Maruja Torres - Esperadme en el cielo

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Premio Nadal 2009
Un cuento para adultos sobre la felicidad de no rendirse jamás.
La narradora y protagonista se reúne en el Más Allá con sus amigos Terenci Moix y Manolo Vázquez Montalbán. Juntos pueden volver al pasado y revisitar los escenarios de su educación sentimental, así como desplazarse instantáneamente a cualquier punto que deseen.
Esperadme en el cielo es un libro gozoso con el que Maruja Torres consagra su talento de narradora haciendo un uso fascinante de la libertad de géneros.

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Phoenix y Manolo, intentando reconciliar a Trotski y Lenin…

Terenci había hablado con su propia voz, y me sentí más a gusto. A gusto, pero tristísima.

Me desplomé en el sillón y, por fortuna, éste no cedió al recibir la losa de mi infortunio.

Manolo me acarició el pelo.

– Tranquila, que te lo vamos a contar. Confía en nosotros -dijo por sí mismo.

Levanté las piernas y las doblé, juntando los botines sobre el asiento; apoyé la frente en mis rodillas, que mostraban algún que otro moretón reciente y estaban sucias de tierra del jardín. Me estire los calcetines y suspiré profundamente. Un momento. ¿Qué botines, qué rodillas, qué jardín? ¿Qué calcetines?

¿De qué me habían vestido?

– ¡No entiendo nada! ¡Quiero llorar! -berreé, con profundo desconsuelo-. ¡Llorar, llorar y llorar! Y me importa muy poco que tú, Manolo, te pongas nervioso o que tú, Terenci, me tomes el pelo. No me pasaré la muerte sometida a este tipo de convencionalismos sociales.

– Por mí no te reprimas -replicó Manolo-. El llanto es algo que aquí se echa más de menos que esa cursi postal del Nilo que pretendías endilgarnos hace poco. Ojalá nosotros lloráramos, ojalá nos doliera algo.

Abrí, pues, las compuertas. Una eternidad después, reconfortada yo y ellos taciturnos, nos deslizamos por la superficie de un mar inmenso forma-

do por mis lágrimas. Cada uno de nosotros llevaba un bañador a rayas y un flotador amarillo y blanco, con cabeza de patito, ceñido a la cintura.

Te lo pronostiqué -observó Manolo, mi-rando al otro-. Todavía podemos aprovecharla. Aún posee la facultad de aceptar el absurdo y de hurgar en él con la curiosidad de Alicia.

Bostecé. -Me aburro -dije-. Nadar me fastidia cuando no diviso la orilla.

– La adornan también algunas cualidades de Wendy que no nos vendrán mal -completó Te-renci-. Es muy intuitiva para la decoración de interiores. En cuanto entra en una habitación va-cía, con cuatro chorradas la convierte en suya, sin rebosar por ello esa feminidad pendiente que resulta tan amenazadora. Y es muy dada a la sobreprotec-ción de infantes.

– Eso, al nivel en que nos movemos -asintió Manolo-, tiene su utilidad.

No les entendía. El llanto había aliviado mi dolor de cabeza, pero la pobre se había quedado hueca, y en su interior los vocablos se algodonaban. Agradecí, sin embargo, que continuaran utilizando la fórmula individual de expresión para comunicarse. Lo agradecí tanto que, en lugar de continuar regañándoles, chapoteé perezosamente en mis lágrimas y concedí:

– Siempre quise poseer un salvavidas como éste. Como éramos pobres, tenía que conformarme con uno de corcho. Muchas gracias.

Salvavidas para una muerta, menuda paradoja. Como un título de novela policíaca francesa de los sesenta. Una de Japrisot, por ejemplo.

– ¿Sufrí mucho? -pregunté.

– Tengo hambre -me cortó Manolo-. Os propongo un almuerzo por todo lo alto en nuestro restaurante favorito del Barrio. Antes pasaremos por mi despacho, el marco más apropiado para una conversación seria.

Travieso, Terenci sacó el pitorro a nuestros flotadores, uno tras otro. Al expandirse, el aire comprimido emitió una infinita, triple y entremezclada pedorreta que, supuse, fue a sumarse al remanente de la capa de ozono.

2

Los orígenes

Habíamos nacido en el Barrio. Veníamos del Ba-

rrio. Éramos el Barrio. Hijos de una posguerra y de una geografía concretas, llevábamos el más amargo antojo de la Historia de nuestro país tatuado en la espalda. Pertenecíamos a las calles de aquella niñez. Y eso lo cambiaba todo.

Quien no ha vivido en el Distrito V de Barcelona, entre los años cuarenta y sesenta del siglo veinte, carece de instrumentos para desentrañar las raíces que mis amigos y yo compartíamos. Ni siquiera a nosotros nos era dado disolverlas. El solar que nos alimentaba, del que salíamos, había sido roturado desde hacía siglos con el sudor de quienes realizaron, fuera de las murallas delimita-das por la Rambla, arduos trabajos y turbios encargos para aquellos que, intramuros, se enseñorearon de la Ciudad, y nos poseyeron sin acercarse a nues-tra mugre. En las sórdidas viviendas en donde nos amontonábamos, ignorábamos a quién iban a parar los dineros de nuestro alquiler, sólo el llamado procurador pasaba puntualmente a depositar sobre la mesa la contundente y sólita intimidación:

desahucio. Palabra funesta. Su sonido acompañó las pesadillas de mi niñez, porque había visto amontonados en las aceras colchones y enseres de cocina, muebles desparejos y orinales desportillados, había visto a mujeres que lloraban, abrazadas a sus criaturas y a sus bultos envueltos en pañuelos marrones de percal.

Ninguno de nosotros se hizo jamás con la coartada del olvido. Tampoco del perdón.

Veníamos de esas tierras que, mucho antes de nuestro nacimiento, fueron huertos, iglesias, hostales para pobres, barracas, hospicios, conventos, casas de caridad, lavaderos públicos, edificios insalubres que se apoyaban unos en otros como para no desequilibrarse, invadidos por la misma peste a cagaderos comunes. Veníamos de fábricas en donde abrasó sus pulmones el proletariado surgido de aquella industrialización fermentada al vapor por los amos que respiraban el aire límpido de su otra ciudad o de sus mansiones campestres y sus torres del litoral. Veníamos, y eso estaba en nuestra sangre -en la masa de la sangre, solían decir las madres de entonces- de una densidad de pobladores por metro cuadrado única en el mundo, de viviendas ilegales construidas en patios interiores y azoteas, del hacinamiento y de la precariedad. Veníamos de las aguas fecales, de la ropa perennemente húmeda porque ni el sol se atrevía a acercarse a nosotros. La tercera muralla, que dio origen a la Ronda y al Paralelo, nos emparedó, consumó la segregación; éramos propiedad ajena y esa nueva

barrera resultó terminante para retenernos, para que nuestro hedor de Barrio sur no alcanzara las orondas pecheras del naciente Ensanche. Para que se consumara el gueto.

Veníamos de los astilleros y de los cuarteles, de la mala vida y de la miseria. A lo largo de su historia, se produjeron luchas de marginados, revueltas por el precio del pan y rebeliones contra esos cancerberos de los ricos, esos capataces de la beneficencia que son las monjas y los curas. A los perdedores se les ejecutaba y colgaba, como escarmiento, a las puertas de la ciudad. Con el tiempo, el Raval, convertido en Barrio Chino y en parte del Distrito V, aprendió a comerse la rabia y a callar, a salvarse de la derrota como pudo, después de que la sangre del anarquismo tiñera sus cloa-cas. Trabajo y compasión y fraternidad, y también peleas, golpes, gritos, la ira que estallaba como petardos de verano. Tal fue mi Barrio, nuestro Barrio.

Cada uno lo vivió a su manera. Yo entre las pulas, las pensiones de habitaciones por horas, los distribuidores de libros y revistas, los zapateros remendones, las tiendas de preservativos y lavajes, las tabernas; Manolo, unas calles más hacia la Ron-da, en una zona predominantemente obrera, de vencidos de la guerra; Terenci afinando su oído de escritor en las calles de la menestralía algo menos precaria, en donde las vecinas le mimaban. los tres, locos por el cine.

A Terenci le conocí en mi adolescencia, a Ma-

nolo a mis veintipocos. Para entonces, los tres ya nos habíamos aventurado en el paisaje de otra Barcelona, la que nos ofrecía un futuro. Pero nunca expulsamos el Barrio de nosotros.

3

El Gran Fallo

Manolo se aclaró la garganta con un buen trago de orujo seco y frío antes de responder a mi pregunta. Entre él y yo mediaban una mesa de oficina y una lámpara de flexo. Reconocí el lugar: era el despacho de su criatura de ficción, el detective Pepe Car-valho, aunque con una decoración más minimalista que la que sugerían sus novelas. No olía a guisos de Biscuter ni nos llegaban los sonidos de la cercana Rambla.

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