José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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CAPÍTULO LI

Lo menos que podía decirse de Pilar es que vivía feliz. El piso de la plaza de la Estación, pese a las mejoras hechas en él, especialmente en la cocina, y pese a la hermosa alcoba con cama antigua, altísima, era modesto, pero un vivo testimonio de Paz. Pilar y Mateo se entendían a las mil maravillas. Según expresión de don Emilio Santos, "eran dos tórtolos". Don Emilio Santos afirmaba que quien mejor lo pasaba era él. "He ganado una hija, que me cuida como me cuidaba mi mujer, que en paz descanse. Al menor descuido, una golosina en la mesa. La ropa, limpia. Pilar cada mañana me pone la inyección para mis piernas y por la noche, antes de irme a la cama, me calienta la botella de agua. En fin, que me ha tocado la lotería…"

Tal vez la nota discordante fuera Teresa, una chiquilla de quince años recién cumplidos que Pilar había tomado en concepto de criada. Era torpona, no daba una a derechas y Pilar a menudo se enfadaba con ella. Pero tampoco llegaba la sangre al río y Teresa, que por otra parte era muy graciosa, le decía a su "señorita", a Pilar, que tuviera un poco de paciencia, que lo que ella quería era aprender.

La gran ventaja de Pilar fue seguir al pie de la letra los consejos de su madre, Carmen Elgazu. "Los hombres quieren limpieza en la casa. Sé limpia, sobre todo. El suelo, las lámparas, las camisas… Sobre todo, las camisas. Y la comida variada. Tienes la ventaja de que Mateo podrá conseguirte el racionamiento que quieras. A veces un plato de crema es más útil que cien discursos. ¡Ah, y pon ceniceros en todas partes!".

Pilar obedeció. Casi exageraba. El piso relucía. Mateo, más exigente que María del Mar en esas cuestiones, se negó a lo del doble, o triple, racionamiento; pero Pilar se espabiló por su cuenta. El dinero no le alcanzaba para adquirir muchas cosas en el mercado negro, pero por algo había trabajado en la Delegación de Abastecimientos, en la sección de cartillas… y por algo el señor Grote, que continuaba allí, le había dicho siempre: "Si necesitas algo, ya sabes".

Pilar descubrió que tener hogar propio, ser la dueña, la "señorita", la "señora", daba tal sensación de plenitud que sólo faltaba que al abrir la ventana luciera el sol para alcanzar lo dicho: la felicidad. Y si llovía, lo mismo… Era hermoso encender la estufa -de aserrín, como en la Rambla- y ponerse a coser mientras fuera caía el agua mansamente. Además, los ruidos que oía desde la casa se le hacían entrañables, especialmente los ocasionados por el paso cercano de los trenes. El latido de las locomotoras y su silbido disparaban su imaginación, recordándole que el mundo estaba en marcha. Y que, con el mundo, estaba en marcha su corazón. A veces, el humo procedente de la estación empañaba los cristales; pero entonces Teresa acudía con prontitud, y con un paño blanco les devolvía la transparencia original.

Mateo sólo tenía una queja: Pilar lo llamaba demasiadas veces por teléfono. De repente, por cualquier motivo, marcaba el 1374, el número de Falange. "¿Está mi marido…? Por favor, que se ponga". Mi marido… ¡Qué bien sonaba la palabra! Mateo cogía el auricular: "¿Qué ocurre, pequeña?", "Nada, tenía ganas de oír tu voz…" "Pero ¿no comprendes que…?". "No comprendo nada. Quería oír tu voz…" En otras ocasiones inventaba excusas fútiles, insignificancias. "Mateo, no olvides el mechero, que luego me das la lata…" "Mateo, Teresa y yo hemos quitado el polvo de todos tus libros, uno por uno. Y verás lo que te he puesto en el despacho…"

Cualquier cosa le causaba ilusión. Ir de compras con Teresa, llevando ésta la cesta. Detenerse en los escaparates buscando una boquilla para don Emilio Santos o unas plantillas para Mateo, que se quejaba de que a veces le dolían los pies. Llamar por teléfono a las amigas, procurando que su voz no delatase el grado de dicha que la embargaba. Invitándolas a merendar, o simplemente a que vieran la nueva colcha que había terminado de bordar. Llamaba a Asunción, para bromear con ella acerca de Alfonso Estrada. "Hazme caso. Duro con él. Y píntate los labios…" Llamaba a Marta. "No vamos a dejar de vernos, ¿no te parece? ¡Procura escaparte un rato esta tarde!". Llamaba a Chelo Rosselló para preguntarle: "Pero, chica, ¿todavía no te casas con Jorge? La verdad, no sé a qué esperáis… Te juro que el estado ideal dé la mujer es el matrimonio".

Menos a menudo llamaba a Esther… Esther la intimidaba un poco. Esther era muy "sabia", leía mucho, y a Pilar no le quedaba tiempo para abrir un libro. Apenas si, haciendo un esfuerzo, y porque se lo había impuesto como obligación, leía el periódico, para poder comentar con Mateo la marcha de la guerra. No fuera a ocurrir que Hitler hubiera entrado en Londres y ella no estuviese enterada… Además, Mateo salía casi todos los días en Amanecer. Lo menos tres veces a la semana -Pilar había sacado el promedio- aparecía su fotografía. Pilar las recortaba todas y las pegaba en un álbum que pensaba regalarle el día en que se cumpliera el primer aniversario de su boda.

Carmen Elgazu la visitaba muchas tardes. Y a veces escuchaban juntas la radio, el serial de turno. Mateo había adquirido para su suegra una mecedora casi idéntica a la del piso de la Rambla, para que Carmen Elgazu se sintiera cómoda. Matías espaciaba un poco más las visitas. Y en lo posible procuraba coincidir con don Emilio Santos, con quien sostenía largas charlas sobre los temas más dispares. Últimamente les había dado por reírse contándose el uno al otro aventuras de la juventud, quedando bien claro que Matías había vivido una mocedad bastante más animada que don Emilio Santos. "Matías, si Carmen supiera todo esto le daba un síncope". "¡Bueno! No se enterará… Es la ventaja que tenemos los hombres. Llegamos al matrimonio sin que se nos note nada".

Día glorioso para Pilar era cuando conseguía que Mateo no tuviera nada que hacer, ningún jefe local que nombrar, ningún discurso que pronunciar, y la llevara al cine o al teatro. Entonces Pilar se ponía su mejor abrigo, su mejor traje, sus mejores abalorios y se plantaba en el palco "reservado para las autoridades" o en la fila de butacas "del cordón rojo", como una reina. Si coincidía allí con la esposa del delegado de Sindicatos, tanto mejor, porque era muy simpática y no le importaba hablar de trapos. Si coincidía con Carlota… la cosa era más complicada. Carlota le infundía tanto respeto como Esther. Y era mucho mayor que ella. Entonces no tenía sino un arma que esgrimir: sus pocos años, sus mejillas sonrosadas y su hermoso escote.

Algunas veces, invitaban a Ignacio a almorzar. Y todo salía de perlas. Ignacio, desde que Pilar se había casado, se tomaba más en serio a su hermana. Ésta había dejado de ser para él la chica que tenía chispa, pero escasas ideas propias y reacciones un tanto impertinentes. La veía… mujer. Tres meses de matrimonio le habían conferido como una aureola que en el fondo conmovía a Ignacio. Por si fuera poco, esas invitaciones, esos almuerzos, habían servido para que Mateo e Ignacio volvieran a conectar como antaño. En los últimos tiempos el trabajo distinto los había distanciado un poco. Ahora eran cuñados. Su sangre se había acercado, mezclado en cierto modo, lo que demostraba que el matrimonio era un sacramento que salpicaba a los demás, a muchas personas. Mateo e Ignacio, al tomar ahora café juntos, café servido por Pilar, revivían sus emociones afectivas, los itinerarios de su pensamiento desde que Mateo llegó a Gerona, allá por el año 1933, dispuesto a fundar la cédula de Falange, y le dijo a Ignacio, en casa del profesor Civil, que "ser español era una de las pocas cosas serias que se podía ser en la vida".

– Mateo, ¿no preferirías ahora decir que una de las cosas más serias es casarse?

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