Carmen Posadas - Pequeñas infamias

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Pequeñas infamias es una novela sobre las casualidades de la vida. Sobre las que se descubren con sorpresa, sobre las que no llegan a descubrirse y sin embargo marcan nuestro destino, y sobre las que se descubren pero se mantienen en secreto, porque hay verdades que no deberían saberse nunca. Puede leerse, también, como una sátira de sociedad, como el retrato psicológico de una galería de personajes, o como un apasionante relato de intriga, cuyo misterio no se resuelve hasta las últimas páginas. En la casa de veraneo de un acaudalado coleccionista de arte se reúne un variopinto grupo de personas. Juntas pasan unas cuantas horas y, a pesar de las frases agradables y los comentarios corteses, la relación acabará envenenada por lo que no se dicen. Cada una de ellas esconde un secreto; cada una de ellas esconde una infamia. La realidad adquiere de pronto el carácter de un rompecabezas cuyas piezas se acercan y amenazan con acoplarse. El destino es caprichoso y se divierte creando extrañas coincidencias.

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Néstor la tranquilizó diciendo que ésa era precisamente la ventaja de haber contratado sus servicios: no necesitaría ocuparse de nada. Ni de la comida, ni del arreglo de la casa (a pesar de la deserción de los guardeses).

– Somos pocos pero eficaces, señora, y estamos muy compenetrados. Eso es lo más importante. Los chicos, especialmente Carlos, son como mis hijos, ya lo comprobarás.

Y después de esta declaración, rematada con un inesperado tuteo que sorprendió a la señora Teldi (ha sido un lapsus, sin duda, se dijo Adela, no hace falta darle mayor importancia), vio cómo Néstor desaparecía de su vista con esa forma sigilosa de moverse que es el distintivo de los verdaderos especialistas en el arte de la hostelería.

A partir de ese momento La Morera y el Muérdago tomó posesión de Las Lilas.

Mientras los Teldi se desentendían de los preparativos, Karel, Chloe, Carlos y el cocinero se dedicaron a organizado todo, a poner mesas y arreglar flores, a cambiar de sitio muebles. «Hagan lo que quieran», había dicho la señora Teldi, y con la libertad que otorga el tener carta blanca y también con la experiencia de otras tantas fiestas parecidas, al cabo de un rato, los componentes de La Morera y el Muérdago entraban y salían de las habitaciones con toda soltura, igual que si se movieran en terreno conocido. Y fue así, trabajando a su ritmo y sin supervisión externa, cómo cada uno de los empleados tuvo oportunidad de descubrir una casa de Las Lilas muy diferente. Dicen algunos que las casas cambian de personalidad dependiendo de quién las mire. Que son agradables o amenazadoras, bellas o no, simpáticas u hostiles, según el ojo que las observe o un particular estado de ánimo. Dicen también que nadie ve lo mismo aunque todos miren idéntico espacio, y debe de ser cierto, a juzgar por las distintas impresiones que Las Lilas causó en los recién llegados. Néstor, por ejemplo, tuvo un sobresalto al entrar en el salón con idea de pasar el plumero. Una sensación incómoda le recorrió la espalda, pero es muy posible que, en este caso, no pudiera atribuirse a la decoración de la casa, sino a un objeto en particular que le provocó inquietud: la bandeja del correo.

– ¿Qué mira usted? -interrogó Ernesto Teldi, que entraba en ese momento a buscar el periódico.

Néstor puso en marcha el plumero con un toque de muñeca de lo más diestro y, como si se interesara en las paredes y en los objetos más insignificantes, fue levantando una nube de polvo para protegerse.

– Bonita decoración, una hermosa sala -dijo-, quedará muy bien en cuanto la limpie un poco y la adorne con rosas del jardín, ya verá señor -añadió, volviéndose de espaldas para que Teldi no viera hacia dónde había dirigido su mirada.

Ernesto entonces recogió de la bandeja del correo lo único que había: un sobre abultado escrito con tinta verde y caligrafía trémula.

«Carajo», pensó Teldi, antes de desaparecer con el sobre.

«Carajo», pensó también Néstor, sacudiendo aún más el plumero como si de pronto la casa se le antojara llena de invisibles telarañas.

A Carlos García, en cambio, Las Lilas le pareció una casa luminosa y tranquila que le recordaba mucho a su infancia. Procurando no desatender su trabajo, Carlos se las arregló para ir de habitación en habitación creyéndose por un momento que se encontraba en Almagro 38. Pero no en el piso decadente y abandonado que muy pronto dejaría de pertenecerle, sino más bien en la misteriosa casa llena de rincones que había conocido de niño y que llevaba el sello de Abuela Teresa. Para Carlos, Las Lilas y Almagro 38 se parecían como madre e hija. Incluso reparó en que la elección de los colores era la misma: el vestíbulo estaba pintado de rojo… el salón de amarillo y los dormitorios ¿cómo serían? Carlos olvidó por un momento que esa casa pertenecía no sólo a la mujer con la que había compartido horas de amor en un hotel, sino también a su marido y, como un niño curioso, decidió echar un vistazo a los dormitorios, quizá esperando encontrar un vestidor lavanda o una habitación secreta en la que abrir un armario.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí arriba? -dijo una voz que, afortunadamente, no era la del dueño de casa, sino la de Néstor Chaffino desde la puerta-. ¿Qué demonios haces abriendo armarios?

Carlos se sobresaltó. La escena se parecía tanto a la de aquella lejana tarde en la que, escapado de la siesta había sido sorprendido por una criada en el cuarto del fondo, que se oyó respondiendo estúpidamente: -Nada, Nelly, nada, te lo juro.

Néstor lo miró. Su expresión era muy distinta a la que el muchacho recordaba en la cara de Nelly el día que descubrió a la dama del retrato dentro del armario, pero la situación era la misma.

– ¿No vas a decirme nada? -preguntó Carlos, prefiriendo una reprimenda a esa actitud indefinible de su amigo-. ¿No vas a decirme que vuelva a mi trabajo, que deje de revolver en armarios ajenos, no vas a hacerme preguntas, Néstor?

Pero Néstor, que ya se alejaba hacia la puerta, sólo se volvió a medias para decirle:

Cazzo Carlitos, algún día te darás cuenta de que en la vida hay veces en las que es preferible no hacer preguntas. Sobre todo cuando uno sospecha que no le va a convenir conocer la respuesta. -Y luego añadió, ya en otro tono-: Vamos, bajemos a la cocina; Chloe y tú tenéis que ayudarme con la cena.

Para Karel Pligh, en cambio, Las Lilas no era cálida, ni amarilla, ni tenía rincones. Tampoco le evocaba recuerdos de infancia, sino que le parecía una mansión sacada de una novela. Una casa irreal llena de cuartos de baño, más de uno por persona, contabilizó Karel, y luego todo ese espacio desperdiciado; aquí cabrían por lo menos quince familias. Él iba y venía por el comedor colocando sillas en torno a las mesas, cinco en total, y sobre cada una puso un candelabro y un centro de flores. Y al hacerlo, se entretenía en cuidar los detalles como un buen escenógrafo. La vida en Occidente a lo que más se parece es a un decorado -pensó-. A Karel le gustaba esa sensación. Esta noche podría aprender muchas cosas sobre cómo son las reuniones sofisticadas y, si era buen observador y se aplicaba en hacer las cosas bien, tal vez un día, quién sabe, él también podría estar invitado a una cena como ésta o incluso tener una casa parecida a Las Lilas; sólo era cuestión de trabajar mucho y tener suerte.

En ese caso, Chloe estaría orgullosa de mí -se dijo-. Pero quién sabe, Karel no estaba muy seguro de que así fuera.

¿Qué esconderían las niñas adorables y caprichosas debajo de sus nucas rapadas y de su pelo cortado a lo paje? -caviló-. Y como tantas otras veces, no pudo encontrar más respuesta que ésta: misterios del mundo occidental, siempre misterios.

Chloe estaba en la cocina con Néstor y Carlos pelando tomates. Centenares de tomates, montañas de tomates, que le impedían hacer reflexiones sobre Las Lilas. De haberlas hecho, seguramente le habría parecido que la casa de los Teldi era igual de horrible que la de sus padres, sin ningún calor de hogar y decorada sólo para las apariencias. Falso su acogedor aspecto, mentira la calidez de su vestíbulo que invitaba a entrar; y otra gran impostura: el ambiente de hogar de la chimenea encendida. En esta cueva no hay ni un puto sentimiento verdadero, habría sacado como conclusión Chloe si no hubiera estado tan atareada pelando tomates.

Pero muy pronto se aburrió de esta tarea mecánica y le dijo a Néstor:

– Esto es un rollo. Cuando de pequeños mi hermano y yo entrábamos en la cocina, siempre nos entretenían contándonos historias. ¿Tienes ahí esa libreta llena de infamias de la que no te separas nunca, Néstor? ¿Por qué no nos lees algo para pasar el rato? Venga, léenos algo.

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