José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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El más difícil de los congregantes que tenía a su cargo era Pablito. Pablito, además de sus pinitos literarios, seguía soñando noche tras noche, día tras día, con redondeces de mujer, y le salían granos en la cara. El padre Forteza le obligaba a reventarse esos granos delante del espejo, al tiempo que le decía: "¡Fuera ese pus! ¡A dominarte! ¡Demuestra que eres hombre!". Pablito pensaba: "¿No lo demostré ya llorando en el lecho de mi madre?". Pero era el caso que esa otra hombría que le exigía el padre Forteza le costaba al muchacho un esfuerzo mucho mayor, de suerte que habitualmente se declaraba vencido, cayendo siempre en lo mismo. Cada semana el padre. Forteza le repetía: "De acuerdo. ¿Ves este cilicio? Mañana me lo apretaré un poco más… ¿A ver si durante esta semana consigues aguantarte!". Pablito entonces no sabía si besarle la mano al jesuíta, si indignarse con él y no verlo más, o si encerrarse en su cuarto a leer novelas de Salgari.

Últimamente al padre Forteza le había sido encargada otra misión. Se la encargó el señor obispo, en gracia a que el jesuíta dominaba varios idiomas: la asistencia religiosa de los refugiados extranjeros que, por motivos de salud, después de pasar, en Figueras, por las manos del coronel Triguero y de la Guardia Civil, eran internados en el Hospital gerundense y reclamaban un sacerdote.

Esta circunstancia, este contacto íntimo del padre Forteza con gente que llegaba directamente del teatro de la guerra, unido a su profundo conocimiento de la psicología alemana, lo convirtió imperativamente, por la misma inercia de los hechos, en el "comentarista internacional" más solicitado e incisivo de cuantos existían en la ciudad. Comentarista, desde luego, que sólo ejercía como tal en la intimidad: es decir, que no escribía en el periódico ni se acercaba nunca a la emisora de radio.

Lo cierto es que su celda empezó a ser llamada "el centro de información Forteza", puesto que acudían a ella, para escuchar su versión de los acontecimientos bélicos que se desarrollaban en Europa y en el mundo, un número de personas cada vez mayor, y cada una de ellas con un propósito definido. Así, por ejemplo, el profesor Civil, preocupado desde siempre por la cuestión judía, de la que tantas veces había hablado en clase con Ignacio y con Mateo, sabía que nadie como el padre Forteza podía informarle sobre las actividades nazis en este aspecto. El notario Noguer le exigía, en nombre de la amistad y de la Diputación, un comentario objetivo sobre la insólita evolución que el mariscal Pétain, presionado por los alemanes, imprimía a la demócrata Francia. Manolo y Esther le suplicaban que valorara con un sentido realista la flema de que daba muestras Mr. Edward Collins, el cónsul británico, flema comparable a la que, en su conferencia en Madrid, evidenció Sir Samuel Hoare. El propio Agustín Lago le había pedido su parecer con respecto a la actitud de Pío XII, a quien las radios anglosajonas acusaban de germanofilia. Etcétera.

El padre Forteza no veía razón alguna para callarse. De modo que, utilizando siempre su parabólico lenguaje, dejaba satisfecho, en lo que cabía, al interlocutor de turno; felicitándose él, en el fondo, de que tales personas no se limitaran a leer los partes de guerra, sino que tuvieran conciencia de lo que éstos podían significar en el terreno del espíritu.

– Profesor Civil, el asunto de los judíos, que tanto le interesa a usted, es muy serio. En Alemania la población judía se acerca a los cuatro millones, si no estoy equivocado; en toda Europa, a los diez millones. De sobra conoce usted el odio que los nazis sienten hacia esa raza. Si ha leído usted Mi lucha, de Hitler, me ahorrará explicaciones. Pues bien, las cosas van adquiriendo, según mis informes, un cariz lamentable. Mientras yo vivía en Heidelberg, se quemaban en Alemania, de vez en cuando, algunas sinagogas, se expropiaban empresas y tiendas judías, se trazaban planes de emigración -a Palestina, a Madagascar…-, todo ello bajo el pretexto de la salvaguarda de la casta nórdica, a la que por cierto Himmler bautizó con un bello nombre: la Orden de la Sangre Preciosa. Ahora, por lo visto, hay algo más y los relatos de la BBC en Londres parecen ajustarse a los hechos. Desde que estalló la guerra se ha pasado a una acción mucho más directa, y no sólo en Alemania, sino en todos los territorios ocupados, especialmente Polonia. Sí, parece ser que lo peor está ocurriendo en Varsovia, en cuyo ghetto han sido confinados quinientos mil judíos, previa matanza de los dementes, de los ancianos y de los inválidos. Me consta que usted, profesor Civil, no siente tampoco una simpatía especial por esa raza, que, por una jugarreta del azar, resulta ser la mía… No voy a discutírselo, aunque está bien claro que un cristiano no puede permitirse la menor discriminación. Ahora bien, mi opinión es que la cosa no ha hecho más que empezar. A medida que la guerra se complique -y se está complicando, como usted habrá podido observar-, los nazis llevarán su persecución a los últimos extremos. Hitler está convencido de que los judíos -junto con nosotros, los jesuítas- son la encarnación del Mal. Y por desgracia, no es hombre que consulte con Dios; consulta a los astros, los cuales bien sabe usted que lo mismo son capaces de hacer concebir sueños poéticos que sueños infernales.

El profesor Civil se quedaba asustado. Era cierto que él atribuyó siempre a la raza judía la responsabilidad de tres de los grandes males que en su opinión aquejaban a la humanidad: la deificación del dinero; la rotura psicológica, a través de la literatura y el arte, y la pérdida del sentido de la individualidad. Pero de eso a confinar en un ghetto a medio millón de hombres y mujeres, con el peligro del tifus exantemático… De eso a concebir una aniquilación masiva…

El profesor Civil salía de la celda del padre Forteza doblemente preocupado, por cuanto su hijo, Carlos, que acababa de llegar a Gerona para ponerse al frente de la Emer, sucursal de Sarró y Compañía, daba la impresión de estar tocado de todos los defectos mencionados: no hacía más que hablar del patrón oro, sonreía con displicencia al oír hablar del arte románico de las iglesias gerundenses y parecía feliz mezclándose con la multitud. "Me lo han cambiado -decía el profesor Civil-. Dándole ese cargo me lo han cambiado. No le falta sino colocar en la oficina -o en su casa, presidiendo las comidas de mis nietos- la estrella de David y el candelabro de siete brazos".

El notario Noguer salía también asustado del "centro de información Forteza". El jesuíta contestaba a sus preguntas diciéndole que, según los refugiados franceses con los que dialogaba en el Hospital, Pétain, ¡a sus ochenta y cinco años!, estaba convirtiendo a Francia en un estado gemelo del estado nazi…

– Naturalmente, mi querido notario Noguer, puede existir ahí una alteración de lo que el señor obispo llamaría "el principio de causalidad". Cierto que Pétain firma decretos sorprendentes desde el punto de vista francés, como el de la pérdida de la nacionalidad francesa del general De Gaulle; la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en los centros docentes oficiales; la prohibición del divorcio durante los tres primeros años de matrimonio; las severas amonestaciones a quienes hagan circular folletos antialemanes, etcétera. Pero, en mi opinión, todo ello no es más que una prueba de astucia por parte del veterano héroe de Verdún. Intenta tener contentos a los alemanes, calmarlos, evitar males peores. ¿Qué otra cosa puede hacer? El papel de Pétain es triste, desde luego. Él mismo lo ha dicho: "Me temo que los franceses no comprenderán nunca mi sacrificio, que no me perdonarán". Pero lo cierto es que en la Francia ocupada empieza a marcarse el paso de la oca…, que se expurgan las bibliotecas y que la chérie liberté que usted conoció allí ha pasado a ser un recuerdo.

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