José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Agustín Lago no se inmutó. Saltaba a la vista que el inspector de Enseñanza Primaria había cambiado mucho desde su llegada a Gerona. Pese a sus ademanes un tanto asépticos y a sus gafas bifocales, se le veía mucho más seguro de sí. Nadie sabía a qué se debía tal cambio. El Gobernador lo atribuía a que durante el curso escolar, ya clausurado, no se había concedido tregua y que al hacer ahora balance, los resultados le habían parecido mucho más halagüeños de lo que pensara en un principio. Los alumnos, en general, habían trabajo de firme, al igual que los maestros. Mateo atribuía dicho cambio a otra razón: Agustín Lago había conseguido vencer el complejo que en un principio le produjo la falta de su brazo izquierdo. "El día que apareció en el Puente de Piedra el guardia urbano con su pata de madera, se sintió acompañado. Ya no era el único mutilado de la ciudad. Ahí empezó a levantar cabeza".

Agustín Lago hubiera podido contestar: "Todo esto es verdad, pero no toda la verdad". Agustín Lago, que pese al calor que se abatía ya sobre Gerona seguía vistiendo con la misma pulcritud de siempre, tenía conciencia de que su actual serenidad se la debía en gran parte a una visita que había recibido: la de un compañero del Opus Dei, de Barcelona, llamado Carlos Godo. No se conocían anteriormente, pero Carlos Godo, arquitecto de profesión, supo de él y tomó el tren y fue a verle. La entrevista entre los dos hombres había resultado hasta tal punto cordial que Agustín Lago olvidó por unas horas el profundo dolor que le ocasionaban la guerra y las actitudes pétreas como la de Mateo y gozó del inefable consuelo que en determinadas ocasiones puede proporcionar el súbito descubrimiento de un alma gemela.

¡Carlos Godo! Estuvieron de acuerdo en todo. En que aquellos que se refocilaban con el daño causado a los demás obraban en desacuerdo con el Evangelio; en que era más rescatable para la verdad un seguidor de Lutero que un seguidor del credo de Rosenberg; en que el fundador del Opus Dei, el padre Escrivá, era un "elegido"; en que su Obra, que admitía a no católicos y a gente de todas las razas, estaba destinada a tener proyección universal y quién sabe si a remozar por dentro la estructura, un tanto anquilosada, de la propia Iglesia. Había momentos en que uno y otro, Agustín Lago y Carlos Godo, se reían de sí mismos ante tales profecías, pues por el momento el Opus Dei no contaba sino con unos cuantos muchachos dispersos por la geografía española, sin tradición orgánica y sin apenas contacto entre sí. Pero no importaba. Sentían como una fuerza instintiva que les aseguraba que la Idea, la idea de vivir el Evangelio en medio del mundo, en la propia profesión, sin pertenecer a la clerecía y con absoluta independencia, acabaría dando sus frutos. Se sentían un poco "cristianos primitivos", en su pureza e integridad: continuadores de aquella Iglesia que, gracias a la visión de San Pablo, fue capaz, valiéndose de unos cuantos pescadores y del Santo Espíritu, de penetrar en el corazón del Imperio Romano.

Bueno, ocurría eso. El mundo iba cuadriculándose, como muy bien había presentido el profesor Civil. Al modo como las oleadas de aviones que atacaban a Inglaterra formaban escuadras monolíticas, los hombres que sentían en su carne el zarpazo del catolicismo y aquellos que lo contemplaban desde lejos, pero militando en uno u otro bando, formaban clanes ideológicos en los que el adversario, fuere cual fuere, le resultaba imposible penetrar. Siempre ocurría igual cuando un terremoto asolaba ciudades y conciencias: éstas se veían forzadas a elegir. Y los que elegían la misma orilla se abrazaban con entusiasmo y entonaban a voz en grito, o susurrando, idéntica canción.

Por ello Mateo se reía de las mismas cosas que José Luis Martínez de Soria, y por ello las fotografías, los libros y los slogans que tenía en su despacho eran los mismos que hubieran podido encontrarse en el despacho de cualquier otro falangista de cualquier región de España. Asimismo, la habitación que Carlos Godo ocupaba en casa de sus padres, en Barcelona -habitación sobria, con un crucifijo y una imagen de la Virgen- era muy semejante a la de Agustín Lago. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Sus objetivos eran paralelos, como lo eran los de David y Olga -otro clan, otra tribu-, y los del Responsable y José Alvear. Carlos Godo y Agustín Lago, consecuentes con si pensamiento de Camino: "Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte y al oírte, éste lee la vida de Jesucristo", compartían hasta en los detalles más sutiles el mismo repertorio mental. Repertorio que los llevaba, al referirse a Cristo, a decir "el Señor"; a no exhibir hábito ni distintivo alguno, para parecerse en lo externo lo más posible a los demás; a comprometerse con Dios de forma total, pero partiendo de la intimidad más estricta; a dar por sentado que durante mucho tiempo serían incomprendidos, incluso por muchas instituciones religiosas… De lo cual era ejemplo arquetipo el doctor Gregorio Lascasas, quien, escuchando a Agustín Lago, había convertido repetidas veces sus ojos en dos líneas negras horizontales.

"¿No hay bastantes infiernos aquí abajo?". Agustín Lago, luego de hablar cinco horas consecutivas con Carlos Godo, arquitecto de Barcelona, al que consideró hermano, admitió que sí, porque estaba enterado de los avances rusos en el Báltico y en Rumania, de los bombardeos masivos contra Inglaterra y de la existencia de hombres como Mateo, que concedían valor absoluto a los credos opinables. Pero pensó que "aquí abajo" había también pedazos de cielo. A veces, en el cuarto de una modesta pensión, a una hora avanzada de la noche.

CAPÍTULO XXXVII

Julio y agosto. El segundo verano de posguerra había llegado y la dispersión de los gerundenses fue mucho más numerosa que la del año anterior. La fiebre de las vacaciones empezó a subir, como ocurriera antes de 1936. Los obreros, los "productores", deberían contentarse con gozarlas en la ciudad, holgando, durmiendo hasta las tantas y, si acaso, paseándose los domingos con la familia por las orillas del Ter o el valle de San Daniel. Tampoco la clase media, civil y activa, podría alquilar ningún chalet en la costa o en la montaña; pero el número de "privilegiados" aumentó considerablemente, y entre éstos se contaban los estraperlistas de la ciudad que durante el invierno habían conseguido evitar que las autoridades les echaran el guante; la mayoría de los concejales; el camarada Arjona, Delegado Sindical; el jefe de Obras Públicas; etcétera.

Mateo se fue con su campamento juvenil, que ese año llevó el nombre de Campamento Haro, en memoria del falangista Eduardo Haro, fusilado por los 'rojos', y que no se instaló en San Telmo, sino en la comarca idílica de Arbucias, en un paraje hacia el interior, "pues era bueno que los muchachos cambiaran de lugar y fueran conociendo la oxigenante diversidad de la provincia". Mateo se fue tranquilo, pues Pilar permanecería en Gerona, trabajando y preparando como siempre su ajuar de novia -octubre se acercaba- y cuidando de don Emilio Santos.

Marta partió también a instalar, como estaba programado, su albergue juvenil en Palamós, entre los pinos. Ciento veinte niñas, reclutadas en su mayoría en los pueblos, a propuesta de los jefes locales de Falange, vivirían allí, por turno, en tiendas de campaña, bañándose, aprendiendo, contestando al test habitual y cantando himnos mientras se izaba la bandera. Marta, antes de partir, se despidió de Ignacio procurando contener las lágrimas. "¿Irás a verme?". Ignacio contestó: "¡Claro que sí, mujer! Aunque ya sabes que estoy ocupadísimo".

El camarada Rosselló decidió tomarse igualmente unas vacaciones, pero no para pescar ni para pegar saltos en el bosque, sino para visitar el Penal del Puerto de Santa María. El Gobernador hizo las oportunas gestiones para conseguir que al doctor Rosselló le fuera permitido ver a su hijo, y tuvo éxito. De modo que Miguel Rosselló se dispuso a cruzar en coche, solo, España de Norte a Sur, hasta Cádiz, conmovido ante la idea de abrazar a su padre, a quien suponía vestido con traje de presidiario.

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