José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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– Pero ¡qué barbaridad estás diciendo!

– Te lo juro, Charo. Ignacio está enteradísimo…

– ¿Habéis ganado ya la indulgencia plenaria?

– Hemos ganado diez o doce…

En un momento dado, Ana María, viendo que su amiga no le preguntaba nada sobre Marta, le dijo:

– ¿Sabes que he conocido a Marta?

– ¡Ah!, ¿sí?

– La vi de lejos…

– ¿Y qué tal es?

– Muy distinguida…

Hasta que llegó la hora de la procesión. Fue entonces cuando Ignacio no acertó a disimular por más tiempo y les comunicó a sus padres que Ana María estaba en Gerona.

– Manolo y Esther nos han invitado a ir a su casa, a su balcón. Haceos cargo…

Carmen Elgazu se tapó por un momento la boca con la punta de los dedos. ¡Le había dolido tanto lo de Marta! Pero era un hecho consumado y ahora se moría de ganas de conocer a Ana María.

Iba a decir algo, pero Matías se le anticipó.

– De acuerdo, hijo. Me parece muy bien.

Importante momento… Cuando Ana María entró en el piso de Manolo y Esther, Ignacio se dio cuenta de que aquél era sin duda alguna el ambiente de la muchacha. La manera como entregó el abrigo a la doncella que les abrió la puerta, indicaba que tenía el hábito de hacerlo… ¡Qué naturalidad! Y lo mismo al saludar a Manolo -flamante asesor oficial de la fábrica Soler, de mil y pico de obreros- y a Esther, que se había puesto, para la ocasión, un vestido negro infinitamente más acertado que el que llevaba Pilar en el Sermón de las Siete Palabras.

– Conque Ana María, ¿eh? Estás en tu casa, hija.

– Muchas gracias…

– ¿Quieres tornar algo?

– Café-café, si es que lo hay…

El inevitable retraso de la procesión, que, pese a los esfuerzos de mosén Alberto, maestro de ceremonias, salió de la puerta de la Catedral a las diez y media, permitió a los cuatro sostener un largo diálogo. Ana María no pareció extasiarse en aquel piso. Únicamente preguntó de qué siglo era una talla adquirida últimamente por Esther, que representaba un San Sebastián traspasado por varias flechas.

Esther y Ana María hicieron tan buenas migas, que daba gusto verlas juntas y aun dejarlas aparte. En cierto modo, parecían hermanas. ¡Si hasta llevaban casi idénticos zapatos!

Cada vez que Manolo e Ignacio salían al balcón para ver si la cabeza de la procesión asomaba por la esquina de la calle de Ballesterías -"uno de los tres vértices del recinto romano"-, Esther y Ana María se disparaban hablando.

– ¡Tenía unas ganas locas de conocerte!

– Y yo a ti…

– ¿Te llaman siempre Ana María o Ana-Mari?

– Ana María…

– Un poco largo ¿no?

– Tal vez…

Esther, en uno de esos cuchicheos, cantó las alabanzas de Ignacio.

– Te felicito. De veras… Llegará donde quiera.

– ¿Está Manolo contento con él?

– ¡Cómo! Lo quiere más que a mí. No te digo más…

Ana María le preguntó:

– ¿Y Gerona, qué tal…? ¿De verdad está esto tan soso?

– Un poco… Pero ésa es otra cuestión.

– A lo mejor vengo yo y entre las dos lo animamos…

– ¡Calla, en eso confío! Pero por lo que pueda ser, no tardes demasiado…

– Eso ya…

– ¡Bah! Todo acaba por arreglarse.

– ¿Qué remedio, verdad?

Manolo las llamó.

– ¡Esther, llama a los niños, que ya viene!

– ¿Quién viene, qué…?

– ¿Qué…? ¡La procesión!

– ¡Oh, perdona! Estábamos en el limbo…

La doncella trajo a la parejita de la casa, a Jacinto y a Clara, y Ana María los izó uno tras otro y los besó, al igual que Ignacio, quien acostumbraba a bromear mucho con ellos. Jacinto y Clara por fin se escabulleron y salieron rápidamente al balcón.

Todos los imitaron y se acodaron cómodamente en la barandilla. Ignacio miró el piso saliente del balcón y pensó, como otras muchas veces: "Pero ¿cómo es posible que esto no se caiga?".

El cortejo del Viernes Santo empezó a desfilar… Sí, todo aquello era muy solemne. Las antorchas, los caballos, los capuchones… Al lado de mosén Alberto, y vestido de monaguillo, Manuel Alvear… En el balcón de la Constructora Gerundense, S. A., de la calle Platería, los hermanos Costa, con traje oscuro, junto a sus esposas. A Manolo le sorprendió verlos allí. Había supuesto que desfilarían también bajo los capuchones de la Cofradía de la Purísima Sangre.

Cristo había muerto. Pero Ignacio y Ana María vivían. Vivían en aquel céntrico balcón, que no se caía por milagro, enlazados por la cintura y diciéndose:

– Simpática Esther, ¿verdad?

– Un encanto.

– ¿Sabes en quién he pensado al ver la procesión?

– No sé…

– En mosén Francisco…

– Mosén Francisco… ¡Qué hombre!

– ¿Me quieres?

Ana María despidió chispitas por los ojos.

– En este momento debería estar prohibido. Pero sí.

Jacinto y Clara, agarrados a los barrotes, miraban como hipnotizados al gran Cristo que, merced a un esfuerzo increíble, el doctor Andújar sostenía en lo alto, escoltado por Agustín Lago y por Mijares, que llevaban los cordones laterales.

Poco después pasó Jesús Yacente, joya de la iglesia de San Félix, dentro de la urna de cristal, con los soldados llevándolo en andas. Luego pasaron los penitentes con cadenas, con cruces… Penitentes anónimos, como los soldados. Cumpliendo probablemente promesas hechas durante la guerra.

Detrás, las autoridades. El fajín del general era como un clavel en la noche. El Gobernador no se había quitado las gafas negras. ¿Por qué? 'La Voz de Alerta' parecía un conde. El notario Noguer, un notario. Mateo, un centurión romano…

El obispo, doctor Gregorio Lascasas, avanzando con el báculo, parecía meditar hondamente, al tiempo que medía el enlosado y la piedad y el grado de penitencia de la ciudad.

– Mañana he de regresar a Barcelona… ¡Qué horror!

– Sí, esto habrá sido como un sueño.

No fue un sueño, fue una realidad.

Terminada la procesión, Ana María e Ignacio se despidieron de Manolo y Esther y de los chicos, y se lanzaron a la calle, mezclándose entre la multitud. Estuvieron andando hasta las tantas. Ana María iba mirándolo todo como quien se despide de algo muy querido. Los cofrades regresaban de la Catedral llevando en la mano el capuchón, que ahora parecía una prenda inútil.

Ana María se empeñó en pasar por centésima vez delante de la casa de Ignacio y luego delante del Banco Arús, que estaba casi al lado del hotel. Delante del Banco se paró y preguntó:

– ¿Cuántas veces barriste ese vestíbulo?

– ¡Huy! Y los días de lluvia, tenía que llenarlo de aserrín…

– ¿Te acuerdas mucho de aquella época?

– Más de lo que te figuras… Aprendí mucho ahí dentro.

Ana María miró a Ignacio. Y al llegar a la puerta del hotel comentó, al tiempo que le daba el beso de despedida:

– Una de las cosas que más me gustan de ti es que empleas a menudo la palabra aprender…

CUARTA PARTE

Del 30 de marzo al 12 de diciembre de 1941

CAPÍTULO LII

Las noticias publicadas en Amanecer que en aquellas semanas merecieron el honor del subrayado en rojo de Jaime, y que provocaron en el ánimo de Matías reacciones de muy diversa índole, fueron las siguientes:

"Los jugadores del Club de Fútbol Barcelona depositaron una corona de laurel en la tumba de José Antonio, en El Escorial. La ofrenda fue hecha por el capitán del equipo, Escola. Un padre de la Comunidad de Agustinos rezó un responso y finalmente, en el Patio de los Reyes, el entrenador azulgrana dio los gritos de rigor".

"El presidente de la República Argentina, Oswaldo Ortiz, ha regalado al Caudillo una montura típica de los gauchos de las pampas, los cuales son considerados como descendientes del Caballero Hispánico".

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