'La Voz de Alerta' se marchó también por una quincena. Se marchó a Puigcerdá, centro elegante, en la Cerdaña. 'La Voz de Alerta' no podía imaginar nunca que aquel viaje iba a ser decisivo para él; que en el hotel donde se alojaría, y en el Club de Golf anexo, conocería a una muchacha de veintiocho años, de Barcelona, rica heredera y poseedora de un título de nobleza, condesa de Rubí, con la que haría tan buenas migas que el hombre olvidaría por completo sus escarceos matrimoniales con la viuda de don Pedro Oriol… Lo cierto es que la pareja se entendió tan de maravilla, que la muchacha, llamada Carlota, tuvo la impresión de que las "Ventanas al mundo" que escribía el alcalde gerundense le iban destinadas en exclusiva; y por su parte 'La Voz de Alerta' envió una postal a su amigo pamplonica, don Anselmo Ichaso, en la que le decía: "Acabo de conocer a una criatura deliciosa, que entiende de monarquía más que usted y que yo. Lo sorprendente es que, en la cartera que lleva en el bolso, junto a la efigie de Alfonso XIII ha colocado un retrato mío".
Con todo, el más impensado veraneo lo disfrutó Paz… En efecto, la muchacha, aupada hasta el máximo por sus amores con Pachín, desde el día en que éste la convirtió en mujer a los pies de las murallas, sobre la hierba, había tenido el presentimiento de que algo bueno le iba a ocurrir, que haría dar un completo viraje a su vida. Y acertó. Lo que nunca pudo imaginar es que el alegre disparo llegara por donde le llegó.
Aconteció que Damián el director y trompetista de la Gerona Jazz, en un viaje que hizo a Barcelona vio en un 'dancing' a una rubia que animaba a la orquesta cantando por el micrófono. Y le pasó por la mente incorporar la idea a la Gerona Jazz. Ambrosio, el del contrabajo, ya mayor, siempre asmático y pesimista, le dijo: "Eso no gustará por aquí". Pero Damián se burló de él, como siempre. Y se pasó dos días rumiando y acariciándole su alegre bigote.
Hasta que, como cae un rayo, se acordó de Paz. Damián había visto a la chica, cuando las Ferias, en la barraca que Perfumería Diana instaló en la Gran Vía, y se acordó de su voz, rota y profunda… "¡Perfumería Diana regala jabón a todo el mundo, sin distinción de categorías!". Se acordó de su facha, de sus desplantes a los soldados, de su uniforme de color verde y de su gracioso casquete. ¿No era lo que andaba buscando?
Fue cosa de coser… ¡y cantar! Damián se personó en Perfumería Diana y sin ambages le dijo a Paz:
– Van a empezar las Fiestas Mayores de los pueblos. Necesito una vocalista. Con un mes de ensayo me comprometo a convertirte en una supervedette, más popular que Pachín.
Los ojos de Paz, ¡cansada de vivir con estrecheces!, se abrieron de par en par. Accedió a someterse a una prueba, con micrófono, en casa del propio Damián. Y el resultado fue el que debía ser.
– Lo dicho, chiquilla. Armarás la de San Quintín. Todo salió a pedir de boca. Pachín reaccionó como los buenos. "¡De acuerdo, no faltaría más! ¡Menuda pareja! Tú y yo, los amos…" También Dámaso, el patrón de la Perfumería Diana, comprendió que debía darle facilidades, "¡Adelante, pequeña! Por la tienda no te preocupes". En el piso de la Rambla se armó el natural alboroto, que Matías, divertido con la peripecia de su sobrina, cortó diciendo: "Pero ¿qué mal hay en ello? ¿No echan mano del micrófono los predicadores?". Hasta Gol, el gato de Paz, pareció alegrarse y saltó a sus brazos y le lamió la mano. El presentimiento feliz, la lotería "¡Gerona Jazz, con la sensacional vocalista PAZ ALVEAR!". La ciudad quedó en un santiamén repleta de carteles con su nombre en letras grandes y rojas, carteles que sustituyeron a los de la Semana Santa, ya ajados. Y pronto dicho nombre se estampó aquí y allá, por toda la provincia.
Hermoso veraneo el de Paz. De pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta. Darnius, Celrá, Vilajuiga, Llagostera, Agullana, Camprodón, Tossa de Mar… La muchacha sabía mover el talle y calzaba sandalias doradas, de tacón alto. Su cabellera les recordaba a los mozos los trigales. Su busto era provocador. Cuando, acercándose al micrófono, lo cogía y miraba la sala con fingida timidez, inclinando un poco la cabeza, se oía: "¡y ole la madre que te parió!". Entonces Paz pegaba como un grito… y por unos instantes la sala quedaba hipnotizada, mientras Fermín, el de la batería, ponía los ojos en blanco y enseñaba los dientes. Y cuando Paz hacía mutis y cogía las maracas, moviéndose a compás, las parejas que abarrotaban el entoldado se dejaban embrujar por aquel ritmo y vivían momentos de plenitud.
Por su parte, Paz descubrió que "aquello" le gustaba. Que le gustaban las anacrónicas colgaduras y los palcos de dichos entoldados, los carteles con su nombre y hasta el olor y el sudor de la carne que bailaba. Fuera de eso, cada pueblo era un mundo. Aparentemente, todos eran iguales. El mismo bullicio, los mismos vendedores ambulantes, los mismos campesinos endomingados fumando "caliqueños" y bebiendo ron. Pero existía algo distinto en cada lugar: el amor. En Celrá, el novio le ofrecía a la novia una cinta para el pelo; en Agullana, una baratija. En Vilajuiga, mozo y moza de pronto salían fuera y desaparecían entre los pajares; en Palamós, entre las barcas. El amor, según el sitio, se convertía en gaseosa, en cerveza, o en porrón de vino tinto. Tal vez las diferencias se debieran a la tradición; tal vez a los vientos; tal vez a la manera como los perros le ladraban a la luna.
Como fuere, la vida de Paz cobró en aquel verano, gracias al disparo alegre de la Gerona Jazz, una nueva dimensión. Gozó mucho más que Marta, muchísimo más qué el camarada Rosselló e igual que Mateo, que 'La Voz de Alerta' y que los estraperlistas que alquilaron confortables chalés.
– ¿Estás contenta? -le preguntaba Damián, el hombre del bigote negro y de la trompeta irónica, que se había convertido en su mentor.
– Mucho…
– Mañana, en Hostalrich, cuando toquemos la primera rumba, enciendes un pitillo…
Las fiestas acostumbraban a terminar muy tarde, a una hora avanzada. Entonces, cuando todo el mundo se iba y quedaban por el suelo las serpentinas rotas, los cascos de las botellas y los cucuruchos de papel, una extraña nostalgia invadía los entoldados, parecida a los de los Circos después de la función. La tapa del piano, al cerrarse, hacía ¡cloc! como el clavo de un ataúd.
Poco después la Gerona Jazz iniciaba el regreso a Gerona, siempre en el mismo taxi de ocho plazas, con un remolque en el que, junto a los instrumentos y en unas trampas construidas a propósito, los músicos acostumbraban a ocultar algún que otro quilo de arroz o unos litros de aceite. ¡Incluso el bombo había sido dotado, con el mismo objeto, de un dispositivo especial de apertura y cierre!
Lo habitual en estos regresos, a las tantas de la madrugada, era que Paz, muerta de cansancio, acabara quedándose dormida y roncando. Pero a veces no. A veces, sobre todo si la noche era clara, se mantenía despierta y miraba fuera, viendo cómo los árboles se amaban en la oscuridad.
Entonces recordaba su época de Burgos, su fracaso en Madrid, pero le sonaban en los oídos todavía los "¡oles!" y las palabras de Pachín: "Tú y yo, los amos…" ¡Dios, se estaba resarciendo de pasadas y lacerantes humillaciones!
Al arribar a Gerona el taxi, como siempre, iba repartiendo los músicos a domicilio. Al llegarle el turno a Paz, la muchacha se apeaba y se despedía de sus compañeros enviándoles con la punta de los dedos un beso. Ambrosio, el contrabajo, le decía: "¡Adiós, supervedette!".
La fiesta terminaba ahí. Pues la escalera del piso en el que habitó el Cojo se le antojaba siniestra. Tanto, que mientras la subía, procurando no tocar con la mano la pegajosa barandilla, se preguntaba: "¿Cuándo podremos trasladarnos a otro sitio mejor?". Gol, el gato, solía esperarla dormido en el rellano. Al oír sus pisadas, se despertaba y abría un ojo para mirarla como diciendo: "Pronto, pequeña…"
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