En la Delegación de Abastecimientos y Transportes, donde Pilar trabajaba por las tardes, el ambiente era muy otro. La tarea le resultó allí mucho más fácil a la muchacha, pues a petición propia la destinaron a "Cartillas de Racionamiento", donde ya estuvo en la época 'roja', a las órdenes de la Torre de Babel. "Está visto -comentó- que he de ser yo quien distribuya los víveres de la ciudad".
Su jefe en este Servicio era precisamente Carlos Grote, el chismoso contertulio de Matías. Pilar lo llamaba La Gaceta de la Ciudad. Pero también se encontraba a gusto con él, porque era hombre muy cariñoso y porque demostraba sentir por Matías un gran respeto. A Pilar la llamaba "hija". "Cualquier cosa que te ocurra, hija, ya sabes". "Descuide, señor Grote. Pero no creo que me ocurra nada".
El señor Grote era lo más opuesto a Alfonso Estrada que pudiera imaginarse. Pese a ser isleño -"de Santa Cruz y no de las Palmas", concretaba siempre-, no sentía la menor inclinación por lo misterioso. "Las cosas son o no son", era su lema. Fue socialista toda su vida y creía, como Antonio Casal, que la sociedad giraba en torno a la economía y a la lucha de clases. Meticuloso en extremo, controlaba las "Cartillas de Racionamiento" como el señor obispo su fichero sacerdotal. "Esos endiablados apellidos catalanes… -murmuraba siempre-. Con lo fácil que es escribir López o Ramírez".
El señor Grote descubrió que los chismorrees, que tan mal le sentaban a Galindo en el Café Nacional, hacían por el contrario las delicias de Pilar. Así que cada tarde se traía su ración para la muchacha. "¿Sabes que el Gobernador le ha traído como regalo a Pablito, su hijo, una armónica? Será para ver si le calma un poco los nervios…" "¡Menuda sesión de póquer anoche en el Casino! Tu amigo -o tu camarada, si lo prefieres- Miguel Rosselló, perdió hasta la camisa". "Oye, Pilar… ¿Por qué no le dices a mosén Falcó que haga un poco la vista gorda en la censura de películas? Se ha puesto en un plan… Nadie tiene la culpa de que no haya besado nunca a una mujer…"
Un día el señor Grote entró en el despacho de Pilar con cara de circunstancias y le dijo a la chica:
– Pilar, hoy te traigo la noticia del siglo…
– ¿Qué pasa? Algo del doctor Chaos, como si lo viera…
– Te equivocas… Se trata de tu hermano César.
Pilar se quedó clavada en la silla y miró a su jefe con asombro casi cómico.
– ¡No te alarmes, mujer! Y no me preguntes cómo me he enterado… Lo sé de buena tinta, y basta -Pilar se mantuvo a la expectativa-. Se trata de ese asunto de la beatificación…
Pilar levantó la cabeza y su expresión recordó la del director de la Gerona Jazz, el popular Damián, cuando hacía un solo de trompeta.
– Pero, ¡señor Grote! ¡No sé de lo que está usted hablando!
El señor Grote se frotó con gusto las manos.
– Escúchame, hija… y me lo agradecerás. En esos expedientes hay un defensor: no se sabe todavía quién será. Pero hay también un acusador, llamado "abogado del diablo", que se encarga de buscarle los defectos al encausado. ¿Empiezas a comprender? Pues ahí está: en el caso de César, el "abogado del diablo" será mosén. Alberto…
Pilar se quedó estupefacta y la información más bien le pareció un cuento digno de Alfonso Estrada. Sin embargo, ¡lo malo, o lo bueno, que tenía el señor Grote, era que sus chismes acostumbraban a ser ciertos! Ahora bien, ¿a qué hablar de defectos tratándose de César? ¿Qué defectos pudo tener su hermano? ¿Y por qué sería precisamente mosén Alberto el encargado de buscárselos?
– El obispo lo ha elegido a él, hija… Tiene miga, ¿no? Pilar acabó mordiéndose varias uñas a un tiempo y exclamando:
– Aquí, señor Grote, no hay más "abogado del diablo" que usted.
Y el caso es que el señor Grote justificaba a su manera su afición por el fisgoneo ajeno. Se aburría en casa, con su mujer. Su mujer, también canaria, "aunque de Las Palmas y no de Santa Cruz", se pasaba el día bostezando y quejándose de la humedad de Gerona y de lo duro que sería el invierno. "¿Sabes lo que es una maniática, Pilar? Pues eso es mi mujer. No tiene más que una obsesión: la limpieza. ¡Que todo parezca de plata! ¿Crees que eso tiene interés? Prefiero dedicarme a la maledicencia…" "¡Ay, hija, todavía estás a tiempo! Antes de casarte -y que Mateo me perdone- cuenta hasta ciento".
La verdad es que Pilar procuraba corresponder con el señor Grote y al efecto disfrutaba contándole las rarezas, los "misterios" que Alfonso Estrada le había referido por la mañana en Salvoconductos. Pero el señor Grote, rodeado de fichas, se reía a mandíbula batiente. "¿Cómo, qué dices? ¿Que los peces hablan? ¡Je! ¡Menudo vozarrón tendrán los cetáceos!". "¿Y que hay vida en Marte? ¿Cuántos habitantes, vamos a ver? Ya sabes que a mí me gustan las cifras exactas…"
En resumen, Pilar estaba contenta… Mateo -con el permiso del señor Grote- le regalaría el anillo de prometida el 6 de enero, o sea, el día de Reyes; el Servicio Social era una magnífica institución; con los dos sueldos que percibía podía ayudar a sus padres y hasta se atrevió a encargarles a las hermanas Campistol un traje de noche, con vistas al baile de gala que se celebraría en el Casino el último día de Ferias; Marta seguía siendo para ella como una hermana, más aún, y le había propuesto que la acompañara a Alicante al traslado de los restos de José Antonio; por si fuera poco, el pulso de Pilar era tan normal como un reloj. ¿Qué más podía pedir?
Dos cosas la preocupaban: que en ocasiones experimentara como un secreto placer denegando un salvoconducto, y que en el fondo de su corazón deseara, sin saber exactamente por qué, que Alemania atacara por sorpresa a algún otro país y lo invadiera en tres semanas, como había hecho con Polonia.
Eloy, el "renacuajo", continuaría adscrito hasta nueva orden a la familia Alvear, pues las gestiones realizadas por la Sección Femenina y por Carmen Elgazu en el Norte, para encontrarle parientes, habían fracasado. Se obtuvieron referencias de un individuo de Guernica exiliado en Toulouse, minero de profesión y que "podía ser tío suyo". Pero el supuesto "tío" negó todo parentesco con Eloy.
En vista de ello se aplazó cualquier decisión, tanto más cuanto que el chico se sentía feliz en casa de los Alvear y éstos, aun conscientes de que aquello no podía durar indefinidamente, estaban encantados con él. Incluso la mujer de la limpieza, Claudia, por lo general hosca y callada, sentía por el pequeño viva simpatía, sobre todo porque Eloy, siempre presto a echar mano en la casa, la ayudaba a limpiar los cristales, bajaba el cubo de la basura y quitaba con la escoba las telarañas del techo. Últimamente se había empeñado en hacer las camas… "Pero ¡si no sabes! -reía Carmen Elgazu-. ¡Si luego se nos enredan los pies y no hay quien pegue ojo! Anda, coge el molinillo y muele el café…"
La llegada de Manuel, de Burgos, había constituido un refuerzo para Eloy. Hicieron buenas migas. No tenían mucho que hablar, pues a Manuel le tiraban los libros y a Eloy el fútbol. Pero jugaban juntos al parchís y a las cartas, en espera de que empezasen las clases en el Grupo Escolar San Narciso y se daban alguna que otra vuelta por las márgenes del Ter. A veces Matías, al salir de la oficina, se los encontraba a los dos esperándolo junto a la Cruz de los Caídos, que se había levantado precisamente delante de Telégrafos. Eloy, al verlo, tiraba con brío al aire la boina vasca que Matías le trajo de Bilbao, mientras Manuel sonreía un poco cohibido, como siempre. Matías se emocionaba al acercarse a ellos y a gusto los hubiera invitado a fumar.
Eloy llevaba mucho tiempo pensando en ganar como fuere algo, para contribuir de algún modo al presupuesto hogareño. Y he ahí que tuvo una idea digna del hombrecito que empezaba a ser. El chico, que había regresado del Campamento Onésimo Redondo mucho más crecido, tostado por el sol y con las pecas de la cara mucho más visibles, sin encomendarse a nadie un buen día se fue al Estadio de Vista Alegre y preguntó por el encargado de la conservación del campo de fútbol. Dicho encargado se llamaba Rafa, vivía allí mismo, con su mujer, junto a los vestuarios de los jugadores, y era muy popular y campechano.
Читать дальше