La reacción popular fue masiva. El entusiasmo se desbordó. Se formaron por lo menos diez corros, que llegaban hasta el Bar Montaña, donde se reunían los futbolistas. Los músicos de la Cobla Gerona, empezando por el maestro Quintana, soplaron de lo lindo, como si llevaran siglos esperando aquel momento. Y al terminar cada sardana la empezaban de nuevo. El comisario Diéguez entendió que aquello era excesivo, una tácita provocación; pero sabía que la Cobla Gerona contaba con el permiso gubernativo, y no pudo intervenir.
– Pues sí que estamos buenos -barbotó, apostado en el interior del Café Nacional.
El general se enteró desde el cuartel de lo que ocurría en la Rambla y comentó:
– Esa condesita barcelonesa va a traernos complicaciones…
Los preparativos para la boda de Mateo y Pilar fueron un poco más laboriosos. Reunir todos los documentos necesarios, empezaron por la partida de nacimiento de Mateo, le llevó a la Torre de Babel, de la Agencia Gerunda, lo menos tres semanas. Por suerte, la Torre de Babel se mostró diligente. Mateo era jerarquía… y había que complacerle.
Las hermanas Campistol se las vieron y se las desearon para confeccionar el traje nupcial de Pilar a entera satisfacción de la muchacha. Ésta se mostró muy exigente, llevando a las modistas por la calle de la amargura. "Pero ¿qué te pasa, Pilar? ¡Si te sienta a maravilla!". Pilar se miraba al espejo, dando la vuelta con lentitud. "Cuelga un poco de aquí… ¿No se dan cuenta?". "¿Y ese velo? ¿Creen ustedes que puedo presentarme así?".
Pilar hubiera querido contar en aquellos días con la ayuda de Marta. Pero, después de lo ocurrido entre ésta e Ignacio, era imposible. Pilar consideró eso una contrariedad muy grande. "Marta conoce mis gustos… ¡Mira que no poder tenerla ahora a mi lado! Ni siquiera podré invitarla a la boda, claro…" Gracia Andújar y Asunción hicieron cuanto estuvo en su mano para suplir en lo posible la ausencia de Marta.
Pilar dejó de trabajar -Alfonso Estrada, en Salvoconductos y el señor Grote, en la Delegación de Abastecimientos, la echarían mucho de menos-, pues además debía ocuparse de convertir el piso de la plaza de la Estación en hogar. Hacían falta visillos, alfombras, los mil detalles indispensables para crear intimidad. La elección de los muebles de la alcoba, que eran los únicos que les faltaban, le ocasionó también mucho ajetreo. Pilar se empeñó en conseguir una cama antigua, recia, lo más alta posible. Mateo se encogía de hombros. "¿Por qué tan alta, vamos a ver?". "Me gustan así, Mateo. ¿Hay algo malo en ello?". "No, pero como no la cojamos del Servicio de Recuperación… o del Museo Diocesano…"
Llovían los regalos. Recibieron muchos más que 'La Voz de Alerta'. Entre ellos destacó el que les hicieron, mediante colecta, los jefes locales de Falange: una bandeja de oro de Toledo con el yugo y las flechas grabados. También les satisfizo mucho una Biblia, encuadernada en pergamino, que les envió Agustín Lago. "Ese yugo de la bandeja -bromeó Mateo con Pilar- parece una alusión… Y la Biblia será sin duda para que nos aprendamos de memoria el libro de Job".
Capítulo difícil… el del asesoramiento prematrimonial de Pilar. Carmen Elgazu no soltaba prenda. Matías habló del asunto con Carmen, pero ésta lo rehuyó, poniendo incluso mala cara. "¿Qué quieres, pues? -dijo Matías-. ¿Qué sea mosén Alberto quien aconseje a la chica?". Ignacio olfateó que a su madre el tema la violentaba -¿por qué sería así, si había tenido tres hijos?- y un buen día, precisamente el día en que se casó 'La Voz de Alerta', entró en el cuarto de Pilar y abordó sin remilgos la cuestión.
Pilar, al pronto, se puso nerviosísima. Su noviazgo con Mateo había sido, en unas cuantas ocasiones, más apasionado de lo que Ignacio podía imaginar. De todos modos, era obvio que la noche de la boda tendría que afrontar "lo desconocido". Desde este punto de vista, la intervención de Ignacio estaba justificadísima. Ahora bien, Pilar confiaba en que Mateo se comportaría como era menester y que, por tanto, las explicaciones holgaban.
– Comprendo que reacciones así, Pilar. Pero debes escucharme, pues no se trata de largarte un sermón. Lo único que quería decirte… es que este asunto tiene más importancia de la que a lo mejor le atribuyes. Y que al parecer a veces las cosas no resultan, para la mujer, tan fáciles… Me refiero al principio, claro… En fin, supongo, que me entiendes. Por suerte, Mateo es un chico sano. Pero te lo repito; a veces cuesta un poco adaptarse… ¡Por favor, alguien tenía que decirte eso, ¿no crees? -Ignacio elevó el tono de la voz-. En realidad, es absurdo que andemos todavía con tantos tapujos. ¡A estas alturas deberías haberte leído ya media docena de libros que trataran de todo esto! Pero vivimos rodeados de tabús. Bueno, te dejo… Anda, tranquilízate, y comprende que he venido a verte con la mejor intención…
Pilar luchó consigo misma. Comprendió perfectamente a su hermano. Pero le ocurría que no le perdonaba a éste lo de Marta y que a resultas de ello se colocaba siempre a la defensiva. De todos modos, antes que Ignacio cruzara el umbral de la puerta consiguió sobreponerse y le dijo, con toda sinceridad:
– De acuerdo, Ignacio… Te he comprendido. Muchas gracias.
¿Por qué le ocurría a Pilar que, al ver de espaldas a las personas que quería mucho, de pronto se emocionaba? En esa ocasión le sucedió lo mismo. Fue al ver a Ignacio de espaldas cuando le brotaron del fondo aquellas palabras.
Llegó el ocho de diciembre. Gran número de balcones aparecieron engalanados en la ciudad, en honor de la Inmaculada. La colgadura del balcón de los Alvear decía, como casi todas: Ave María Purísima. Marta, al despertar, pensó en Mateo y Pilar y se deshizo en un mar de lágrimas. Por suerte andaría todo el día muy ocupada con los festejos organizados por la Sección Femenina, pues la festividad había sido declarada "Día de la Madre".
La boda se celebró en la parroquia del Carmen. El celebrante fue, naturalmente, mosén Alberto, quien por fin logró protagonizar una misión agradable. Pilar entró en la iglesia del brazo de su padre, Matías Alvear -éste, sosteniendo en la mano izquierda el obligado par de guantes-, y en ese momento sonó la Marcha Nupcial, que emocionó a los concurrentes. Carmen Elgazu llevaba un sombrero de ancha ala que le sentaba muy bien, según opinión de Josefa y Mirentxu, sus dos hermanas, llegadas ex profeso de Bilbao para la ceremonia. Carmen Elgazu, al ver, por debajo del ala del sombrero, a Pilar vestida de blanco, sollozó para sí: "¡Dios mío, qué guapa está mi hija!". Los asistentes, que llenaban el templo, formaban un conjunto heterogéneo, que abarcaba desde el Gobernador y el doctor Chaos hasta el Jefe de Telégrafos y la guapetona Adela, sin olvidar a Claudia, la mujer de limpieza de los Alvear.
Paz, tía Conchi y Manuel habían sido especialmente invitados por Matías. Pilar deseaba que aquel día su prima pillara una gripe y tuviera que quedarse en casa. Pero no fue así. De modo que la "sensacional vocalista", que no recordaba haber entrado jamás en una iglesia, estuvo presente, si bien obligó a tía Conchi y a Manuel a colocarse en el último de los bancos reservados a la familia; lo contrario de Eloy, que se arrodilló en el primer banco y que lo que realmente hubiera deseado era hacer de monaguillo.
En la misa, en el momento de la Elevación, sonó el Himno Nacional. Y luego oyóse un coro de ángeles: Marta, pese a los festejos de la jornada, se las compuso para enviar el Coro de la Sección Femenina. Pilar reconoció las voces de sus amigas y los ojos se le humedecieron. También se humedecieron los de mosén Alberto cuando pronunció las palabras absolutas: "Yo os declaro marido y mujer".
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