupo de personas. Juntas pasan unas cuantas horas y, a pesar de las frases agradables y los comentarios corteses, la relación acabará envenenada por lo que no se dicen. Cada una de ellas esconde un secreto; cada una de ellas esconde una infamia. La realidad adquiere de pronto el carácter de un rompecabezas cuyas piezas se acercan y amenazan con acoplarse. El destino es caprichoso y se divierte creando extrañas coincidencias.

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CUARTA PARTE

EL JUEGO DE LOS ESPEJOS

– En este incidente -dijo el padre Brown- ha habido un elemento retorcido, feo y complejo que no corresponde a los rayos directos del cielo o del infierno (tampoco a los de la magia). Igual que uno reconoce el camino torcido de un caracol, yo reconozco el camino torcido del ser humano.

G. K. Chesterton,

El candor del padre Brown

Ese truco lo hacen con espejos, ¿verdad?

Agatha Christie

1 LLEGADA A LA CASA DE LAS LILAS

Las casas en las que está a punto de producirse una muerte repentina no se distinguen en nada de otras casas más inocentes. Es mentira que las maderas de los escalones crujan con sonidos semejantes al graznido de un cuervo y que las paredes parezcan tristes centinelas a la espera de algo perverso. También es falso que las cámaras frigoríficas Westinghouse, que horas más tarde habrán de cerrarse tras alguien y para siempre, ronroneen, invitando al incauto a meterse dentro. Todo esto es mentira y, sin embargo, sobre el felpudo de entrada de Las Lilas podía verse claramente una enorme cucaracha. Las cucarachas son insectos desagradables y con un terco sentido de equipo. A menudo, cuando uno acaba con la vida de un ejemplar, surge, nadie sabe de dónde, otro idéntico que lo reemplaza. Una segunda cucaracha tan gorda y lustrosa como la anterior que se comporta igual que la primera, con estoica exactitud, como ocurrió esa mañana con la cucaracha (o mejor dicho varias) que los personajes de esta historia se fueron encontrando sobre el felpudo a medida que llegaban a Las Lilas.

Si esta presencia puede considerarse un presagio o una señal, es cierto que la señal fue vista por todos, allí, desafiante, y moviendo las antenas. Y al verla, cada uno hizo lo que suelen hacer todas las personas cuando se encuentran con una cucaracha: aplastarla con el pie.

Ernesto y Adela Teldi, los primeros en llegar a la casa, al ver al feo insecto, aprovecharon para cruzar unas palabras: las primeras que intercambiaban después de horas de compartido silencio. No se habían hablado durante el trayecto en avión desde Madrid, y tampoco habían hecho más que algunos comentarios indispensables durante el viaje del aeropuerto hasta Coín, que era donde se encontraba Las Lilas, una casa antigua cubierta en buena parte por una glicina que los profanos solían confundir con las lilas que daban nombre al lugar.

– Ya te advertí que los guardeses que habías contratado eran un desastre -dijo Ernesto Teldi-. Encontrar una cucaracha en el jardín es algo inaudito, quién sabe qué nos espera al entrar en casa.

Metió la llave en la cerradura mientras echaba un vistazo en derredor. El resto del jardín parecía aceptablemente cuidado: unas hortensias azules crecían a ambos lados de la puerta principal, otros parterres estaban igualmente hermosos y, salvo algunas hojas que el viento arremolinaba en una esquina, el césped estaba cuidadosamente rastrillado, de modo que se destacaba al fondo una pequeña fuente con nenúfares y un seto de boj.

– Al menos el jardinero parece una persona cumplidora -comentó Teldi-; en cambio, ese matrimonio de guardeses holgazanes, ni siquiera está aquí para abrir la puerta. Me pregunto dónde se habrán metido -añadió al tiempo que hacía girar el pomo para entrar.

Con el primer paso hacia adelante, Ernesto Teldi aplastó la cucaracha, la carcasa del bicho crujió bajo la suela, y diciendo carajo, se limpió los restos del insecto sobre el felpudo. Segundos más tarde, Adela y él ya habían entrado en Las Lilas, donde tendrían que enfrentarse a un segundo contratiempo doméstico: los guardeses los esperaban con gran agitación para informarles que no podrían quedarse para la fiesta, ya que tenían que irse a toda a prisa a Conil de la Frontera por un asunto familiar mu grave, mu grave señora, lo siento en el alma, qué contrariedad.

– Que se vayan ahora mismo, en este instante, y que no vuelvan -había dicho Teldi, dirigiéndose no a sus empleados, sino a Adela, como si ella fuera la culpable de los asuntos familiares mu graves.

Y Adela, conciliadora, había pactado que se quedaran, por lo menos hasta que llegara el equipo de La Morera y el Muérdago, para explicarles el funcionamiento de la casa y dónde estaba todo. En ese momento Teldi se había dirigido a los guardeses por primera vez para exigir con la contundencia contrariada que se dedica a los desertores:

– Y antes de desaparecer para siempre de mi vista, llévense con ustedes esa cucaracha muerta, hagan el favor.

– Una asquerosa cucaracha -dijo Chloe dos horas más tarde, al encontrarse con idéntica sabandija sobre el felpudo, pero ésta muy viva, y moviendo las antenas en señal de bienvenida-. ¡Puaj!, qué asco, ¿quién coño le da matarile? Mi conciencia no me permite hacerle daño a los animales, pero es que hay que fastidiarse, joder.

Néstor y Carlos se detuvieron al ver el bicho. A Néstor, como a todos los cocineros, las cucarachas le resultaban repugnantes, y así se lo hizo saber a los guardeses cuando acudieron a abrirles la puerta.

– Yo no sé de dónde ha podido salir -se excusó la guardesa-, acabamos de limpiar otra igualita. Seguramente el señor Teldi se la trajo de la calle pegada a la suela, porque en esta casa no hay bichos. La cocina está como los chorros del oro, se lo juro; pase, pase por aquí y lo verá.

Entraron Néstor y la guardesa.

– ¿Y la puta cucaracha? -preguntó Chloe-. Mátala tú, Carlos.

Y Carlos, que no tenía remilgos para estas cosas, aplastó al insecto igual que había hecho Ernesto Teldi.

– Ya está -dijo-. Vamos, Chloe, llévate estos bultos a la cocina; Karel está aparcando el coche y tengo que ayudarle a desembarcar el resto de los cacharros.

«Caramba, he aquí una sváb muy repugnante -pensó Karel Pligh, al ver una tercera cucaracha sobre el felpudo, tan lustrosa y húmeda como sus hermanas-. ¿Cómo demonios se dirá sváben español?», caviló por un segundo, sin imaginar que, gracias a su gran cultura musical, había cantado en muchas ocasiones una famosísima canción mexicana dedicada a este insecto. Pero Karel no tenía tiempo para hacer más reflexiones entomológicas ni musicales en ese momento. Llevaba sobre sus hombros una cesta llena de peroles, sartenes y todos los utensilios de cocina necesarios para que Néstor preparara la cena en Las Lilas esa noche. Por eso, Karel, al pasar, aplastó la sváb con toda la contundencia de sus zapatillas Nike y siguió camino de la cocina: quedaba mucho por hacer y multitud de cosas que organizar antes de la llegada de los invitados.

El matrimonio Teldi y los empleados de La Morera y el Muérdago dedicarían toda la mañana y buena parte de la tarde a los preparativos, cada uno en su área. Teldi, por ejemplo, se encerró en la biblioteca para hacer varias llamadas de teléfono; quería confirmar que ninguno de sus invitados había sufrido un percance de último momento que le impidiera asistir. Adela por su parte, después de una detallada reunión con Néstor sobre los pormenores del menú (qué extraña idea, tenía la sensación de haber visto antes esa cara, pero ¿dónde?, ¿dónde había visto un bigote igual? Seguramente se acordaría dentro de un rato, pero en todo caso, y por si la coincidencia no fuera grata, lo mejor sería no dar la impresión de que le resultaba familiar: siempre es preferible, en estos casos, hacerse la desmemoriada), hizo un ruego al cocinero: ella prefería no tener que dar órdenes directas a los ayudantes de la empresa.

– Usted ocúpese de todo, señor Chaffino, incluso de los arreglos florales, use con libertad las flores del jardín si es necesario -dijo-; tengo algunas cosas que decidir con mi marido en el piso de arriba y, en cuanto pueda, pasaré por la cocina para que controlemos juntos los imprevistos que puedan surgir.

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