José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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El Gobernador se quedó de una pieza. Sólo el respeto que le inspiraban la blanca cabellera del profesor Civil y los conocimientos históricos que éste poseía le impidieron contestar lo que le vino a las mientes. Consiguió dominar su impulso y guardó un largo silencio, durante el cual casi deseó volver a fumar, como fumó durante la guerra. Por fin, volviéndose hacia el notario Noguer, que parecía adormilado pero que no se había perdido una sílaba, dijo:

– Esto es muy interesante. Muy interesante… ¿Opina usted lo mismo que el profesor Civil, mi querido notario Noguer?

Es de destacar que sus dos acompañantes, junto con 'La Voz de Alerta', eran las únicas personas a las que el Gobernador no se había atrevido, a tutear.

El notario Noguer hizo como que se espabilaba, y mientras acariciaba la pelusilla del sombrero gris que sostenía en las rodillas, contestó:

– Opino exactamente igual, señor Gobernador. Y le diré más. Mi impresión es que ese espíritu de colaboración que encuentra usted ahora… es esporádico. ¡Bueno, no querría decepcionarlo! Pero hay realidades que no se pueden escamotear. Piense usted que este pueblo ha sido tocado en lo que más quería. Se le ha prohibido bailar sardanas; sus orfeones no pueden cantar en el idioma propio; los periódicos que se le dan dicen todos lo mismo; el programa único ha acabado con la polémica y la discusión, aficiones muy arraigadas entre nosotros; sabe que todas las órdenes emanan de Madrid… En fin, mi estimado amigo. Considero que todo esto acarreará problemas, que es cierto que la única válvula de escape será la avidez de trabajar y que la tarea de usted va a ser más compleja que mecer un niño en la cuna.

El camarada Dávila se dio cuenta de que había herido algo profundo. Sin embargo, no le importó, pues entre sus deberes no figuraba el de hacer masaje con polvos de talco. En cambio sí le importó la ironía subyacente bajo las palabras del profesor Civil primero y las del notario Noguer después. Y la incomprensión que éstas demostraban para con los postulados que él, con su camisa azul, representaba.

– Gracias por sus consejos, caballeros -dijo, sacando su tubo de inhalaciones-. Por lo visto les ha pasado a ustedes inadvertido que desde que llegué a esta provincia no he hecho más que esto: procurar localizar los problemas, creer que son y serán muy duros y que resolverlos exigirá en cualquier caso un esfuerzo titánico. ¡Claro, la máquina fotográfica me da aspecto de turista! En fin… Pero lo peor de todo es que hayan sentido ustedes la necesidad de advertirme que esta amable comunidad querrá trabajar y que reclamará nuestra ayuda. Aparte de que, si mal no recuerdo, en cierta ocasión le dije a nuestro querido chófer, el camarada Rosselló, que en lo único que no tenía fe era en los hechos -en las carreteras, en los embalses, en los buenos trenes-, resulta que la idea de producir es la piedra angular de nuestro sistema doctrinal; sobre todo el de los que, como mis tres hermanos y yo, los cuatro Dávila, procedemos de las JONS. Pero es que, además, parece ser que pronunciar aquí la palabra paternalismo es la ofensa más grave que un gobernante puede cometer… ¡Bien, señores! Cartas boca arriba. Su intervención me ha demostrado más que nunca que necesitan ustedes de esa protección. En primer lugar, porque yo no creo en las comunidades adultas, por mucha tradición que tengan. La masa es masa en cualquier parte, aquí y en Almería, con sólo diferencias de matiz. Y en segundo lugar, porque la experiencia de que el padre sea el pueblo y el bebé la minoría cultivada ya la hicimos, con los resultados conocidos. Así que, si ustedes me lo permiten, continuaré en mis trece, y mientras tanto, contemplaré el hermoso panorama que nos rodea.

Dicho esto, el Gobernador miró por la ventanilla el paisaje que desfilaba en aquellos momentos a ambos lados de la carretera. El coche descendía precisamente por los repechos de la llamada Costa Roja, ya cercana a Gerona, uno de los lugares preferidos por los milicianos de la FAI para llevar a cabo sus fusilamientos. El sol agonizaba y la tierra era una llama.

El notario Noguer y el profesor Civil estaban anonadados. Jamás sospecharon levantar semejante polvareda. También ellos se habían convencido más que nunca de algo: de lo expuesto que resultaba ponerle objeciones a un hombre acostumbrado a mandar, aun cuando ese hombre, en muchos momentos, se mostrara de lo más campechano y presumiera de "tener las puertas abiertas para todo el mundo" y de creer que resultaba extremadamente útil "escuchar a los demás".

Tal vez ambas partes tuvieran razón. El notario Noguer y el profesor Civil no habían puesto en sus intervenciones ironía de mala ley; de acuerdo. Pero era también cierto que no podía achacársele al Gobernador optimismo excesivo ni la menor sombra de frivolidad. ¡Oh, no, el Gobernador no vivía en el limbo! Para cerciorarse de ello bastaba con repasar sus actividades en la última quincena transcurrida.

Aparte la gira realizada por los pueblos -su Visita Pastoral, que iba tocando a su fin-, había tomado contacto directo con las dos personas últimamente llegadas a Gerona con la misión de resolver dos de los rompecabezas más vitales y complicados que la provincia tenía planteados: la Sanidad y la Enseñanza Primaria. Y lo había hecho consecuente con su método de trabajo: dialogando con dichas personas, observándolas y pisando por sí mismo el terreno en que una y otra debían producirse.

Vale decir que en los dos casos quedó satisfecho sólo a medias.

El Inspector de Sanidad, nombrado también Director del Hospital Provincial y, accidentalmente, del Manicomio, era el doctor Maximiliano Chaos, de Cáceres. El Gobernador lo recibió Primero en su despacho y luego lo visitó en el Hospital. Hombre elegante, de unos cincuenta años de edad, se pasó toda la guerra en la zona "nacional", operando en los quirófanos de retaguardia a heridos alemanes e italianos. Parecía muy competente y activo, aunque tenía un tic que ponía nervioso al Gobernador: hacía crujir los dedos de las manos. Era como una música de fondo mientras hablaba: crac-crac. Por si fuera poco, llevaba siempre un perro de lanas, grande y negro, atado a una correa, al que, sin que se supiera por qué, llamaba Goering. En la entrevista celebrada en el Gobierno Civil no hablaron más que de generalidades; pero en la visita del camarada Dávila al Hospital la cosa fue más seria. El camarada Dávila se quedó estupefacto ante el espectáculo que ofrecían los enfermos allí internados y los datos que le suministró el doctor Chaos. Epidemia de sarna; vientres hinchados, de los que se extraían increíbles cantidades de serosidad; rostros con tres manchas -una en la nariz y dos en ambas mejillas- que por formar un triángulo recibían el nombre de "mariposa"; etcétera. Y muchas depresiones, y muchos ataques epilépticos…

– Pero, doctor… ¡esto es algo horrible!

El doctor Chaos, acostumbrado a ver calamidades, iba recorriendo las distintas dependencias con aire puramente profesional.

– Lo normal en una guerra, ¿no es cierto? También hay que registrar una serie de suicidios.

El Gobernador se tocó las gafas en signo de preocupación. Claro, allí no se trataba de especulaciones, siempre discutibles; tratábase de una estremecedora realidad.

Lo que ocurría era que esta realidad no casaba con el esquema de deseos del Gobernador. ¡Depresiones, ahora que la paz había llegado! ¡Epilepsia, cuando todo invitaba a la serenidad! ¡Suicidios, cuando en España empezaba a amanecen -Como verá usted -dijo el doctor, interrumpiendo los pensamientos del Gobernador-, aquí carecemos de todo. ¡Y en el Manicomio no digamos! Aunque espero que de allí me releven pronto, pues yo soy cirujano y no psiquiatra. Confío, señor Gobernador, en que hará usted todo lo posible para que nos manden medicamentos, vendas y, por supuesto, un buen aparato de Rayos X. También convendría que alguien indicara a esas monjitas que el señor obispo me ha enviado, la conveniencia de que hojearan, si es que la capilla les deja algún rato libre, algún Manual elemental de esos que suelen estudiarse las enfermeras.

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