José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Núñez Maza les explicó:

– La mitad de estos hombres pertenecen a una Empresa Constructora; los demás, son presos que redimen penas.

Mateo preguntó:

– Podrían escapar fácilmente, ¿no?

– ¿Escapar…? ¡Oh, sin duda! Pero ¿adonde irían?

Mateo miró la nieve en torno.

– Sí, claro. No llegarían muy lejos…

Se apearon del coche. Parejas de la Guardia Civil patrullaban por entre los trabajadores de pico y pala. Era duro aquello. Muy duro.

– ¿Cuántos metros tendrá la cruz?

– No lo sé exactamente. Creo que unos ciento veinte. Y habrá hospedería y unos cuarteles.

El panorama era desolador. Era el desierto helado. Las rocas parecían enemigas del hombre, aunque la nieve las acariciase. Haría falta mucha dinamita.

Pilar estaba un poco asustada. El lugar le parecía demasiado tétrico. Ella hubiera preferido algo así como el Valle de San Daniel, verde y jugoso.

– No seas boba. La grandeza reside precisamente en esto, en que el paisaje es lunar. España no es Versalles. ¡Apañados estaríamos! España es, en parte, esto que aquí ves…

Pilar movió la cabeza.

– Claro…

Mateo se acercó a los prisioneros. Los miraba a la cara. Todos tenían una gota helada en la nariz. Recordó la batalla de Teruel y a Teo.

Núñez Maza le preguntó si buscaba a alguien y Mateo le dijo:

– Pues sí… A un tal Reyes, de Gerona… Debe de estar aquí. Estaba en Alcalá de Henares pero, según noticias, pidió el traslado, quizá para abreviar más la condena.

– ¿Querrías hablar con él?

– No, no. Sólo verlo.

Núñez Maza se dirigió a un capataz y éste consultó una lista.

– ¿Alfonso Reyes? Sí, trabaja allí… Yo los acompañaré.

Anduvieron cosa de doscientos metros. Hasta que, a una distancia de un tiro de piedra, Mateo y Pilar reconocieron al ex cajero del Banco Arús. Tenía un pico en la mano y no parecía cansado en absoluto. Un pitillo le colgaba de los labios, apagado al parecer.

Pilar se emocionó increíblemente. Recordó que aquel hombre había ayudado a Ignacio en la zona 'roja', cuando en el Banco los demás empleados se metían con él. Y recordó a Félix, su hijo, que el profesor Civil acogió en Auxilio Social y que ahora no hacía más que dibujar.

Todos guardaron silencio. Y entonces se oyó la canción de los picos, como en las canteras de Gerona propiedad de los hermanos Costa, situadas sobre el cementerio. Llegaban camiones con víveres. Los guardias civiles, bajo sus capotes, estaban tranquilos, mirando de vez en cuando el humo que salía de los improvisados barracones de madera.

"Muchas gracias, capataz". Regresaron al coche. Y emprendieron el regreso a Madrid.

Mateo y Pilar no tenían ganas de hablar, pero Núñez Maza sí.

– ¡Será un monumento grandioso! El nuevo Escorial. El Caudillo en persona dirigirá las obras.

Siguió contando cosas. España había restablecido sus relaciones diplomáticas con Chile, y la Argentina Había enviado un barco de trigo. "Una buena ayuda, que hay que agradecer". Estaban ya muy lejos y a Pilar le parecía oír todavía, intermitentemente, la explosión de los barrenos.

Esa visita al Valle de los Caldos impresionó mucho a la chica.

– Tengo miedo -le dijo a Mateo- de que trasladen aquí los restos de César…

– ¡Qué cosas tienes! César está bien donde está.

– Eso creo yo.

Permanecieron todavía dos días en Madrid. Fueron al teatro ¡y a un cabaret! Pilar se divirtió horrores y las luces violeta la excitaron de tal modo que para bailar con Mateo se le colgó del cuello.

– Si tu madre te ve, le da un ataque.

– ¿Por qué? Soy una mujer casada, ¿no?

– ¡Huy! Es verdad…

La orquesta que tocaba se llamaba Columbio. Jazz. Y la vocalista también sensacional, también con larga cabellera rubia, Dorita.

Por fin enviaron un telegrama a Gerona. "Llegamos mañana".

Así fue. Llegaron a Gerona a media tarde, fatigados -en el tren todas las mujeres llevaban cestas y bultos- y en la estación, y pese al retraso, se encontraron con toda la familia esperándolos.

Carmen Elgazu, al ver a Pilar, tuvo la impresión de que su hija había cambiado horrores en aquellos doce días. Le pareció mucho mayor, más mujer.

Hubo abrazos y risas.

– Sólo una postal ¿eh? ¿Tan ocupados estabais?

Mateo bromeó.

– La culpa es de Pilar. No me soltaba un momento.

Los novios se dirigieron a su hogar, al piso de la plaza de la Estación. Todo estaba en orden. Reinaba en él una gran paz. La cama era alta, altísima… Pilar había ganado la partida.

Don Emilio Santos dijo:

– Bien, hasta luego. Salgo a dar una vuelta.

– ¿A estas horas? ¿Por qué?

– Tengo trabajo en la Tabacalera. La gente quiere fumar ¿comprendéis? Cuando hace frío, la gente quiere fumar…

Al quedarse solos, Pilar se dirigió al despacho de Mateo. ¡Un pájaro disecado sobre un pedestal! Y las paredes llenas de libros.

– Parece un templo, ¿verdad?

Mateo se acercó por la espalda a Pilar y la rodeó con el brazo.

– Un templo, eso es… Y tú serás el monaguillo.

La boda de Pilar dejó un gran hueco en el piso de la Rambla. Pilar tenía sus defectillos, como todo el mundo, pero llenaba la casa. Sobre todo cuando estaba alegre y le daba por reír. Todos recordaban salidas suyas de cuando era más pequeñita, como aquella que tuvo un día a mitad del almuerzo: "Papá, ¿es cierto que los rusos persiguen a las monjas y las tocan?".

Resultaba un tanto difícil acostumbrarse a su ausencia. Carmen Elgazu pensaba: "Si por lo menos tuviéramos teléfono…" Matías, a veces, al llegar a casa, daba vueltas como si le faltara algo, como si no supiera qué hacer. En uno de esos ratos se sentó a la mesa del comedor y escribió una larga carta a Julio García, al Hotel Lincoln, de Nueva York, contándole pormenores de la boda. Julio García, al recibirla, le dijo a doña Amparo Campo: "Tenemos que mandarles algo… Por ejemplo, una pequeña figura que represente la estatua de la Libertad".

Ignacio, en cierto aspecto salió ganando, pues por fin podría disponer de una habitación para él solo. En efecto, Eloy se trasladó al cuarto de Pilar, en cuyas paredes, sin encomendarse a nadie, claveteó con chinchetas fotografías de los grandes ases del fútbol, aunque en este terreno el muchacho andaba un poco tristón pues el Gerona Club de Fútbol, pese a Pachín y al apellido del Presidente, perdía todos los partidos que jugaba en campo contrario, por lo que su clasificación era medianeja.

Sí, Ignacio, ¡por fin!, tendría en casa un rincón independiente. Quedóse con la cama de César y la sobrante se la dieron al pequeño Manuel, que hasta entonces había dormido en un camastro.

En un comercio de compra-venta de muebles Ignacio adquirió un sillón y cambió la pequeña biblioteca por otra mucho mayor, aunque le faltaban libros para llenarla. Esther le dijo que existían libros simulados, de cartón, con el título impreso en el lomo. Pero ¿dónde encontrarlos? Hizo una visita a Jaime, el librero de ocasión, cuyo pequeño negocio prosperaba. Ignacio hubiera comprado allí un arsenal. Pero se conformó con las obras completas de Freud, una edición barata en cinco volúmenes. ¡Con el tiempo que hacía que andaba tras ellas!

– Si me las vendes a plazos, me quedo con ellas- le dijo a Jaime.

– ¡Qué cosas tienes! Llévatelas… y paga cuando quieras.

– De acuerdo. Mira. Ahí van cincuenta pesetas. El primer plazo.

– Haces una buena compra. Freud es muy interesante.

Ignacio llegó a casa contento como unas Pascuas. Enseñando los libros a su padre levantó el índice…; y Matías contestó con su clásico slogan: Caldo Potax.

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